viernes, 3 de mayo de 2013

EL SLAM, UN RITO FEMENINO


Por Anabel Lugo Cruz
México (Aunam). Rosan sus cuerpos sudorosos, chocan entre ellas, hunden sus codos y puños entre la piel de las demás. Giran y giran, se avientan, se impactan y rebotan hacía otro lugar; todo al ritmo del War 4 peace del grupo musical Los de Abajo.

Ese es el rito del slam en los toquines de ska. Un rito que no sólo concierne a los hombres, sino también a las mujeres, quienes buscan ocupar un espacio lejos del cuidado de los varones. Ahora no desean ser abrazadas, cuidadas y protegidas por ellos, no, ahora se liberan y dejan llevar por el ritmo.

Extasiadas por el sonido que se desprende de la combinación musical de las trompetas, las percusiones, el saxofón, la guitarra, el bajo y la aguda voz de la vocalista, muchas féminas se mueven al son de la canción.

Cantan, gritan, chiflan y buscan incluir a más chicas; las animan para integrarse el círculo de la fuerza femenina. Aquí no hay distinción alguna, no se discrimina, por lo que la incorporación de las jóvenes es inmediata, sólo basta la disposición y la valentía de soportar el estrujamiento corporal.

El calor atenúa el dolor

Lo que menos importan es el dolor, todo se atenúa con el calor producido por los cuerpos en movimiento. Así, mujeres con cuerpos diversos, se mueven frenéticas al ritmo de canciones como Labios rojos, Polca pelazón, entre otras del repertorio musical del grupo creado en 1992, que fusiona sonidos latinos con ska.

Al término de cada canción, las jóvenes sonríen unas con otras, están agitadas, respiran profundamente y aplauden su resistencia. Levantan las manos para demostrar que hay energía por descargar; algunas otras fingen lanzarse aire con sus manos y otras se limpian el sudor, efecto de la transpiración.

La valentía es evidente, por ello, algunos hombres aplauden con asombro y echan porras. Mientras dan pie al ritual, a lo lejos se escucha una voz: ¡Ellas sí se saben dar con todo! Algunos espectadores buscan el destino proveniente de la voz, pero llama más la atención ver cómo las mujeres colisionan mutuamente.

El golpe generador del conflicto

Desde luego, dentro del slam siempre existen altercados. Existe quien no soporta los codazos o el puño cerrado de alguna participante con más fuerza; sin más, como contrincantes se declaran la guerra, se lanza una mirada de lince a la víctima y en el momento menos esperado, se deciden golpear de forma intencional.

La víctima no aguanta el golpe y decide cazar a la ejecutora del acto, por lo que se acerca a la misma y finge un choque doloroso, aunque mitigado. Si el disgusto no se satisface el altercado crece, al mismo tiempo que los golpes mixtos (patadas, puños y arañazos) comienzan a acomodarse en los cuerpos.

Por supuesto, las demás espectadoras deciden intervenir y separan a las luchadoras grecorromanas, aluden a una disculpa mutua y sin oposición alguna las jóvenes se dan la mano y continúan con el disfrute del evento.

La adrenalina se agota

Con el paso de los minutos el cansancio se percibe, comienza a aminorar su potencial femenino y ceden paso a un ritmo pasivo. Tras un altercado entre hombres, similar al de las luchadoras, el círculo de las jóvenes se deforma, se desvanece y sólo pocas vuelven a ocupar el espacio.

Algunas ya no resisten más, comienzan su andar y se pierden entre la multitud. Otras chicas se tientan partes de su cuerpo hinchado, ojos morados y moretones por doquier. La adrenalina se agota, muchas deciden ir en busca del líquido vital para recuperar su estado de relajación.

Los de abajo se despiden, agradecen, y poco a poco, el contingente allí presente se disuelve. Mientras avanzan, muchas miran su calzado, un testigo más del encuentro de fuerzas provocado por el slam.



René López Caballero







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