miércoles, 28 de abril de 2010

ORLANDO ZAVALA: INGENIERO DEL ALMA

Por Luis Josué Lugo Sánchez
México (Aunam). A lo lejos parecería un sujeto cualquiera; ojos adormilados, cabello rasurado, de estatura media -1.70 aprox.-. Estudiante, obrero, podría pensarse que se dedica a cualquier oficio, menos al de escribir. Camisa a cuadros, pantalón de mezclilla gastado y botas negras que según refiere, ”siempre lo acompañan”. La vida no le preocupa mucho, esto se evidencia, desde que se le ve y hasta que se le trata.

Ingeniero poeta o poeta ingeniero, a sus 21 años reconoce que Vicente Leñero fue su inspiración y que Los albañiles le mostró la forma en cómo se debe hablar con los demás, la capacidad para entablar una conversación con cualquier tipo de personas, y en un caso más concreto, la posibilidad de impactar mediante la obra artística en el policía, arquitecto, estudiante y albañil.

Érase una vez

Orlando Zavala empezó a escribir en cuarto semestre del Colegio de Ciencias y Humanidades (CCH), cuando -le cuesta recordarlo-, tenía entre 15 o 16 años. Su rostro oscila entre la duda y el desconcierto, parece afectarle a su memoria el tiempo transcurrido, los versos escritos, los autores leídos, los poemas publicados.

El juego con sus manos es permanente, desde que inició la entrevista, mueve sus dedos y hace que la mesa suene, suene y vuelva a sonar. Ante el silencio que invade el cuarto no es difícil desconcentrarse, pero al ritmo de su historia y al calor de sus palabras, la sesión sigue en orden, amena y dinámica; las preguntas se abocan hacia los inicios del ingeniero, del ingeniero poeta, quiero decir. Alza las cejas, sorpresivamente cesa el movimiento de sus manos y profiere:

“¿Cómo empecé? Me acuerdo que ese día tenía tarea de filosofía, leía y leía, pasado cierto tiempo saqué mi cuaderno y escribí todo lo que sucedía a mi alrededor. Estaba en la azotea, veía el paisaje, la ciudad, escribía por automático, sentía lo que estaba a mí alrededor, lo plasmaba en el texto. Al final el escrito no me gustó, lo rayé y lo abandoné. Fue una buena etapa en mi vida, leía mucho, sacaba un libro y en dos días me lo echaba, eso me ayudó para la escritura de de mis primeros textos”.

La política en los nuevos escritores

“Veo difícil escribir política literariamente, para hacerlo hay que saber historia de México, historia mundial, corrientes políticas; los jóvenes actualmente estamos desorientados, no nos informamos, o nos informamos mal, mediante medios de comunicación que manipulan la verdad”, refiere al tiempo que sus manos descubren un nuevo pasatiempo: jugar con una naranja (Orlando es de manos inquietas), la pasa de una mano a otro sin dejarla caer.

Un hueso de la naranja yace tirado sobre la mesa, el mantel blanco se ha ensuciado, a Orlando no le importa, la excavación de huesos continúa, saca otro y otro, -hasta ser cuatro-, los acomoda en círculo sobre la mesa.

“No es forzoso incluir política en la literatura, pero sí se puede, tal como lo hace Vargas Llosa en La guerra del fin del mundo, en esa novela habla de un preso político, en la historia de la obra engloba aspectos políticos y religiosos”.

“Los tiempos cambian, hoy ya no hay una efervescencia política como la de los sesenta donde había más represión; la sociedad se ha abierto un poco más, no es necesario decir que nos reprimen pues ya no estamos tan reprimidos, esto en comparación con los lugares donde antes lo estaban. Ya nos interesan más otras cosas: las computadoras, el Internet, la vida misma. Hay menos ambición de los jóvenes por cambiar esta sociedad, somos felices con cosas nimias: reggaetón, novelas, todo esto, como producto de la desideologización”.

La inspiración es casi todo

Toma su café; uno, dos, tres segundos, vuelve a colocarlo en la mesa. Hace una cara de aprobación, mira hacia al frente, su vista se pierde por medio segundo, no encuentra algo en que entretenerse. Al preguntarle sobre los temas a los que los literatos jóvenes se dirigen en la actualidad, Orlando contesta: “son muy variados, no dependen de una sola cosa, escribimos lo que nos pasa, no hay un fin fijo, hablamos de la noche, la soledad, la luna. Depende el momento, el lugar, el estado de ánimo”.

Se identifica con la corriente surrealista, su escritura es improvisada, “sin una idea fija, la frase sólo necesita ser expresada, ya existe por sí misma en mi mente. Cuando escribo no me interesa nada”, expresa.

“Para mí la inspiración es casi todo, son importantes las reglas, pero la inspiración es más importante”, su tono de voz se alza ligeramente, sus ojos denotan un brillo inusual, diferente al que tenían cuando llegó. Prosigue: “aunque escribas mal, pero si logras expresar lo que quieres, si alguien más lo entiende, vale mucho más que ponerle miles de elementos técnicos”.

Disfraces de ámbar

“Disfraces de ámbar es una muestra clara de lo que digo, ese texto se lee y parece incoherente, en él escribo todas las imágenes que vi durante el recorrido de un día cualquiera; voy caminando y percibo el olor de una chica, la lluvia, la ventana, el baño, la música, cuando estás inspirado te puedes ir… (risas) Te vas y empiezas a escribir, no te importan las reglas”, menciona, al ejemplificar sus palabras de inspiración.

“Disfraces, no más que eso, masturbación inocente y cálida: Risible. Oblea de compromiso, de impuntualidad y deseo. ¿Por qué criticas lo que no entiendes? Un elefante no reniega de sus orejas, ni las uñas de sus dedos. En un parpadeo: Vacío. En un parpadeo: Senos. Risas, impresiones; pero duele en el fondo y ningún oboe nos alivia; sólo una charla. Miro y callo; huelo y hablo. Una sí, una no; alternando el tiempo para no despeinarse, para no perder el brillo de los ojos. ¿De qué te sirve si no recuerdas? Almidones extraviados en busca de su rumbo, del rumbo ortogonal de la luz. De nada sirve: Es sólo un día más en la vida, un esbozo de tiempo tratando de no ser remembrado. Un ciego en busca del migajón perdido, del escarabajo azul que sacie su sed de luz. Vaho de león depurante (…)”.

Una vez le preguntaron que desde cuando escribía, contestó: “jamás he empezado y jamás voy a terminar”. El silencio (tan característico en esta entrevista) se mantiene, a excepción de cuando los perros ladran y el teléfono se escucha muy lejos.





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