lunes, 18 de abril de 2016

SUSPENSIÓN DE LABORES Y ALCOHOL

Por Bernardo Uribe Valdés
México (Aunam). Un simple letrero en la entrada de un local puede determinar su futuro. El de “Suspensión de labores” es al que más temen. Este anuncio le hace saber a la clientela regular que su lugar favorito, ya no es seguro. Pues esas palabras combinadas nunca traen nada bueno consigo.

Significan la posible reapertura del lugar, no es tan fatalista como el de “Clausurado” pero va en esa dirección. Sin embargo la decisión de regresar a esos lugares dudosos ahora se encontrará en las manos de la racionalidad y quizás de la valentía.


Mientras se pueda ver la luz del sol, las calles de la avenida Acoxpa en el sur de la Ciudad de México son tan sólo un pasaje comercial más, sus grandes tiendas y plazas comerciales hace a esta zona un atractivo para el esparcimiento casual. Pero en cuanto la luz natural se desvanece, el aspecto de esta zona cambia.

La mayoría de los comercios locales cierran, y esos que se dedican a vender lo que en el día está prohibido, abren sus puertas. Reciben amistosamente a la gente dispuesta a olvidar los problemas de la vida cotidiana y sumergirse en los vicios, en el alcohol, el humo y la tentación.

Acoxpa es una de las zonas de bares más conocidas de la ciudad, también resulta muy conveniente para todos los jóvenes que provienen de las escuelas preparatorias cercanas, ya que pone a su alcance diversas opciones para lograr esa embriaguez desesperada, esa que de busca sin importar las consecuencias o el precio.

La luz natural es remplazada por la luz neón que irradia desde las marquesinas hasta los ojos de los comensales confundidos por todas las opciones. Después de unos minutos de comparar precios y ambientes, el bar “Vittorius” parece convencer a muchos aventureros nocturnos.

El elegido se encuentra en el segundo piso de una mini plaza. Es una esquina conformada por cuatro locales y un pequeño estacionamiento. En la planta baja: un 7-eleven y un local cerrado. En la parte superior, “Vittorius” está junto a lo que alguna vez fuera su mayor competencia, “El Dayana”.

Ahora sólo se observan los letreros de “Suspensión de labores”, el bar vecino perdió el juego de las mordidas. El juego es simple, cuando llegan las autoridades se les da su parte del pastel, ello miran al otro lado y la fiesta sigue. La vida de esta pequeña esquina ha visto mejores tiempos. Había veces que no se podía entrar por la cantidad de personas. Hoy, su público se limita a unos cuantos.

Cuando llegas y te aproximas a la entrada, un sujeto robusto vestido de negro con una pequeña linterna de bolsillo te pregunta ¿quieres mesa o ya te esperan? Basta con responder con un gesto para pasar la primera prueba. El segundo filtro depende de tu capacidad para comprobar tu mayoría de edad.

“Tu identificación por favor” palabras temidas por los grupos de adolescentes que esperaban pasar desapercibidos. “Hay que ser muy cuidadosos con eso de las credenciales, porque nos puede caer la Delegación, y pa que quieres”, dice el guardia con un tono irónico y burlón.

Apenas el año pasado la delegación Tlalpan empezó a poner reglas estrictas para regular el correcto funcionamiento de los bares; que se ubiquen al menos 300 metros de distancia de cualquier institución educativa, que no permitan el acceso a menores, y que respete las normas de salubridad.

“Con una mordida todo se arregla, el problema es cuando ya no hay con qué pagar”, dice el guardia mientras conversa con los clientes, esperando una propina. Uno de los atractivos de la zona para los jóvenes era precisamente la accesibilidad, factor que ha ido desapareciendo; y con eso, la popularidad de la zona. “Ya no se pone como antes”, se quejan los clientes regulares.


Una vez vencidas las trabas de seguridad, subes las escaleras y te incorporas lentamente al grupo de personas levemente embriagadas, reunidas simplemente para bailar y quizás conocer a “ese alguien especial”.

“¿Quieres bailar?”, es la pregunta más frecuente. Todos quieren pasar un momento acompañado. No importa que sea sólo por un par de minutos, mientras la canción termina. Bailar es el principal propósito. Algunos tienen un don natural y otros se ayudan de un par de cervezas para agarrar experiencia y sacudir la timidez. Pero todos, eventualmente, se acercan a la pista de baile.

El pequeño salón está obscuro, lo iluminan luces de colores que cuelgan del techo. Los pocos meseros chocan con las parejas bailarinas al igual que con las mesas cuyo espacio de separación no es muy grande. En una esquina se encuentra un sencillo escenario donde la banda a ritmos de cumbias y salsas, amenizan la fiesta.

Al lado de los músicos hay un par de sillones blancos, maltratados y hechos de imitación barata de piel, que conforman la zona VIP o la reservada para aquellos que se encuentren celebrando una ocasión especial.

Una por una las canciones provocan diferentes reacciones entre los presentes, unas son coreadas con pasión, mientras que otras incitan iniciar un baile íntimo o a proponer un brindis. El repertorio del grupo musical se agota y la música electrónica ahora toma el control.

La noche ha llegado a su fin y los meseros trayendo las respectivas cuentas a los bebedores lo indica. Finalmente todos han cumplido su objetivo, sea el que sea, todos aprovecharon la noche. Dinero, embriaguez, amor o quizás solo una esperanza, pero algo es algo.

Entre el humo de cigarro y el piso pegajoso, todos regresan a sus destinos. La banda guarda sus instrumentos y los meseros cuentan sus propinas. Este lugar esperara con ansias al siguiente día para seguir la rutina de la seducción.

La vida de lugares como este depende de saber jugar el juego de la evasión. Ese que se juega tanto que debería ser nombrado deporte nacional. El bar “Vittorius” sobrevivió un día más en la matanza de lo informal.





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