viernes, 15 de enero de 2010

SENTIMIENTOS DE CAMPEÓN


  • Antonio Roldán Reyna, peso pluma olímpico de México 1968, se enorgullece en mostrar sus fotografías y reconocimientos propios y familiares.
Por Catalina Lara García
México (Aunam). El boxeo, deporte en el que triunfó hace ya 41 años, ha sido muy importante en la vida de Antonio Roldán Reyna, quien aún conserva, tanto en las paredes de su casa como en su memoria, un sinfín de recuerdos de aquella época en que fue una de las figuras más importantes en los Juegos Olímpicos realizados en México.

“Puedo poner un museo de tantas cosas que tengo, incluso mi esposa dice que ya no tenemos espacio para colgar más fotos”, dice en tono humorístico el campeón peso pluma de México 68, mientras observa una pared tapizada por fotografías que recuerdan sus peleas, triunfos y encuentros con diversas celebridades del mundo deportivo; en aquél muro, también pueden observarse algunos carteles promocionales de sus encuentros y diplomas escolares de su esposa e hijos.

-“Mira, ahí estoy con el Hijo del Santo; acá con Cassius Clay; aquí estamos en un aeropuerto mi compadre “El Púas” Olivares y yo, con las aeromozas que querían una foto con nosotros; acá están los mejores del 68, Pilar Roldán (mi prima hermana), Álvaro Gaxiola, “El Púas”, entre otros; acá está mi última pelea, fue contra mi esposa (ríe y señala la fotografía de su boda), y tengo más cositas por ahí, diplomas de mi esposa, mis hijos, etcétera”,- explica el ex boxeador y su rostro se llena de orgullo.

El tapiz de los recuerdos sobre el rin se ubica exactamente a la entrada de la casa del campeón, donde también se encuentra la sala, conformada por tres sillones negros, uno de ellos ubicado frente a la pared de las fotografías, fue éste el elegido por el medallista olímpico para sentarse a recordar su juventud.

Cambio: futbol por boxeo

Antes de pensar en ser boxeador, Antonio Roldán soñaba con ser un gran futbolista y formar parte del famoso equipo “Las Chivas” de Guadalajara, más tarde, su padrino lo acercó a los gimnasios, donde el joven descubrió su verdadera vocación: el boxeo.

-“Yo quería jugar en las “Chivas” de Guadalajara, y comencé a jugar en el barrio, en la colonia Atlampa, en un equipo que se llamaba “UDG Deportivo Atlampa”, aunque yo vivía en la colonia San Simón. Entonces mi anhelo era ser futbolista profesional, y llegué a jugar en el “Vaqueros de Cuautitlán”, en tercera división, pero se me hacía muy difícil porque era un juego de conjunto.

Comencé en el boxeo por un padrino que se llamaba Armando Jaimes, quien me decía “vente, ahijado, vente a entrenar mejor”, como nos peleábamos mucho en la calle, pues el barrio es así, me dediqué a entrenar y a pelear a la edad de 15 años; en ese entonces, llegué aquí al Estado de México y salí campeón, entré a “Guantes de Oro” (torneo de boxeo amateur) y me promovieron para ir a pelear a otros estados con mi equipo que se llamaba “Club Casanova”.

Aún no fallecía mi papá, entonces él me decía “hijo, síguele, yo te doy para tus camiones”, pues yo trabajaba en una fábrica llamada “Estructuras Fabriles”.- Al mencionar esto, los ojos del campeón se llenan de lágrimas por el recuerdo de su padre, pero aún así, continúa con el relato de sus comienzos en el deporte y se percibe en su voz una gran emoción.

“Mentí y tuve que pelear contra uno duro”

En su adolescencia, Antonio Roldán ingresó al mundo del boxeo y fue a la edad de 15 años cuando, aún siendo inexperto, peleó por primera vez de forma profesional con gran éxito, sin embargo, todo esto fue producto de una mentira, pues el encuentro fue programado debido a que el joven se presentó a un gimnasio diciendo que había batido récords y por tanto era profesional, lo cual no era cierto.

“Sí, fue en Tlalnepantla, mentí y tuve que pelear contra uno duro, uno que se eliminó con Juan Favila en la olimpiada de Tokio, en 1964; él llevaba quién sabe cuántas peleas y yo ni una.

Entonces, cuándo te programan tienes que llevar tus récords, pero en este caso no fue así, sino que les dije “no pues, no los he guardado”, y me dijeron “a ver, vente a entrenar acá”, me vieron cualidades y me programaron.

El contrincante se llamaba Santos Arellano y sí me preocupé porque era muy bueno, pero miedo no tuve, sólo nervios y esos se quitan cuando suena la campana y viene el primer golpe…”

Proceso de selección

-“Antes de ir a la olimpiada, tuve que pelear contra un muchacho que era mi amigo, se llamaba Benjamín Ibáñez y era entrenado por Vicente Saldivar y el “Negro” Juárez.

Teníamos que ganar dos de tres peleas para asegurar nuestro lugar en la olimpiada, pero como yo ya le había ganado a campeones internacionales, me querían quitar por políticas que había en el Comité Olímpico, entonces me dijo el señor Arturo Hernández (el “Cuyo”), mi entrenador, que no me preocupara y peleara las dos primeras peleas y ya si ganaba, iba a los Juegos. Gané, fui a las olimpiadas y me llevé una medalla de oro.”

A pesar de haber demostrado su fuerza y habilidad para noquear a sus contrincantes en el rin, Antonio Roldán es una persona muy sensible, pues en varias ocasiones, al recordar a sus padres, sus comienzos y victorias, sus ojos se llenaron de lágrimas y su voz salió entre cortada, como si tuviera el clásico nudo en la garganta que impide a las palabras sonar con su tono acostumbrado y normal.

De pronto, la nostalgia hace acto de presencia en la sala de la casa del campeón, contrastando con las fotografías y trofeos que representan fuerza, valentía y triunfo, los cuales recuerdan a un hombre sin miedo, quien peleó con muchos y los derrotó, sin embargo, ese hombre, a pesar de haber sido un fiero boxeador, muestra ahora sus sentimientos, que dejan clara su naturaleza humana, misma que lo hace sincerarse.

-“Cuando platico soy muy sentimental, es muy duro platicar conmigo porque me viene el sentimentalismo y todo eso, y me acuerdo de las cosas y las siento mucho, así soy yo”,- dice mientras se asoman unas lagrimas de sus ojos, enmarcados por unas cejas en las cuales aún son visibles las cicatrices provocadas por los guantes de sus contrincantes, a quienes derrotó sin importar sus heridas.

Años antes de la pelea por el lugar en los Juegos Olímpicos, Antonio Roldán enfrentó la muerte de su padre, a quien hubiera deseado tener cerca en sus peleas y victorias para celebrarlas con él.

-“Mi papá murió en 1965, me acuerdo y como que… él no me vio triunfar, y yo hubiera querido darle esto, darle el otro, pero mejor me gasté mi dinero en otras cosas…- (de pronto, los ojos del campeón se llenan de lágrimas)- voy por una servilleta…”.


El campeón, disimulando las lágrimas que salían de sus ojos, se levantó del sillón en que estaba sentado y se dirigió hacia el fondo de la sala, entró por una puerta, donde se ubica la cocina, más tarde, volvió con un pequeño pedazo de papel en mano, con el cual secaba su rostro.

-“Hay mucha gente que llora por cualquier cosa, por ejemplo, cuando yo gané la olimpiada no lloré, mis amigos el “Tibio” Muñoz, Ricardo y todos lloraron, pero yo no, yo sólo lloro porque me acuerdo de mi padre, de mi mamacita y por cosas importantes”- comenta emocionado entre lágrimas y risas.

A pesar de haber sido un fiero boxeador, el señor Roldán es una persona muy sensible y amable.

México 1968

En 1968, además de olimpiadas, México vivió uno de los episodios más sangrientos de su historia: la matanza que tuvo lugar en Tlatelolco el día dos de octubre de aquel año, en la cual murieron muchos jóvenes en defensa de sus ideales de libertad, mismos que reprochaban al gobierno en turno las medidas represivas tomadas en contra de los rebeldes, así como el mal manejo de la política.

Entonces, Antonio Roldán era un joven que apenas y se acercaba a los veinte años de edad, por tanto, fue contemporáneo de quienes participaron en dicho movimiento y murieron en el intento; sin haber sido un rebelde, de los que asistían a los mítines estudiantiles, el boxeador reprobó el modo de proceder del gobierno en aquella ocasión.

-“Cuando fue el problema del 68, yo era joven y sentí muy feo, y más porque fue cerca de mi barrio; para mí fue un abuso del gobierno, el cual mandó soldados para matar a gente que ni culpa tuvo, porque no sólo fueron jóvenes, sino también padres de familia y cualquiera que se atravesara en su camino.

Yo siempre he reprochado eso y estoy en contra de que atenten contra los jóvenes, porque sus ideales son pensamientos de quienes quieren algo mejor para el país, en cambio, los gobiernos sólo ven para ellos mismos y no les importa el pueblo, por eso ahora hay tanta drogadicción y delincuencia, por la falta de trabajo y de seriedad del gobierno que no atiende las necesidades de la población”.

A pesar de no haber participado en las revueltas estudiantiles de finales de la década de los años 60, el joven Antonio Roldán luchó por sus propios ideales y por sobresalir en el deporte, sin más armas que él mismo, su habilidad en el rin y sus guantes de box, mismos que lo llevaron el 26 de octubre de 1968 a triunfar, adueñándose del oro olímpico en la categoría peso pluma.

Pero competir en los Juegos Olímpicos y ganar el oro en boxeo fue un triunfo que costó al campeón un precio alto, pues para hacer un buen papel, tuvo que pasar un tiempo concentrado en el Comité Olímpico, donde se dedicaba a entrenar duro y sólo se le permitía salir los fines de semana, lo cual le restó horas de convivencia con su familia y también le ocasionó algunos problemas.

“Sí, estaba internado en el Comité Olímpico, todos los domingos me iba a concentrar y salía hasta los viernes en la tarde; cuando llegaba a casa, mi mamacita siempre me hacía mi cenita, humilde pero bien suave, me ponía mis frijolitos, mi queso que me gustaba mucho y mi cafecito.

Una vez ya estaba matando de un coraje a mi mamá, porque yo tenía que cuidar mi peso, entonces llegué y ya estaba mi cena, le reclamé y le dije “oye mamá sabes que no puedo comer y me das de cenar…”, la hice enojar.

Era algo feo, no podía ni tomarme un refresco, para esto hay que cuidarse mejor que una señorita, y uno se porta hasta grosero con los demás por los nervios, pues pelear causa mucha tensión y no puedes ni platicar, tienes que estar solito, acostado o escuchando música, debes relajarte, no hay de otra.”

De nuevo, los ojos del campeón se llenan de lágrimas y su mirada refleja nostalgia por el recuerdo de su madre y las dificultades que pasó para destacar en los Juegos Olímpicos, sin embargo, él sabe que todo ese esfuerzo valió la pena.

Al subir al rin, el joven boxeador no tenía miedo, se enfrentaba a sus contrincantes sin temor a ser lesionado, sin embargo, pasaba por su mente una sola preocupación: hacerlo bien para no defraudar a su gente y que ésta estuviera orgullosa de él.

“Yo quería sobresalir, mi preocupación era “¿qué dirán si pierdo?”, porque yo ya le había ganado a varios extranjeros que también iban a competir en los Juegos, entonces por eso quería dar lo mejor, para no quedar mal.

Subes con nervios, pero el miedo es distinto, se siente temor al pensar qué dirá la gente si pierdes, porque cuando se pierde es muy feo, pero yo aunque perdiera, llegaba como triunfador, todos me recibían muy bien.

Yo me sentía muy orgulloso por representar al país, recuerdo que lo más padre al subir al rin era escuchar el himno nacional, eso es lo más bonito que puede haber porque es para México, pero en ese momento tú eres el responsable de que lo toquen, pues estás representando a todo un país y eso enchina la piel, es como si te caminaran hormiguitas por el cuerpo”- ríe.

“Luego imagínate, tú representas a México y estás aquí arriba – (con las manos simula el descenso de niveles)- Estados Unidos abajo, otro acá abajo y aún más abajo, otro. Lo que más me enorgulleció fue estar por encima del “gringo”, por descalificación o lo que fuera, pero no me ganó.

A ese negro, Alfred Robinson, yo ya le había ganado en Las Vegas, entonces al momento de la final estábamos muy presionados, yo le comencé a pegar aquí- (señala su abdomen)- y él me dio tres topes acá – (dice mientras muestra su ceja izquierda, en la cual aún se observa una cicatriz)- por esto lo descalificaron y no le dieron el oro, pero ya ves como son los “gringos”, todavía le hicieron una fiestota para entregarle la medalla de plata y me invitaron.

Para Antonio Roldán Reyna, la clave del éxito es la valentía, pues afirma que si uno no tiene el valor suficiente para hacer las cosas, nada puede salir bien, en cambio, si se es valiente, ya se tiene asegurado el 60% del triunfo.

“La medalla yo se la dediqué a mi mamacita y a todo México, pero principalmente a mi mamá, y me dio mucho gusto verla en la tribuna cuando gané. Luego, me llama el Presidente de la República, Gustavo Díaz Ordaz, me felicita e invita a Los Pinos, de ahí, Jacobo Zabludovsky me invitó a Televisa y me llevaron en hombros, tuve tiempo de cambiarme hasta llegar a la televisora, a donde llevaron mi ropa”,- recuerda con una sonrisa el campeón peso pluma.

¿Volvería a subir al rin?

-“¿Ahorita? No, ya no, ya tengo 62 años, me siento chavo todavía pero ya estoy grande y esas cosas ya pasaron a la historia.”

Su rostro se ilumina y sonríe al imaginar su retorno al boxeo, y aunque niega volver a ponerse unos guantes, dice que le gusta ver peleas en televisión sólo cuando se trata de buenos elementos, pues afirma que hoy en día, los jóvenes ya no se toman en serio este deporte debido a la drogadicción y a las palancas en las cuales se basan para triunfar, lo cual está mal, pues para él todos los deportistas deben llegar limpios y honestos a la victoria.

Hablando de los jóvenes, el ahora padre de familia mencionó a sus hijos, quienes, afirma, no se interesaron por los deportes pero estudiaron e hicieron una carrera profesional, de lo cual se enorgullece el campeón.

“A ellos no les gustó el deporte, sólo a mi hija, quien corría muy bien, yo la llevaba al Comité para promoverla, pero una vez se rompió el brazo en la escuela y ya no quiso seguir corriendo.


Ahora los dos mayores son comunicólogos y el menor también va por ahí, están muy bien con sus carreras, no me hubiera gustado que me siguieran, ya que yo no pude estudiar, a ellos les hemos procurado buenas escuelas y ahí van, me da mucho gusto.”

El campeón, orgulloso de sus hijos y feliz por haber recordado su historia en el boxeo, aconseja a los jóvenes lo siguiente:

“Yo les recomendaría a los jóvenes que siempre sean honestos y digan la verdad, porque todo se sabe tarde o temprano, que no consuman drogas y confíen en sus padres, pues los papás son los mejores amigos que un chico puede tener, ellos siempre estarán cuando se les necesite”.




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