jueves, 4 de abril de 2013

TODO CABE EN UN JARRITO: LA VECINDAD DEL 3715

Por Jesús Leonardo Quiroz Ruiz
México (Aunam). “¡Aguas que ese perro muerde!”. Tal parece que en ésta vecindad las advertencias son antes que el saludo. “Arrímate pa´ca mi hijo que ese perro ya no ve y se le avienta a quien pase por ahí”.

–“Gracias, doña Carolina, que amable es usted”-. Caro, o como le dicen aquí, "La vieja patas de polvorón", me recibió con una grata sonrisa y un aviso para que yo siguiera conservando mi pierna.

La perrera pasa, pero el inquilino de la puerta principal de la vecindad ya es de la familia. Esto es un día común en el 3715 de la Norte 50, en la Colonia Emiliano Zapata. Sí, en la Gustavo A. Madero. Acá por la Valle Gómez, al lado de la Río Blanco; cerca de la Sánchez, también de Peralvillo, claro. Acá por donde, aun, pasa el ferrocarril.

Huele a humedad. Parece un laberinto esto, muchas puertas: unas abiertas otras cerradas. Oscuridad reinante y una telaraña de cables que llevan la luz de cuarto en cuarto son el escenario del pasillo de la vecindad. Sobre éste hay cinco cuartos que albergan a nueve familias. La desproporción de espacio es normal.

Por fin llegué a donde se encuentra doña Carolina, ella me sonríe y me cuestiona “¿No te dio miedo pasar por las vías?”- No señora, todo bien, gracias-. Ella replica “Vente hijo, vamos a subirnos, na más te estaba esperando”.

Con sus paso destemplados me guió por unas escaleras que están a punto de caerse, debajo de las mismas hay tres lavaderos para todos los inquilinos. Huele a quemado, es el boiler de leña que ocupa doña Carlota, la portera de esta casona en decadencia.

Casona que pide a gritos que la resanen; pues sus paredes se hacen cada día más delgadas. El ladrillo se vuelve polvorón. También reclama por una pintadita. Ruega una sacudida. Implora lavaderos con menos agujeros y un foquito en el pasillo para que la gente no se caiga y se ensucie con el agua encharcada.

Al caminar por el primer nivel se alcanzan a sentir las varillas que sostienen la casa, el tiempo no pasa en vano y el piso se muestra como prueba fehaciente, pues a cada paso que siente desprende más polvo que cae y se confunde con la tierra de las plantas.

“Ven mi hijo, pásate ¿qué te ofrezco?, ¿un vaso de agua?, ¿coca? Pero nada más líquida porque es la única que tengo ahorita”, bromea la señora mientras me acerca una silla de madera con las patas todas cuarteadas y mal pintadas.

“Qué dichoso es porque tiene a su mamá” se escucha a lo lejos un ritmo cubanísimo; en efecto, es la Sonora Matancera la que canta. Sale timbaleando las caderas el Chava o Chiva loca pa´ la banda. “¿Qué pasó jefa, ya llegó la Troll?”, Mi amable anfitriona le contesta “Vístete cabrón ¿no ves que tenemos visita?”.Ella voltea y me dice: “tú disculparás a mi Chava”.

Interrogo a doña Caro respecto a cómo se vive en una vecindad. Antes de contestarme, dice en voz baja “este cabrón que no le baja su pinche música”-(grita) “¡Bájale cabrón!” Poco a poco el Chiva loca baja el volumen de su pequeño sonido. Entonces, el ruido que emite la olla exprés se comienza a percibir, se exalta.

“¿Cómo se vive en una vecindad? –repite-. Se vive aguantando y llorando quedito. Aquí uno se aguanta de todo, tienes que aprender a tolerar”.

Mientras ella se desahoga puedo ver en la barda que colinda con la vecindad de al lado unas cucarachas enormes, de esas que dice la gente que ya vuelan. Una rata se pasea por la comida pegada en las ollas que están en el lavadero.

Salimos, la señora tiene que tender su ropa porque si no le gana doña Carlota y pa´ qué quieres enjuagar dos veces. Mientras ella tiende, yo miro hacia los cuartos de lámina que están hasta atrás de la vecindad. Un viejito sale de ahí con un pocillo sucio y lo hecha al lavadero. Canta en voz baja: “vende caro tu amor, Aventurera”.

Todos aquí parecen sumergidos en sus mundos. Desconectados. Cada uno vela por sus intereses, como debe de ser. Sin embargo, llama la atención que nadie estorba las labores del otro. Carolina tiende su ropa, Carlota barre su cacho de patio, el anciano saca sus trastes sucios, los del pasillo pulen sus puertas, los niños juegan y la novia se hace del rogar en la puerta de su cuarto.

Mientras, llega una nueva familia a la vecindad para entrar donde no cabían más, hasta hoy. ¡Dios, ahora el baño estará más lleno!

Entran los cargadores de la mudanza y Doña Carlota vuelve a gritar ¡aguas con el perro!





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