viernes, 2 de junio de 2017

UNA MADRUGADA SIN RESPIRAR

Por Adai Georgina Núñez Flores
Ciudad de México (Aunam). Estoy en la sala de Psicología de la Agencia Investigadora del Ministerio Público número tres, Venustiano Carranza. Son las cuatro de la mañana. Llevo veinticuatro horas sin dormir, doce sin comer y tiemblo de miedo. De nuevo doy la última descripción de los hechos y del hombre que hace unas horas me agredió.


Un día antes, vivía la rutina de todos los días: despertar a las cinco de la mañana, ir a la universidad, tomar las clases correspondientes a mi carrera (Ciencias de la Comunicación) de siete a una de la tarde y hacer las actividades socialmente aceptadas. Esta vez debía acudir al museo de Bellas Artes a una exposición, pero nos negaron la entrada gratuita por no haber resellado nuestras credenciales. Mi pareja Felipe Aguirre y yo decidimos ir a comer a casa de su abuela, quien vive en la colonia Las Américas en el municipio de Naucalpan de Juárez.

“¡Yo no vi nada!”

Estuve ahí aproximadamente hasta las seis y media de la tarde. Después abordé el camión Flecha Roja “Toluca por pista”, que hace una parada en la colonia La Venta a diez minutos de mi casa. A las siete con quince minutos caminaba hacia mi domicilio. Iba un poco distraída, pero contenta pues en dos días saldría de práctica escolar, cuando un sujeto me sorprendió por la espalda, metió su mano por debajo de mi falda e hizo un movimiento brusco de adelante hacia atrás con violencia sobre mis genitales.

Volteo sorprendida y quise sujetarlo, pero él echo a correr en dirección contraria. Mientras intentaba alcanzarlo, el sujeto se reía con burla. Le grité a la gente que me ayudara. Una señora, aproximadamente de 60 años, solo vio cómo pasábamos y me gritó “¡Yo no vi nada!”. Seguí corriendo detrás de él y la gente no reaccionó. Al llegar a la carretera México-Toluca lo perdí de vista.

En ese momento quería morir, desaparecer, esfumar mi vida en un instante. Volteé y había dos señores, uno de ellos con una barra, quizá instrumento de herrería; me dijeron que no lo encontraría y regresaron a su trabajo.

Al no tener celular les pedí a dos personas que pasaban si me permitían marcar a mis padres desde su teléfono; me lo negaron y tuve que ir a buscar uno público. Marqué a mi casa, mi hermano contestó y me solté a llorar. No sabía cómo decirle a mi familia lo que me había ocurrido, a decir verdad lo dudé un poco, pero al final tomé valor: “Moi, un hombre me agredió. Estoy en La Venta, háblale a papá”.

Regresé al lugar en donde dejé de ver a mi atacante. Diez minutos pasaron y mi padre y mi hermano por fin estaban conmigo. Seguí desahogando mi coraje en llanto, la gente solo nos veía, mostrando indiferencia con su silencio. Ubicamos unas cámaras privadas de unos departamentos, mi papá preguntó si las podíamos revisar y nos dijeron que sí, pero hasta el siguiente día. Acudimos a un módulo de policías que nos dieron un recorrido por la colonia para ver si encontraba al agresor. Evidentemente no lo hayamos así que nos mandaron a las oficinas de la delegación y de ahí a la Agencia Especializada en Delitos Sexuales FDS-1 ubicada en calle Amberes número 54, a cuarenta minutos de mi domicilio.

“No es como sale en las películas gringas niña”

Me pasaron a un cubículo con puertas de vidrio y describí lo que me había ocurrido. Inmediatamente la persona que me atendía comentó que al ser un abuso sexual de menor grado, el hombre que me agredió no sería llevado a la cárcel; en caso de que lo encontraran sólo se le mandaría llamar cada quince días y realizaría trabajo comunitario. Decidí seguir con la denuncia.

La mujer que me atendía describió el proceso de la denuncia, que podía durar hasta 12 horas, conformado por cuatro partes: la descripción de los hechos, una entrevista con un policía investigador, la médica y por último la psicológica. La primera parte duró tres horas. Me hicieron pasar con el abogado Fredi Martínez Juárez para rectificar mi declaración, que hizo algunas correcciones gramaticales y envió el escrito de mi denuncia.

La segunda parte del proceso fue pasar con un policía de investigación. En ese momento, no había uno en la agencia por lo que tuve que esperarlo durante ochenta minutos. A las tres de la madrugada comenzó la entrevista con el policía de apellido “Zavala”, le platiqué lo que me había ocurrido, rápidamente buscó en su computadora el lugar exacto de la agresión y empezó a explicarme.

“Mira… yo no estoy aquí para darte esperanzas, sino para hablarte con la verdad, es decir, mostrarte lo cruel que puede ser México. Te lo explicaré brevemente porque tanto tú como yo estamos muy cansados. En primer lugar, a nosotros no nos dan presupuesto para ir a investigar hasta donde tu vives y mucho menos porque es un delito de menor grado; es muy difícil identificarlos pues muchas veces las cámaras que pone el gobierno no sirven”.

Le comenté que mi papá y yo habíamos localizado unas cámaras privadas que seguramente captaron su rostro. El policía contestó que aún teniendo su rostro en video era difícil identificarlo. “No es como sale en las películas gringas niña”, dijo en forma de burla. Siguió “explicándome” que realmente lo que necesitaban era un video que captara el momento exacto de la agresión.

“Si no contestas bien y no tienes pruebas será peor para ti”

En ese momento mis esperanzas se esfumaron y levanté la voz. “¿Acaso no me creen?”, contuve el llanto, “sí niña, si no te creyéramos nuestras preguntas serían agresivas, te intimidaríamos, pero necesitamos pruebas del momento porque ahorita estamos tranquilos, pero delante del juez es otra cosa. Él te hará preguntas estratégicas y si no contestas bien y no tienes pruebas será peor para ti. Ahora que si lo que quieres es hacer justicia, dímelo, y yo busco a ese cabrón y le rompo toda su puta madre. Te entiendo, yo tengo dos hijas y no me gustaría que estuvieran en tu situación.”

“Te entiendo”, dijo. La verdad es que no me entendía. Le contesté que no era eso lo que buscaba y le expliqué que estaba ahí no por mí, sino por las demás mujeres, para evitar que ese tipo de hombres, los que se creen que pueden hacer con nuestros cuerpos lo que quieran, cuando quieran y sin ninguna consecuencia, siguiera en las calles. Finalmente le dije al policía que yo seguiría con mi denuncia hasta encontrar a mi agresor sin importar todas las trabas que me pusieran.

Me negué a la asistencia médica pues no había sufrido heridas físicas y al no contar en ese momento con el psicólogo, me mandaron a la Agencia número tres, ubicada en la delegación Venustiano Carranza para concluir el proceso.

Después de media hora de camino, aguardé otro rato mientras la psicóloga despertaba. Al pasar me explicó las reglas: “mi nombre es tal, al aceptar esta entrevista estás de acuerdo en que puede durar de dos a cinco horas, depende de ti y tu situación; todos los datos que proporciones aquí pasarán de lo privado a lo público; esta entrevista consiste en un examen psicomotriz, la descripción de toda tu vida, es decir, tu niñez, adolescencia y tu vida actual, tu familia y cómo te relacionas con ella, tu estado sentimental, y finalmente me contaras los hechos del abuso sexual y cómo te sientes al respecto, ¿lista?”.

La entrevista duró dos horas y media. Salí de la Agencia a las seis y media de la mañana. El frío de la madrugada golpeaba mi rostro. Nos dirigimos a mi casa con el ánimo por los suelos, el espíritu cansado y el corazón sin respirar.

[Imagen: Diego Contreras]

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BONETEROS: ENTRE CURIOSIDAD Y MISTERIO

Por Gloria Chavely Toraya Pita
Coatepec, Veracruz (Aunam). Me encontraba a kilómetros de casa e imaginé que saldría del hotel con mis amigos a recorrer las calles de Coatepec en busca de algún café o una cerveza fría. Ese era el plan, sin embargo, cuando nos preparábamos para salir nuestro profesor, Héctor Quintanar, nos invitó al carnaval de Tuzamapan.


Para mí sería la primera vez que presenciaría una festividad de ese tipo. Mis amigos sin pensarlo aceptaron el cambio de planes y en media hora estábamos fuera del hotel rumbo a esa localidad situada dentro del municipio de Coatepec, en Veracruz.

“No es un carnaval cualquiera. Aquí los hombres se disfrazan de boneteros y escriben en sus machetes cumplidos para las mujeres y se los muestran. No, no piensen que es lindo, ya lo verán”, dijo con malicia, Adolfo, hermano del profesor titular. Tras su descripción aumentó en nosotros la curiosidad ¿Cómo eran? ¿Qué hacían? ¿Qué dirán sus machetes?

Al bajar del autobús se percibía un ambiente de fiesta: las casas tenían abiertas sus puertas, los vecinos colocaban sillas de plástico para ver pasar el carnaval, las bocinas sonaban, canciones fiesteras se escuchaban desde las azoteas y las calles tenían adornos de fiesta. Todo iba bien hasta que de pronto vimos un conjunto de chicos disfrazados, ¡eran horribles!

Estaban caracterizados de payasos, mujeres con grandes senos y traseros voluminosos, militares, máscaras terroríficas. Bailaban de manera torpe, nos saludaban y emitían risas o chillidos siniestros.


Tras este breve encuentro sentí latir con fuerza mi corazón. Tenía miedo, quería irme, pero a la vez ansiaba ver un poco más. El profesor Quintanar nos explicó que los hombres se disfrazaban de mujeres, monstruos, figuras políticas y actualmente personajes de televisión porque, desde un principio, ellos se caracterizaban para exagerar y desahogar las pasiones reprimidas por la iglesia.

Con el paso de los años el carnaval se fue modificando, a tal grado que se volvió un desfile de personajes que se mofan de todos, bailan, y toman mientras pasan por las calles de Tuzamapan. No obstante, advirtió el profesor, algunos disfrazados hacían travesuras o bromas pesadas las cuales iban desde lanzar espuma hasta tocar a su víctima de manera inapropiada.

Mi rostro denotaba total incomprensión al escuchar la última advertencia. “Si antes me daban miedo, ahora más”, pensé. Pero el interés fue el móvil que me impulsó a mantenerme dentro del grupo para evitar ser víctima de alguna broma pesada. Mis compañeros estaban emocionados, mis amigos fueron por algunas cervezas y yo junto con Diego seguí a los demás.

Tuzamapan fue en sus primeros años de vida una zona de gran actividad económica, donde las haciendas fueron una parte crucial de la localidad. Hoy en día, de ellas sólo quedan las ruinas abandonadas, mismas que aún pueden ser visitadas por los turistas. Sin pensarlo dos veces mis amigos y yo decidimos explorar aquellos vestigios: subimos por unas escaleras destruidas cuya altura era lo suficientemente útil como para apreciar los carros alegóricos que se dirigían a donde nos encontrábamos. Sin darnos cuenta estábamos en el punto de partida del desfile.

Los carros alegóricos exponían diversas temáticas: unos representaban el mar con pequeñas niñas sirena; otros transportaban a la reina del carnaval, la cual portaba con orgullo su vestido y nos saludaba con elegancia. Poco a poco, mi miedo comenzaba a esfumarse y la música empezaba a hacerse cada vez más presente.

De un momento a otro comencé a bailar y junto con mis amigos nos acercamos a danzar con los hombres disfrazados. “De cerca y bailando se ven menos espantosos”, pensé. El desfile inició y los coches comenzaron a cruzar por la puerta principal, nosotros los seguimos bailando y a la altura del kiosco nos encontramos con nuestro grupo, que ya estaña enfiestado y con cervezas en mano.

Nos juntamos y miramos pasar los contingentes: primero aparecieron unas niñas con playeras de colores y aros, después la banda de guerra de la escuela primera seguida por carros de niñas que fueron nominadas a princesas, así como la reina del carnaval y los famosos boneteros, mismo que se convirtieron en el foco de atención.


Los boneteros son hombres vestidos de traje con listones y máscaras decoradas con el color de sus listones de papel china. No cabía duda: eran ellos los reyes del carnaval.

Amablemente posaban o se tomaban fotos con nosotros. Algunos nos sacaban a bailar y otros tantos no abandonaron su porte orgulloso. Los carros continuaron atrayendo la atención de los presentes con pequeños regalos como dulces, botellas, licor de caña, cervezas, juguetes, flores, pelotas, etcétera. Todos nos mirábamos felices, disfrutábamos tanto ser parte de algo.

Cuando parecía que el desfile llegaba a su fin, entre mis compañeros y yo conformamos un contingente de un muy buen tamaño para que lográramos introducirnos entre dos carros alegóricos, de tal manera que entre uno y otro grito de “¡goya!” nos dimos a conocer como el grupo de estudiantes de la UNAM que participaba en el carnaval. Al ritmo de la música saludábamos y regalábamos todo lo que nos habíamos ganado, pelotas, antifaces, dulces. Nosotros también éramos parte de la celebración y la gente aplaudía con sorpresa.

Al llegar poco a poco a nuestro destino nos despedimos de quienes aún estaban disfrazados. Tras unas fotos volvimos cansados, pero felices a nuestro autobús. La fiesta había terminado, sin embargo el carnaval vivía en nuestro corazón. Una festividad poco conocida en México y tan rica como cualquier otro carnaval popular donde el folklor y la unión hacen de una fiesta un goce único, capaz de sembrar alegría en el corazón de cualquier espectador.

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lunes, 29 de mayo de 2017

CLÍNICA ODONTOLÓGICA ARAGÓN: PARA LA COLONIA, PARA LOS ESTUDIANTES

Texto y fotos por Diana Isela Carrera Islas e Iris Aguirre Rodríguez

Ciudad de México, (Aunam). Te encuentras caminando cuando, de repente, te das cuenta que tus pasos se deslizan por la avenida Hacienda Rancho Seco. Ves pasar una gran cantidad de automóviles y a una multitud de personas. A lo lejos está una reja azul de donde entran y salen sujetos con batas blancas. La curiosidad te consume y decides entrar, para darte cuenta que es una clínica odontológica.


En los cristales de la puerta se observa que es la periferia de la Facultad de Estudios Superiores (FES) Aragón. El ambiente del lugar es muy dinámico, ya que en la planta baja se encuentran la clínica uno, , la caja de cobro, la admisión de pacientes y el área de esterilización de instrumentos –donde los pacientes entran en más confianza al ver las bastas medidas de sanidad bajo las que se trabaja–.

Lo que le da más vida al lugar es la sala de espera donde los pacientes aguardan su turno. Ahí se puede encontrar desde a una madre con su hijo hasta una persona de la tercera edad. Esta diversidad de individuos persigue un mismo fin: tener una vida bucal saludable y permitirle a su bolsillo ahorrar un poco en una institución en la que confían.

Al subir las escaleras esta la clínica dos, ahí se atienden los casos más difíciles de la comunidad. Asimismo están los laboratorios y salones donde los estudiantes toman clases y se preparan para, en un futuro, ser unos profesionistas ampliamente experimentados.

La FES Aragón, que forma parte de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), es un recinto educativo enfocado en formar estudiantes en el área de Sociales y Humanidades, principalmente. Sin embargo, también cuenta con una clínica que ofrece el servicio de odontología abierto a todo el público. Lo esencial es que son atendidos por personas de servicio social o estudiantes matriculados en las FES Iztacala o Zaragoza y que deciden realizar sus prácticas en ese lugar.

“La Clínica Odontológica Aragón es una periferia de Iztacala que conforma un total de ocho clínicas. Fue inaugurada en 1976 y su principal función es dar atención a pacientes externos que regularmente son de la comunidad que rodea el lugar” comentó el director de la clínica Felipe Ramos Rodríguez.

Aulas y consultorios del saber

Cuando entras al lugar puedes observar a estudiantes atentos a su clase en los salones adaptados dentro del recinto. Muchos de estos jóvenes están atendiendo a sus pacientes desde muy temprano en los consultorios.

Dulce Rubio Sánchez es estudiante de sexto semestre y su vocación es la carrera de cirujano dentista. Su primer objetivo al entrar fue formar una alianza con su hermana, pero también ayudar a la sociedad de una manera muy noble, cualidad que ha encontrado en las consultas con los pacientes que atiende día con día.

“Me gusta atender a los pacientes que son amables, no importa si son niños, adultos mayores o jóvenes. A cada uno lo trato como si fuese un integrante de mi familia. Tengo la cualidad de amar esta carrera y también cuento con las herramientas y el apoyo de la mayoría de mis profesores”, platica.


Los pioneros de las improntas de vida

Los profesores (llamados también asesores), juegan un papel muy importante en el funcionamiento de esta clínica, porque son los que orientan a los estudiantes y están al pendiente de su trabajo y resolviendo cualquier contratiempo que se presente.

“La participación de los profesores es esencial y principalmente confiar en ellos para poder ofrecerle, en conjunto, al estudiante las condiciones adecuadas para tratar a sus pacientes en los aspectos académico, técnico y principal, que forman la base bioética”, explicó el director del lugar.

La doctora Alejandra Chaparro es una docente que se dedica de tiempo completo a ser formadora de los nuevos profesionistas, pero también atiende todas las facetas como mujer.


“Mi misión, como formadora, es dar las bases suficientes para que mis alumnos no defrauden a sus pacientes y tengan un buen desempeño. Asimismo inculco en ellos valores éticos y profesionales para un futuro prometedor, para que vean en su paciente una vida y no un empleo”.

“Contamos con nueve grupos: seis de ellos en el matutino y tres en el vespertino y tenemos un promedio aproximado de 80 a 120 consultas diarias, aunque ese número es muy variable y puede cambiar”, indicó Ramos Rodríguez.

Los privilegiados de la misión social


Los pacientes son una pieza clave en el funcionamiento de la clínica, principalmente para los estudiantes, que encuentran en las consultas una especie de ayuda mutua. Sea en la mañana o en la tarde, grandes cantidades de personas de todos los rangos de edad llegan para ser atendidas.

“En primer lugar, los pacientes encuentran una atención de calidad. En segundo lugar, (vienen) por la economía porque asistir a una clínica particular es muy costoso y al ser basta la población que nos rodea los precios son accesibles para todo el público y nos tienen confianza, aunque ésta se vio afectada a raíz de la huelga del año 2000. Disminuyó mucho pero se ha ido recuperando”, señaló el director Ramos Rodríguez mientras recordaba la historia de este lugar.

Por ello es importante conocer las opiniones de los pacientes que son atendidos, y nos dimos a la tarea de recopilar los puntos de vista.

José Pineda Gaitán comentó que llegó a la clínica por una molestia con sus muelas. Se enteró de la existencia de la clínica por alguien que vive en su colonia. El lugar le queda muy cerca y se le facilita el traslado.

“La primera vez que asistí me atendieron de manera amable y atenta. Los costos son accesibles. El trato de los estudiantes me parece excelente y también los ayudamos para que adquieran la práctica. Se de antemano, y asumo esa responsabilidad, de que pueden llegar a fallar en algo”.


Alfredo Ramírez López señaló que llego a la clínica desde hace 2 meses por la recomendación de una conocida que le informó del sitio y de todos los servicios y costos.

“El trato que se me dio fue excelente, estoy maravillado porque te atienden personas que de verdad tienen esa vocación. Me hicieron comprender mi situación bucal y cómo debía de atenderme”.

Un aporte social

La clínica también se ofrece como un sitio de oportunidades para agradecer a la universidad todo lo brindado a través del servicio social, que es un apoyo a los estudiantes de menor trayectoria donde aquellos que prestan su ayuda son jóvenes que han concluido la carrera y tienen la capacidad de solucionar problemas, como son los pacientes llegados de forma urgente.

Otras de las actividades de los prestadores de servicio social es dar de alta al paciente. Al hacerlo, le piden un pago de treinta pesos para abrir un expediente y transferirlo al área que necesite, con el objetivo de eliminar la molestia por la que acudieron.

Las actividades que se realizan diariamente en esta clínica son un servicio social y una práctica constante de todos los conocimientos adquiridos, desde tercer hasta octavo semestre, por los jóvenes estudiantes.

Se requiere de todo un camino de preparación para lograr que los estudiantes tengan la experiencia necesaria para salir al campo laboral. Esto, en gran medida, se alcanza gracias al apoyo de todos los que forma parte de esta clínica, demostrado en la supervisión, en todo momento, de los superiores y profesores sobre el trabajo de sus estudiantes.

“Primero están las bases académicas. La clínica es una escuela, antes que otra cosa, y debe proporcionarle a los estudiantes el fundamento académico antes de tomar a un paciente en sus manos para disminuir los factores de riesgo, en el sentido de evitar errores”, explicó Ramos Rodríguez.

En sus inicios, el objetivo principal de la clínica era que fungiera como una escuela. Sin embargo, ésta se vio sobrepasada porque comenzaron a asistir muchas personas externas deseosas por ser atendidas. Ahora la Clínica Odontológica Aragón tiene dos metas: ayudar a la sociedad y forjar a sus estudiantes.


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"LA MERCED ES PARTE DE MI VIDA”: LEONZO VALDÉZ VELÁSQUEZ

Por Gloria Chavely Toraya Pita
Ciudad de México (Aunam). Ubicado en el local 3219 de la Merced, el mercado más grande de Latinoamérica, se encuentra uno de los puestos más antiguos y prósperos del lugar, mismo que ha visto crecer cuatro generaciones. Leonzo Valdéz Velásquez, de 68 años, ha laborado dentro de este importante centro de comercio en su negocio de materias primas. “He trabajado aquí desde jovencito hasta adulto y todo lo que más me ha marcado en la vida me ha sucedido aquí”, dice con orgullo.


Con un ligero rostro de cansancio, “Don Leonzo” –como le dicen sus trabajadores– se encuentra detrás de sus productos acomodados en contenedores de plástico. Viste de manera sencilla: una camisa verde de cuadros, un pantalón de mezclilla y su delantal de cuerpo completo. Su complexión denota fuerza y agilidad, misma que le permite mover de un lado a otro sus mercancías en sacos o cubetas, tareas constantes en su trabajo.

Diario, desde las 6 de la mañana, se encuentra chambeando con el mismo entusiasmo de siempre. Este local es su casa. Gracias a él ha sacado adelante a sus cuatro hijos, dándole a cada uno la posibilidad de cursar una licenciatura. Su hijo arquitecto se encuentra ayudándole en el puesto, pero los demás varones –que estudiaron medicina, derecho y diseño gráfico– se encuentran trabajando de lleno en su labor.

Su local es diferente a los demás, tiene una esencia distintiva: los productos se encuentran bien acomodados y en general se aprecia un aire de limpieza y orden imperante. Los cereales, croquetas, granos, semillas y cereales están ordenados en sacos. Detrás de ellos se aprecian especias, frutos secos, condimentos e insumos básicos para la dieta de cualquier mexicano. Al fondo, en tarimas, existe una gran variedad de vinagres, mayonesas, aderezos, y productos en envase de vidrio o enlatado. Entre tanta variedad, es fácil sentirse complacido pues hay productos de todo tamaño, tipo y precio.

En la fortaleza de “la dinastía Valdéz”, Don Leonzo conoció a su esposa. Con su apoyo logró progresar con el puesto que heredó de su padre y desde entonces se ha dedicado en cuerpo y alma a éste. Antes solía vender frutas y verduras, pero no consiguió la misma estabilidad económica que sí logró con la venta de productos de primera necesidad, los cuales, en su opinión, se venden a diario y son fundamentales para la dieta de cualquier mexicano.

La surtida y atinada oferta del negocio de Don Leonzo se ha traducido en un importante éxito, reflejado también en la confianza que sus clientes ponen en él. Por ello cada 24 de septiembre, en compañía de la familia de la Merced (como él llama a sus vecinos de trabajo) se esfuerza por preparar una comida y dar pequeños obsequios a todos aquellos clientes que eligieron sus productos.

“La fiesta es algo muy bonito que hacemos aquí en La Merce, nos unimos todos los que trabajamos aquí y limpiamos para poner bonito el mercado. Cooperamos y realizamos un festejo a la Virgen de las Merceditas (sic). Vienen grupos famosos a amenizar la fiesta: ha venido la Sonora Santanera, los Gatos Negros, Margarita la Diosa de la Cumbia, y varios cumbieros y salseros famosos”, expresa con alegría.

Mientras contesta mis preguntas, se nota en mi entrevistado el paso de los años, mismos que todavía no le han quitado su alegría y fuerza de salir adelante. Tras pausas y segundos de comprensión, Don Leonzo contesta atentamente nuestras dudas, mismas que sirven como pautas para conocer la historia de un grande de la Merced.

Para él y su familia, la Merced es un triunfo. “De aquí hemos tenido para pagar carreras a nuestros hijos, construir una casa y viajar. Le debemos mucho a nuestro Mercado, por eso y más yo estoy enamorado de la Merced. Ahora sí que sin ser Liverpool, la Merced es parte de mi vida”, dice con orgullo mientras se aprecia en sus ojos un brillo indescriptible. Quizás los sentimientos fueron en ese momento tan grandes que, dentro de su corazón, la alegría, nostalgia y sentimiento dieron lugar a un nudo en la garganta que estuvo a punto de ser acompañado con lagrimas de felicidad.

A pesar de los incendios y la mala fama que una y otra vez ha logrado vencer, la Merced sigue viva y competitiva frente a la constante competencia de centros comerciales y mercados emergentes como la Central de Abastos. A pesar de ello, la gente siempre vuelve, dice mi entrevistado, “los precios, la frescura y calidad del producto no se encuentra en ningún lugar”.

Don Leonzo Valdéz, finaliza la entrevista con una idea que, en lo personal, resume la vida del mercado en los años futuro: “Desearía que mis nietos continúen con el trabajo que comenzó mi padre. Esta dinastía tiene que seguir y lo logrará mientras el mercado viva y eso sucederá en tanto que la gente no lo deje morir”.

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