jueves, 5 de mayo de 2016

BILLETES EN FORMA DE CEBOLLAS, CHILES Y JITOMATES

Por Gabriel Sánchez Pozos
México (Aunam). Las puertas del metro se abren, la gente sube y baja a empujones porque las bolsas llenas de papas, zanahorias y mangos son un obstáculo para el usuario que toma el metro en la estación “La Merced” donde el olor a cebolla, hierbas y chiles se mezclan para dar la bienvenida a todo aquel que desee visitar uno de los corazones culinarios de la Ciudad de México.


Construido por Felix Candela, arquitecto conocido por idear el Palacio de los Deportes, el Mercado de la Merced ya cuenta con 58 años de vida. Sin embargo, el inicio del comercio en la zona comenzó desde la Colonia con la fundación del Monasterio de Nuestra Señora de la Merced de la Redención de los Cautivos en 1594.

“¿Cuánto le doy, güerita?” “¿Cuánto le pongo, doña?” Son algunos de los gritos que se escuchaban para atraer a la clientela que con bolsa en una mano, y con la lista de productos en la otra se pasean por los pasillos del mercado para obtener la mejor opción, tanto para el bolsillo, como para el paladar.

Los 400 metros del mercado, junto con sus 30 puertas están dividas en tres grandes secciones: la primera solamente dedicada a verduras, la segunda se encarga de ofrecer frutas, y la tercera vende todo tipo de chiles y productos de abarrotes, para que el cliente tenga más claro donde se encuentra lo que quiere comprar.

A diferencia de un mercado normal, existen puestos dedicados a un solo producto, es decir, locales completos en los que sólo se vende jitomate, papa, zanahoria o limón, pero fuera de eso, los encargados también gritan, ofrecen, venden y cobran tantas veces puedan.

Marco Antonio Sánchez García, un hombre de 30 años de edad, tez blanca y un metro con setenta centímetros de estatura que vestía un enorme delantal azul y una gorra negra, mencionó que la vida en el mercado de la Merced es muy distinta a lo que parece a simple vista.

Marco Antonio comenta que las cantidades de dinero que se manejan dentro del mercado son bastante grandes. Tan sólo de vender papa, en el puesto que su padre le heredó, en una semana en la que no se venda mucho, aproximadamente más de mil pesos sí obtiene.

“¿Cuánto le doy?” “¿Qué va a llevar?” Grita Marco Antonio cada vez que alguien se acerca a su puesto, mientras comenta el éxito de un vendedor en la Merced: saber comprar para vender mejor.

Para ejemplificar, Marco Antonio menciona, mientras juega con una pequeña papa esférica y amarilla, que para sacar ganancias el proceso de compra en la Central de Abastos es muy importante porque ahí se decide el precio que pondrá en la Merced, pues estos no dependen de lo que ofrezca el señor de a lado, sino de cuanto gasto en su inversión.

Por otra parte, Evelio Sánchez Ortega, un señor de 53 años de edad, de un metro y sesenta centímetros de estatura y pocos cabellos que mostrar, es la prueba de que en la Merced se vive y se vive bien, pues comentó que, a diferencia de Marco Antonio, vender más de un producto es lo más rentable para el negocio.

En su puesto, de poco más de tres metros de largo y dos de ancho, se observan chiles, jitomates que carecen del color rojo, tomates y cebollas que comienzan a perder la última capa, apilados y con el precio en la cima para que la clientela lo vea fácilmente, son los productos que el señor Sánchez ofrece al público.


Graduado en Química Metalúrgica por el Instituto Politécnico Nacional (IPN), Evelio Sánchez llegó al Mercado de la Merced gracias a su cuñado quien le ofreció la renta de un puesto después de haber perdido su lugar en Volkswagen, que según él, fue lo mejor que le pudo haber pasado.

Evelio, quien con una sonrisa de oreja a oreja y los ojos rojos y vidriosos, mencionaba con la voz entre cortada, que en 1986, cuando el mundial de futbol llego a México, todos los comerciantes tenían dinero para gastar sin problema, tan ese así, que su puesto que en ese entonces retaba, lo compró por 200,000 pesos, lo que significo tan sólo quitarle un pelo al gato.

"¿Cuánto le doy seño?” Menciona Evelio, y mientras su clienta comienza a elegir el tomate que se llevará a casa, comentó que aunque las cosas ya no van tan bien, lo mínimo que llega a ganar por semana son más de 4,000 pesos (aproximadamente mil por cada producto) y que con esas cifras a veces se pregunta para que se esforzó por lograr un título, si para obtener dinero en la Merced nunca le pidieron uno.

“Son 20 pesos” menciona Evelio después de haber pesado los tomates que su clienta escogió, toma un billete con la cara de Benito Juárez en él y entrega la bolsa transparente que contiene el kilo del producto que alguna vez fue suyo y así, fue como Evelio confesó que las personas que mantienen a flote su negocio no son los compradores que eligen el mayoreo, sino aquellas "de bajos recursos" como las denominó, que llegan y se llevan su kilito de cualquier cosa porque así gana más dinero.

"Saco más dinero vendiendo bolsas de a kilo a las amas de casa, que cajas de 15 kilos llenas de cebollas porque con ellas no puedo aumentar mucho el precio" menciona Evelio mientras señala una pila de 15 cajas que ya había vendido.

No siempre las grandes cantidades de dinero no se encuentran en edificios de más de 100 metros de altura, o con los hombres que visten siempre de traje, porque algunas veces los billetes y monedas se encuentran en medio de la pila de chiles y jitomates o dentro de los mandiles de más de un metro de largo de las personas que los visten en el Mercado de la Merced.






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