jueves, 25 de julio de 2013

HECHO POR ELLOS, PROHIBIDO PARA ELLOS: EL BALLET


Por Jesús Leonardo Quiroz Ruiz
México (Aunam). Zapatillas de media punta, mallas negras y una camiseta blanca se hayan escondidas en una carpeta escolar. Todo ello en su mochila. Se la cuelga de lado. Jala el cierre. No quiere que se vea el bulto de lo que lleva dentro.

Suena su celular, lo saca del bolsillo, desliza su dedo por la pantalla y contesta: “¿Bueno, ah qué pasó pa? Voy al CELE (Centro de Enseñanza de Lenguas Extranjeras) Acuérdate que hoy llego tarde porque me toca francés hasta las seis”. Pero, él no se dirige al CELE. Una mentirita pequeña lo guarda de una golpiza y un despido de casa. Él va a ballet.

El silencio y las mentiras son sus aliados. Sus artimañas mantienen tranquilos a sus padres, seguramente pensarán: “Hoy mi hijo sale hasta tarde, pobre se la pasa estudiando” Él, por otro lado hace un demie plié montado en zapatillas de media punta. Su nombre es Carlos Morales, 19 años. Estudiante.

En el taller, en el cielo

Llega al número 3000 de Insurgentes sur y se adentra en la zona cultural. Pasa por el Museo Universitario de Arte Contemporáneo, da vuelta en la esquina de la Sala Nezahualcóyotl, roza a los comensales del Azul y Oro. Gira en la puerta de artistas y entra al recinto creado por Gloria Contreras: El Taller Coreográfico de la UNAM (TCUNAM).

Carlos abre la puerta de la entrada de artistas. Voltea, sonríe y saluda a la vigilante: “Buenas tardes”. Avanza unos pasos y se detiene en el umbral que desemboca frente a las bambalinas del Covarrubias. Está obscuro. Sólo una luz permite ver los telones rojos y algunas sillas para los directores de luz y sonido. Suspira. Aprieta sus dedos, sonríe y dice: “Aquí será mi primer presentación”.

Hay que subir hasta el tercer piso para tomar la clase. Ágil, sin pena ni cansancio sube estrepitosamente. Todo es blanco en las escaleras. Carlos va con rapidez, con singular sonrisa en el rostro asciende. Parece navegar en el cielo y querer llegar a Dios o al ballet, que para él parecen ser uno mismo.

“Coloco en primera posición, voy de mi plié, estiré, relevé. Panzas adentro, puntas cada vez más rotadas, no quiero ver torsos en zig zag. ¿No se quieren lastimar, cierto? Coxis alineados al suelo y…descanso”. Con esta instrucción da inicio la clase de Ballet Principiantes para Adultos a cargo del Profesor Arturo Urzúa, en el TCUNAM.

La barra tiembla, gotas de sudor por igual, cuerpos rígidos se esfuerzan por alcanzar la flexibilidad que debieron haber obtenido hace muchos años. Son adultos y la vida profesional de un bailarín comienza antes de los 10.

El tiempo no pasa en vano y la falta de elasticidad se muestra como prueba fehaciente. Las causas para que estos adultos no pudieran acceder al balletdesde pequeños son diversas: falta de “alta cultura” en los padres, machismo, ideologías en general, etcétera, según revelan un sondeo de opinión y entrevistas con implicados y expertos en el tema, realizados para este trabajo.

Entre tanto, Carlos irradia felicidad mientras hace sus ejercicios a la barra. Este momento es suyo. Aquí no existe lo que dice papá, mamá, su familia en general. Sus ojos se dilatan. Se esfuerza, le tiemblan las piernas, mas sonríe. El infringir la ley de sus padres, hacer algo a sus espaldas vuelve al ballet algo más excitante, aventurado, un pecado…algo digno.

“Gracias, chicos. Nos vemos el jueves, por favor no falten. Vayan checando lo del vestuario. Las presentaciones son el 15 y 22 de Junio”, indica a sus alumnos el maestro Arturo. Los aplausos de los mismos rompen con la armonía de la música clásica. Toman sus maletas. Salen.

Cuerpos maduros, sudados, fatigados abandonan el salón de clase. Los problemas de la vida cotidiana se comienzan a escuchar por doquier. La señora María saca su celular, dice: “en un momento te llamo, voy saliendo de clase”. Leonardo comenta: “changos tengo que ir a laCentral para entregar libros”. Julio saca su Iphone y comienza a tuitear.

Carlos, un caso como muchos

Se agacha, toma sus cosas y sale del salón Madame Dambre. Llega al vestidor. Sutilmente se despoja poco a poco de cada parte de sus ropajes. Las mallas son un castigo según refiere. El resorte de las medias puntas es otro. Se quita la camiseta blanca, la dobla cuidadosamente. Lo hace con tal mesura que puede que la vuelva a usar para el jueves y así ya no tendrá que lavarla nuevamente.

Saca su carpeta escolar y vuelve a acomodar sus cosas en ella para que no hagan bulto. Un pantalón de mezclilla, una camiseta, un reloj de correa de cuero y una chamarra de piel borran el rastro de las medias puntas y mallas. Él ahora se ve muy hombre o por lo menos eso dice su papá, según indica el entrevistado.

El ballet es una forma de expresión… ¿por qué acallarla?, ¿qué lleva a algunos caballeros a esconder este gusto por la danza? Algunos de los adultos, alumnos del TCUNAM hablan al respecto: “Yo lo hago por gusto, porque me nace y obviamente porque puedo costear un curso como éste por mi cuenta. Mis padres no me apoyarían. Ellos no saben que yo bailo ballet. Me tacharían de homosexual”, afirmó Carlos.

Porta un blazer color caqui, es un hombre de aproximadamente 1.50 m. de estatura; tez morena. Lleva una mochila al hombro. Ha entrado al vestidor sin voltear a ver a nadie. Coloca un machote de hojas en la banca, baja su pantalón y voilá unas mallas negras circunscriben sus piernas. La armadura por excelencia de los caballeros: el traje, despoja aquel cuerpo para dar paso al bailarín. Él es Reyes.

Penoso y con temor, habla de su experiencia: “Sí me he enfrentado a burlas, comentarios de mal gusto por parte de todos: compañeros de trabajo, familia, la sociedad en general. Estoy liberando un deseo reprimido que tuve desde siempre y pues bueno ahora que puedo hacerlo por mi cuenta estoy cumpliendo con ese sueño. Mis padres no me hubieran apoyado, ellos vienen de pueblo y su formación es muy machista”, afirma Reyes Orozco Villa, Ingeniero en computación.

Al lado de Reyes se percibe una risa burlona. Y se escucha “Yo también quiero hablar. Yo he sufrido mucho por practicar ballet”, es Helio Vega de 38 años. El investigador en cómputo de la UNAM habla al respecto: “Yo practico ballet hasta ahorita porque antes no lo conocía. No hay difusión de esta actividad para varones. Y aunque lo hubiera conocido, mi abuela no me habría permitido practicarla porque es considerada una danza para mujeres. He sufrido agresiones y burlas porque creen que por estar aquí ya soy homosexual y afeminado”.

Un fantasma estigmatizado: la homosexualidad

Cual fantasma: ronda, atemoriza, subleva. Aunque es un espectro, causa miedo. No es seguro, pero puede que exista y si así es ¡Qué miedo! La homosexualidad, algo que todos suponen en los bailarines, mas nadie puede constatar al 100%.

La homosexualidad es, según la Organización Mundial de la Salud (OMS) “atracción sexual exclusiva o predominante hacia personas del mismo sexo con o sin relación física. En la mujer se llama también lesbianismo. Los indicios sobre la existencia de una base biológica de la homosexualidad son fragmentarios tanto en los hombres como en las mujeres opuestos a homosexualidad”.

Con base en las declaraciones de los entrevistados, se obtuvo que la homosexualidad es el principal sesgo que los limita o influye de manera negativa para que no puedan practicar danza clásica.

¿Por qué el rechazo a la homosexualidad?



La socióloga Guadalupe Cortés, con línea de investigación en género y profesora de carrera en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales, opina: La mujer sí se puede expresar delicada y coqueta, pero el hombre no. Un hombre estando en la danza inmediatamente se piensa –éste es del otro lado. A éste se le cae la mano- como que no es accesible que puedan bailar y tener expresiones delicadas. Inmediatamente se da esa significación de la delicadeza que entendemos en una mujer, pero no en un hombre. Es una construcción que la sociedad ha impulsado. El homosexual rompe con esa construcción que la misma ha creado.

La psicóloga Judith Janeth Quiroz, quien ha estado al frente del Departamento de Psicología del albergue del DIF en Ciudad Nezahualcóyotl, opina al respecto: “Roles establecidos. Venimos con un estereotipo y cuando rompemos con ellos se causa un ruido tremendo en la sociedad. Los padres principalmente rechazan a los hijos homosexuales por cuestiones de virilidad y de representación ante los demás. Ellos muchas veces dicen: ‘Ay mi hijo muy cabrón con las mujeres va a seguir con mi apellido’ y demás. Es un rechazo por el qué dirán, por el ¿cómo mi hijo puede andar en eso? Se agrega la imagen que tiene el imaginario colectivo de los gay: afeminados, delicados, exagerados, etcétera”.

El académico Leonardo Olivos Santoyo, maestro en Estudios Políticos y Sociales, doctorante en el Posgrado de Estudios Latinoamericanos, con un diplomado internacional en Feminismo, desarrollo y democracia. Concentrado en Sociología de género y problemas de la mujer opina al respecto:

“El ballet es un espacio que se ha considerado como un nicho de la homosexualidad y que quizá es lo que genera siempre tanto temor, rechazo. Los padres jamás desearán que un hijo sea homosexual. Si quieres ver a un padre con los pelos de punta ponle a un niño haciendo actividades estereotipadas como femeninas”.

Marcos René Barreiro Covarrubias, de 18 años, estudiante y uno de los alumnos más sobresalientes del seminario del TCUNAM cuenta su experiencia:

“Sí, sí me he enfrentado a estigmas y señalamientos, inclusive por parte de mi familia. Una ocasión le comentaron a mi tío que yo practico danza y él me preguntó: ¿eso no es para homosexuales? Fue muy raro, con ganas de decirle: primero entérate de qué hacemos, de cuánto trabajamos y después hablas. Afortunadamente mis padres siempre me han apoyado. Ellos me llevaron a ballet; de hecho, fue una condición para que me dejaran estudiar Tae Kwon Do. Lo que sí me exigieron fue ser el mejor. Fue una decisión de mis padres”.

Marcos está enojado. Quizá ha recordado alguna mala experiencia con su tío. Su cuerpo es escultural: alto, mide aproximadamente 1.78 metros. Es blanco. Sus labios son rosas. Dientes alineados, sin manchas, perfectos. Su espalda simula la figura de una pirámide invertida. Sus piernas están llenas de curvaturas, sus brazos por igual. El abdomen está sumido en sí mismo. Es músculo sin masa. Es fuerza pegada al hueso.

La doctora Hortensia Moreno Esparza, con línea de investigación en La mujer y relaciones de género, adscrita al Sistema Nacional e Investigadores Nivel I, y con más de 38 años como profesora en la UNAM, opina:

“Ciertamente, los ballets más importantes han tenido a destacados bailarines señalados como homosexuales. Aunque no se acepte abiertamente, se sabe que muchas de las grandes figuras del ballet clásico son homosexuales”.

Julius Brewster ejemplifica con su vida lo declarado por la Investigadora. Él es una pieza clave del ballet de Gloria Contreras. Sonriente, mira al suelo. La sonrisa termina y dice no con la cabeza. Declara:

“Mi papá me dijo: ‘Yo no quiero tener un hijo bailarín. No quiero que seas bailarín’. Y yo me quedé impresionado, no tenía idea de muchas cosas. Tenía 11 años. Yo no sabía de sexualidad. No conocía los estigmas que acompañan a un bailarín. Para mí solamente era una actividad que practicaba en lo que mi mamá estaba trabajando ¿me explico? Era mi papá la única persona en mi vida, en ese entonces, que no quería que yo fuera bailarín. Él tenía miedo, no porque no tuviera con qué comer después, sino por el miedo de que me convirtiera en gay. Todos dicen que los hombres que bailan son gay, sí la mayoría sí, pero hay muchos que no. No es una regla para ser bueno en el ballet”.

El génesis del estigma contra los bailarines del clásico

“Qué interesante” Ha sido la primera expresión de la académica Manuela Hortensia Moreno Esparza al escuchar el tema de la entrevista “El hombre en el ballet”.

La investigadora explicó que el ballet es una práctica que nació en un primer momento para la aristocracia masculina. Con la Revolución Francesa y todos los cambios que contraen los vencedores, es decir, la clase burguesa identifica todas las costumbres de la realeza como decadentes. Y lo decadente toma sentido femenino. Es ahí donde queda el ballet.

“Después de haber nacido en una clase alta, privilegiada culturalmente y como un valor de la masculinidad, en el momento de la transición se invierten completamente los valores. Se vuelve una práctica de las mujeres. Entonces un hombre en el ballet, prácticamente baja de escalón porque está retomando lo decadente, algo que a partir de la Revolución se les asignó a las féminas”.

Moreno hizo mención del film de Billy Elliot como un fenómeno bastante ejemplar: “Simbólicamente baja de escalón porque se va a volver homosexual, se volverá mujer por desear practicar ballet. Hay un miedo terrible por parte del padre. Durante la historia que cuenta Billy Eliot está pasando una huelga minera y los obreros simbólicamente como una clase en ascenso también se identifican con la feminidad e identifican a todas las costumbres de la burguesía como costumbres femeninas, decadentes. Hay un machismo en los obreros que les vuelve muy difícil entender por qué un hombre querría bailar ballet. Por una parte no sólo es una práctica femenina, es una serie de valores que son muy importantes”.

En tanto, la académica Guadalupe Cortés opina: “Cuando hay un hombre en la danza, inmediatamente se piensa –éste es del otro lado, se le cae la mano- como que no es accesible que puedan bailar. No se les permite tener expresiones delicadas. Significamos esa delicadeza en una mujer, pero no en un hombre. Es una construcción que la sociedad ha impulsado. Al hombre se le relaciona con la guerra y obviamente no se puede visualizar a un guerrero con la delicadeza, se rompe el sentido”

Una dualidad se dibuja, entonces, en la sociedad: la delicadeza y decadencia para ellas. La fuerza y el poder para ellos. Un factor renovador de estos discursos será atacado por el mundo.

El académico Francisco García Olsinam, Doctor en Antropología Social y Cultural y profesor de asignatura en la FCPyS opina al respecto: “La gente seguirá pensando que el ballet es una cosa de mujeres porque nunca ha visto un ballet. No sabrá entonces que para que el espectáculo pueda seguir es necesario que estén los hombres ahí. Se suma la cuestión de que no es una tradición en México lo cual no impide que haya buenos bailarines, pero sí para que el pueblo no tenga información. De ahí, nuevamente, repito que haya estigmas”.

La falta de información, un espiral de la perdición. Mientras, en los vestidores del Taller Coreográfico se encuentra Helio Vega, quien acuña los estigmas ante la falta de información en la sociedad.

Hoy día, a Helio no le importa la opinión de su familia. La libertad que ofrece un sueldo propio y la mayoría de edad le permiten a él, y a muchos otros, la capacidad de adentrarse en la danza clásica. Cierra su maleta, la cuelga de lado. Baja las escaleras y roza a las pequeñas niñas vestidas con leotardo y tutú rosa. Ellas esperan entrar a clase, de la mano de sus madres se aquietan.

Se rozan dos mundos por un instante: el de las privilegiadas, las niñas y Helio Vega, aquél que no tuvo elección de pequeño.

Las madres, las educadoras, las encasilladoras

Ellas, las privilegiadas. Para las madres es un encanto que sus princesas vengan a este tipo de actividades, les da posición, se ven bien. Son mujeres.

Los alumnos del seminario del TCUNAM entran a la monumental sala Miguel Covarrubias en el Centro Cultural Universitario para recibir sus clases. Ahí junto a la entrada de artistas está un grupo de señoras. Todas ellas son madres o abuelas de alguna de las niñas que vienen a tan prestigiado taller a recibir clase

¿Es usted madre de alguna niña que vienen a ballet?

“Así es”, contesta orgullosa la mujer.

¿Estaría usted de acuerdo en que su hijo varón viniera a practicar ballet?

“Es una actividad dedicada para mujeres, quizá yo sí permito que mi hijo practique una clase de pre-ballet, pero ballet como tal no porque es para que a las mujeres se les haga un cuerpo bonito y los hombres no necesitan de eso”, afirmó la madre de familia.

La señora Claudia Rojas, quien miraba atentamente las respuestas de las demás, declaró: “Todos los bailarines que conozco son homosexuales. No estaría de acuerdo en que mi hijo practicara ballet, sin embargo, si me lo pidiera pues ya qué…”.

Paola Cabrera, madre de familia, reforzó: “Yo digo que es para las mujeres. Los hombres no se ven bien, pero pues yo respeto”. La libertad y la mente abierta pretenden hacerse presentes, mas se queda en un intento: tolerancia.

Caras agrias, seños fruncidos y risas se pueden observar en estas señoras al ser cuestionadas sobre su accesibilidad para que sus hijos varones pudieran practicar ballet. El gusto y orgullo por sus hijas se vuelve vergüenza y despecho si llegan a ver a sus hijos haciendo un pas de deux.

Al respecto, la maestra en Sociología, con línea de investigación en género y profesora de carrera en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales (FCPyS), opina: “La mujer es la que se encarga de inscribir a sus hijas. Éstas son de clase media. No todos tienen la oportunidad de entrar a este tipo de cosas, son de élite. Aunque tampoco hay formación en la mayoría para decir: ‘hoy voy a meter a mis hijos a danza’. No hay esa perspectiva de buscar otras alternativas aparte de tenerlas en la escuela de educación básica, media y demás.

Otras como Evangelina Estévez, madre de familia, quieren disfrazar su desacuerdo: “Pero, ¿los hombres para qué? Pues yo no me meto, cada quien ¿verdad?” La comisura de sus labios trata de emitir una sonrisa, mas no la puede externar sincera.

El académico Leonardo Olivos opina al respecto: “Las madres, como las grandes socializadoras y educadoras de los hijos, tienen dentro de sus tareas la función de educar en la identidad genérica. Lo que debe de hacer un hombre y lo que debe una mujer. Es irruptor que un niño desee entrar a ballet”.

“Es un espacio segregado, es un lugar de mujeres donde los hombres son como bichos raros. Es una transgresión de lo que la regla genérica indica. Las madres tienen que estar al pendiente, echarán mano de la violencia para disciplinar a los cuerpos infantiles y hacerles entender que su imitación, su performatividad como diría Judith Boxer, va justamente en el sentido equívoco”, puntualizó Olivos.

El maestro Jorge Vega, primer bailarín del Ballet Nacional de Cuba y del TCUNAM opina: “el ballet no es algo que se reserve para mujeres o que vuelva afeminados a los hombres. Simplemente es una técnica, una rama dentro de la danza en la cual nosotros los bailarines nos especializamos”.

Más adelante declaró que la danza es algo natural, algo que ha estado presente desde los inicios de la humanidad. “El hombre desde siempre ha danzado. Te pondré un ejemplo muy claro: cuando en la oficina quieren celebrar algo pues van a bailar. En cualquier evento que festejamos siempre bailamos. Es normal”, declaró Vega durante una breve entrevista en las instalaciones del TCUNAM.

Allá, a lo lejos, en la clase de ballet intermedio se puede ver el cansancio que produce la práctica de la danza. No es un regalo. Para ellos es fruto de su esfuerzo. Mismo que ha sido desvalorizado. Produce una factura.

Costosas facturas: la otra cara del ballet



La tercera posición de los brazos (los brazos se levantan en forma rectilínea sobre la cabeza) y un relevé (pararse de puntitas) pueden verse fáciles; sin embargo, conlleva horas de esfuerzo, sufrimiento, trabajo, empeñó e incluso un matrimonio.

El ballet se asocia con la debilidad, delicadeza…sin embargo el trabajo que hay en él es equiparado con el de un deportista de alto rendimiento. La doctora Moreno indica: “es un actividad pesadísima. Tienen que ir de puntitas como si fueran volando, como si no costara, pero detrás de ello hay una fuerza y un control impresionante”.

“No llevo una dieta como tal, pero sí tengo prohibido cenar grandes cantidades de alimentos. El pan, la tortilla, el refresco y demás sólo en pocas porciones. Tres horas diarias de entrenamiento”, declara Marcos René Barreriro Covarrubias.

Julius Brewster se entristece, tal parece que le di al nervio más afectado en todo su cuerpo: los empeños de la danza. Su semblante cae, mira al suelo. Suspira fuertemente y exhala. Claramente su emotividad altiva y vivaz se muere.

“Me acabo de separar de mi pareja de seis años por la danza. La vida de un bailarín es muy difícil”. Tartamudeó al mencionar: “mi pareja”. Tardó aproximadamente cuatro segundos en proseguir. Es difícil para él hablar de esto, pero lo hace.

“Llego muy cansado a casa y quiero dormir. Ellos, en cambio, quieren platicar. Usé mi cuerpo todo el día. Quiero estar en mi cama. De ahí que empiece a haber problemas de comunicación. Por la danza he sufrido mucho en mi vida. Nunca tengo tiempo. Estar bailando a diario es muy cansado. De repente estoy en Guadalajara, pero al siguiente día tengo que estar en el DF. Ayer, por ejemplo, estaba en Monterrey a las 6:30 a.m. en un ensayo, pero a las 16:30 ya tenía que estar aquí para otro”.

Brenda Ramos con tan sólo 16 años de edad ya ha incursionado en distintas academias. Entre el TCUNAM y otras escuelas independientes sin reconocimiento oficial, ha estado toda su vida. Habla al respecto: “De repente sí me enoja el no poder comer como quiera o dejar de ir a una fiesta por tener que venir a mis ensayos. El ballet cuesta: tiempo, dinero, espacio, familia muchas veces. Y de mis pies mejor no te cuento”.

Sudoroso, cansado y con un libro de Foucault bajo el brazo; Carlos declaró: “Claro que es cansado. Lidiar entre la Facultad, el idioma, la vida social, el amor y la familia dime si no terminas con ganas de morir. Tengo unas piernas muy marcadas, pero no son de a gratis”.

El edén de la danza: Cuba y New York

Sonríe, evidentemente hay buenos recuerdos de su infancia. La seriedad del primer bailarín del TCUNAM se borra. Hablar de su tierra olor a dulce le ha hecho el día “En Cuba no hay enjuiciamiento, no se ve mal a los hombres que practican Ballet. Todo lo contrario, allá todos quieren bailar. Se empieza desde niño, yo empecé muy pequeño gracias a la iniciativa de mis padres. Ellos me llevaron a ballet. Mi padre fue comandante de la Revolución Cubana y mi madre, pianista. Ya te imaginarás”, afirmó Jorge Vega.

Julius Brewster Cotton, dijo “Lo bueno es que nací en New York donde la danza está por todas partes. Ahí no ven mal a los bailarines. En New York, si quieres ser bailarín te dicen dónde puedes ir a tomar clases, cuáles compañías tienes que ver. Hay muchas oportunidades para los que desean ser bailarines. Casi todas las Compañías grandes o de renombre están en New York”

Orgulloso de su país, Brewster se pone altivo. Hablar de la danza en New York lo pone muy contento. Habla de Graham Company de laAmerican Ballet School, un edén en el que se puede volar sin miedo a ser tachado. Un edén en el que todos bailan, saltan y cantan como en el Olimpo.

El ballet de güeritos y la herencia de Gloria Contreras

El ballet mexicano se atemoriza de la obscuridad, no permite que penetre en él: la Compañía Nacional de Danza restringe a personas de tez morena ingresar a sus filas. “Hay un discurso del cual echan mano para no verse racistas: no tienes talento, estás muy chaparrita (o), te falta habilidad, no eres bueno (a)”, Según declara Brewster.

Julius Brewster enfatiza: “Puedes entrar a la Escuela Nacional de la Danza para tomar clase, pero te dicen que nunca vas a poder ser bailarín. Tenemos mujeres aquí, en el TCUNAM, que tienen mucho talento y estudiaron en dicha escuela, pero no entraron a la compañía por ser morenas”.

“Es un privilegio ser bailarín. Si alguien nació con este don ¿quiénes somos nosotros para decir que ellos no pueden serlo? Nosotros tenemos que dar lugar a todos, por eso el Taller Coreográfico es tan especial porque a Gloria Contreras no le importa el color, raza, religión. Mírame a mí, soy negro y ni siquiera soy mexicano, pero estoy aquí bailando con temas mexicanos”.

El machismo, la falta de información y el racismo frustran el sueño de muchos. Permiten el de unos pocos.

Al respecto, Hortensia Moreno opina que la práctica del ballet en México está asociada con la clase en el poder. También con problemas étnicos, pues cuando una chica morena quiere practicar ballet, las maestras le dicen que no tiene “el cuerpo”.

“Hay una cuestión de discriminación. Es una práctica de las clases altas, de las niñas güeritas de Polanco, Interlomas, Santa Fe. No es una práctica para niñas prietas, chaparritas, cuerpito de uva. No, no, no. Es para las chicas altas, güeras, es lo que se pretende. ¡Qué cosa tan espeluznante!”.

El cascanueces

El telón se abre nuevamente para que el público de la Covarrubias vea a Carlos y a toda su clase de “Ballet principiantes”. La batalla de la suite del Cascanueces comienza a escucharse y él abre los brazos en segunda posición. Nadie de su familia ha venido a verlo. Nadie. Por ahí entre la multitud están sus amigos, aquéllos que siempre lo han apoyado.

Sonríe con singular carisma. Toma a su pareja. La mira a los ojos y sale del escenario bailando polka. El público se avasalla a los pies de los bailarines. Tras bambalinas, se escucha: “¡No juegues, no juegues me están temblando los tobillos! ¿lo hicimos bien?”

Carlos, encantado por su público, sonríe en silencio y piensa, quizá algún día veré aquí a mi familia aplaudiendo. Mientras se aleja del centro de la escena observa de reojo a la chica que representará a Clara, la niña de aquel viejo cuento navideño y le desea suerte, una suerte que él necesita para afrontar a sus padres, a la sociedad, al mundo, a sí mismo.


Fotos: Archivo Aunam



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