jueves, 28 de agosto de 2014

CABALLEROS GENTILES Y DAMAS AUTÓNOMAS: UNA LUCHA POR LA ARMONÍA

Por Renata González Tarragona
México (Aunam). Mitad de semana, hora pico y el gentío que regresa a casa en un metro abarrotado donde apenas se puede uno mover. Una señora, quien porta una gran pañalera y lleva un bebé en brazos, entra al caluroso vagón, el cual sigue lleno sin un solo lugar vacío. La señora se sostiene con dificultad de los pasamanos. El tren arranca abruptamente y una mujer decide levantarse para cederle su asiento a la fatigada madre que le agradece mientras asiente con la cabeza. Seguro habrá quien se pregunte, ¿dónde quedaron los caballeros?


Caballero es aquel de espada, capa y caballo

Un hombre imponente, gallardo, valiente que monta a caballo y blande su espada para proteger al indefenso u ofrecer su capa a la damisela friolenta, en un inicio esa es la concepción de la palabra caballero, misma que ahora se interpreta como el hombre de buenos modales, gentil y educado en sociedad, sin embargo ha sufrido de modificaciones con el tiempo.

En la Edad Media, la labor del caballero consistía en proteger y escoltar a los Reyes o Señores Feudales como una forma de devolverles algún favor recibido, o a cambio de dinero o parcelas, se le llamaba así por cuestiones de orden y honor. Más adelante, se tomaban en cuenta sus buenas acciones en sociedad, especialmente en el trato hacia las damas, galante y detallista.

Actualmente, hay quienes opinan que la caballerosidad corresponde a la implicación de una serie de códigos de convivencia basados en el respeto y la cortesía dentro de las relaciones sociales, así como el entorno del individuo y aunque no es una muestra significativa, se vislumbra la forma en que piensan los jóvenes.

Se pone especial énfasis en la interacción con las mujeres, pues pretende proporcionarles una sensación de seguridad, en una primera instancia como una atención hacia ellas, pero de acuerdo a Amelia Arreguín, Asistente del Programa de Investigación Feminista del Centro de Investigaciones Interdisciplinarias en Ciencias y Humanidades (CEIICH) de la UNAM: “se las considera un ser preciado y frágil que necesita de protección”.

Ha sido tal la permanencia de esta costumbre que se ha vuelto parte de la identidad masculina, en gran medida, y ofrece a los caballeros un tinte de autoridad o poder, pues su esencia radica en “asumir a una otredad en condiciones desiguales”, según señala Arreguín.


“Desde ese punto de vista, la caballerosidad se compondría entonces por actos de reafirmación de la identidad de género, de la virilidad del hombre, a partir de la cual la mujer sería vista como un ‘premio’ o una conquista que le da importancia o valor al varón”, continúa la investigadora, “se estaría mostrando una cara que más que amabilidad procura atracción y así, hacerse reconocer como un sujeto de aspiración”.

Además representa un pretexto excelente para abordar o acercarse a una mujer al inspirarle cierta confianza y comodidad, es así que en revistas o sitios web dirigidos al público masculino como Men´s Health o Cómo conquistar a una mujer, recalcan la gran efectividad resultante de comportarse con caballerosidad al momento del cortejo.

Cabe resaltar cómo se siembre esta conducta, pues ese proceso de enseñanza-aprendizaje de los valores de un caballero es propiciado, generalmente, por las madres y paulatinamente se socializa para convertirse en un atributo distintivo de los varones, reforzado por mandatos sociales integrados a su identidad, como se retoma en el libro Debates sobre masculinidades: poder, desarrollo, políticas públicas y ciudadanía, editado por el PUEG, Programa Universitario de Estudios de Género.

Ellas quieren, ellas pueden


En los últimos cinco años se ha visto un incremento notable en la población femenina a nivel mundial, situación que ha propiciado la movilización por la inclusión activa de la mujer en sociedad. El año pasado, La Jornada anunció que en México viven 57.5 millones de mujeres, la mitad tiene menos de 26 años y representan un 49 por ciento de la matrícula de estudios superiores.

Datos del INEGI indican que en 2010 había una correspondencia de 105 mujeres por cada 100 hombres en México, y en 12 entidades federativas esta relación de mujeres es mayor. En 2011, 41.8 por ciento de las mujeres de 14 años y más formaban parte de la población económicamente activa, para 2012, aumentó a 43.5 por ciento.

De las mujeres ocupadas, 23.5 por ciento trabajan por cuenta propia, 2.5 por ciento son empleadoras y 9.2 por ciento no recibe remuneración por su trabajo. Dos de cada tres mujeres ocupadas (64.8 por ciento) son subordinadas y remuneradas. El 44.7 por ciento de las mismas no cuenta con acceso a servicios de salud, 35.2 por ciento no cuenta con prestaciones y 44.1 por ciento labora sin tener un contrato escrito. Ocho de cada diez mujeres ocupadas desempeñan actividades en el sector terciario, de las cuales 31.9 por ciento son comerciantes, 27.6 por ciento son trabajadoras en servicios personales y 14.3 por ciento oficinistas. (INEGI)

En palabras de Richard Evans en su libro Las feministas, las mujeres siempre han protestado de una manera o de otra contra su opresión y luchado por la emancipación de su sexo. Por lo tanto, el término feminismo se define como la doctrina de la igualdad de derechos para la mujer basada en la teoría de la igualdad de los sexos.

Parte de esta lucha femenina busca la eliminación de los roles de género establecidos en pro de una equidad entre mujeres y hombres. De este modo, se entiende que género se refiere a los roles y responsabilidades de ambos determinados socialmente e impone modelos referentes de lo que cada uno debería ser y se adhiere a la cultura, responde a la forma de organización de la sociedad.


Existe una interpretación neo-marxista de la historia como lucha de los sexos y/o géneros en este afán de querer ser reconocidos y validados como seres con verdadera incidencia y participación en su contexto respectivo, el subordinado sigue un camino distinto al instituido para abrir paso a sus derechos.

Más recientemente, lo que el feminismo persigue es la aniquilación del patriarcado, al igual que la destrucción o disolución de las instituciones responsables de la aparición de la sociedad patriarcal. Hay también vertientes radicales que desprecian y se oponen al hombre, no obstante, ese no es el ideal original del cual nació esta lucha.

Como menciona Aquilino Polaino-Lorente en Mujer y varón, ¿misterio o autoconstrucción?, de acuerdo con la ideología de género, las diferencias no son naturales sino culturales, lo diferente es construido como desigual, condición que el feminismo trata de abolir.

Es por ello que muchas mujeres se sienten ofendidas ante un hombre que se comporta caballerosamente, a su parecer atenta contra su deseo y lucha por la independencia y lo ven como una herramienta de control y opresión. Así, refutan cualquier intento de caballerosidad con el argumento de que ellas también pueden y se lo recriminan al sujeto del que viene esa acción.

Cambio progresivo


En opinión de la Profesora Diana Marenco, comunicóloga y analista del discurso: “la caballerosidad nace de una división de roles y conjunta cierto discurso de la masculinidad y de la feminidad, sin embargo no se trata de un asunto perverso contra la mujer, aunque parte del supuesto de su fragilidad y puede ser asumida por ellos como superioridad”.

“En términos de convivencia humana y de civismo se hablaría de cortesía, de atención al prójimo. Las prácticas codificadas de la caballerosidad van conforme a un manual y no todas las acciones son caballerosas, las que lo son persiguen una intención y deberían tomarse como un halago, no como algo ofensivo, puede tener un origen sesgado en cuanto al género, pero no se deben perder esas prácticas, las cuales deberían ser características de los dos, hombres y mujeres”.

Para la analista este desdibujo de los roles, consecuencia de una tergiversación del movimiento feminista por quienes se tornan radicales, provoca confusión e inseguridad en los hombres, pues no saben cómo comportarse con una mujer, qué sucederá o cómo reaccionarán, por lo tanto se da una pérdida de esas prácticas del ser caballero.

Cabe destacar que este cambio de perspectiva en las mujeres ha determinado a algunos varones a ceder en tan arraigada costumbre, si les provoca molestia. Tampoco se trata de invertir los roles, si por lo que se está abogando es esa equidad, más bien es llegar a un acuerdo, identificarse con las nuevas maneras de construcción social y adaptarse a éstas.

A qué apostarle


Amelia Arreguín está a favor de una equivalencia humana fundamentada en una ética del respeto y la civilidad, de reconocer al otro como un individuo en las mismas condiciones y merece un trato amable. Diana Marenco concuerda en tanto que esta atención al prójimo no debe ir ligada al género, sino que debería ser una cuestión universal, promovida por ambos padres.

Yiri Alcántara, por ejemplo, egresado de Ciencias de la Comunicación, sostiene que es la forma correcta de comportarse frente a sucesos de la vida cotidiana que exigen la toma de decisiones con respecto a usos y costumbres de la interrelación directa. Para Jonathan Díaz, egresado de la Escuela Superior de Educación Física, es la educación reflejada ante los demás.

Por ejemplo jóvenes como Alejandro Rodríguez, estudiante de la Universidad La Salle de 19 años, opina, al igual que, Juan Carlos Díaz, trabajador en OCESA de 24 años, que la caballerosidad son los valores y modales ante la sociedad, es decir, sin ser exclusivo hacia un único género, ya que, como Marenco también apuntó, se apela a una reciprocidad en el acto.













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