jueves, 28 de agosto de 2014

"PALOMA SANTA..."

Por Angélica Vanely Fernández Valero
México (Aunam). “Ya me cansó de llorar y no amanece…” decía Chavela Vargas con su voz rugosa desde el reproductor musical, parecía extraño que la melodía se escuchara tan clara a pesar de todo el alboroto que había a su alrededor, sonaba desde el interior de un descuidado puesto de revistas, el cual pareciera haber ostentado laminas muy blancas en su juventud, pero ahora en la vejez estaba marchito, sucio por la tinta de tantas hojas llenas de historias que le ha competido resguardar.

El murmullo de la gente crecía cerca del puesto, muchas personas se acercaban a él con el afán de echar un ojo a los titulares de los diarios y darse una idea gratuita de lo que aquel día era noticia, otros se aproximaban para comprar un poco de agua, aunque el líquido contenido en la botella no representaba ni la mitad del agua que escurría por la frente de los feligreses que intentaban adentrarse a la iglesia de San Hipólito.

“Tengo miedo de buscarte y no encontrarte…”, chillaba la pequeña grabadora, cuando pasó frente a mí una mujer mayor, regordeta, tenía la piel morena, curtida por el sol, pero desgastada más por el paso de los años. Llevaba el cabello cano atado con un listón oscuro, vestía una falda sucia a cuadros en diversos tonos grisáceos, portaba zapatillas blandas y transparentes, de suela muy delgada, me sorprendía cómo no se quemaba los pies, pues aún con un calzado aparentemente adecuado, pareciese estar caminando sobre brazas ardientes.

La mujer cargaba en su arqueada espalda un morral que semejaba un pequeño costal. Caminaba rápidamente, tratando de colocarse frente a la puerta de la iglesia, se abría paso entre la gente a punta de pequeños empujones, casi diminutos, que no parecían importarle a la aglomeración; cuando consideró haberse acercado lo suficiente, arrancó de su espalda el bolso y lo colocó en el piso, se tiró al suelo y lo abrió cuidadosamente con sus manos cenizas. De él extrajo lo que pareciera ser una madeja de hilos, verdes y blancos. En realidad eran decenas de rosarios que había tejido y que habría de regalarlos a las personas como una muestra de agradecimiento por algún problema que el santo patrono de las causas difíciles y desesperadas le habría ayudado a resolver.

Elevó el brazo y sacudió los rosarios ante la multitud, cual trozo de carne frente a la jauría de lobos, los devotos acudieron al llamado. Desesperados, empujándose unos a otros se adueñaban de las hebras tejidas, “paloma negra, paloma negra, dónde, dónde andarás…”, canturreaba la voz dolosa de Vargas, y uno, dos, tres rosarios le eran arrebatados a la mujer. Un niño pequeño, de tres o cuatro años se acercó temeroso a la fémina que yacía todavía en el piso, no le dijo nada, sólo la observó tímidamente, ella le indicó con un gesto que ya no tenía ni un rosario más a lo que el chiquillo reaccionó con una mueca triste.

El niño miró con resignación a su madre, cuando lo sorprendió una palmada en la espalda que provenía de un señor, el chico se dio vuelta y vio que éste le ofrecía una paleta, otro agradecimiento al patrono que cumplía aquel día 28 un mes más vida. El chaval sonrió, pero se sintió aterrado al ver que la gente se dejaba ir sobre la caja de paletas del hombre. Ocurría el mismo fenómeno que con la entrega de los rosarios tejidos.

Por su parte, la mujer de los rosarios no se sintió ofendida por el interés que había perdido entre los fieles, se levantó del suelo y se sacudió un poco las rodillas, volvió hacia el frente de la capilla y se persigno con la señal de la cruz en los dedos. Se echó el morral al hombro y siguió su camino, al fin y al cabo ya había concretado su misión. “Ya agarraste por tu cuenta las parrandas…”, exclamaba por última vez Chavela mientras la mujer de las manos cenizas desaparecía entre la muchedumbre.






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