miércoles, 20 de marzo de 2019

¿QUÉ TANTO PLATICAS, SILVERIO?

Por: Fernanda Alejandra García Espinosa
Silverio Pérez del Ángel, guardia de la Privada Tlalpan en la colonia Chimalcoyoc, nació en 1972 en Tantoyuca, Veracruz y reside en la Ciudad de México desde 1992; es una figura reconocida no sólo dentro de la unidad que resguarda, sino en la localidad por su ánimo y empatía.


Llegó a la Ciudad con uno de sus familiares con el augurio de un futuro más prometedor que el que Tantoyuca podía ofrecerle. Trabajó en una tienda de abarrotes por 12 años, además de otros trabajos ocasionales para completar sus gastos, no sin pensar frecuentemente en regresar a su pueblo natal “cada 8 días yo quería ya irme, pero mi primo me convencía de quedarme, y me decía yo a mí mismo que aguantara una semana más, y de semana en semana aguanté y aguanté”.

Silverio que “siempre sí aguantó” actualmente reside en el Estado de México, y para poder llegar a su trabajo tarda de dos horas y media a tres, factor que no le impide ir gustoso a laborar. “Me motivan mis hijos, cómo no. Y también todos los vecinos, vengo tranquilo y vengo con gusto. Sin presión, siempre”.

Para poder comprender cómo a llegó a ser el personaje que es ahora, Silverio Pérez cuenta su proceso.

Después de dejar la tienda de abarrotes, se dedicó a trabajar en la empresa de bicicletas Benotto donde “era ahí como un comodín”, pues realizaba tareas diversas: ensamblaje, vigilancia o incluso viajaba a entregar mercancía a otros estados de la República.

El ambiente laboral no le desagradaba, no obstante, seguía anhelando volver a Tantoyuca ya con una familia formada, y así, encontrarse con sus demás familiares que permanecieron en la Huasteca Alta.

Ya de vuelta en Veracruz se topó con el desencanto del desempleo, “ahí ya no había nada”. Emprendió una búsqueda exhaustiva, hasta que dio con lo que parecía ser una buena opción, una empresa de mudanzas. El dueño le ofreció vivienda que resultó ser un zaguán “feo, pero feísimo con ganas” donde la corriente de aire frío constantemente lo hacía enfermar y estaba expuesto a infecciones dado a los roedores que ahí se encontraban.

Decidido a “no dejarse rebajar” renunció, volvió al Valle de México ya sin su familia, y se instaló en Nezahualcóyotl, Estado de México, para comenzar a trabajar en una empresa de seguridad privada, con la que llegaría un periodo de estabilidad económica.

El guardia veracruzano desertó de sus dos anteriores empleos, pero “no fue por las ratas” sino porque los chavos le cargaban la mano; le pedían más de lo que le correspondía, le encargaban –imponían– mandados, retrasaban sus pagos y “abusaban de mi buena voluntad”. Su carácter servicial y comprensivo, desde que era muy pequeño, había traído consigo “muchos inconvenientes”.

“Óyeme, entre más le echaba ganas más querían quitarme. La amistad se volvió poquito a poquito un ‘Oye Silverio, ¿te quedas tiempo extra? Oye Silverio, ¿Me ayudas a ir por tal cosa?’ Yo les resolvía todo, y ahí andaba batallando yo”.

La empresa de seguridad privada donde comenzó a trabajar fue contratada por la cafetería Starbucks, en la que tenía un horario menos extenso, estaba menos ajetreado, y le podía dedicar más tiempo a sus hijos y a la lectura; uno de sus hobbies favoritos.

En cualquier sucursal que le fuera asignada, como de costumbre, Silverio lograba construir buenos lazos con los trabajadores.

-¿Por qué en cualquier lugar al que va logra crear una buena relación con las personas?

-Porque todo es mutuo. Por ejemplo, ahí en el Starbucks me daban de comer y tomar hasta para mis niños, pero yo no tenía que pedirles nada. Era mutuo, te digo, yo les ayudaba en lo que podía y ellos hacían lo mismo.

Cierto día “desafortunado” no pudo asistir al trabajo, por lo que mandaron un reemplazo y lo que él conocía se vino abajo. El vigilante suplente robó al gerente y subgerente, lo que supuso un cambio en la empresa de seguridad de Starbucks a nivel Ciudad de México.

De parte de esa misma empresa, pero ya fuera de Starbucks, empezó a ser asignado a distintos lugares cada vez. “Hoy me podía tocar Tlalpan y a la siguiente ya me tocaba Izcalli" así que renunció, indispuesto a someterse al tipo jornadas que solía aceptar en el pasado.

“Uno aprende que tiene que aguantar y persistir, pero no al nivel de que ya no se haga caso ni a uno mismo. Yo quería dormir y comer bien, o por lo menos tener la seguridad de que iba a llegar pues sano a mi casa”.

Luego de tres meses de desempleo encontró trabajo en la Privada Tlalpan, en la que lleva 3 años de labor, y es reconocido y valorado incluso por los vecinos y vigilantes de unidades aledañas.

-¿Qué lo hace diferente a los demás?

-Pues yo le echo ganas, le corro, le brinco y sonrío. Algunos ni se incomodan. A veces trato de ayudar a los nuevos, pero son muy concha. Está mal, hay que poner de su parte. Uno pone una parte y los condóminos otra. Si tú das 50, te re prometo que van a poner el otro 50 por ciento.

Silverio día con día está al pendiente de las necesidades de todos, así que todos están agradecidos con él. “¿Qué tanto platicas, Silverio?” le reclama la administradora de la unidad cuando ve la estrecha relación que tiene con los residentes. Después de la charla, ya se sabe qué tanto tiene que platicar.



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