jueves, 17 de diciembre de 2015

ENTRE EL MAR Y TECLEADAS, LA VIDA DE DAVID SALINAS TORRES

Por Fernanda Ocaranza Guzmán
México (Aunam). El olor del ambiente evoca al mar enmohecido y negro. El aroma es agrio. Hay peces. Muertos. Sus ojos, profundos y secos, observan a su extirpador. Con sus manos, él los examina con la sencillez del explorador que camina por terrenos rocosos.

El científico toma entre sus dedos a la especie más pequeña. El color amarillo de sus aletas todavía brilla; la grasa aún sale de su cuerpo. Su piel es de tono color crema. Manchas negras le adornan los costados.

Cuatro pescados se hallan recostados sobre una bandeja blanca. La ley de la naturaleza es sacrificarse en pro de la investigación. Ellos mueren, sus amigos del océano viven. Simple.

En el cuarto contiguo, dos frascos adornan el escritorio. Una lagartija y una rana saludan. Desde adentro del bote. Flotan en el alcohol que funciona como conservador. Se mueven lentas, sin movimientos bruscos, como si quisieran ser observadas por quien se sienta junto a ellas para tener una charla. Ellas mueren, sus amigas terrestres viven. Simple.

Dejar de soñar es dejar de vivir

David Salinas Torres es maestro en Ciencias por la Facultad del mismo nombre, grado obtenido con la tesis El sistema digestivo de los peces teleósteos. Actualmente es Técnico Académico Asociado B de tiempo completo, Pride B del Aula de Cómputo y Microscopía del Posgrado en Ciencias Biológicas.

Su vida ha estado ligada a dos pasiones: las especies marinas y la tecnología, lo que le ha llevado a hacer una mezcla de ambas y realizar investigaciones biológicas mediante la aplicación de nuevas herramientas. De igual forma, aplica sus conocimientos informáticos para difundir los hallazgos científicos e intentar llegar a un público amplio.

“Mis principales líneas de investigación son: la anatomía de peces y las especies bioindicadoras, tanto en agua salada como dulce”, dice. Sus palabras se sincronizan con los movimientos rápidos que realiza con los brazos. Una sonrisa se dibuja sobre su rostro, que muestra leves arrugas en las mejillas y bajo los párpados.

El espacio es de 10 metros por siete. Alrededor hay 17 computadoras y atrás del escritorio principal, donde él se coloca, se encuentra un pizarrón blanco que sirve para hacer apuntes y también para realizar proyecciones. A un lado de la pizarra, una pantalla de televisión se sostiene en una base de metal.

El académico se ayuda de una presentación digital para intentar hacer sencillos los términos especializados que utiliza. Mediante gráficas, tablas y fotografías, el lenguaje científico se convierte un tanto digerible.

En una de las diapositivas, el mar aparece como su vientre materno; en la fotografía, él aparece buceando y sus manos sostienen una tabla donde apunta sus observaciones.

--¿Cómo le hace para escribir ahí? ¿Es posible hacerlo bajo el agua? --es la pregunta natural de quien no es experto en las artes marítimas.

--Sí --responde mientras explica que el instrumento está formado de una tabla de acrílico cubierta por papel albanene, el cual puede ser utilizado en el fondo del océano y no se rompe.

En cada expresión muestra amabilidad. A sus 46 años, tiene la jovialidad para soñar, reír y nadar. La sencillez de su personalidad se refleja en el vestir: pantalón azul liso, camisa gris a cuadros y zapatos negros de piso. Algunas canas comienzan a nacer de su negra cabellera, señal de que el reloj de la vida empezará la cuenta regresiva.

Explica que los animales se vuelven “conejillos de indias” al tener que experimentar con ellos, e incluso quitarles la vida. Sin embargo, dice, esto se traduce en investigaciones que favorecen la vida de las especies, al conocer cómo actúan y qué puede afectarlas.

Salinas Torres fue miembro del comité organizador, por parte de la Sociedad Mexicana de Zoología (Somexzool), para el 12 Congreso Nacional de Zoología. Ha impartido un curso para el equipo de buceo de la Facultad de Ciencias, así como pláticas en las materias Biología de Animales, Ictiología y Acuacultura de la carrera de Biología en la misma facultad, en la Universidad del Valle de México y en el Instituto de Educación Media Superior del Distrito Federal.

--¿Por qué decidió ser biólogo? –cuestiono.

--Desde pequeño me gustaban los animales. Además, siempre me gustó andar mugroso en los campos, bañarme en el agua del mar, comer lo que fuera –dice con la mirada cristalina, mientras acomoda los lentes en sus orejas.

--¿Cuáles son sus sueños?

--Publicar artículos científicos y difundir el conocimiento. Hasta ahora no he podido dar a conocer mucho de lo que escribo, pero me encantaría poder hacerlo. También quiero continuar mis investigaciones en altamar.

Su vida, además del mar y la tecnología, también ha estado empapada de periodismo. Su padre ejerció esa profesión y le inculcó el amor por el oficio. Incluso, al egresar de la licenciatura en Biología trabajó en medios de comunicación y llegó a TV Azteca Veracruz. No obstante, nunca le apasionó lo suficiente para hacer una carrera en ese campo.

Las paredes blancas del Aula de Cómputo y Microscopía, pulcras, contrastan con el aroma agrio del ambiente, producto de las especies marinas que se encuentran en el laboratorio anexo. En él, el investigador realiza las peripecias necesarias con los animales, con el objetivo de lograr nuevos conocimientos.

--¿Cuál es su mayor frustración?

--No tengo frustraciones… --menciona tras unos segundos de reflexión. Es mejor aprender de los errores y no convertirlos en fracasos, sino en formas de aprender y no volverlos a cometer. Quisiera tener el doctorado, pero los requisitos institucionales ya no me lo permiten. Así que, desde donde estoy, sigo aprendiendo.

La última diapositiva aparece en la pantalla. En ella, una foto de él junto a su tutor, el doctor Abraham Kobelkowsky Díaz, da las gracias al visitante. Ambos de traje, sonrientes y frescos, a pesar de que aquel ya tiene 72 años. “¿Sabes algo? En cuanto dejas de tener sueños, dejas de vivir. Nunca lo hagas”.

La despedida

El brillo de sus aletas desaparece de a poco. El aire lo seca. Tiene una expresión como si pidiera a gritos volver a ser puesto en el agua, aunque vivir ya es parte de su pasado. Está muerto. Sus ojos reflejan el trato tal vez desigual con el ser humano: ´yo muero en pro de la ciencia´. Está seco, con la boca semiabierta y un olor que evoca a las aguas enmohecidas.

Sus tres compañeros marinos siguen recostados sobre la bandeja blanca. El investigador los toma entre sus dedos, con la agilidad del explorador que bucea por los mares profundos. En su interior, posiblemente los peces sonríen porque saben que ellos mueren para que sus amigos del océano vivan. Simple.




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