miércoles, 20 de abril de 2016

EL TITÁN CONTEMPORÁNEO


Por Ángel Fermín Ruíz Bautista
México (Aunam). “Lo que hago es casi sagrado para mí. Cuando estás en un escenario recibes ciertas revelaciones que no están en el plano de lo racional: sientes el viento rosando la piel, el peso se sublima y vas en contra de la gravedad, te conviertes en un cataclismo, es como ser el mar; la danza es una capacidad de transmutación muy bella”.

Así describe Raúl Tamez su profesión, un hombre que ha dedicado su vida al arte, a su gran pasión: la danza contemporánea. Siempre consciente del compromiso porque su labor trascienda lo estético, pues como sociólogo –su próximo segundo título profesional- defiende la idea de que “el arte debe adaptarse a las necesidades sociales, y la sociedad tiene que estar dispuesta a acceder a esos niveles de reflexión”.

Camino al lado de un joven de 28 años, alto, atlético, de piel blanca, cabello medianamente largo y rizado. En su rostro se dibuja una cálida y permanente sonrisa que denota humildad, a la vez que gallardía; es uno de los muchos que enfrentan con valentía a una sociedad donde los títulos artísticos son ninguneados y, a pesar de eso, triunfan.

Instantes después de charlar producen la impresión de conocerlo desde hace ya mucho tiempo, de que es un viejo amigo, un pergamino abierto que se puede leer detalladamente, cada pasaje de su vida marca un sueño realizado; trayectoria internacional, crítica y compromiso con su nación, son los puntos clave para entenderlo.

El llamado del arte

Desde muy pequeño tuvo claro que quería incursionar en el arte; primero se interesó por el piano, lo aprendía de oído porque su madre, pese haber incursionado en la ópera, siempre quiso bloquearle el camino: “Le decía que me inscribiera a la Escuela Nacional de Música y me cerraba el piano con llave”, cuenta como si ahora ya no importara.

Después quiso actuar, pero no tenía las referencias necesarias para hacerlo: “Mi abuelo era concertista y una tía cupletista, la llamaban La Bella Esmeralda, en la época de Agustín Lara en el cine mexicano. Pero no es que ellos me hayan influido directamente”.

A los ocho años se enteró del Centro de Educación Artística Infantil de Televisa, “una escuela con, por supuesto, fines lucrativos y comerciales”, comenta. Desde entonces era muy independiente y cuenta que él mismo marcó por teléfono para informarse del proceso de admisión, al ver esto, su papá lo llevó a escondidas a un casting multitudinario donde resultó seleccionado.

Es así como entró a hacer pequeños trabajos en la televisión, como Plaza Sésamo o Amigos por siempre. Pero no tardó mucho en atravesar un proceso de desencanto: “Descubrí que no era lo que quería hacer toda mi vida; me encontraba en esa etapa entre la niñez y la adolescencia donde las oportunidades en televisión son escasas”.

Empezó a sentirse desestructurado, ya que tuvo que hacer la secundaria abierta en un año, a los 13 ya había presentado todos los exámenes y ya hacia los 15 decidió dejar la actuación y hacer el examen para el Politécnico Nacional en la carrera técnica de Contaduría. Pensó que sería útil estudiar una carrera técnica y su mamá se sintió feliz con la decisión.

La vocacional estaba cerca de su casa; empezó a trabajar desde tercer o cuarto semestre en un despacho contable con su profesora de legislación fiscal. Ya estaba muy perfilado a irse por ese camino, sin embargo, nunca dejó de ir al teatro y adquirir más referencias, donde un buen día le sucedió algo que lo cambiaría por siempre.

Era un visitante frecuente del Centro Cultural del Bosque de Chapultepec. Una vez no había boletos para ver teatro; pero sí para danza. El ballet clásico no le gustaba, pero esto era danza contemporánea y le interesó saber de qué iba. Era una obra de Cecilia Lugo llamada Espejo de Linces: “Me pareció una experiencia verdaderamente reveladora” explica.

“Yo soy muy escéptico y me choca el pensamiento mágico, pero esa ocasión fue casi metafísica, porque me conecté tanto con la pieza, con los símbolos, con la abstracción, el uso del cuerpo, la poética en movimiento, me hizo sentir que el espacio se transformaba”. Antes el teatro le parecía una experiencia más directa, pero quedó atrapado en el misterio y el ritual de la danza.

A partir de ahí empezó a ver varios espectáculos de contemporáneo, y, en tres meses, cuando tenía 17 años, dejó el despacho contable y empezó a tomar clases de danza en las tardes, fue allí donde le sugirieron hacer el examen de admisión para la Escuela Nacional de Danza Clásica y Contemporánea (ENDCC).

Alrededor del mundo


El joven bailarín fue becado durante el segundo año de la licenciatura de Danza Contemporánea, por la Escuela Superior de Ballet Contemporáneo de Montreal. El director del Joven Ballet de Quebec estaba dispuesto a llevarse dos o tres alumnos becados de la ENDCC.

La academia extranjera conservaba un corte más clásico, “todos los bailarines tenían un manejo de puntas posmoderno muy elaborado”, por lo cual el director recorrió todos los salones de clásico, después los últimos años de contemporáneo –por tener un mayor nivel técnico- , pero no fue hasta que insistió ver a los primeros y segundos años cuando descubrió a Raúl; al instante le ofrecieron la beca.

Cubrieron todo el curso de verano. Cuando acabó el periodo le ofrecieron exentar la colegiatura por un año, pero no así los costos que implica vivir en Canadá: “Desgraciadamente no tenía las posibilidades económicas para tomar esa oferta; fue muy desesperanzador”, agrega.

En el último año de la licenciatura llegó a la ENDCC el director de Codarts: Rotterdam Dance Academy, que en su momento llegó a ser la escuela de danza contemporánea más importante del mundo; mediante una audición eligieron a estudiantes para llevarlos a Holanda, no obstante, no se hacían responsables de la estancia, como sucedió la vez pasada.

“Me puse a investigar, en ese momento no habían becas para el extranjero, mandé todo tipo de cartas a la presidencia, a la Secretaría de Cultura, al FONCA, hasta que me apoyó el INBA”. Después de haber sido seleccionado, el afortunado bailarín fue a Róterdam a concluir sus estudios profesionales.

Allí vivía a 10 minutos de la escuela, se iba en bicicleta, sus días empezaban a las 10 de la mañana y otros a las 11: “En México eso es impensable, aquí empezamos a las 7, no tienes tiempo de hacer nada, eso puede llegar a ser una sensación asfixiante cuando la comparas con otros niveles”, expresa aún sorprendido, aunque de eso ya hayan pasado 7 años.

“Solo me tenía que dedicar a estudiar, contaba con mucho tiempo libre e hice vínculos muy fuertes con gente de allá. Podía salir a la calle vestido como quisiera, mi nivel de ingresos era irrelevante por ser una sociedad económica con ingresos parejos. Creo que fue en Montreal donde entré a un banco sin vitrinas, incluso vi a uno de los ejecutivos con la cara tatuada”, comenta mientras su mirada se pierde en esos agradables recuerdos.

Cuando terminó sus estudios comenzó a hacer audiciones y le ofrecieron tres contratos; con esto tuvo que elegir entre quedarse en Holanda, ir a Israel o viajar a España, finalmente decidió trabajar en IT Dansa, del Instituto de Teatro de Barcelona, por el repertorio que ofrecía esa compañía: como Jiry Kilyan, Sidi Larbi y Nacho Duarte.

Respecto a la búsqueda de opciones laborales, cuenta: “para que un latino pase en una de esas audiciones tiene que ser un titán, y no un titán técnico o acrobático, tal vez uno emocional, de presencia, algo que lo distinga. Yo no daba crédito a lo que me pasaba en ese momento”, pues ya no se dirigía al extranjero como estudiante, sino como egresado.

En España tuvo su primer trabajo verdaderamente profesional: “En México trabajé en el Ballet Independiente, pero no se comparó con las condiciones de IT Dansa; por ejemplo, el primero tiene un espacio atrás del cine Teresa por el metro Salto de Agua, un edificio que ya se está cayendo, en el segundo piso entrenan lucha libre, y en el tercero hay un salón muy pequeño donde ensaya el ballet”.

En contraste, el Instituto del Teatro de Barcelona contaba con diez salones enormes, un pianista todos los días, cuatro ensayadores viendo los detalles de cada una de las piezas y vestuaristas: “Yo me sentía muy orgulloso de tener un contrato, de estar bailando en el extranjero, era la culminación de un sueño”, expresa.

Raúl reunió, en ese entonces, toda su energía de forma positiva, salía a divertirse, a las 2 o 3 de la tarde dejaba el trabajo, se la pasaba socializando, buscaba lugares alternativos, caminaba, leía. El clima mediterráneo era muy cómodo para él, pues hablan su misma lengua y hay mucha algarabía.

Heridas de la danza mexicana

El hacer carrera en otros países, no solo en España, Holanda y Canadá, sino también en 2 Move Dance Company con quienes viajó a Shanghái, o con el Ballet de Cámara de Riga donde se aventuró a Lithuania, le ha permitido ver un panorama amplio de la danza en el mundo, lo cual le ha generado ciertos resentimientos por la que se ha hecho en México, sobre todo en ciertos periodos.

“Hubo una época de oro de la danza mexicana entre los cuarenta y cincuenta, -afirma-, donde había piezas significativas con participación de otros artistas. Hacían, yo que sé, El venado y la luna con diseños de Carrington, con música de Silvestre Revueltas, coreografía de Guillermo Arriaga, entonces los productos eran tremendos”.

Expone que había una preocupación por tener una narrativa clara y bien estudiada: “Eso se ha perdido mucho, ahora se trabaja desde el azar y la indeterminación”. Existía una necesidad de hablar de temáticas nacionales, “por eso el nombre de Nacionalismo de la Danza”, el arte hacía un espejeo con la sociedad. Pero en los setenta hubo “una ruptura muy fuerte”, con las crisis en el país y la entrada del neoliberalismo.

En los ochenta y noventa hubo algo en la danza posmoderna, con los que califica como sus pocas referencias, tales como Raúl Parao, Boez Otelo y Lidia Romero, los cuales hicieron una ruptura muy necesaria y un estilo propio que acabó por desaparecer. Identifica que en México “han habido ciertas llamas, pero han terminado eclipsadas por la ignorancia, asuntos políticos, económicos y por un perfeccionismo que nos ha hecho mucho daño”.

Otra de las cosas que ve en México es que estamos permeados de un error sistémico y grave de negar nuestra propia identidad: “La visión eurocentrista y norteamericana, junto con la influencia de los medios de comunicación, hacen que gran parte de la danza sea una copia de esos modelos, refritos o falsas alabanzas de las técnicas de otros países, es una especie de colonialismo del arte”, declara.

En Holanda se pueden descubrir técnicas vanguardistas, a la vez que antiguas o muy conceptuales, “son performancistas, eso no los hace mejores ni peores”. El bailarín cree vehemente que en México hay un gran potencial y talento como en ningún otro sitio: “Si el mexicano fuera capaz de asirse de su figura de animal herido por el contexto histórico, podría ser brutal”.

Arte y sociología


Después de triunfar en los escenarios internacionales, el joven titán de la danza contemporánea regresó a México a seguir su carrera de éxito, pero vuelve a darle un halo de trasgresión a su vida, como aquél niño con los constantes impedimentos de su madre, y decide estudiar una segunda licenciatura: Sociología en la Universidad Nacional Autónoma de México; carrera que, al igual que la danza, no es reconocida en nuestro país.

El sociólogo se ríe de sus propias hazañas, pero reflexiona un poco sus palabras y prosigue diciendo que la curiosidad es uno de los factores que lo impulsaron, además de vivir en lugares realmente contrastantes: 20 años en Iztapalapa, ver una balacera, ser víctima de asalto en cuatro ocasiones, salir en televisión, vivir en Holanda… “eran estímulos muy radicales”.

Es la razón por la que le interesa ver cómo son las realidades para las personas, y el determinismo de esas mismas. Ejemplifica un fenómeno en España, donde veía a los inmigrantes pasar por el estrecho de Gibraltar, cómo eran segregados y odiados por una sociedad pseudo-primermundista, tenían que sobrevivir vendiendo cosas afuera del metro, y aún así, ese escenario era mucho mejor que el de sus Estados de origen.

“El mundo está volteado de cabeza, ¿cómo es posible que España, aún en crisis, su salario bajó de 1000 a 600 euros?, ¡siguen siendo 600 euros!”, exclama sensible, y confiesa que cuando hace danza recurre a esos temas: “Me empecé a dar cuenta que mis preguntas desde lo artístico, eran muy similares a las preguntas de un científico social”.

“El arte es sólo la punta del iceberg, he notado que la población mexicana está desinformada, caso concreto es la de una religión que le fue impuesta y le ha hecho mucho daño, pues generó represiones y actitudes como el machismo y el agachamiento” – hace una pausa para exteriorizar que tiene muchos ejemplos en su mente pero no encuentra la manera de exponerlos.

Después de fijar su vista unos momentos en el aire declara: “Los mexicanos tienen miedo a expresar abiertamente sus puntos de vista, a decir que no, a mostrarse como son, a renunciar a un empleo que no les gusta, a contradecir a sus padres: es una sociedad de miedo. Lo que intenta el arte es sublimar ese sentimiento y hacerlo más sencillo”.

Para él, el arte es la manera más directa de conectarse con lo inexplicable, es un puente que va más allá de lo humano, de la razón. “Cualquier obra que haya trascendido nos demuestra que va más allá de lo que un ser en particular haya podido concebir, pues el universo es inconmensurable, hay muchas cosas que no comprendemos y nunca vamos a comprender, pero el arte es una vía para llegar a ello”.

“En realidad suelo ser muy abierto con todas las ideas, incluso con los más conservadores, pero cuando alguien no entiende la labor del arte, verdaderamente quiero emprender una guerra contra ese alguien”, dice esto y puedo notar como sus ojos confirman la pasión con la que defiende sus ideales.

La sociología puede llegar a ser un campo más árido comparado con el arte, pero cubre un elemento que no tiene tan presente el segundo: la reflexión, bajar lo abstracto a una cuartilla: “El tiempo no alcanza, solo desarrollas ciertas habilidades, no puedes abrir una perspectiva teórica si estás dedicado por completo al arte”, afirma el estudiante de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales, donde su promedio alcanza casi el diez.

Payaso Capital

Su opera prima, Payaso Capital, fue estrenada en Barcelona en 2014 y, al regresar a su nación, la adaptó al contexto mexicano. La obra es una sátira social sin caer en el panfleto, donde hace un reclamo por la decadencia del gobierno mexicano; con esta puesta en escena el bailarín ganó la atención de varios medios de comunicación, como La Jornada y el Excélsior.

Para esta obra recurrió al poema Los nadie de Eduardo Galeano, y tocó temas como la hegemonía de los partidos políticos, la democracia, las injusticias con los pueblos indígenas, el carácter institucional de la religión, la dudosa procedencia de las figuras políticas y los militares en México.

El antecedente de Payaso Capital fue Lady Macbeth, personaje que interpretó en la obra dirigida por Jaime Camarena: Macbeth, Ciudad de insomnio. Éste papel ha tenido un significado importante en su vida, lo construyó prácticamente solo y mucha gente lo empezó a ubicar por él: “Me contactaban alumnos de otras universidades que me habían visto en ese personaje para conocerme o dar talleres”, cuenta.

“En la televisión es muy fácil ser reconocido, aunque momentáneamente, en el arte no, menos en la danza”. Recién incursionado como director, utilizó las herramientas actorales que había aprendido y había dejado atrás para generar un personaje más desde lo teatral, y que tuviera todo el contenido de lo social.

Respecto al proceso de hacer una obra propia, narra: “Me dejó muchos conocimientos, autoconocimiento, muchas frustraciones, porque tienes que ser muy disciplinado y autocrítico, pues no sabes si confiar en el ojo externo. Para mí es muy difícil invitar a gente, aunque sea alguien muy experto, a que vea el proceso creativo, siento que me lo van a echar a perder, porque al final me dejaré llevar por sus comentarios”.

“Cuando lo presenté en el teatro de la ciudad (en la Ciudad de México) me llamó un funcionario diciéndome que no debía usar el himno nacional si quería seguir con mi carrera, porque era un delito federal, y si hubiera ido alguien de gobernación podrían haber cerrado el teatro por mi culpa; eso me gustó”, sentencia el aficionado a la transgresión.

Se considera una persona intensa, pero como director trató al principio de plantear relaciones horizontales con su grupo de trabajo, aunque tardó poco en ver que “se podían salir las cosas de las manos”; porque una vez más en el asunto de la educación: “El mexicano no sabe cómo llevar las relaciones horizontales en su trabajo”.

“Estamos acostumbrados a los jefes tiranos, pero cuando llega uno que no lo es tampoco funciona, es difícil encontrar el punto medio, pero últimamente lo he encontrado”. Raúl se promulga a favor de los derechos del bailarín, porque es uno de ellos: “Hubo gente que me dijo que ningún bailarín era indispensable, pero yo pienso que sí lo son, opté trabajar con ellos por una razón y considero que deben estar ahí”.

Dirigió también ¡Qué vivan los locos y los cobardes! II, obra que le valió la nominación al Premio a la creación escénica contemporánea de Un Teatro, afianzado por el CONACULTA y el FONCA.

Otra de sus puestas en escena fue Mingus, una ópera infantil con música de Philip Glass; en ella hace una crítica a la tecnología cada vez más presente en la vida de los niños, y el cómo ellos pueden reencontrarse con el arte. El elenco consta de un tenor, una soprano, dos bailarines y Mingus, el niño protagonista.

Los retos del titán

Los planes para Raúl Antonio Tamez Carrillo parecen apremiantes, pues en la danza, ahí donde el cuerpo es obra, se envejece muy rápido: “Estoy en el centro de mi carrera, aún no pierdo mis aptitudes físicas y tengo plena conciencia de mi cuerpo, quiero hacer una obra en donde explote todas mis capacidades”, expresa.

Después de participar recientemente en la producción de La bella durmiente del bosque, con nada de dinero por parte del equipo y solo asociándose a una empresa privada llamada Rising Art, el bailarín no pierde la fe en la danza, a pesar de que les fue negado cualquier tipo de apoyo.

“La situación es atroz, las instituciones culturales fueron las primeras en cerrarnos las puertas, cuando se supone que están para fomentar el arte. Si la iniciativa privada supiera que los bailarines tenemos licenciaturas, e incluso doctorados, y que asumimos una postura comprometida con nuestro oficio, la situación sería diferente; pero prefieren contratar al coreógrafo de Thalía”, señala con un semblante afligido.

Los artistas están casi obligados a defender la labor de las expresiones, lo están más en culturas donde el arte se aleja y ya “no forma parte del imaginario social”; pero ¿Quién realmente se involucra más allá y trata de entender la sociedad donde vive?, el titán contemporáneo alude a eso y es consciente que su país no necesita de una danza cada vez más museística.

Raúl se encuentra en proceso de titulación de su segunda carrera, aventurándose a recabar datos que demuestren y denuncien que la población mexicana no sabe siquiera qué es danza contemporánea. El titán dirige una última mirada para decir concisamente: “No entiendo cómo alguien no pueda tener una conexión con el arte, y no estoy dispuesto a hacerlo”.







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