jueves, 13 de junio de 2013

UNA MIRADA A LA REALIDAD CALLEJERA

  • ¿Por qué hay jóvenes en situación de calle?
Por Mariana Cuazitl
México (Aunam). Una botella con agua y una franela azul marino son los utensilios que desde hace siete años usa para limpiar parabrisas de automóviles que circulan sobre Paseo de la Reforma. En la esquina del Eje 1 Norte (al exterior del metro Garibaldi) trabaja “el Chino”. Se quitó su gorra roja y con una sonrisa en el rostro mostró sus rizos negro opaco. Tal vez, porque no habían sido lavados desde hace una semana.

“Cada ocho días me remojo en las regaderas que cobran treinta moneditas, hoy me toca baño”, expresa. Desde los trece años salió de su casa porque su madre lo maltrataba y creyó que en las calles podía disfrutar de una vida sin reglas impuestas por su “jefecita”.

María Mendoza, psicóloga por la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), y Alejandra Salguero, profesora titular de la carrera de Psicología de la Facultad de Estudios Superiores Iztacala (FES), aseguran que entre las causas principales del varón en la inserción de la calle están las formas de imponer la disciplina, la represión, la indiferencia y el ambiente hostil en la familia.

Su madre siempre le decía que su padre la abandonó cuando supo que estaba embarazada de él. “Los hijos provenientes de los embarazos no deseados en la adolescencia son los que terminan viviendo en las calles. Muchas veces los padres descuidan a sus niños. No les dan amor”, dijo en entrevista Mariamar Estrada, directora de “Ayuda y Solidaridad a niñas y jóvenes de la calle”. Según ella, las trabajadoras sociales que investigan los paraderos de éstas se encuentran con que un 40 por ciento de los casos son hijas de parejas entre 13 y 22 años.

“Anda mal viajado”, afirma “el Chino” (refiriéndose al “balín”, “su bandita”). Quien trabaja desde los diez años vendiendo dulces. A los 14 años abandonó su hogar paupérrimo y empezó a dormir a las afueras del metro Garibaldi. De esto hace 3 años, tiempo que lleva drogándose. “Yo no me mal pasó, aunque también me drogo con piedra; pero más con el activo”, cuenta el joven de la gorra roja que esconde su mirada detrás de unos lentes de sol negros.

Ariel Gustavo Forselledo en su investigación “Niñez en situación de calle. Un modelo de prevención de las farmacodependencias basado en los derechos humanos” afirma que los jóvenes en situación de calle desde niños abandonaron sus hogares por “sufrir los efectos acumulativos de la pobreza, el hambre, la disolución de las familias, el aislamiento social, la violencia y el abuso”.

Por tales motivos, ellos se ven obligados a cuidar de sí sin tener una identidad personal definida. Esto implica que los niños en situación de calle que crecen hasta volverse adolescentes no cuenten con las aptitudes ni la educación para enfrentarse a la vida y, por ende, tiendan a consumir drogas. Acción que la perciben como una forma de sobrevivir. Los jóvenes de la calle se drogan para saciar su apetito, al menos así lo reconoció el “Chino”.

Según Mendoza y Salguera, autoras del artículo “Paternidad en jóvenes en situación de calle” de la revista digital Rayuela, el uso de la drogas da un sentido de pertenencia a los jóvenes que permanecen en los espacios públicos, y que con el paso de los días se vuelven adictos. Eso representa un problema para las instituciones que intentan ayudarlos y “sacarlos de ese ambiente”, implicando que los adolescentes sigan habitando las calles.

El joven de cabello chino cuenta que cuando era “chavito” se alucinaba “gacho”; sin embargo, cuando nació su hija (hace cinco años) disminuyó su consumo. “A veces me dan ganas y ¿por qué no?, me drogo, verdad”, afirma.

La maternidad callejera es otro motivo por el cual la población de niños y jóvenes en situación de calle se acrecienta cada vez más. Según el Programa Nacional de Salud 2007-2012 hace un lustro que el 21 por ciento de los partos atendidos en el país se realizó en menores de 20 años.

Laura, en entrevista con El Informador, reveló que después de la muerte de sus progenitores y su hermana se quedó sola, sin que ningún familiar la protegiera. A los 10 años se salió de su hogar y trabajó en los alrededores del metro Cuitláhuac. “Empecé a enfrentar la calle, las consecuencias, a pasar frío, hambre. Nunca molesté a mi familia, siempre quería que alguien me escuchara; pero no había esa persona”.

El investigador del Instituto Nacional de Ciencias Penales, David Ordaz, explicó al mismo diario que “el abandono emocional se comprende, asimila y reafirma en un tipo de acuerdo no verbal, es decir: yo me escapo de la casa y la familia al no buscarme quiere decir que está de acuerdo con que me haya ido”.

También aseguró que la desintegración familiar, el abuso y los malos tratos propician que la calle se vuelva el único hogar de los jóvenes en esas situaciones.
"Hubo muchos problemas en mi familia, mucho daño que hasta ahorita no puedo sacar; por eso me salí a la calle, por eso me refugie en las drogas, por eso yo no quería salir adelante, quería morirme. Cuando me drogaba siempre le pedía a Dios: llévame. Yo le decía: llévame con mi mamá", narró Laura al periódico.

Según Alejandro Estevez Compean, psicólogo que ha dedicado más de 15 años de su vida a ser colaborador voluntario en proyectos con adolescencia y grupos vulnerables, la mujer desarrolla espacios afectivos en la calle para llenar un vacío que ha sentido desde la infancia. En ese contexto inevitablemente vive experiencias sexuales que la llevan a una maternidad no deseada. En contraste, los varones buscan espacios de control y expresión de su “hombría”.

A punto de cumplir sus quince años ella quedó embarazada de su primera pareja sin desearlo. Una temporada vivió con el padre de su hijo, pero les pegaba, razón por la cual se alejó de él y el niño fue recogido por una casa hogar en contra de su voluntad.

Según el psicólogo, algunas instituciones con pensamiento gubernamental creen que lo mejor es quitarles a los niños para que éstos tengan mejores oportunidades, diferentes a las de su madre. A quien se le considera como incapaz para poder ofrecerlas.

El problema son las madres que después de arrebatarles a sus hijos de forma involuntaria no son de importancia para las asociaciones; ya que se “lavan las manos” diciendo que las progenitoras no son responsabilidad suya ni de las autoridades.

Como ese caso hay más, en los cuales “se conciben a las adolescentes madres como objetos que pueden ser separados de otros objetos menores”. Ello ha propiciado que muchas de ellas se aferren más a la calle y que su resentimiento social y hacía ellas mismas les impida pedir ayuda.

De acuerdo con la directora de “Ayuda y Solidaridad a niñas y jóvenes de la calle” a causa de la soledad que sienten las jóvenes en situación de calle o bien por ser víctimas de violaciones se embarazan. Hecho que propicia la inclusión de generaciones y generaciones de niños que crecen en las avenidas, parques y estaciones del metro.

Como el caso de Luis Santoyo, quien en entrevista con la reportera Arlette Carreño, en Once Noticias, dice: “Yo tenía 6 años cuando mi papá falleció de una sobredosis de droga y a mi mamá ni la conocí”. Actualmente, vive en la Calle Artículo 123 junto con otros jóvenes. Tiene aproximadamente 18 años. Es un hijo de quien en su momento fue un adolescente en situación de calle y que actualmente está muerto.

Según datos obtenidos de un conteo mostrado en el artículo “Paternidad en jóvenes en situación de calle”, en 2002 se registró que el 56 por ciento de las prácticas sexuales son iniciadas entre los 14 y 15 años de edad y el 44 por ciento entre los 16 y 17 años.

En la actualidad se afirma que los individuos en situación de calle no tienen mucho conocimiento sobre métodos anticonceptivos. El problema de esto es que, como acertadamente lo señalan Mendoza y Salguera (autoras del escrito referido), sin usar preservativos o tomar precauciones necesarias para evitar embarazos no deseados la consecuencia será el nacimiento de un bebé. Lo cual, en opinión de Mariamar Estrada, propicia la inclusión de generaciones y generaciones de niños que crecen en las avenidas.

Los abusos contra los jóvenes en situación de calle

En la plaza Garibaldi el policía J.E., un hombre de piel apiñonada y bigotes negros, quién –vigila desde hace 8 años los alrededores del metro Garibaldi– dice ofrecer asilo y comida a los adolescentes, llevándolos a albergues.

Cuando se le pregunta la ubicación de esos lugares, tartamudea y no indica dónde están. “Pues hay varios; pero mis compañeros y yo no podemos hacer nada”. Le cuento eso al “chino” y deja salir de su boca una carcajada estridente.

Son las 3:00 pm, la temperatura de la Ciudad de México es de 30 °C. Observo la piel del “chino”. Él no porta camisa, en su abdomen se notan los huesos de sus costillas, su piel es morena y tiene quemaduras ocasionadas por los rayos del sol. Viste dos bermudas de tela desgastada, una encima de la otra y calza unos tenis negros rotos de los lados marca Converse, sus agujetas están percudidas de mugre.

“¿Nada, cómo qué no hacen nada?” “A mí me metieron en cana, disque porque había robado”, dice “El chino” al mismo tiempo que coloca sus manos a la altura de los hombros. Él comenta que lo encarcelaron durante siete meses en el Reclusorio Norte, “un día un judicial pasó por aquí y me recogió”. “Yo era inocente, de verdad de Dios, pedí que revisaran las camaritas”, exclama y señala dos cámaras situadas en un poste ubicado en la banqueta.

El delito del que lo acusaron se cometió una tarde de marzo de 2005, cuando él limpiaba parabrisas de carros. Su semblante expresa enojo al recordar lo sucedido. Manotea y se lambe frecuentemente sus labios resecos.

Desde las 8:00 am hasta las 7:00 pm “salgo a darle para conseguir la papa”, (con este último término “el chino” hace referencia a la comida). Sus manos, apenas tienen 20 años y lucen agrietadas. Maltratadas por exprimir constantemente, a diario, su vieja franela.

Él es un caso más que demuestra que algunos policías de la ciudad de México en su urgencia por cumplir con una cuota de detenciones y cobrar una remuneración económica arrestan a niños y jóvenes en situación de calle que no cometen delito alguno.

En 2008, en entrevista con Rocío González Alvarado (reportera de La Jornada), Abarca Chávez (director general de la Asociación Mexicana Pro Niñez y Juventud) asegura que las agresiones de la policía datan de la década de los 80 y principios de los 90. Esto intentó detenerse, sin embargo desde el 2002 se registra que el arresto de niños y jóvenes en situación de calle ha aumentado, sobre todo en las delegaciones Cuauhtémoc, Gustavo A. Madero y Venustiano Carranza. Precisamente, “el chino” vive cerca de la calle Pedro Moreno, lugar que pertenece a la Delegación Cuauhtémoc.

Ezequiel, quien vive en el edificio de la Asociación Mexicana Pro Niñez y Juventud, ubicado en la colonia Guerrero, vio cómo arrestaron a su amigo Víctor. “Estaba moneando, lo levantaron y lo llevaron a la cuarta agencia del Ministerio Público. Lo acusaron de que llevaba una bolsa de mariguana y no lo soltaron”, explica a la periodista.

De acuerdo con el director de la Asociación, las autoridades pretenden hacer creer a la sociedad que están luchando contra la inseguridad y la violencia; cuando la realidad es que sólo atacan al sector pobre que no roba porque trabaja de mil formas, inclusive pidiendo limosna o prostituyéndose.

El semáforo marca el rojo y “El chino” corre a abalanzarse a la ventana de un Ibiza. Esta vez sólo pudo limpiar un Chevy Oxford y un Pointer negro. Se gana cinco pesos. “Cuando llueve me va mal; cuando está el solecito levantó 150 pesitos. Cuando me aliviano pues hasta los 300 pesitos”.

Él y otros jóvenes en situación de calle en el Distrito Federal forman parte de aquellos que se ubican en la zona centro. Área que, de acuerdo con la licenciada en Psicología por la UNAM y la Profesora titular de la carrera de Psicología de la FES Iztacala, atrae más a ese sector de la población, porque permite generar ingresos mediante el comercio informal como la venta de dulces y cigarros. Además de existir la posibilidad de dedicarse a ser limpiaparabrisas, boleros, cargadores, entre otros oficios.

¿A qué problemas se enfrentan las jóvenes embarazadas en situación de calle?

Christian Rea Tizcareño, en el texto “Maternidad en la calle: entre el abuso y el olvido” publicado en La Jornada, opina que la población que vive en la calle se enfrenta a ser madre, poniendo en riesgo su la salud.

Este es el caso de Lupita. “Embarazada por cuarta vez a los 23 años de edad, consumidora de drogas hasta el octavo mes de gestación, habitante del cruce de Artículo 123 y Humboldt en el Distrito Federal, mujer con “altos niveles” de desnutrición e indocumentada en su propio país luego de una década de sobrevida a la intemperie, así estaba Lupita cuando la conoció Luis Enrique Hernández Aguilar, director de El Caracol, organización no gubernamental que trabaja con personas en situación de calle”.

Si bien la llevaron de la calle al hospital Materno Infantil (fundado en 1993 por la organización El Caracol) no le dieron la atención médica debida, no consideraron la situación de riesgo de ella y su bebé; ya que el doctor la citó en un mes, sin realizarle exámenes ni un ultrasonido. Fue hasta que con ayuda de activistas y un abogado que interpuso una demanda en contra del hospital, la revisaron y el médico intervino en el parto de la joven.

Un especialista en Derechos Humanos explica al diario que esta situación hace notar que los más pobres no son auxiliados como lo presume la publicidad gubernamental. Por ejemplo, el titular Armando Ahued de la Secretaria de Salud afirma a Tizcareño que hay problemas para que las personas en situación de calle sean atendidas en los hospitales del Distrito Federal.

El personal de éstos no son los únicos que rechazan a este sector de la población que necesita la ayuda de una mano que lo auxilie. Al menos eso opina Emilia, una joven que se embarazó a sus quince años. “Vamos a charolear para los pañales de nuestros bebés, y la gente nos ve feo, con asco, como las mugrosas. Nos dan cosas echadas a perder, lo que les sobra, hasta basura comemos. Pinches policías, nos pegan, nos violan. No es sociedad, es suciedad con un presidente de mierda”, refiere a La Jornada.

¿Desde cuándo hay jóvenes en situación de calle?

Lupita, Laura, Emilia tienen algo en común: han experimentado en las calles del Distrito Federal la maternidad. En el artículo “El transitar de la maternidad callejera en la última década” Estevez Compean afirma que es hasta la década de los 90 cuando organizaciones sociales en su labor de ayuda a los niños y adolescentes que habitaban las calles desde la formación de México como nación independiente descubren que también hay niñas y jóvenes que se ocultan tras el disfraz de una imagen de varón; pero que aún así algunas no pueden huir de su naturaleza biológica: la capacidad de dar vida a otro ser.

La primera institución creada para albergar a niñas y adolescentes en situación de calle es Ayuda y Solidaridad a niñas y jóvenes de la calle. Fue fundada el 28 de julio de 1993 por Guadalupe Orvañanos de Arrangoiz, una mexicana preocupada por las infantas y adolescentes en situación y riesgo de calle. Una mujer decidida a ayudarlas, brindándoles un hogar de amor y libre de violencia. Actualmente, ella tiene 83 años.

Este es el motivo por el cual Mariamar Estrada es la encargada desde hace 10 años de sustituir sus labores: recaudar fondos con las donaciones de instituciones, realizar proyectos y supervisar los tratamientos psicológicos y médicos de las niñas.

Ella es una mujer que tiene el cabello corto y el rostro delgado, las mejillas bronceadas y la voz dulce. Un ser que ha dedicado 10 años de su vida a dar amor y comprensión a las pequeñas. “Todas las que trabajamos aquí estamos para apoyar a nuestras hijas.

Todas las chiquitas que viven con nosotras, desde la más pequeña de 3 años a la más grande de 24, han sido violadas por sus tíos y padres, golpeadas por sus madres y abandonadas en las calles. Algunas portan el virus del VIH”, afirma –con un tono quebrantado, una cara que evita realizar gestos y una mirada fija– la directora.

Las chicas al llegar de la escuela y sentarse en el comedor, la abrazan afectuosamente. Las mejillas de la mujer de voz dulce son estampadas de besos por tres víctimas de trata sexual. Fueron recatadas de la calle por el DIF y trasladadas al la asociación. Son tres hermanas de cuatro, cinco y seis años cada una.

Ella opina que esa es la mejor edad para cambiarles la vida, proporcionándoles cuidados, protección, amor, alimentos y un techo. El problema principal para modificar la situación de jóvenes que aún no han sido rescatados por instituciones es que la mayoría de ocasiones ellos se niegan a vivir encerrados y a no drogarse.

Según Estevez Compean, ellos por lo general no depositan su confianza en quienes les ofrecen ayuda. Los rechazan porque piensan que los van a capturar y, por ende, pierden la oportunidad de recibir servicios que en verdad necesitan.

Para Mariamar, las víctimas rescatadas, las dos enfermeras, las tres psicólogas, las dos trabajadoras sociales y las cuatro maestras son una familia. En equipo intentan formar un hogar feliz y no un espacio de paredes frías que albergue a las niñas.

Pilar, trabajadora social de carácter simpático y dulce, cabellera corta y china, comenta entusiasmada que ella acude a los festivales de “sus hijas”, a la firma de boletas y a sus competencias deportivas. “Han ganado muchas medallas”, dice.

Una enfermera de rizos negros y sonrisa cálida, que también está sentada en la mesa, explica que ella revisa el cuerpo de las niñas y jóvenes en busca de algunas lesiones, con la intención de curarlas.

Ella comenta que la mayoría de ellas no cuentan con sistemas de servicios de salud como el Instituto Mexicano del Seguir Social (IMSS) o el Instituto del Seguridad Social al Servicio de los Trabajadores del Estado (ISSSTE) o Seguro Popular, ya que en muchos casos no tienen documentos oficiales que las registre como ciudadanas. Una psicóloga de mirada penetrante y seriedad absoluta, menciona que realiza terapias de grupo para aumentar la autoestima de las “pequeñuelas” y enseñarles a convivir sin violencia.

Son las tres con treinta minutos y todas las bancas del comedor están ocupadas. Se escucha una vocecita de timbre delgado: “Gracias, Dios. Te agradecemos los alimentos que nos mandaste hoy. Bendícelos. Padre nuestro que está en los cielos, santificado sea tu nombre […]”. Después, las niñas y jovencitas toman unas cucharas, las introducen en el arroz y se las llevan a la boca.

La directora es una mujer que con paciencia explica la labor de la institución. Menciona que las niñas van a la escuela para propiciar la formación de profesionistas líderes y de personas independientes que se valgan por sí mismas.

Dice que el gobierno del Distrito Federal no apoya a las instituciones privadas y la de la que ella es directora no es la excepción. El principal sustento económico de “Ayuda y Solidaridad a niñas y jóvenes en situación de calle” son las donaciones de empresas privadas como Nike, Bimbo, TV Azteca, Vips y Viana.

En el comedor hay bullicio. Risas, voces y gritos provenientes de las personitas sentadas en las ocho mesas rectangulares. Se ven contentas, platican, juegan con sus osos de peluche y comen arroz blanco con zanahoria y brócoli.

En América Latina, hay 40 millones de niños y jóvenes en situación de calle y cerca de 100 millones en todo el mundo. Respecto a esto, Mariamar comenta que así se funden asociaciones y asociaciones su espacio para albergar no se da abasto con todos los infantes y adolecentes sin hogar que están en las calles.

El artículo de la revista digital Rayuela “¿Alguien sabe cuántos son?” muestra la siguiente tabla:


Menor en situación extraordinaria, acciones, logros y perspectivas a favor de los niños trabajadores y de la calle. UNICEF, DIF, 1990.3
• 1000 niños y jóvenes viviendo en la calle.
Primer censo de niños y niñas en situación de calle, UNICEF, DIF, 1992.4
• 11,172 niños de y en la calle.
• 1020 viviendo en la calle.
Segundo censo de niños y niñas en situación de calle, UNICEF, DIF, 1995.5
• 13,373 menores de y en la calle.
• 1850 viviendo en la calle.
Estudio de niños, niñas y adolescentes trabajadores en cien ciudades, capítulo de uso indebido de sustancias DIF, UNICEF, 1997.
• Se identificaron 11,136 puntos de encuentro.
• Se observaron 114,497 niños y jóvenes entre 6 y 17 años de edad.
• El 72 por ciento  son hombres y 28 por ciento  mujeres.
• El promedio de edad fue de 13 años.
• 2 por ciento  viven en la calle, siendo 7.6 veces más recuente en los varones que en las niñas
Estudio de niños, niñas y jóvenes trabajadores en el Distrito Federal. UNICEF, DIF, 2006
• 14,322 niños, niñas y jóvenes que viven y/o trabajan en las calles del DF.
• 39 por ciento  son mujeres
• 75 por ciento  se encuentran entre los 12 y 17 años de edad.
Segundo estudio de niños, niñas y adolescentes trabajadores en cien ciudades, DIF, UNICEF, 2002-2003.
Se identificaron 4,500 puntos de encuentro en la vía pública.
• Se observaron 94,795 niñas, niños y adolescentes que trabajan en los principales centros urbanos del país
• 61,803 son niños y 32,992, niñas. 1.6 por ciento  de los niños y niñas entre seis y 17 años afirmaron vivir en la calle.

Como se puede observar, desde la década de los 90 hay un registro de jóvenes en situación de calle. Según esta información, la UNICEF reporta que desde 1990 al 2003 la cifra de niños y jóvenes en situación de calle va ascendiendo.

La CDHDF (Comisión de Derechos Humanos del Distrito Federal) estima que para el 2025 6 de cada 10 niños estarán en condición de calle. En un pizarrón, frente a una de las mesas, hay un cartel con huellas de pintura roja. Son 49 manos, sus dueñas son las niñas y adolescentes que se consideran honestas.

Mariamar, al regresar, comenta sonriente: “Cada mes promovemos un valor. En marzo enseñamos el de la honestidad. Las manitas del cartel son de las niñas que se creen honestas. No están las de todas, quién sabe qué travesuras esconden”.

Para la mujer de voz dulce es más fácil educar e incorporar a niñas en situación de calle a la sociedad que a jóvenes, porque no se resisten al cambio de vivir en una casa hogar sin drogarse; mientras que las adolescentes sí lo hacen, muchas veces no terminan sus tratamientos psicológicos y vuelven a las calles. “Aquí no se tiene a nadie a la fuerza”, exclama.

La hora de comer terminó. Las niñas suben a sus habitaciones. La silueta de una joven de 17 años abrazando a una muñeca es lo único que se ve en la salida del comedor. Rostros alegres, miradas vivaces y corazones amorosos es lo que hay detrás de unas puertas metálicas. Esas que resguardan a 100 niñas y jóvenes víctimas de abuso, maltrato y abandono que viven en una casa hogar. Su fachada es amplia, aproximadamente de unos 700 m2. A través de sus ventanas sin cortinas se asoman osos de peluche y muñecas.

¿Qué se realiza actualmente para cambiar la situación de calle de miles de adolecentes y a quién le corresponde protegerlos?

Hoy en el 2012 se sigue acudiendo a las creaciones de instituciones privadas para atender a ese sector de la población con programas y albergues; sin embargo, eso no es suficiente. El número de jóvenes que pueden ser albergados en las instituciones no corresponde al que existe en el Distrito Federal habitando las calles. Por ejemplo, la Asociación Mexicana Pro Niñez y Juventud alberga a 44 jóvenes y ésta calculó en 2008 que en la zona metropolitana existen 30 mil niños y jóvenes sin hogar.

En 2010 Abril Del Río, reportera de La Jornada, reportó que en los mundiales de futbol de jóvenes en situación de calle México es el que tenía más jugadores “por su amplia miseria: cerca de 6 mil 500 inscritos”. El país tiene alrededor de 40 millones ocupando espacios públicos.

La Secretaría de Desarrollo Social (Sedesol) en un comunicado de febrero 2012. Informó que pondrá en marcha próximamente (no especifica fecha) El Programa de Empleo Temporal PET que tiene como objetivo ofrecer 1809 jornadas laborales temporales a jóvenes en situación de calle del Distrito Federal, Chiapas, Puebla, Chihuahua, Guanajuato y Veracruz las zonas más marginadas de México.

En Paseo de la Reforma, al costado de la Glorieta situada al frente de la Procuraduría General de la República, (en dirección de Norte a Sur) se encuentran casas construidas con hules amarillos, azules y naranjas. Hay colchones amarillentos y sucios de la tierra regada en el piso. Ahí viven niños y jóvenes.

En medio de carriles con autos avanzando velozmente está ese paisaje urbano y en el resto de las calles de la Ciudad de México. Las delegaciones Cuauhtémoc, Gustavo A. Madero y Venustiano Carranza, se distinguen por ser las que tienen más jóvenes (que algún día fueron pequeños) viviendo en parques, estaciones de metro y paradas de camión.

¿Dónde están sus padres? ¿Dónde quedó su familia y su hogar?

Mariamar afirma que mientras los padres no cumplan con su rol de responsabilidad de amar, cuidar, proveer económicamente a sus hijos y tener una excelente comunicación con ellos, las cifras de niños en situación de calle que después se vuelven jóvenes, aumentará.

Es por eso que ella se dedica también a rescatar a niñas y jóvenes en riesgo de calle; es decir, a aquellas que son víctimas de abandono, maltrato, abuso sexual y explotación laboral. Su intención es que no conozcan la calle y la vean como su única salida, a pesar de los riesgos y abusos a los que se enfrentan.

¿La solución es la creación de albergues? ¿La solución son los proyectos gubernamentales dirigidos a ocupar el tiempo libre de los jóvenes en situación de calle?

“En mi ciudad es muy fácil encontrar a un niño de la calle inhalando pegamentos para olvidar que su madre es prostituta y su padre criminal […]. En mi ciudad es muy fácil observar como un niño de la calle vive como un animal. Al hijo de un burgués nunca lo verás encerrado, te buscarán a ti”, Cartel de Santa










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