lunes, 18 de abril de 2016

PASOS DE BAILE, PASOS DE SALUD

Por Ximena Navarro Esquivel
México (Aunam). Puntiagudos y finos o gruesos o cortos; tacones hay de todos colores y formas: blancos con negro, azules, plateados; aunque ninguno supera los 10 centímetros. La cumbia de “El negro José” ha dejado de sonar. Es en ese instante que sus dueñas –enfundadas en vestidos ceñidos a sus curvas- alzan el brazo para pedir a los meseros de uniforme negro otro refresco que calme la sed provocada por el baile.


Tras 78 años de existencia, el Salón Los Ángeles, enclavado en la colonia Guerrero (calle Lerdo #206) sigue siendo una parada obligada para los amantes de la danza, y también, ¿por qué no?, para todos aquellos que deseen conocer un poco mejor el folclore de la Ciudad de México. Bien anuncia su fachada: “quien no conoce Los Ángeles, no conoce México”.

No conoce el México de los hombres que, en pleno siglo XXI, se visten como los pachucos de los años ’50 (pantalones bombachos, saco holgado de tonos brillantes; camisas de algodón contrastantes con el color del traje sostenida por tirantes, sombrero acentuado por una pluma, “calcos” o zapatos de charol, cadenas colgadas del cuello y del cinturón). El México donde se presentó Aventurera. Donde quien llegue sin saber bailar, sale transformado en todo un experto.

O algo así menciona Alejandro González, “chilango de corazón”, quien desde hace más de treinta años radica en Acapulco, Guerrero; no obstante, su cambio de residencia a la costa no le impide disfrutar cada domingo de los bailes que se organizan en este lugar semi iluminado por tubos de neón rojos y azules.

Alejandro, cuyos frecuentes ataques de tos, no son un obstáculo para esbozar una sonrisa en su rostro moreno cuando conoce un extraño o cuando se encuentra a uno de los muchos viejos conocidos que frecuentan el salón. Quien sea es bienvenido por él y su candidez al sano arte del baile.

La obesidad, una epidemia nacional. La danza, una posible solución:

Según una entrevista al neurofisiólogo Eduardo Calixto -retomada por la propia página web del Salón Los Ángeles-, la danza tiene muchas ventajas para la salud: genera empatía, activa diversas partes del cerebro que permiten el desarrollo de capacidades como la audición o el lenguaje. Sin embargo, a juzgar por la cantidad de refrescos, hielos y pañuelos sobre la frente que circulaban por el tradicional recinto, este arte también quema calorías.

La obesidad en México es un problema de salud pública. El rector de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), Enrique Graue la califica como una “epidemia”. Entre el público del salón hay quienes, desafortunadamente, pertenecen a esta estadística. No obstante, la anchura de su cuerpo no resta agilidad a los asistentes al salón, quienes mueven su cuerpo al son de la cumbia.

Según Encuesta de Salud y Nutrición 2012 el 71.28 por ciento de los adultos mexicanos padecen algún tipo de sobrepeso. Entre de las estrategias que han sido implementadas para solucionar este problema han sido la implementación del fomento del baile en las oficinas de Pemex Nuevo León o de los transeúntes dominicales de la avenida Paseo de la Reforma en la capital del país. El Salón Los Ángeles no se ha quedado atrás.

“Ven a ejercitarte” señala un anuncio dentro de la sección de avisos en la página web del salón. “Los lunes viene mucho joven a ponerse a bailar” completa “Juanito” de alrededor de 50 años, quien ha encontrado en el baile un escudo ante la epidemia señalada por Graue.

“Juanito”, testigo de los beneficios del baile y de una que otra estrella

Juan Alberto Cruz Bobadillo, “Juanito”, para los amigos, decidió incorporar los beneficios del movimiento rítmico del cuerpo a su vida por motivos cuestión de “edad y curiosidad”. Él lleva 25 años resguardando la ropa, bolsas y demás objetos de valor de los asistentes del Salón Los Ángeles por $10 pesos. Realiza su labor en un pequeño cuarto (no rebasa los cuatro metros de largo por los dos de ancho) lleno de anaqueles, perchas y ganchos cercano a la entrada y salida del salón.

“Cuando llegué no sabía bailar, pero aquí me enseñaron los maestros y hasta a concursos hemos ido (Francis y yo). Hemos ido a Veracruz […] Mi salud ha mejorado, me siento más sano, no me duelen las rodillas”, menciona emocionado, sonriente y con las mejillas teñidas de rojo mientras saca un álbum de fotos grueso, de portada negra, de entre el pequeño anaquel que destinó para resguardar sus pertenencias.

Su bigote, más blanco que negro, lucía más oscuro en las imágenes donde aparece con Francis (una joven de tez morena, cabello negro, labios pintados de rojo y tacones de diez centímetros). Su bigote también luce más oscuro en las fotos donde posa con celebridades como Tongolele, María Victoria, Niurka, entre otras, a quienes califica de “sencillas”. Agrega con una mirada indiferente y un calmo sonido de voz que no le emocionó conocerlas.

De vuelta a la pista


En frente del guardarropas hay diez mesas. Cada una está cubierta por un mantel rosa pastel, sin ocupante alguno. Al igual que las que quedan a un lado del escenario de cortinas de terciopelo rojo y tarima de madera. No hay tiempo de sentarse.

Entre canción y canción sólo hay algunos intervalos de silencio donde la pista, cada vez más repleta, se salpica del sudor de los asistentes o de unas gotas de refresco de toronja derramado por algún torpe bailarín.

Cuando la cantante afrocaribeña, de curvas pronunciadas y cabello decorado con broches dorados agradece la atención del público a los Hechiceros de la Cumbia. Al fin hay un momento de calma. La pista queda vacía. Los tacones son dirigidos hacia el piso de cemento gris donde se ubican las mesas de mantel rosa pastel.

La danza constante hacia delante y hacia atrás de la mano de las damas sentadas sobre las sillas de metal negro comprueba que el baile activa. Las sonrisas y abrazos entre quienes comparten o son vecinos de mesa demuestran que el ritmo da lugar a la amistad. Los 78 años del Salón Los Ángeles que México se puede conocer al son de una canción.






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