viernes, 24 de agosto de 2012

AMOR Y DESEO: REPRIMIDOS EN LA CLANDESTINIDAD

Por Mildred Fragoso Mendoza
México (Aunam). Ni tan roja, ni tan puta. Ni tan blanca, no tan santa. Es la Zona Rosa, lugar donde se da el encuentro de jóvenes y adultos homosexuales decididos a calmar sus ansias sexuales.

Son las siete de la tarde con veintidós minutos y la calle más recurrida para un rato de desfogue sexual, parece ser un hormiguero: decenas de parejas caminan a lado de la transitada Amberes, en la delegación Cuauhtémoc del Distrito Federal.

Ligueros, condones, lubricantes, películas XXX, dildos y otros juguetes sexuales a la venta, son sólo una fachada de la sex shop Erotika, en frente de los bares Papi y Gayta.

Allí, el verdadero negocio son “las cabinas HD, ahora mejoradas”, que se encuentran al fondo de la tienda, justo atrás de las cortinas desgastadas color rosa y detrás de todos los productos puestos a la vista sin tabú.

La noche, aturdida por las feromonas expulsadas de cuerpos ansiosos y decididos a pasar un buen rato sin miradas discriminatorias, envuelve y da cabida al calor en plena primavera de 2012.

Para un posible encuentro sexual, se debe pagar 60 pesos en caja. Cuando son las siete con cincuenta minutos, entran a la sex shop Erotika siete hombres jóvenes; caminan con paso seguro, sin titubear, se dirigen a pagar en caja. —¿Qué pagan? Si ni si quieran han visto los artículos de la tienda, ni tampoco llevan consigo nada, pudo ser el pensamiento de los curiosos.

Un hombre delgado, de piel morena, con acné en la cara y de estatura promedio, viste un suéter verde y saca del bolsillo de su pantalón de mezclilla, obscuro y entubado, , tres billetes de 20 pesos. Los entrega al encargado de la vitrina, quien le da un papel y lo hace acompañar por otro empleado.

Carlos N, quien no quiso proporcionar sus apellidos, tiene 22 años de edad y, ahora, guía al joven al fondo de la tienda. Lo invita a subir ocho escalones cuarteados; al pisar el último, a mano izquierda, se revela el primer apartado del “gran negocio”.

Antes de cruzar las cortinas, en un cuarto previo, hay un refrigerador con cervezas y refrescos; y a la vista un reglamento que prohíbe fumar o “tener relaciones sexuales”.

Los clientes entran y salen para tomar papel y untarse las manos con un mismo gel, parece ser necesario el uso de estos artículos en el interior del sitio.

Carlos N y el cliente ingresan juntos. El cliente, en tan sólo unos segundos desaparece, camuflajéandose con quienes están inmersos en la oscuridad, invadidos por música electro pop a todo volumen. El olor a sexo está a flor de piel, se siente el calor húmedo por todas partes y algunos gemidos liberados de goce sexual se alcanzan a escuchar.

Las cabinas son un secreto a voces. Hay cuarenta y cinco cuartos pequeños, de metro y medio de largo por dos de ancho, en los cuales con dificultad caben dos personas; cada uno tiene un sillón individual y una pantalla al frente donde se transmiten películas porno.

Quince cabinas, una seguida de la otra, en cada uno de los tres pasillos; todas comparten la misma pared. Todas conectadas entre sí por una rendija de 15 cm de largo por 20 cm de ancho, la cual tiene una abertura por si se desea abrir.

En cada pared compartida de las cabinas existe un orificio en forma de circunferencia, de aproximadamente 15 cm de diámetro, que se conecta con otra. El lector se podrá imaginar para qué es… Para conocer, probar y, tal vez, saborear al hombre, que se encuentra en la cabina de a lado.

El famoso Glory Hole, es un agujero en una pared, que se acostumbra a ver en baños públicos y en estos reducidos cuartos. Se usan para observar o tener relaciones sexuales con la persona que se encuentre al otro lado de la pared. Es una práctica originaria de la comunidad gay.

Ellos abren el Glory Hole y miran lo que hay; juzgan ‘el producto’ y, si es de su agrado, interactúan ambas partes del cuerpo. Si el deseo continúa y tienen ganas de terminar lo que comenzaron, ambos hombres solitarios acuerdan entrar a una sola cabina para dar rienda suelta al reprimido deseo sexual, el cual los reunió allí, lejos de las críticas sociales.

Van a las cabinas como consecuencia de la discriminación que sufren al vivir en una sociedad machista. Según estadísticas de la página de internet del Consejo Nacional para Prevenir la Discriminación (Conapred), el 28% de las quejas y reclamos registrados en el año 2012 fueron presentados por homosexuales.

La mayoría de los clientes de la sex shop Erotika van solos, pues llevan la intensión de tener un encuentro sexual con otro; solteros y casados buscan lo mismo: sexo sin compromiso, desfogue sexual sin represión.

“No todos consiguen pareja, hay quienes entran a una cabina para ver la tele y masturbarse, se quedan horas sentados sin pescar nada”, dice Carlos N.

A las ocho con cuarenta y cinco minutos, un señor de traje y unos 40 años de edad, aproximadamente, fija la mirada en el cuerpo de un veinteañero, los dos se observan. El mayor mueve la cabeza a un lado, incitándolo a entrar a la cabina de su costado; el menor sonríe y baja la cabeza como señal de aceptación. No intercambian palabra, pero ambos entran.

El coqueteo o cortejo no existen en un sitio como éste, sólo el mero acto sexual. Para conseguir una pareja sentimental están los bares gay, justo al otro lado de la calle, éste no es lugar para eso. Sesenta pesos se deben aprovechar y no hay límite de tiempo, en comparación con un hotel donde el costo asciende, por muy barato, a los dos cientos cincuenta pesos.

“El lugar no cuenta con límite de tiempo, los ‘weyes’ pueden estar con todos los que quieran, también pueden pasar de una cabina a otra para conocer a más”, aclara el empleado de la tienda.

Durante tres horas, las personas entran y salen de las cabinas, sin que ingrese alguien para limpiar el diminuto lugar donde se dan encuentros sexuales entre desconocidos.

Condones tirados en el piso, sillones húmedos y gemidos provenientes de los tres pasillos por donde caminan hombres buscando, de un lado a otro, tener sexo con otros clientes. Las cabinas ocultas en una sex shop representan liberación, diversión, desfogue y promiscuidad sexual, pero también son un foco de infecciones.

“Los clientes son nuestro negocio”

“Trabajo en esto desde hace dos años y me pagan bien, por eso sigo en estos lugares”, cuenta Carlos N, un joven de 22 años de edad, empleado de las “Cabinas HD mejoradas”.

Carlos es de piel morena y reseca, pareciera no usar cremas o ningún hidratante, su cabello es oscuro y muy corto. Es de estatura promedio, mide aproximadamente 1.62 cm, de complexión delgada pero con una ligera barriga y pequeños tumultos de grasa a sus costados.

“He trabajado en otras sex shops antes…”, platica mientras voltea su mirada y ve de pies a cabeza a una pareja de hombres entrar al local que cuenta con más de 30 cabinas, las cuales son parte de su vida, al pasa gran parte de ella ahí: ocho horas al día, seis días a la semana, horas extra cuando un empleado no llega y debe ocupar su lugar.

El olor a sexo es como el sudor que se queda después de hacer ejercicio con destellos de sabor amargo evaporado en el aire, imposible no percibirlo. El lugar semi-obscuro hace que sus facciones no se aprecien bien mientras se encuentra detrás del mostrador despachando cervezas, ofreciendo servilletas y gel antibacterial a los clientes.

“A veces, los que vienen me dicen que entre con ellos y me divierta un rato, pero eso sí, yo les digo que no le hago a esas cosas. Soy casado y tengo una niña de dos años, aquí sólo estoy porque se gana mejor que en otros lugares”, cuenta mientras juega con unas llaves que cuelgan de su mano, utilizadas para abrir algunas cabinas con seguro.

Porta una especie de “uniforme”: pantalón negro y camisa de manga corta negra con el logotipo de la sex shop. A pesar de trabajar en un sitio como éste refleja ser tímido; su tono de voz demasiado baja lo hace parecer inseguro de sí mismo. Su modo de hablar es muy pausado, le cuesta trabajo expresarse y, en ocasiones, no se le entiende lo que quiere decir por el sonido tan alto de la música.

Sus manos lucen maltratadas y resecas. Sus zapatos, camisa y pantalón se ven deteriorados, en efecto, Carlos viene de un estrato socioeconómico bajo; razones que lo obligan a trabajar allí. Aparenta tener más edad, sin embargo, asegura no pasar de los 23 años.

Mientras platica es interrumpido por risas y gemidos provenientes de los cuartos de un costado. Ante esto, él se ríe y dice: “Ahh… esto es normal, te acostumbras a todo tipo de ruidos… veo que no vienes muy seguido por aquí ¿verdad?, me mira fijamente y dice: “yo te recomiendo otros lugares, aquí está muy gacho, aparte todos los que vienen sólo son hombres gays urgidos con ganas de coger sin pagar mucho”.

“La empresa nos pide rendir cuentas de los ingresos, bueno, la neta a mí no; más bien, a las dos gerentes, a ellas les exigen juntar 400 mil pesos cada quince días, y a nosotros, los simples empleados, sólo nos dicen que tratemos bien a los clientes, pues son nuestro negocio”, dice con un tono un tanto burlón, mueve los ojos hacia arriba, dando a entender que siempre es lo mismo.

Las gerentes acostumbran a amedrentar y culpar a los empleados si no se junta lo que les exigen sus superiores. Ellas son las encargadas de dar una comisión a los policías, cada vez que van a hacer sus inspecciones para ver que “todo esté bien”. Una de ellas tiene 30 años y lleva trabajando ya siete años. El jefe siempre está al pendiente del establecimiento, casi diario se da sus vueltas.

Debido al libertinaje es un foco de infecciones sexuales; a estas cabinas cualquiera puede llegar, pagar 60 pesos, tener sexo con otro e irse, todo sin limpieza o protección. No se observa algún servicio de aseo; sin embargo, Carlos N asegura que casi diario viene un supervisor, no sabe de dónde viene ni quién lo manda pero nunca falta su revisión.

Afirma que Erotik tiene permiso por parte de las autoridades, pero también cree que dan “mordida” para evitar problemas, aunque no está seguro de tal cosa. Comenta que no se trata de un lugar prohibido o clandestino, todo aquel que acude es porque quiere. Además, hay muchas otras sex shops en la ciudad con el mismo servicio.

—“Pero dime qué haces aquí tú, ¿ya me vas a decir o no?”, me pregunta y prefiero contestarle con otra cosa: —Ahmmm…, ¿cuánto cuesta la cerveza?, él se distrae y la plática continúa. — “Casi nadie compra cervezas, compran más ‘poppers’, ya sabes, esos con los que excitan a las vacas, cuestan ciento cincuenta pesos y te alcanza para un buen rato. Si quieres te los puedo enseñar…”.

Carlos N luce cansado, su cara lo dice todo. Sus ojos, aparentemente no tienen expresión. El trabajo del joven empleado es mostrar las cabinas, vender cervezas y poppers, ofrecer servilletas y gel antibacterial (por si alguien gusta limpiarse antes y después de cada encuentro casual).

“Parte de la chamba es mostrar a los nuevos lo que hay. Luego ves cada cosa, una vez me tocó ver a un señor llegar solo, ya se veía ruco, y salió con dos chavitos, se fueron muy contentotes. Algunos sólo vienen a masturbarse y ver la pornografía de la tele; a otros se les ve luego, luego que quieren encontrar algo con alguien”, mensiona con una sonrisa, mientras se rasca la cabeza. “Otros se pasan horas enteras cambiando de pareja, he visto que llegan a las dos y se van a las ocho o nueve de la noche”.

Los clientes, los cuartos obscuros, el olor y el ruido típico del sexo, así como la música electrónica, son el ambiente y escenario de las Cabinas HD, las cuales forman parte de la vida cotidiana de Carlos; rutina que, como él afirma: “ya es normal porque en esta vida a todo te acostumbras”.

Donde nadie los juzga

En entrevista con Carlos Imaz Gispert, profesor de Sociología en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM y doctor en Educación por la Universidad de Stanford, señala que los baños de vapor de los años 80, en la ciudad de México, son los precursores de las actuales cabinas HD de las sex shops.

El sociólogo afirma que el servicio de cabinas es una nueva concepción de lo que se conocía antes como: baños de vapor, donde se daban múltiples servicios, a parte del baño. Hace un par de décadas abundaban en la ciudad de México y, a diferencia de un hotel, éstos eran más económicos. “Podías irte a bañar cómodamente, entrar al vapor y porqué no, tener un encuentro sexual con un acompañante conocido o no”, enfatiza.

Ahora, la nueva modalidad de “cabinas” no nada más actúa como punto de encuentro sexual entre jóvenes homosexuales a un precio accesible, también transmite películas pornográficas.

En una nota publicada por el periódico El Universal, en el año 2010 se dijo que: “el Tribunal de Justicia de la Unión Europea sentenció que ‘las cabinas de una sex shop’, donde se transmiten películas, no pueden ser consideradas como salas cinematográficas, ni beneficiarse de un tipo reducido del IVA, ya que sólo son una exhibición individual y no colectiva”.

El Doctor Imaz aclara que estos puntos de encuentro (las cabinas HD) son “lugares sin identidad”, originados por una marginalidad de preferencia sexual diferente, que implica descargas emocionales de jóvenes y hombres casados, quienes juegan una vida doble al no poder afrontar su vida real; para ellos no es tan sencillo conseguir un amante como lo hace un heterosexual.

Según el profesor de tiempo completo de la UNAM, a un cliente de estos servicios le resulta más cómodo ir a un lugar como éste, pues es algo furtivo y rápido, sin ninguna complicación de líos sentimentales. Son ocultaciones de la sociedad represiva y señaladora de lo que está bien o no.

Mary Daniel, ex gerente de Sex! (Hoy Erotik), dijo, en una nota para El Universal, que las tiendas XXX en México son las alternativas para el disfrute de una sexualidad divertida, no son pornógrafos ni maleantes pervertidos, sólo juegan con las fantasías humanas.

“Las sex shops son un gran negocio. Poner un lugar para tener sexo atrás de una tienda de productos sexuales, es una maravilla”, opinó el sociólogo.

Al igual que el académico, la psicóloga Angelina Mendoza Rosas, egresada de la Facultad de Psicología de la UNAM, coincide en que las cabinas son un punto de enlace entre jóvenes que buscan lugares como éstos para dar libertad a todos sus apetitos sexuales y emocionales.

La psicóloga afirmó que las cabinas son creadas para todos los no aceptados o mal vistos por la familia, comunidad escolar y cualquier entorno social; aspectos que los obligan a salir en busca de espacios para interrelacionarse y fugarse de la presión social ejercida sobre ellos.

“Su gran anhelo de aceptación por su entorno social y el rol que deben cumplir ante la sociedad, son algunos factores de los cuales se aprovechan éstos sitios para realizar su negocio sexual”, declaró la egresada de la UNAM.

“Ante la discriminación sexual y falta de recursos económicos, los jóvenes homosexuales encuentran en las cabinas HD, detrás de las sex shops, un punto de encuentro para su desfogue sexual”, aseguró Angelina Mendoza.

Asimismo, el sociólogo Carlos Imaz afirmó que ante la falta de recursos económicos de los jóvenes, existen estos lugares pues tienen deseos de tener relaciones sexuales, sin ser discriminados socialmente, a un precio accesible.

En busca de aceptación y un encuentro casual

Uno de estos jóvenes homosexuales en busca de aceptación social y encuentros sexuales, sin discriminación, es José Luis Acacio Mendoza de 23 años de edad, cliente frecuente del servicio de cabinas de la sex shop Erotika de la Zona Rosa. Una parte de la ciudad donde se concentra la mayor parte de estos establecimientos.

“No existe un dato preciso acerca de cuántas sex shops operan en la ciudad”, afirmó el diputado Miguel Ángel Toscano Velasco del Partido Acción Nacional (PAN) en una entrevista realizada por el periódico El Universal en el año de 2002. Sin embargo, desde antes de ese año han existido los servicios de cabina atrás de las sex shops, y José Luis es uno de los cientos de jóvenes que acuden cotidianamente, con el fin de conseguir placer a un bajo precio.

El estudiante de lenguas extranjeras (sueco y ruso) en el CELE de la UNAM, frecuenta las cabinas mínimo una vez por semana. Sus razones son muchas: “ahí no hay prejuicios, existe una gran variedad de hombres para escoger, puedo estar pacheco o con poppers, voy por morbo y porque seguro en cada visita consigo sexo con alguien”.

Además, él dice sentirse despreocupado durante su estancia en ese sitio, nadie sabe que está allí, y sus papás desconocen su existencia. No le preocupa la inseguridad, pues todos los asistentes van por gusto, para divertirse y por deseos de liberarse sexualmente, eso lo hace feliz cada visita.

La economía del país no favorece las ganancias de las sex shops, en especial el servicio de cabinas que éstas ofrecen. Gabriela Alarcón, directora de marketing de la cadena Erotik afirmó en 2011 que “la crisis sí ha generado un decremento en ventas; sin embargo las mujeres visitan más la sex shop para comprar productos sexuales que los hombres”.

En contraste, el servicio de cabinas es consumido más por hombres en un 95 por ciento, aproximadamente, según Carlos, trabajador de Erotik.

José Luis se enteró que existían estos sitios, a sus 20 años de edad, por un amigo. Desde entonces, cada vez que asiste pasa de dos a tres horas, en ese lapso acostumbra a estar con dos o tres hombres, por lo general, 20 minutos con cada uno de ellos.

Con algunos platica antes de entrar a una cabina, con otros no. “Es mejor ir a lo que vas y ya”, asegura “Pepe”, quein nunca ha conseguido una relación sentimental surgida de un encuentro sexual, unos intercambian teléfonos pero él no.

En una ocasión estuvo con cuatro hombres a la vez. Cuenta que el cortejo es algo rápido, se hace en los pasillos, con un roce de cuerpos o un cruce de miradas fijas. “Siempre consigues sexo”, él prefiere oral que anal.

El costo total, por visita, oscila entre ciento cincuenta y doscientos pesos: 60 de cover, 40 de dos cervezas, condones y pasajes. El cliente afirma estar conforme con el precio pues, si fuera más barato, el lugar sería peor.

Está ad hoc a lo que ofrecen: servicio de cabinas por tiempo ilimitado, aire acondicionado y papel higiénico. A pesar de estar de acuerdo con el precio, José Luis no está a gusto con el servicio de limpieza, porque los baños siempre están sucios y casi nunca hay agua.

La “Ley de Establecimientos Mercantiles”, surgida en 2002, no contempla estos lugares. El gobierno del Distrito Federal pidió en ese mismo año que no se incluyeran los giros mercantiles tipos C (table dances y sex shops), por lo tanto, nadie regula las sex shop ni su servicio de cabinas.

Para abrir una sex shop únicamente se necesita hacer una declaración de apertura, como si se tratara de una miscelánea; esto explica que haya tantas en la ciudad de México.

El joven estudiante siempre usa protección durante su estancia en las cabinas HD. “Unos sí usan condón y otros no. La mayoría de los que van están entre los 25 y 35 años de edad, aunque también los hay ya grandes, hasta viejos de 60 o 70 años”, cuenta José.

Quieren lo mismo

En un sondeo de opinión realizado a jóvenes de 18 a 29 años de edad, en la calle Amberes (sobre la cual se ubica la sex shop Erotik) de Zona Rosa, se obtuvo como resultado que: 63 % conocen las cabinas HD; de ellos, el 57 % afirman estar a favor de su existencia, el 15 % se manifestó en contra, mientras que el 26 % son indiferentes.

Las razones por las cuales les gusta ir son varias: el 52 % asiste por diversión y morbo; el 36 % va con el fin de obtener encuentros sexuales sin compromiso, y el 10 % sólo para ver películas pornográficas. José acude por las tres razones: diversión, sexo y las películas.

Estos negocios se aprovecha de lo anterior para generar ganancias elevadas. Cada quince días, los ingresos de la sex shop Erotik ascienden a más de 400 mil pesos, según un empleado del establecimiento, como resultado de los cientos de jóvenes que acuden diariamente al lugar.

A pesar de la gran demanda que tienen, cuentan con muy poca higiene, lo cual puede provocar infecciones. Aunque existe un reglamento colocado en la entrada de las cabinas HD, que prohíbe tener relaciones sexuales y entrar con bebidas alcohólicas o drogas, esto no se lleva a cabo, allí todo sucede.

En el mismo establecimiento se venden cervezas y poppers (excitantes sexuales) y de acuerdo al testimonio de José Luis Acasio, cualquiera puede llegar tomado o drogado.

Mientras exista la discriminación homofóbica, las visitas a estos establecimientos son y seguirán siendo un escape para la crítica social, un punto de encuentro donde homosexuales buscan un encuentro sexual. ¿Por qué no crear sitios económicos, libres de discriminación sexual, con buenos servicios de limpieza y regulados por la Ley?

¿Por qué permitir que actúen como escondites y no como lugares públicos a los cuales se pueda acudir sin ningún tipo de ocultamiento social? ¿Acaso el sexo entre homosexuales no debe ser de conocimiento público? ¿Por qué debe ser un secreto a voces la existencia de las cabinas HD?

Conseguir una pareja sentimental con la misma preferencia sexual es difícil, porque no está bien visto por la sociedad, debido a los estereotipos tan marcados por los medios de comunicación y por el mismo país machista, que sabe de la existencia del problema y prefiere criticar y ocultar.

¿Cuántos hombres homosexuales hay, casados y con familia, que acuden a estos sitios para ocultarse de sí mismos y poder cumplir un rol aceptado ante la sociedad? Muchas veces van, agarran una infección sexual y luego contagian a su esposa.

Los homosexuales reprimidos no son felices ni hacen feliz a los que los rodean, por eso tienen que recurrir a la clandestinidad, a la ocultación de sus gustos que no tienen nada malo pero sí son juzgados y obligados a engañarse a ellos mismos.

Es de fundamental importancia terminar con esa mentalidad tan retrógrada de criticar, juzgar y aislarlos, la cual mantiene a estos jóvenes en el anonimato, en la frustración de no poder mostrarse ante el mundo tal cual son y vivir, quién sabe por cuánto tiempo más, ocultándose del “qué dirán”.





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1 comentarios:

Anónimo dijo...

Devo decir que las cabinas no son ya tan seguras .... por el echo de q hay prostitucion y reclutamiento de chicos .....