martes, 19 de marzo de 2019

SALIR PARA VIVIR

Por Erika Aline Espejel Terrón
Ciudad de México (Aunam) En una de las escaleras de acceso del estadio Jesús Martínez "Palillo" se encontraba sentado Franklin Martínez Romo quien, junto a sus amigos, estaba refugiado de los potentes rayos solares.


Franklin Martínez, de tez morena, delgado, y de casi un metro con 65 centímetros de estatura, vestía un pantalón de mezclilla un tanto gastada, una playera negra, un suéter azul y una gorra gastada cuyo color negro se había desvanecido y, en su lugar, había dejado un tono grisáceo. Su rostro, con algunas líneas de expresión prominentes, denotaba tranquilidad y cansancio evidente que también se reflejaba en sus ojos, que quizá por irritación habían adquirido un tono rojizo, el cual trataba aliviar tallándoselos cada que se acordaba.

Franklin Martínez de 56 años, cuyo país de origen es Honduras, ha pasado seis días en el albergue de la Ciudad de México tras haber salido de su país junto con la caravana migratoria que se iba a reunir en la terminal de San Pedro Sula.

La caravana decidió cruzar el territorio mexicano hasta llegar a Estados Unidos en búsqueda de mejores oportunidades de vida, como aclaró una de las amigas del señor Martínez, quien se encontraba sentada al lado de él y comenzaba a revisar Facebook desde su teléfono celular. El señor Franklin asentó con la cabeza y agregó: “decidí venirme para acá para tener un futuro mejor porque estamos viviendo una pesadilla en Honduras”.

Él nació en un pueblo que se llama Concepción Intibucá y se fue a vivir a la ciudad de San Pedro cuando tenía 10 años. Su papá, Miguel Martínez, dedicado a la carpintería, decidió mudarse con toda su familia a la ciudad, con el fin de encontrar mejores oportunidades de trabajo.

Martínez Romo recuerda que San Pedro Sula era una ciudad tranquila en donde las personas podían estar fuera hasta tarde y no les pasaba nada. Ahora, en contraste con la situación actual, después de las siete de la noche ya no pueden andar fuera en la ciudad porque corren peligro. “Lo que más extraño de mi infancia es que antes se podía vivir tranquilamente y sin temerle a nadie”.

La delincuencia, según él, comenzó a aumentar en 1999, con las maras. Con el paso del tiempo se hicieron más poderosos y, ahora, son los que se dedican a extorsionar, a quitar casas y a cobrar cuotas. “Si usted tiene una buena casa, ellos llegan a decirle 'sabes qué necesito esta casa, de ti depende decidir qué quieres más, la casa o tu vida' y pues siempre preferimos la vida, por eso tuve que salirme, para vivir una aventura de la que no tengo nada seguro”.

El hondureño inició su camino solo y en el trayecto encontró personas con las que comenzó una profunda relación de amistad. Aseguró que se consideran una familia en la que todos se vuelven una sola persona. “Velamos por nuestra seguridad, si no comemos, si nos enfermamos o si necesitamos algo, nos ayudamos mutuamente”.

A pesar de saber que cuenta con sus amigos, el señor Martínez aceptó que extraña a su ex pareja, Laura, quien se quedó en Honduras y con quien mantenía una relación en unión libre. Recalcó que no podía obligarla a que migrara con él por el peligro que implica, además que ella no corre peligro y tiene estabilidad laboral. “No vivíamos juntos y yo no podía entrar en donde ella vivía porque me sacaban, ¿Y sabe por qué? Porque tengo un tatuaje y sólo por eso piensan que pertenezco a una pandilla. Eso es muy delicado allá”.

Los tatuajes, dijo Franklin Martínez, se los hizo una noche con un grupo de amigos que, junto a él, trabajaban en un restaurante cuando tenía 20 años aproximadamente. “Como nos iba bien, porque nos la pasábamos trabajando como de ocho de la mañana a nueve de la noche más o menos, pues sí nos alcanzó”.

Esa noche les habían acabado de pagar su salario y aprovecharon para irse a un bar de la ciudad. Después de unos cuantos tragos, uno de sus amigos llamado Mario lanzó un reto: “dijo que teníamos que hacernos un tatuaje y quien no se lo hiciera tenía que pagar el de los otros dos, entonces, como yo no quería pagarles el suyo, pues que me lo hice”, admitió con una leve sonrisa en el rostro.

Con la mirada posada en sus manos, Franklin Martínez contó que en su país existe una crisis política y en seguridad con la que es difícil lidiar en su día a día. “Yo tomé la decisión de venirme porque me estaban amenazando las maras. Yo ya no puedo vivir en ninguna colonia de San Pedro Sula, porque me encuentran y seguro me matan”.

Con un tono de voz más bajo, el señor Martínez expresó que lo han amenazado en su propia casa, ya que las pandillas y las maras viven en su colonia. “Llegan y nos dicen 'si no me pagas, te voy a matar o mato a tu familia' ”.

No sólo él sufre los estragos de la delincuencia, sino que todos los días y a todas horas los hondureños son vulnerables. “Nunca lo dejan trabajar a gusto a uno. Siempre le están poniendo cuotas, por ejemplo si uno quiere manejar una moto-taxi, le ponen una cuota; si uno pone un puesto para vender dulces, igual le ponen una cuota”.

Mientras negaba con la cabeza, declaró que el gobierno es el responsable del aumento de las pandillas que cada vez tienen más poder en Honduras. “La misma policía está ahí, ven qué nos hacen y los dejan ser. O si uno va y pone una denuncia, no hacen nada”.

Para Martínez Romo, el gobierno se dedica únicamente a incrementar mensualmente el precio de la electricidad, el agua, la gasolina, e incluso de la canasta básica, mientras que el sueldo base no les alcanza para satisfacer plenamente sus necesidades. “Cuando nos pagan 100 lempiras diarias, ¿usted cree que nos da para mantener a la familia?”

El señor Franklin estudió hasta la primaria y tuvo diversos trabajos con los que solventó sus necesidades, sin embargo, con las maras amenazándolo constantemente, tomó la decisión de partir.

“Yo estaba trabajando en mantenimiento y no me iba tan mal, y dirá que es porque no' más estudié la primaria, pero por ejemplo, un profesor de bachiller venía con nosotros, y él sí era estudiado”, relató que el académico pudo quedarse en Tapachula porque consiguió trabajo como profesor de computadoras en un bachiller de la ciudad.

“En Honduras no hay distinción, sea profesional, haya estudiado o no, es parejo. Está en crisis el país y son pocos los que realmente se sienten bien estando allá a pesar de todos los problemas”.

El señor Franklin, quien era apresurado por trabajadores de recursos humanos quienes transportaron migrantes en diversas camionetas durante toda la mañana desde que la caravana partió, dijo que esperaba quedarse en México y comenzar a trabajar.

Su destino, a corto plazo, está en el albergue “Casa del peregrino” en la delegación Gustavo A. Madero. “Ese albergue es lo único seguro que tengo por ahora”, dijo antes de despedirse con una leve sonrisa y subirse a la camioneta que lo llevaría a su destino.



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