miércoles, 20 de abril de 2016

PEDRO PLATA: TRAS LOS PASOS DE UNA PARÁBOLA DE 59 YARDAS

  • Pie equinovaro bilateral congénito no le impidió éxito en futbol americano
Por Marco Antonio Plata Ortiz
México (Aunam). Primero se quita un zapato, luego el otro. Pedro Plata Hernández reposa los pies sobre el tablero. Se pone cómodo. Una mujer pasa por la acera y lanza una rápida mirada hacia dentro de la camioneta y prosigue camino. A donde vaya, el aspecto de Plata anima la curiosidad de los extraños. No se esconde. A veces te lo encuentras a la vuelta de una esquina y le pides un autógrafo. La sorpresa es mutua pero accede sin pensarlo.


Los años pasaron en balde para quienes esperaron sentados su derrota. Nunca ha claudicado. Ni siquiera cuando nació. En ese momento no hubo un doctor que diagnosticara su condición porque el alumbramiento ocurrió en su casa, rodeada de monte, milpas y coyotes, en Chantejé, municipio de San Miguel Acambay, estado de México. Una certeza se acrecentó en los testigos de aquel suceso, incluido el valle; todos guardaron silencio.

Pedro Plata padece el pie equinovaro bilateral congénito, un mal que incide en aproximadamente uno de cada mil nacimientos. Significa que sus dedos apuntan hacia el interior, las plantas de los pies miran hacia atrás y todo el peso de su cuerpo descansa sobre los tobillos.

A pesar de ello, su carácter le llevaría a conquistar las mieles del éxito profesional y humano en uno de los deportes de contacto más exigentes del planeta, haciendo lo que para muchos parece imposible: hacer goles de campo.

Con sólo una temporada en categoría intermedia jugó las cinco temporadas de elegibilidad en categoría mayor en la Organización Nacional Estudiantil de Fútbol Americano; dos temporadas de Categoría Máster de la desaparecida Liga Nacional de Fútbol Americano y dos más en la Liga Nacional de Fútbol Americano de Veteranos. Siete de esas diez temporadas (cinco de categoría mayor y dos de máster) consideradas en su momento del mejor nivel de fútbol americano de México, y cuatro veces ganador de la nominación para la selección ideal de la liga como mejor pateador de goles de campo y puntos extra. Jugaría un clásico Politécnico vs Universidad en 1978 y, en 1983, pisó el campo de prácticas de los Jets de Nueva York, donde estuvo a un paso de lograr una contratación en la Nacional Futbol League de Estados Unidos, superando las limitaciones físicas pero sobre todo, las imposiciones mentales que detendría a cualquier otra persona.

Los asientos traseros permanecen guardados en la camioneta. En su lugar, una camisa cuelga de un gancho. Hay cajas de cartón y archiveros de plástico cocidos con cinta adhesiva y desdoblándose hacia adentro. Una impresora corona varias maletas. Algunas bolsas de contenido indescifrable y demás fetiches y afiches propios de los viajes constantes se esparcen por los rincones. Un convertidor de corriente le permite recargar su celular para estar siempre en contacto con su familia. Todo parece tener un orden en la oficina ambulante de Plata.

“Acelero con el bastón y freno con la pierna izquierda. Ya lo hago automáticamente, incluso platicando; lo realizo de forma inconsciente. No siempre fue así. Antes manejaba de manera normal, usando las dos piernas. Me di cuenta que me dañaba bastante conducir porque al aplicar fuerza con el pie me lastimo donde tengo una herida.

“Las heridas aparecieron hace casi 10 años en los pies. Ya tengo alrededor de un año manejando de esta manera. Con el tiempo las heridas regeneraban pero ahora pienso que ya no será así. Necesito moverme y trabajar y adaptarme a lo que sea necesario. Hace nueve años que me pensioné por incapacidad”, señala el hombre.

Su mirada quincuagenaria recorre ansiosa todas las direcciones como si buscara adivinar la procedencia de alguna pregunta. A lo mejor en su juventud, cuando las entrevistas se hacían sobre el emparrillado, con las hombreras calzadas y el casco en la mano, lo tomaron desprevenido y ahora se cuida de los periodistas. Después de una charla corta pregunta si ya habíamos empezado. “Ya, desde hace 15 minutos”, le respondo.

“Manejo desde que tenía como 20 años. No poseía un auto. Tenía la duda si podía manejar con los pies encontrados. Empecé a practicar poniendo unos palos en el piso y luego, cuando invitaron a jugar futbol americano a mis amigos de la vocacional, y posteriormente a mí, Alfredo Jiménez Malinda, uno de los coaches, nos dijo ´yo tengo un coche pero está descompuesto. Si lo arreglan se los presto para que vayan a entrenar´. Salíamos a las 2 de clases y la práctica empezaba a esa misma hora, así que tomé la iniciativa y llevé el carro a la casa donde vivía para que mi hermano Jaime lo arreglara. En el auto de Malinda fuimos a entrenar como tres meses.

“Donde nací no había coches. Muy ocasionalmente veíamos alguno extraviado que por ahí aparecía. Las casas estaban separados por uno, dos o hasta tres kilómetros de distancia. Vivíamos en la boca del valle, a las faldas de un cerro. Un vecino, que no podía subir su auto hasta su casa, lo dejaba en la nuestra y ese era el carro que conocía. Era un jeep, lo recuerdo bien. Alguna vez me llevaron a vacunar al pueblo y fue cuando conocí los camiones.”

Sus cejas son ligeras, bailan y hacen sobresalir aquellos ojos aplastados por la carne de los párpados. Se sorprende como si fuera una historia ajena, por primera vez escuchada. De pronto su semblante se vuelve serio y su voz adquiere una vibración grave. Sus manos se tocan sobre el volante y agrega:

“A los nueve años vine a vivir a la casa de mi hermana en la Ciudad de México y entonces cambió todo. De habitar el campo con toda la libertad, vivir en la ciudad fue completamente diferente. Para desplazarme en el monte a todos lados iba caminando. La escuela quedaba como a 500 metros de nuestra casa, que era la más cercana. No era un trayecto considerable. Había niños que caminaban tres o cuatro kilómetros para ir.”

“¿Sobre qué caminaba? ¡Había senderos! Recuerdo cuando empecé a caminar, el suelo era tierra dura, incluso el de la casa. No podía apoyar directamente los pies por lo cual mis hermanos hicieron mis primeros calzados. Eran zapatos viejos o huaraches que recortaban para ajustarlos a mis pies. Ocasionalmente esos arreglos fallaban y alguien me cargaba. Los compañeros de la escuela más grandes, adolecentes, que compartíamos el salón porque sólo había primero y segundo de primaria, me llevaba en la espalda de paso a su casa.”

La ansiedad vuelve con alegría. Disfruta cada detalle con las manos en la nuca. Plata se regocija con los recuerdos. Los abraza como un tesoro inteligible para quien no haya esperado a que se muera el hambre, cuando es una visita inesperada.

“También me movía mucho al monte con mis hermanos, con Jaime sobre todo. En esa época él era el encargado de cuidar los animales. Hacía todo porque yo estuviera siempre con él. Entre juegos, hacía de transporte con una rama llamada horqueta, que jalaba de la parte más gruesa y así (sentado sobre los dos extremos que iban sobre el piso) me arrastraba para todos lados. Una vez me lastimé pisando una rama seca y me hice una cortada no muy profunda. Entonces Jaime me llevó en la horqueta por el monte todo el día. A veces, si había dos personas, me cargaban en una parihuela, que consiste en un par de palos, más o menos largos, paralelos, envueltos en un ayate como una camilla. Así me llevaban ocasionalmente, como un juego.

“En ese entonces, me cubría los pies y me amarraba algo, pero podía correr perfectamente. Andábamos de arriba a abajo en el monte. Jugábamos futbol. Como nuestros recursos eran limitados, la pelota era un montón de trapos o prendas viejas amarrado con hilo de ixtle proveniente de maguey. Eso lo usábamos mucho para hacer trompos, por ejemplo. A una rama le dábamos forma con un machete y con el ixtle ya teníamos un trompo.”

Parábolas

Su mirada se fija siempre hacia adentro cuando hace memoria. Trata de que al hurgar en sus recuerdos no se le escape ni una yarda.

“Mi infancia la pasé en movimiento. Nunca estuve recluido en un cuarto. La situación familiar era propia del campo. Tenía 12 hermanos y la interacción era principalmente con ellos. Además tenía un hermano menor, Federico. La atención de mis padres iba más con él, yo prefería salirme.

“Sin embargo, ir a la ciudad no fue tanto una decisión mía. En la escuela sólo enseñaban a leer y a escribir. Una escuela más avanzada implicaba caminar siete kilómetros hasta la carretera y tomar un camión hacía el pueblo. No contábamos con dinero para cubrir el pasaje.”

En ese instante un hombre mayor pasa caminando a media calle con un cigarro de marihuana en la mano. Pedro no se inmuta. Los vicios le son tan ajenos como darse por vencido. Continúa su relato:

“La mano de obra de los muchachos que crecen en el campo se vuelve indispensable. A muchos no les gustaba la escuela y se iban a trabajar, a muchos otros no los dejaban sus papás porque eran requeridos para cuidar los animales, recoger leña, ayudar a quitar la hierba, muchas actividades indispensables.

“De hecho, para integrar un grupo de la escuela se formaba una comisión de padres de familia que recorrían todas las casas invitando y convenciendo a los padres de la importancia de aprender a leer y a escribir. Entonces mi hermana mayor, Eufrosina, previendo que yo no podría desarrollar las duras actividades del campo, me invitó a vivir con ella en la Ciudad de México. No me imaginaba aquella vida. La televisión, por ejemplo, me era desconocida, apenas había escuchado el radio que una vez dejó Eufrosina en el rancho. Tenía nueve años y todavía no era del todo consciente de mi condición física.

“Llegué a tercero de primaria y me juntaba con quien fuera para jugar futbol. Nunca faltaron los niños curiosos que se la pasaban preguntándome por mis pies, ¿por qué esto?, ¿por qué lo otro? Algunos hasta llegaban a pisarme para ver cómo reaccionaba. Las personas mayores me veían y supongo, con buenas intenciones, me paraban en la calle para proponerme una solución. ´Yo tenía un sobrino así, un hijo... lo curaron´. Muchas eran propuestas disparatadas. Todos querían ayudarme”.

Extiende los brazos y abre las manos. La incredulidad se asoma con inocencia en su gesto. Como si todos fuéramos espejos y la mirada nunca nos penetrase. No se sabe si la impresión de su mirada es un genuino rebote de quienes no creían lo que sus ojos veían o el reflejo de tu cara. Y te empapaba ese entusiasmo mezclado con melancolía.

“Esa situación de curiosidad, de que todos me preguntaban, duró muchos años, creo hasta la secundaria. Recuerdo muy bien a esos niños que me pisaban cuando no les prestaba atención. Inclusive, uno de mis hermanos, con toda la inconsciencia y la crueldad que te puedas imaginar, me fastidiaba con que me iba a curar. ´Tráiganme un serrucho y el martillo para enderezarle los pies´, decía. Y yo corría al campo para que no me agarrara. Obviamente no me iba a serruchar, pero a mí me asustaba mucho”.

Él no quería ir a la escuela, lo obligaban. Cuando llegaba la hora, se iba a esconder al monte y se pasaba todo el día ahí. Nunca aprendió a leer.

“No me preocupaba la situación de mis pies. Mis carencias fueron compensadas por los apapachos de la gente que me rodeaba. Yo trataba de hacer mi vida como en el campo, la gente veía en mí mucha iniciativa e ingenio, así que me alimentaron de elogios por las muchas habilidades que demostraba. Por ejemplo, en la casa de mi hermana había un pequeño jardín donde, entre juegos, sembraba. Con una punta removía la tierra y metía unos granos de maíz. Al rato teníamos una olla llena de elotes y todos esbozaban felicidad sus rostros”, rememora. Y la sonrisa le aflora como un niño.

“En otra ocasión, para la escuela me pidieron un trabajo de Benito Juárez. En el rancho jugábamos a hacer adobes con tierra y pasto. Con el manguete de los calendarios dábamos forma a los ladrillos. Y en esa ocasión llevé una maqueta hecha, adobe por adobe, para la barda de un cuartito y un pesebre donde Benito Juárez había nacido. ¡Uuuy! Ese trabajo cómo lo elogiaron. Entonces también dibujaba y pintaba, y jugaba soccer. Le pegaba muy duro al balón. Siento que eso fue compensando cualquier limitación física”.

De nuevo la atmosfera se espesa en un momento clave. “Específicamente me preocupé en la adolescencia, cuando quise establecer una relación con las muchachas; sentía que tenía el carisma para hacer muy buenas amigas pero cuando pretendía ir más allá de la amistad, las muchachas me daban la vuelta y no querían otra cosa. En ese momento lo resentí ¿Por qué había nacido así? Eso fue lo que más me desanimó. Todavía para ese entonces usaba zapatos remendados. Les cortaba la punta y mis dedos salían.

“En una ocasión, creo que estaba en sexto de primaria, una de mis hermanas me llevó con un zapatero. Él tenía un problema similar al mío y pensé ´si él se hace sus zapatos no habrá ningún problema con que haga los míos´. ¡Resulta que no quiso!” La incredulidad se dibuja nuevamente en su rostro como quien espera harto rato una incongruencia sólo para señalarla. “El zapatero nunca había superado su situación y ya tenía como 40 años. Fue rotundo, no se prestaría a hacerme unos zapatos que lo dejaran como a él. Su consejo fue que me operaran.

El parteaguas vino cuando tenía alrededor de 20 años. “Mi estructura ósea había madurado. Entonces el desgaste de mis pies era más evidente. Utilizaba plantillas de cartón o de cualquier material blando que encontrara. Poco a poco, la fricción, el estar de pie, la confección de mis zapatos inadecuada, hicieron ampollas y las articulaciones me dolían hasta quedarme días tirado”.

Más allá de los límites

“Un compañero de la Escuela de Medicina que se desenvolvía en el hospital ABC me presentó al que en ese entonces era el mejor médico del mundo: el doctor Simón Build, quien poseía estudios en Europa y Estados Unidos, con muchas intervenciones exitosas. Después de examinarme, el doctor llegó a la conclusión que mis pies estaban prematuramente envejecidos; a la edad de 20, estos aparentaban 60. Auguraba que podría caminar un par de años más, pero después ya no sería posible.

“La opción era amputarme. ´Por la apariencia estética no te preocupes, te pongo una prótesis con un pie normal y todo el mundo te verá bien, ya no vas a tener problemas´, etc., etc… No se prestaba pensar que tuviera un interés económico. Nunca me cobró las consultas ni los estudios y la opción de operarme corría por cuenta del hospital como una labor social, entonces no existía la posibilidad de sacar algún provecho del asunto.

“No tuve mucho tiempo para pensarlo. En lugar de quejarme, Dios me dijo ´¡ahí está el futbol americano! Termina de formar tu carácter y sé feliz´. Todo empezó cuando invitaron a mis amigos, con experiencia previa en intermedia, a integrar el equipo de Búhos. Insisten que me vieron jugar soccer y para ellos la impresión fue considerable. Alfredo Jiménez dijo: ´tú vas de pateador´. No sabía nada de futbol americano.

“Empezamos a practicar en unas canchas de tierra, donde sí podía apoyar sin lastimarme; correr en el pavimento era doloroso. Ya sólo era posible jugar en aquellas canchas, el soccer estaba descartado. Como podía, colocaba el balón haciéndolo guardar el equilibrio y pateaba. Había que ir por la bola adonde cayera cada vez. Era muy limitado lo que podía hacerse.


“Una semana antes de empezar la temporada y designar las posiciones, Alfredo me llevó con Juan Genaro Martínez, el head coach. ´¿Qué hacemos con éste? ¿Le damos el equipo o no se lo damos?´ La actitud de resolver la situación como sea fue lo que convenció a Genaro de darme una oportunidad. Él no me conocía. Después me contó que la gente de liga mayor fue a ver las últimas prácticas para sondear posibles prospectos. ´No le des alas, eso no es para él. No va a poder. No lo ilusiones, después será peor´. Genaro se empecinó en demostrar lo contrario. ´¡Cómo de que no puede! Si él quiere hacerlo le enseñamos cómo´. Se dio entonces a la tarea de hacer lo necesario para que me dieran la oportunidad. Me incluyeron en el equipo. Hice unos zapatos especialmente para jugar, de piel blandita.

“El primer juego fue histórico. Estaba muy cerrado, cero a cero. No se veía quién fuera a anotar. Se presentó una oportunidad para patear. Yo estaba muy nervioso, sentía que todo el mundo se fijaba en mí. Lo pateé desviado. Luego hubo otra oportunidad. Como el primero lo mandé hacia un costado, el segundo quise compensar la trayectoria y volví a errar, ahora por el otro lado. ¡Tuve una tercera oportunidad! Me dijeron ´entra´, estaba distraído. Se me hizo muy lejos la portería. Cuando llegó el momento ni siquiera alcancé la distancia. Tenía buena dirección, pero el balón nunca llegó. ¡Tres goles de campo desperdiciados en mi primer partido! Al medio tiempo el director de la Vocacional seis nos dijo ´si ganan este partido les voy a comprar una chamarra a todo el equipo´. ¡Pues órale! En el último cuarto se presentó otra oportunidad. Pensé, ´ya fallé 3. Lo peor ya pasó´. Con toda la tranquilidad metí ese gol de campo y el partido lo ganamos 3-0. El director nunca nos pagó las chamarras.

“El primer año en intermedia no fue lo que esperaba. Sólo metí ese gol de campo y los demás fueron puntos extra, unos siete u ocho. Me quedé con la espinita clavada. Nunca había visto un juego de liga mayor, pero en el equipo, según los visores, había talento para jugar una competencia de mayor exigencia.

“1.3 segundos es lo que debe tardar en salir una jugada de patada desde que se pone el balón en juego, dilatar más significa que la línea ofensiva puede bloquearte o, peor aún, taclearte. El margen de error es diminuto y requieres de mucha concentración y sincronización para sacar la jugada. Esta es la oportunidad.

“Apostaba por dos cosas. Si realmente mis pies estaban tan desgastados como decía el doctor, no iba a aguantar el entrenamiento de liga mayor. Entonces procedería a la amputación. Y la otra opción, me esforzaba y se fortalecían mis pies con todo el trabajo sistematizado hasta recuperar su capacidad. Me la voy a jugar, dije. Genaro, desde el momento en que comenzó a equiparme, estaba convencido de que podía estar a cualquier nivel. Me comentaba, ´allá vas a tener un equipo médico, no tendrás que ir por las pelotas. Y me ilusioné´.

“En primera instancia, me di cuenta que mis zapatos de intermedia eran muy suaves. Hice un nuevo par de piel más dura, carnaza. Cuando mojas la piel y la secas al sol, se endurece como piedra. Mi motivación era infranqueable. No sabía hasta dónde podía esforzarme, pero no podía quejarme. Todo el mundo dudó de mí. Los coaches dudaban, los compañeros tenían curiosidad por saber hasta dónde llegaría, y a muchos otros les motivaba mi determinación.

“Mi carácter fue una respuesta a las necesidades. Por una parte, desenvolverme desde un medio con tan poco recursos, también el no tener la protección de mis papás; esa hambre de tener cosas mejores, de sentirme querido y aceptado, es como una bola de nieve, te alimenta para llegar al éxito. Me di cuenta que había muchas personas que se sentían orgullosas de lo que hacía. Pero sin duda, la falta de estructura familiar denotó mucho.

“Cuando vine a la Ciudad de México y salí de ese núcleo, aunque fue con los hermanos, añoraba mucho el regreso al campo. Esperaba las vacaciones con impaciencia para ir con mis papás. Soñaba con las veredas y los senderos, los campos llenos de girasoles que, en tiempos de lluvia, volvían morado el monte. Entonces mi mamá murió, yo tenía 13 años”.

Le tembló la voz por primera vez en toda la entrevista, pero siguió: “La estructura se rompió y fue cuando supe que no volvería al campo. Me marcó el querer tener una familia. Ahora ya no como un hijo, sino como un padre.”

Su figura adquiere un sentido más allá de lo corpóreo. Se erige como una idea, un pensamiento a prueba de cualquier obstáculo. Ya no es aquel pateador de goles de campo, es un coach. Las palabras de Pedro Plata te envuelven como el amor de un padre a un hijo.

“Tuve de escuela a todos mis hermanos, que eran mayores, excepto uno; aprendí de los errores que veía y adquirí una visión clara de lo que quería. Tantas cosas en contra me hicieron no minimizarme, sino todo lo contrario; mi vida ha sido improvisar de todo lo posible. Hay tantas oportunidades, donde uno desperdicia y lastima a las personas. ¿Por qué tiene que ser así? Tú puedes ser diferente. Y si en la adolescencia reclamaba por la futilidad de mi destino, la vida me mostró después que sin todos esos obstáculos no hubiera alcanzado las mejores satisfacciones”.






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