miércoles, 19 de septiembre de 2018

RECORDAR PARA NO OLVIDAR: A UN AÑO DEL 19S

Por: Ixtlixochitl López
Ciudad de México (Aunam). La primera advertencia vino con el sismo del 7 de septiembre, sus 8.2 grados de agitación dejaban tras de sí 96 personas muertas y 110 mil inmuebles dañados en Oaxaca, Chiapas y Tabasco. La catástrofe, hasta entonces invisible, comenzaba a vislumbrarse, eran los estados más pobres también los más dañados.


La gente que había quedado a la intemperie esperaba la ayuda que corría a cuenta gotas, había municipios que tras una semana seguían sin tener noticias de las autoridades. La atención se había concentrado en Juchitán y el Istmo que recibían las visitas del presidente Enrique Peña Nieto y Aurelio Nuño, secretario de educación.

Una catástrofe dentro de otra, la tarde del 19 de septiembre lo primero que se preguntaron todos fue cómo era posible que construcciones con menos de seis meses de haber sido entregadas a sus dueños, vendidas a precios exorbitantes pudieran caerse. “¿Quién dio los permisos para construir casas de papel?, ¿Qué se aprendió después del terremoto del 85?”

Cuando todo se movió, pararon las escuelas, las universidades, los centros nocturnos, deportivos, estaciones de radio y de televisión. Se abrieron todas las puertas del palacio municipal, de los estadios, los campos militares y las casas particulares para convertirse en centros de acopio.

De manera antinatural la gente corrió en dirección contraria, sí, hacia los edificios que se colapsaban. La solidaridad de los ciudadanos del país pareció cubrirlo todo de manera inmediata.


Corrían con los zapatos pesados por los casquillos, las manos heridas por el cemento, los cabellos mojados apenas cubiertos por los cascos. Hilos de manos que pasaban, acomodaban y empaquetaban alimentos, sobres, latas, cajas, agua embotellada, artículos de higiene, ropa, cobijas. El naranja fluorescente alumbraba la ciudad y hacía de ella sitio seguro.

Ciclistas convertidos a informantes avanzaban sobre las calles para disipar rumores, nunca hubo más agentes dirigiendo el tráfico en las calles; arquitectos, ingenieros, psicólogos, maestros, médicos, paramédicos, enfermeras, listos para recibir a quienes ese día volverían a nacer.

A más de un improvisado lo vieron salir de los centros de acopio, mochila al hombro, rumbo a los estados más afectados.

Los primeros en llegar fueron los trabajadores de la construcción que llegaron con: palas, picos, maquinaria pesada. Salieron los vecinos con botes y cubetas, cualquier cosa que sirviera para sacar el escombro, las manos desnudas ante los recuerdos.

Como las paredes también fueron derrumbados los prejuicios sobre la mujer y su fuerza: una policía ayudaba con un mazo mientras su equipo se quedaba mirando, también jóvenes cargaban garrafones sobre los hombros.

Nadie organizó nada, pero todo estaba bien distribuido en filas interminables que, de mano en mano, pasaban lo que fuera. De pronto, alguien alzaba los puños y se hacía el silencio. Más de una vez una lágrima cayó pero su mano levantada era como una señal de fuerza, una especie de promesa: "Vamos a salir de ésta".

Banderas ondeantes: rojas, blancas, amarillas, con o sin estrellas, firmadas por sobrevivientes y aplaudidas a su paso en agradecimiento. Personajes envueltos en trajes verdes, azules y amarillos.

La lluvia que no daba tregua a las labores de rescate se tragaba la luz del día, y araba las obras para reiniciarlas a plena luz del reflector.
El movimiento sabatino que desplazó todo, cinco centímetros sobre los que caminaba el mundo, rescatistas, bomberos, protección civil, y hasta los perros.

Noche larga y eterna, para quienes durmieron a la intemperie en espera de noticias sobre sus familiares. Desesperación y llanto de quienes buscaban la manera de saltar los filtros y entrar a buscar ellos mismos. Algunos encomendaban a los voluntarios traer a salvo a sus hijos, padres, madres, esposos, esposas, amigos.

El secretismo sobre las labores detenidas, sobre las tardanzas, los informes espaciados a los familiares, el mutismo de quien los daba, de quienes trasladaban los cuerpos al servicio médico forense sin haber sido reconocidos.

La negligencia de los medios de comunicación que centralizaron la información y dieron noticias falsas, sólo para lograr altos niveles de audiencia: el colegio Rébsamen se había caído, niños estaban atrapados, una pequeña (que nunca existió) a punto de ser rescatada.

Mientras los medios se encargaban de centralizar la información y de enviar la ayuda a dónde ya no era necesaria, a unas calles del colegio, la ayuda no llegaba. Los picos, palas y demás equipo se pedían por los megáfonos de los vecinos. No se podía entrar sin protección.

En Chimalpopoca y Bolívar una fábrica textil se había derrumbado, las trabajadoras quedaron adentro, la zona se acordonó y a pesar de los esfuerzos la maquinaria pesada entro en medio de la confusión.

El mito del otro 19S, de la solidaridad y de la inacción de las autoridades fue aprovechado por el gobierno para limpiar cuanto antes aquellos sitios que las cámaras no mostraban. La ayuda legendaria de la población no fue suficiente semanas y a un año del terremoto, parece inexistente.

Los daños en Morelos, Puebla y el Distrito Federal que se sumaron a los de Oaxaca y Chiapas, hoy se reportan en total abandono.

En Oaxaca, de acuerdo con reportes de El Imparcial de Oaxaca: la Secretaría de las infraestructuras y ordenamiento territorial sustentable (SINFRA) y el Instituto oaxaqueño constructor de infraestructura física educativa (IOCIFED) no han vuelto a las zonas de desastre y hay avances en la reconstrucción.

Mientras en la Ciudad de México la organización Nosotrxs denunció la falta de transparencia en el manejo de los recursos para la reconstrucción, informan que no se han demolido un 44 por ciento de los edificios destruidos y denuncian que el censo de los inmuebles afectados: la información está incompleta, equivocada o es de difícil acceso.

A un año del sismo son los colonos organizados quienes impulsan la reconstrucción, a través de eventos culturales, deportivos y la venta de objetos y libros.

Los afectados desean que la solidaridad resurja, que se impulse la reconstrucción transparente, que a los responsables de la negligencia cumplan con las demandas y que todos los mexicanos estén preparados para cuando una catástrofe de esta magnitud vuelva a suceder.








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