miércoles, 6 de marzo de 2019

LUIS RODRÍGUEZ, 92 AÑOS DE HISTORIAS

Foto y texto: Ana Laura Sarabia Rodríguez
Ciudad de México (Aunam). Nadie conoce mejor el significado de la frase “en la vejez no hay lugar para cobardes” de Henry Louis Mencken que el señor Luis Rodríguez Santillán, quien a sus 92 años afirmó poseer una vida tranquila, satisfactoria y llena de buenos recuerdos, entre sus mayores logros sitúa a su familia y dejar su oficio de plomero como un legado para sus hijos.


De manera amable y afectuosa, el señor Luis Rodríguez contó anécdotas de su vida, de su infancia, adolescencia, adultez, describió los aspectos más importantes a lo largo de sus 92 años sin ninguna dificultad al expresarse, característica que lo define, ya que a pesar de contar con una edad avanzada tiene un aspecto saludable, es una persona alta, delgada, pelo canoso que cubre de manera regular con una gorra o sombrero.

Luis Rodríguez es el tercer hijo de cinco hombres, nació en 1926 en la colonia Santa Julia en la alcaldía Miguel Hidalgo en la Ciudad de México (CDMX), a muy temprana edad perdió a sus padres. “Tenía cuatro hermanos; Alberto, Rafael, Rodolfo, Miguel y un medio hermano que se llamaba Odilón”.

“A mi papá le gustaba mucho el chupe y de eso murió, yo tenía como siete u ocho años, después de eso nos fuimos a vivir con mi tía Chavela, ella nos cuidaba mientras mi mamá se iba a trabajar de criada a unas casas particulares”.

La infancia de Luis Rodríguez fue sencilla pero muy feliz, recuerda disfrutar de horas de juegos con sus hermanos, “como nos cuidaba mi tía porque mi mamá se iba a trabajar jugábamos con el trompo, con las canicas, coches de madera, era muy bueno cuando jugaba al trompo siempre les ganaba a mis hermanos”.

Cuatro años después de la muerte de su padre murió su mamá situación que obligó a Luis Rodríguez y a sus hermanos a trabajar para poder comer, “mi mamá era re´ buena persona cuando se murió, mi tía nos puso a trabajar con mis primos haciendo petacas, maletas pues”.

El señor Rodríguez mencionó entre risas “cuando fuimos creciendo más nos hizo conseguir trabajo para que le diéramos dinero para la comida, no había que rajarnos, nada de ser cobardes, me acuerdo que a sus hijos les daba de comer bien, pero a mis hermanos y a mí nos daba agua con canela”.

El primer trabajo que consiguió fue en una panadería, a los 13 años “estuve de ayudante de panadero un año nada más, me gustó; limpiaba las charolas, sacaba el pan del horno, los acomodaba, pero no hacía pan sólo veía a los panaderos de la noche cuando lo hacían y se pasaban la masa por las axilas para limpiarse el sudor, le echaban mocos a la masa y eso lo hacían porque estaban borrachos”, afirmó Luis Rodríguez mientras simulaba tener una masa en las manos.

Al dejar el empleo como ayudante de panadero consiguió, por medio de un primo, entrar a trabajar a una fábrica de chicles, oportunidad que le cambió la vida para siempre: “me encargaba de revisar las maquinas que recortaban el plástico de las envolturas de los chicles. En una de esas le calculé mal, o alguien movió la máquina, quien sabe, pero me corté mis dos dedos”, mencionó mientras señalaba la ausencia de sus dedos anular y cordial.

Al quedar huérfanos no todo fue malo para Luis Rodríguez y sus hermanos ya que aprovechaban que su tía cuidaba de sus primos para salir durante su juventud. “Cuando era joven me iba con mis hermanos, amigos o solo a bailar, me vestía como pachuco, era muy bueno, me gustaba el danzón, cuando no bailaba me iba a jugar beisbol, me gustaba más que el futbol. Jugábamos en un equipo, era pícher, muy bueno, mis amigos me decían el tribilin, jugué como un año nada más”.

A los 15 años y gracias a la oportunidad del señor Pedro García obtuvo su primer trabajo como plomero, en este empleo como ayudante de plomería aprendió las bases del oficio que sería el que escogería para trabajar por el resto de su vida, “la plomería me gustó más que otra cosa, era bueno y le aprendí rápido al señor Pedro” afirmó.

A los 18 años el amor tocó a su puerta, conoció a Josefina Vázquez quien sería su esposa y, según menciona, el amor de su vida: “la conocí en Santa Julia, porque vivíamos en la misma calle, más que ella vivía en el 88 y yo en el 10. La empecé a conocer por un tío que vivía en una vecindad donde ella vivía, empecé a ir a ver al tío y de paso la veía a ella, duramos de novios tres meses, se murió su papá y luego nos juntamos, lo que más me gustaba era su forma de ser”.


Cuando Luis Rodríguez se juntó con Josefina las responsabilidades aumentaron, decidió usar su experiencia en plomería y pedir trabajo en una construcción, cuando lo consiguió comenzó a rentar un cuarto en la avenida Tláloc por Lago Zirahuén. Al cumplir 21 años fue padre por primera vez al tener una niña, a la cual decidieron nombrar Juana, dos años después Josefina y él volvieron a ser padres de un niño al cual nombraron Gustavo.

La experiencia que tenía como plomero creció y lo orilló a tomar la decisión de abandonar el empleo en la construcción y empezar a trabajar por su cuenta vendiendo material de plomería y haciendo encargos.

“Me iba con mi material en el diablo hasta la San Felipe, ahí vendía porque se ponía un tianguis muy grande todos los domingos, hasta que un amigo me ofreció comprar un local en el mercado que iban a construir ahí, pagué como 500 pesos por el local, cuando me lo entregaron empecé a vender dentro del mercado hasta que me jubilé y le di el negocio a mi hijo”, afirmó.

Después de comprar su local la suerte le sonrió a Luis Rodríguez y compró un terreno que le ofrecieron, de manera inmediata a la compra pudo empezar a construir su casa propia.

“Fueron tiempos de mucha felicidad para mí, después de comprar el local un compadre me ayudó a comprar unos terrenos que vendían por la Villa, en la colonia Del Obrero, hablamos con los licenciados, me acuerdo que eran dos, veníamos cada semana hasta que nos dieron nuestros papeles y nos entregaron el terreno, luego luego empecé a construir unos cuartos”, mencionó mientras hacía un circulo con las manos en referencia a los cuartos de abajo.

Cuando Luis terminó de construir su casa Josefina, él y sus hijos se mudaron a la colonia Del Obrero, meses después contrajeron matrimonio por la iglesia y comenzaron a tener más hijos: “nos casamos por la iglesia, después de misa cada quien para su casa, no hubo fiesta, después de Gustavo vino Sara; un bebé que se nos murió, después volvimos a tener un niño que si creció bien, José Luis, después a Felipe, Lourdes y una última niñita que llamamos Sofía, pero ella se murió a los cuatro años”, mencionó.

Con una sonrisa en el rostro Luis Rodríguez mencionó que ser padre era y es uno de sus trabajos favoritos, “cuando mis hijos estaban creciendo yo trabajaba en el mercado de la San Felipe, o iba a hacer chambas a casas particulares cuando regresaba de trabajar los llamaba a todos y los formaba, los hacia marchar como soldados, correr, como militares nada más porque me divertía viéndolos”, contó mientras reía.

El señor Rodríguez considera haber sido un buen padre, afirma haber puesto todas las ganas en criar sus hijos, “no quería ser como mi papá, quería ser mejor padre para mis hijos. Mi papá tomaba mucho, yo si llegué a tomar, pero digamos que solo en fiestas, mmm en ocasiones especiales, pues mi papá murió de eso, por eso no lo conocí bien, y yo a mis hijos los acompañaba a la escuela cuando iban creciendo, los veía todo el tiempo”, explicó.

En 1992, a sus 66 años Luis Rodríguez perdió a su esposa Josefina después de meses de acompañarla en el hospital: “ella se murió de la enfermedad que tenía, retención de líquidos, se le hinchaban mucho los brazos, las piernas, primero se la llevamos al hospital y ahí murió, yo la quería mucho. Lo que más nos gustaba hacer era ir al cine, la iba a recoger cuando llegaba de trabajar y nos íbamos a ver películas, a veces nos llevábamos a los niños, siempre me acuerdo de ella, aún hasta hoy”, mencionó de manera pausada y lenta.

Después de la muerte de Josefina el señor Luis empezó a ser atendido por sus hijos, siguió con el negocio en la San Felipe y enseñó a sus descendientes varones el oficio de la plomería, cuando decidió dejar de trabajar le dio el negoció a su hijo menor Felipe.

“Los muchachos crecieron, Juana se casó con Juan y se fueron a vivir lejos, desde antes de que muriera Josefina; Gustavo se juntó con Alicia y se fueron a Villa de las Flores; a Sara se la llevaron a Puebla cuando se casó con Agustín; los únicos que se quedaron a construir en nuestra casa fue José Luis y Felipe; a Lourdes le dejé los cuartos donde yo viví con Josefina, yo me quedé a vivir con ellos, dejé de trabajar y el negocio se lo dejé a Felipe”, explicó sobre sus hijos.

Afirma que el peor momento de su vida fue cuando su hija Juana se murió: “uno como padre nunca cree que va a enterrar a uno de sus hijos, al contrario, uno quiere que lo entierren, cuando mi hija Juana murió, hace ocho años, yo no sabía qué hacer, me sentí muy triste, pero son cosas que uno no puede evitar”, mencionó con voz afligida mientras se sujetaba las manos.

El señor Luis Rodríguez mencionó que la mejor herencia que le puede dejar a sus hijos es la gran familia que formó: “a mí me da gusto ver la gran familia que Josefina y yo formamos, ora hasta tataranieta tengo, me gusta ver que sigan igual de unidos porque en realidad es todo lo que les puedo dejar a mis hijos además del oficio de plomero”.

La vida de Luis Rodríguez ha sido todo lo que él esperaba, agradece a la virgen de Guadalupe por mantenerlo con vida a sus 92 años y espera seguir viviendo por algunos años más: “estoy a gusto con todo lo que he vivido hasta ´ora, estoy muy agradecido con Dios y la virgen de Guadalupe por haber tenido una familia como la que tengo, por haber amado a mi esposa como lo hice.




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UNA VIDA DURA Y UNA MUJER FUERTE

Por: Hugo Alfredo Pacheco Borja
México (Aunam). María Paula Hernández Albavera a sus 68 años dice que lo más importante es la familia, “la familia siempre debe estar unida y a pesar de las dificultades y algunas separaciones todos debemos estar unidos, porque solo unidos se pueden superar todas las adversidades”.


Para ella la familia no es solo de sangre, sino que son las personas que nunca se alejan, que siempre se cuidan y se apoyan. “hay familia que se aparta, a ellos no se les puede considerar parte de la familia, en cambio también hay quienes de verdad quieren pertenecer y no se alejan por más dificultades que existan”.

A sus primeros cinco años vivió uno de los primeros cambios que marco su vida, la separación de sus padres, quedándose ella y sus tres hermanos a vivir con su mamá. Al ser ella la mayor tuvo una vida un tanto complicada.

No tuvo una gran relación con sus padres. Su mamá, debido a su trabajo se alejó demasiado de sus tres primeros hijos y a los dos años después de su divorcio se juntó con otro hombre y tuvo otros 5 niños. Por lo tanto, ella fue criada más por su abuela Josefina, la cual la formo de carácter y le brindo enseñanzas que le ayudan hasta el día de hoy. “mi abuela fue la que me enseño todo de la vida, fue la que me crio, me educo, me animaba y me daba lecciones sobre cómo hay que vivir”.

El trato con su papá no fue mejor, incluso ya no lo quería reconocer como su padre “le tuve un gran rencor por abandonarnos, pero luego simplemente lo olvide ya no quería saber nada de él, para mí él nunca fue mi papa”.
Con sus hermanos tenía un gran vínculo, con quien tenía más confianza era con su hermana Edelmira, quien hasta la fecha se sigue viendo a pesar de la distancia.

A los 15 años de edad conoció a quien para ella fue el amor de su vida, Alfonso Acevedo López, a los 17 años quedo embarazada y se fue de su casa para casarse y formar su familia.

Su primer embarazo fue “por desgracia” fallido, ya que un día después de nacer, el bebe no pudo sobrevivir por problemas en los pulmones. Esto fue un suceso que la marcó de por vida y la hizo más fuerte. Después de un año volvió a quedar embarazada de quien seria la primera de siete hijos. Al dar a luz al último, los doctores le recomendaron operarse por el riesgo de volver a quedar embarazada.

Aunque su meta era mantener a toda su familia unida, a los 44 años su esposo le fue infiel, motivo por el cual decidió separarse de él, sin embargo al entender de niña que el divorcio de sus padres no era motivo para destruir a toda la familia ella se quedó con todos sus hijos, los más grandes fueron quienes la apoyaron en su divorcio y con los gastos de la casa así como de cuidar a sus hermanos pequeños, esto fue lo que hizo su unión más grande.

Ahora tiene 14 nietos; 11 niñas y 3 niños, a los cuales ama mucho, siempre los ha apoyado incluso más que a sus propios hijos en su tiempo, ha sido más que su abuela, una amiga, una madre, una defensora de los regaños y muy consentidora.

Hace poco sufrió la pérdida de un ser querido, se veía en su rostro y el tono de su voz que aún le duele mucho. La muerte de su mejor amiga, fue difícil para ella porque siempre estuvieron juntas desde pequeñas y la vio sufrir a causa de problemas de salud, la ayudo en sus últimos días, ambas eran cómplices y sus secretos se quedaran solo para ellas.

“Sin duda fue mi mejor amiga, lo que más nos gustaba era ir a bailar junto con otras de nuestras amigas, bailábamos de todo, ella siempre fue mi compañera y yo era como su consejera, siempre la voy a extrañar, nunca la olvidare”.

Ella busca lo mejor para su familia, la vida la ha tenido difícil pero eso no le ha impedido salir adelante, en su casa siempre habrá un café en las mañanas para quien se presente, una cama para quien quiera quedarse y un patio para las reuniones de sus seres queridos.



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martes, 5 de marzo de 2019

LA DIVERSIDAD SEXUAL; UNA FORMA MÁS DE AMAR: ACTIVISTA LGBTTTI

  • Todos los individuos tienen derecho a elegir sobre su sexualidad y como expresarla
  • La comunidad no debe ser discriminada por buscar lo que la hace feliz
Por Laura Andrea Soriano Hernández
Ciudad de México (Aunam). Uno de los principales problemas que enfrenta la comunidad LGBTTTI es la visión retrograda, conservadora y machista que permea en México, pues la falta de información y la ignorancia definen como antinatural la orientación sexual y ello provoca que sus integrantes se repriman, aunado a que son clasificados y es más importante colocarse la etiqueta de “personas” antes que nada, dijo Jonathan Martínez, activista de la diversidad sexual.


Él define su homosexualidad como un estilo de vida, más que una etiqueta o una sexualidad, ya que cada individuo es libre de vivir como mejor lo considere. Sin embargo, cree que la mejor solución para mejorar la convivencia en la sociedad es informar y educar a las nuevas generaciones en torno a estos temas que no afectan de ninguna forma el desarrollo de alguien más.

Los tabúes y mitos que surgen entorno a la comunidad y sobre todo a los homosexuales han deteriorado su imagen, pues creen que son demasiado despreocupados, desenfrenados y promiscuos lo que ha ocasionado el surgimiento del virus del VIH, lo cual es falso y cree que como en la sociedad en general, las acciones malas de unos pocos, crean una falsa conciencia sobre todos, considera que sería mejor si la gente viera todo lo que aportan.

El activista de 28 años, oriundo de Ciudad de México, considera que la comunidad LGBTTTI ha aportado nuevos parámetros en cuanto a la convivencia social, los prejuicios y la igualdad, en donde cada persona posee total libertad de elegir lo que la hace feliz; de igual manera dentro de su círculo social menciona que su relevancia es en el sector económico, debido a su poder adquisitivo y a la creación de trabajos y empleos, igual que muchas más personas.

Ser un miembro de la comunidad LGBTTTI representa grandes desafíos y matices en México, para Jonathan Martínez su mayor desafío no es ser aceptado por la sociedad, pues no es algo que le interese, sino por su familia, que con el paso del tiempo y mucha comprensión lo han apoyado en su elección de vida. Hasta ahora nunca ha sido discriminado por nadie, ni se ha sentido relegado en ninguna actividad y ello lo hace sentir pleno y aceptado por los demás.

Él apoya a su comunidad al estar informado de lo que ocurre con los individuos que la conforman y los apoya más que nada en los temas base como el respeto y derechos humanos, para que todos tengan las mismas oportunidades que los demás.

Realmente no asiste tanto a marchas, excepto cuando en verdad cree que son para defender más que para festejar. Sin embargo, piensa que no se involucra como quisiera en la lucha porque su trabajo no se lo permite por la demanda de tiempo que requiere, además la realización de marchas no le parece que realmente reclamen derechos si no es más un carnaval de exhibición y promiscuidad.

Si tuviera la oportunidad de cambiar su orientación sexual no lo haría porque para él sería como cambiar de familia; es decir, remplazar realmente lo que es sólo por aceptación y piensa que “no es monedita de oro para caerle bien a todos” y es muy feliz tal como es. Por eso siempre trata de no dejarse guiar por comentarios mal intencionados.

Con relación al caso de la modelo española transgénero, que ganó un certamen de belleza, cree que fue adecuado y justo que lo hiciera porque al ser transgénero es una mujer y no un hombre como muchos piensan. Aunque considera que existen temas más importantes que requieren de mayor atención que un certamen de belleza; como la legalización del matrimonio entre personas del mismo sexo y la cura del VIH, porque la comunidad es una de las principales portadoras.

El tema de la orientación sexual es muy importante, porque hoy en día son más las personas que aceptan su orientación abiertamente y también las que apoyan a la comunidad. Él activista concluyó que espera que con el paso del tiempo las personas se informen más y acepten este movimiento para que el día de mañana nadie tenga que volver a reprimirse o sentirse mal por lo que siente.




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LANZAN PRIMER MOVIMIENTO FEMINISTA DENTRO LA UNIVERSIDAD LA SALLE

  • Lasallistas buscan concientizar acerca de la violencia de género en el país

Ciudad de México (Aunam). En la Universidad La Salle Campus Condesa surgió la organización ‘Red Raíces’, un proyecto estudiantil que nace de la inconformidad y el descontento con la situación actual que viven las mujeres en México, señaló María Jimena Ocampo Bernal, fundadora con dos compañeras más.


“Decidimos alzar la voz y decir ‘¡existimos!’, porque hay gente que nos interesamos por estos temas, y eso nos impulsó a querer que la comunidad universitaria se entere que hay un problema social, la violencia contra las mujeres; que eso existe y que también existe en la universidad y es algo que no podemos dejarlo de lado”, comentó la activista.

Red Raíces no tiene como único objetivo la protesta; uno de sus principales motivos es hacer que la comunidad lasallista se entere y se interese por las condiciones de inseguridad y violencia que día a día padecen las mujeres en México.

Jimena Ocampo platicó uno de sus primeros acercamientos, no sólo con el feminismo, sino con la sensibilización ante actos de abuso contra otros seres humanos. “Como a los 16 años, cuando cursaba la preparatoria, vi un documental sobre violencia contra las mujeres, de que en Tailandia vendían niñas. Hay una frase que dice ‘no espero sufrir la causa para ser parte de ella’, ¿me explico?, a mí no tiene que pasarme algo horrible para sensibilizarme con eso”.

Más tarde, comenzó a empaparse de contenidos de reconocidas pensadoras feministas como Simón de Beauvoir, hasta artículos y noticias que hablaran de esta corriente. “Legalmente estamos al mismo nivel y legalmente somos iguales, pero la igualdad de facto no está ahí. Tenemos que hacer que nos escuchen, somos en el 51 por ciento de la población, no pueden seguir tratándonos como la minoría”.

Sobre el movimiento feminista, explicó que “cuando empezó esto, las mujeres querían el derecho al voto y querían hacer esto y aquello, ahora las leyes permiten ser iguales a hombres y mujeres. Y creo que eso es lo que busca el feminismo moderno, decir ‘¡oye yo soy igual que tú!’ Ambos somos iguales y… piso parejo para ambos…”.

Expresó su interés por el respeto a los hombres, quienes también cargan con ciertos estereotipos, y sobre todo, resaltó el hecho de que el feminismo debe actuar para defender la equidad entre ambos sexos. “Creo que los hombres tienen cargas sociales muy fuertes, y el machismo también afecta en eso, también creo que el feminismo trata de eso, de decir ‘oye no seas el sostén, yo también puedo trabajar’, y cosas así”.

Aunque La Salle es una universidad de carácter religioso, Ocampo Bernal y sus compañeras se preocupan por la equidad de género y cómo se maneja la información sobre temas como el aborto y la diversidad sexual. “Los valores de La Salle son: fe, fraternidad y servicio; y creo que se complementan con lo que buscamos en Red Raíces. Queremos impulsar pláticas, poner documentales, videos para que seamos más incluyentes. Como que la gente no es consciente de la realidad, te das cuenta hasta que pasa en su casa”.

“Me emociona y me hace feliz pensar que estoy poniendo mi granito de arena para las generaciones que vienen. Si algún día tengo hijas o tengo hijos decir ‘yo traté, yo luché, me enojé, le menté la madre a la facultad de derecho, hicimos esto, casi nos corren de la escuela, lo que sé; todo para que las niñas que vienen puedan hacerlo sin la lucha que yo hice. Hay una frase que dice ‘estoy agradecida con las mujeres que lucharon por los derechos que hoy tengo”.






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