jueves, 18 de abril de 2013

NO QUIERO PERDER LOS DIENTES


Por Carlos Sigfredo Vargas Sepúlveda
México (Aunam). Te levantas, sientes mareo: vuelves a saborear la sopa del día. Tienes miedo; lo único que puedes ver es la sangre que escurre de tu boca. No quieres tocarte, temes encontrar una herida terrible con el tacto. Un compañero se acerca a ti, y pregunta ‘‘¿estás bien?’’; quieres llorar. Das dos pasos a un costado de la ciclopista: una bicicleta está llegando y no quieres ocasionar otro accidente.

La Universidad Nacional Autónoma de México inauguró el Programa de Transporte Alternativo ‘‘Bicipuma’’ en 2005; cuenta actualmente con seis kilómetros que recorren Ciudad Universitaria (CU).

“Recuerdo el primer día que comencé a utilizar el Programa Bicipuma: estaba en la Facultad de Derecho esperando el Pumabús; una parte de mí no quería abordarlo. Eran las 15:00 horas y el calor es insoportable, mi mochila ‘reventaba’, el sol me golpeaba la cara y ‘Polakas’ se veía distante. Comprendí que debía encontrar nuevas rutas de transporte”.

“’¿Cómo puedo sacar un bici?’, pregunté con mi rostro dos años y medio más joven. Un camino nuevo, debía pedir ayuda en cada curva; pero me sentía aliviado de no tener que depender del “horno” que puede ser el Pumabús; era suficiente con el Metro de la Ciudad. Los años pasaron, y sigo utilizando el Programa para ir de un lugar a otro en Ciudad Universitaria”.

El Programa nació para que los alumnos se trasladaran de una facultad a otra, y conocieran espacios dentro de su Universidad. El viaje debería ser rápido, seguro y fácil; es aquí donde se encuentra el problema: utilizar el Programa ‘‘Bicipuma’’ es una travesía que puede terminar en desgracia.

La ciclopista tiene un área bien definida con letreros y líneas pintadas en el pavimento; a pesar de ello, los peatones caminan dentro del espacio confinado para los ciclistas y ocasionan accidentes.

Viajar en una bicicleta por CU tiene momentos memorables; puedes reencontrarte con amigos que la vida había alejado; tienes tiempo para pensar en la forma de terminar tu tarea; observas nuevas estructuras en Ciudad Universitaria; ves gente jugando fútbol; en pocas palabras, vives y sientes la Universidad, abandonas la monotonía.

No todo es maravilloso, la magia se destruye cuando te topas con compañeros que no respetan el camino de las bicicletas. De un momento a otro tu mente deja de estar relajada y se estresa: ‘‘¿Me das permiso?”, ‘‘¿me dejas pasar?’’, frases que utilizas para llegar a tu destino.

Y los peatones dirán, ‘‘¿eso es un gran problema?’’, ‘‘¿es un peligro mortal?’’, ‘‘no exageres’’, ‘‘no pasa nada’’.

Es un día como cualquiera, llegaste a Ciudad Universitaria a las 15:43 horas y tu clase comienza a las 16:00 horas, tienes tiempo suficiente para pasar por una bicicleta y aventurarte por la pista hasta la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales.

‘‘Hola’’, dice el encargado del Programa ‘‘Bicipuma’’ y toma tu credencial entre sus dedos; ‘‘con cuidado’’ es lo último que te menciona y te ve alejándote.

Recorriste una décima parte del camino cuando una compañera se te atraviesa, lleva puestos los audífonos blancos de su Ipod, no puede escucharte, ignora el sonido de la campana del vehículo; tratas de esquivarla, pero es tarde; vas cayendo hacia las filosas rocas volcánicas que parecen burlarse de ti.

Caes con una fuerza impresionante; tu boca rebota con las rocas, tus brazos se raspan y sangran, las piernas quedan atrapadas entre las piedras, el pavimento y la bicicleta que ha dejado de ser tu amiga y se ha convertido en una trampa.

Te sientes aturdida; lo único que querías era llegar rápidamente a tu salón para el primer examen de ‘‘Teoría del Discurso’’; ahora, te encuentras sin fuerza, sabes que tienes que pararte, nadie se acerca a ayudarte.

La joven que caminaba sobre la pista se ha alejado, pero estás segura de haberla visto voltear hacia ti y seguir su camino a pesar de que la sangre brota de tu rostro y pareciera que estás inconsciente tras el impacto.

Te levantas, sientes mareo: vuelves a saborear la sopa del día. Tienes miedo. Un compañero se acerca a ti, y pregunta ‘‘¿estás bien?’’; quieres estar en casa. No podrás hacer el examen; ni siquiera recuerdas el nombre del profesor que iba a aplicártelo.

Preocúpense. Esto le ocurrió a una compañera, su nombre es Alejandra Natalia Rodríguez; preocúpense porque le ocurre a otros en Ciudad Universitaria, diariamente.

¿Por qué ocurre?, ‘‘por la falta de consciencia de muchos compañeros. No les importa caminar sobre la pista, creen que no pasa nada’’, menciona Natalia.

¿Qué hubiera ocurrido si Ale se hubiera golpeado en otra parte de la cabeza y no se hubiera levantado más? Alguna desconcentración personal puede hacerte perder la vida en un instante, pero ¿perderla por personas que no quieren caminar por los sitios correspondientes?

Avanzo por la ciclopista sin temor, pensando, divirtiéndome, y no menos importante: haciendo ejercicio. Tomo mi credencial y escucho la voz de los encargados en los módulos del Metro Universidad, de ‘‘Polakas’’ y de la Facultad de Derecho: ‘‘con cuidado’’; poniendo en evidencia los accidentes; y lo único que pido a los demás es que caminen por la banqueta, no quiero perder mis dientes.










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