viernes, 17 de junio de 2016

EL LIMBO DE LOS DESAPARECIDOS

Por Anayeli Tapia Sandoval
Ciudad de México (Aunam). Cuando se habla de personas desaparecidas, la conjugación del verbo ser se vuelve imprecisa: ella o él es, ella o él fue; pues son seres que han dejado vacío el espacio físico para dar paso a la incertidumbre entre la vida, la muerte y la esperanza. Tal es el caso de Mónica Alejandrina Ramírez Alvarado, quien ha sufrido la ceguera y el silencio de las autoridades, de las leyes y de la sociedad, por doce años.


Ya pasaron alrededor de cuatro mil 380 días desde que a Mónica Alejandrina se la tragó la tierra. Más de una década de angustia, dolor, insomnio y sufrimiento para su familia; pero también de olvido entre los miles de reportes de personas desaparecidas que cada año llegan a las instancias correspondientes del país.

Para la familia Ramírez Alvarado, la pesadilla comenzó exactamente la mañana del martes 14 de diciembre de 2004, cuando la hija menor salió de casa —ubicada en Ecatepec, Estado de México— para asistir a la Facultad de Estudios Superiores Iztacala (FES-I), de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), donde estudiaba el último semestre de la carrera de Psicología.

Ese día, Mónica Alejandrina se dirigió a la escuela para entregar un trabajo final. El escrito llegó a las manos de su profesora, pero ella nunca estuvo presente. Poco después, las averiguaciones arrojarían que un compañero de su carrera fue el que presentó su texto, pero no sólo eso, sino que él fue el intermediario para entregarla a un grupo de delincuencia organizada.

Jesús Martín Contreras, quien por colaborar con la banda secuestradora recibió 21 años y tres meses de cárcel, declaró ante la entonces Agencia Federal de Investigación (AFI) —hoy Policía Federal Ministerial— que él sólo “la había puesto”. Hoy, debido a un convenio entre la UNAM y el gobierno mexicano, Martín Contreras es Licenciado en Psicología, graduado por una tesina en la que cuenta que la justicia en México no existe, pues la mayoría de los presos están recluidos sólo porque los familiares buscan venganza de ellos.

Como resultado de la investigación del caso de Mónica Alejandrina, sólo hay tres personas que fueron juzgadas por su desaparición y posible asesinato: Jesús Martín Contreras, Brian Remy Israel Alvarado Medina y Marlón Gaona —hijo de un ex agente judicial del Distrito Federal— quienes ni con los años de sentencia recibidos han querido dar declaración alguna sobre la ubicación de Mónica.

“Desafortunadamente, ellos como delincuentes a veces tienen más derechos que nosotros, pues se han reservado el derecho de declarar qué fue lo que hicieron con ella y no hay manera de que nos digan”, comenta Ivonne Ramírez, hermana de la universitaria desaparecida.

Desaparecidos y cadáveres sin identidad: una misma realidad

Sus blancos dientes forman una sonrisa perfecta y natural; sus ojos, grandes y redondos, reflejan el brillo del amor por la vida y el futuro; su cabello, negro y ondulado, le dan forma a su cara ovalada, a través de la cual se percibe la jovialidad y frescura de una mujer de 21 años.

Ese semblante ha quedado congelado en la fotografía impresa en las camisas de la familia Ramírez Alvarado y en las mantas que cubren el pasto, ya en sus diversas gamas verduscas por el apogeo de la primavera.

Es jueves 19 de mayo. “Las Islas”, de Ciudad Universitaria, es la sede del evento del “Encuentro por los muertos y desaparecidos de la UNAM”, en donde participan colectivos como “Nos hacen falta” e “H.I.JO.S. México”, quienes a través de sus diversas actividades buscan denunciar la falta de atención del gobierno mexicano con respecto al tema de la desaparición y la ola de violencia que azota al país desde hace décadas.

Para el papá de Mónica Alejandrina, Manuel Ramírez, la existencia de estas organizaciones garantizan que al menos las familias no se sientan solas y sin apoyo; para su madre, Adela Alvarado, es una oportunidad para concientizar a la sociedad y unir fuerzas, pues señala que: “aunque sean 10, 20 o 43 los desaparecidos, nadie ha hecho caso”.

Son las cinco de la tarde. La cantidad de gente que hay en la reunión de personas muertas y desaparecidas es inferior que a la que asiste a un costado en la Venta Especial de Libros UNAM en el paseo de las humanidades. El viento, mezclado con un fuerte sol, hace ondear la pared de tela que ha construido el colectivo “Bordando por la paz”, en donde hay un pañuelo con la silueta geográfica del país en donde resalta, con letras rojas, la insignia de inconformidad: “Fue el Estado”.

Ivonne Ramírez Alvarado está parada e inmóvil debajo de la sombra de un par de árboles. Mira y escucha fijamente la melodía del grupo musical “Son de uva”, quienes le cantan a los desaparecidos, a la muerte y a la vida. Dicen que la música alivia el dolor del corazón, pero el de Ivonne es un sufrimiento más profundo e inexplicable, por lo que sólo puede ser aliviado momentáneamente.

Ivonne mide alrededor de 1.60 metros. Usa una camisa y gorra blanca acompañados por unos jeans negros y tenis color gris. Su cuerpo se ve sano, pero su rostro refleja su fragilidad; y sus ojos, cristalinos, que su alma puede quebrarse en cualquier momento.

“Ya han sido doce años de buscarla por todos lados, en diferentes lugares donde a veces nos han dicho que la han visto, o hemos ido a ver cadáveres que puedan corresponder a las características de mi hermana, pero finalmente no hemos podido encontrarla ni tenemos mayor información”, declara Ivonne Ramírez, quien forma parte de los grupos “Movimiento por la paz”, “Grupo Eslabones por los Derechos Humanos” y “Nos hacen falta”.

El camino que la familia de Mónica Alejandrina ha recorrido no ha sido fácil, el Ministerio Público, la Procuraduría General de la República, el Tribunal de Justicia Superior del Distrito Federal y demás instancias, se han echado la culpa y responsabilidad los unos con los otros, lo que ha impedido que el proceso de encontrar a su familiar sea más extenso.

“Hay mucha apatía para buscar realmente a las personas desaparecidas. En cuanto a los procesos legales también, porque son muy engorrosos, enredados; en vez de facilitar la localización, ellos mismos se ponen trabas. Como familiar, y más después de tanto años, quisieras que las cosas de hicieran bien. Cuando levantamos el registro de desaparición las autoridades nos pedían las huellas dactilares de mi hermana, obviamente nosotros no las teníamos.

“Por todo el tiempo que ya hemos tenido buscando nos ha pasado de todo en todos lados: instituciones como la PGR dice que no es de su competencia por la jurisdicción en donde pasó, y demás cosas que no deberían de pasar o importar, porque sencillamente fue en el territorio mexicano y es sobre una persona mexicana”, relata la hermana de Mónica Alejandrina, quien con serenidad y enojo relata sus experiencias.

Según cifras de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) y de Amnistía Internacional, en 2015 el número de desapariciones en México sobrepasó las 26 mil personas. Si se contrastan estos dígitos con los de los cadáveres no identificados que, según la Comisión Nacional de Derechos Humanos (CNDH), casi llegan a los 16 mil, se puede decir que, quizás, se traten de las mismas personas.

Sin embargo, pese a esta realidad, estadísticas del Servicio Médico Forense señalan que en México el 81.1% son de cadáveres cuya identidad sí se conoce; mientras que el 18.9% corresponde a los no identificados. Esto frente al hecho de que cada semana, alrededor de 60 y 70 cadáveres van a parar a las oscuras, frías y olvidadas fosas comunes que hay en la República Mexicana.

La familia Ramírez Alvarado no ha estado exenta del proceso desgarrador de ir al Servicio Médico Forense, porque, a pesar de tener la pequeña esperanza de que Mónica Alejandrina siga con vida, la realidad es que al acudir a ver los cadáveres no identificados, inconscientemente, también se busca el fin a la pesadilla de no saber en dónde está un ser querido.

“Hemos acudido a varios Semefos y a las fosas comunes, pero es una experiencia que lastima, porque ante el hecho de ver las fotos de los cadáveres uno se pone a desear que no sea el familiar. Es una mezcla de sentimientos encontrados: por un lado uno ya quiere saber de su familiar, pero por otro lado son emociones muy fuertes, porque te pones a pensar qué le habrá pasado a esa persona, de qué murió, por qué tiene ciertas huellas. A nuestra familia nos han hablado alrededor de ocho veces para ir a identificar diversos cuerpos, pero uno no se puede preparar para este tipo de cosas”.

A principios de este año el Tribunal Superior de Justicia del Distrito Federal (TSJDF) señaló que iba a construir un edificio para sustituir la fosa común del Panteón Civil de Dolores, por lo que la medida de ampliar espacios en vez de implementar soluciones es cuestionable.

Para la hija mayor de la familia de Manuel Ramírez y Adela Alvarado, el TSJDF debe poner atención a ambas cosas: por un lado, acepta que la desaparición es un problema que no puede erradicarse de la noche a la mañana; pero por otro, se le tiene que dar mayor peso a la prevención y a la correcta realización de las actividades que realiza el Semefo.

“Se debe de tener en cuenta que por cada uno de esos cuerpos no identificados habrá una familia que seguramente los está buscando y que por eso los deben tener en mejores condiciones. Por ese lado, sería mejor que hubiera un registro real y fiel, porque pasa mucho que los datos ni siquiera corresponden con el del supuesto cadáver. En cuanto a la prevención, eso es lo mejor y la gente tiene que concientizarse de ello. Ojalá que nadie más viviera lo que nosotros como familia hemos vivido”.

¿Cuánto tiempo más?


Las últimas canciones del grupo “Son de uva” resuenan en las paredes de Ciudad Universitaria, mientras que las letras de esas melodías resucitan a los muertos y traen los cuerpos de los desaparecidos a caminar entre las personas presentes, quienes por un día desean compartir y entender el dolor de los cientos de madres, padres, hermanos e hijos, que diariamente luchan por encontrar a sus familiares, quienes muchas veces, en vez de ser ayudados por las autoridades, son juzgados.

“Mi hermana tenía 21 años cuando desapareció; cuando fuimos a denunciar que ella no estaba lo único que nos decían era que ‘seguramente se había escapado con el novio, y que al rato iba a volver muy contenta’. En vez de que ellos den el apoyo que deberían de dar y hagan la búsqueda que deberían hacer, sobre todo las primeras horas que son muy importantes, se la pasaban diciendo que seguramente estaba en malos pasos. Son cosas que están totalmente fuera de lugar, a ellos no les importa qué fue lo que pasó, no tienen por qué juzgar, su única obligación es buscar, encontrar la verdad y hacer justicia”.

La música ha cesado. Se respira un minuto de silencio de paz, que luego son interrumpidos por la voz de un familiar de Mónica Alejandrina: “Ella tendría que estar ahorita titulada, sirviendo a la comunidad y no lo puede hacer porque esta violencia nos tiene sumergidos a todos”.

La mirada de Ivonne Ramírez se pierde en el pasto. Sus lágrimas comienzan a desbordar lentamente mientras el recuerdo de su hermana se acerca a su mente, a sus labios, a sus palabras. Su cuerpo comienza a temblar por el frío, la impotencia y el dolor de no tenerla a su lado.

“Mi hermana era alegre, muy dedicada, siempre muy cercana a mí; yo la recuerdo como mi mejor amiga, mi compañera”. La voz de Ivonne se corta, pero saca la fuerza para continuar al tiempo que se seca las gotas de dolor: “La última vez que estuve con ella fue un día antes de que se la llevaran, nos despedimos en la noche, como si fuera cualquier otra; la siguiente mañana ella ya no estaba”.

Se tiende a echar la culpa de todas las cosas malas al gobierno mexicano, pero la sociedad también es apática ante estos temas, aunque sean actos que en cualquier momento puedan pasar. Sin embargo, la hermana mayor de Mónica Alejandrina no pierde la esperanza de que la sociedad pueda avanzar y mejorar.

“Es algo que no se da de una noche a la mañana, pero sí se puede, aunque desafortunadamente hay una descomposición muy grande en todos los niveles. Si nosotros como individuos no participamos en la corrupción y de alguna manera no permitimos que se sigan cometiendo actos delictivos sí se puede”.

Cada mañana, la familia Ramírez Alvarado pide que haya mayor transparencia en los procesos en la búsqueda de desaparecidos y de personas fallecidas, así como una mejor funcionalidad por parte de las autoridades de todo el país: “Ellos mismos están envueltos en la desaparición de las personas, pierden expedientes, amenazan, filtran la misma información a los delincuentes, hay mucha corrupción”.

Las listas siguen llenándose de nombres de personas que siguen siendo subsumidas por la violencia, la corrupción y la apatía, que no hacen más que arrastrarlas sin soltarlas nunca. Algunos de ellos cambiarán su identidad por un número de expediente y vivirán bajo la tierra, en cementerios acompañados por huesos que no hacen mayor sonido; por corazones que ya no laten, que ya no viven; y estarán en la oscuridad, en donde ellos mismos no podrán reconocerse.

Otros simplemente pasarán inadvertidos, como si nunca hubieran existido, hasta que la última persona que los recuerde muera. ¿Cuántos días más tendrán que transcurrir para saber el paradero de Mónica Alejandrina? ¿Cuánto tiempo tiene que pasar para llenar el vacío de su ausencia? Esa es la delgada línea entre la vida y la muerte, pero cuando se ama a un ser humano, como dice Ivonne Ramírez: “Pase el tiempo que pase, siempre vamos a seguir buscando”.



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