miércoles, 12 de marzo de 2014

SE RESPIRA ANGUSTIA

Por Aranxa Gabriela Lugo Manzano

México (Aunam). Mientras unos se preparan para disfrutar del séptimo arte en la Cineteca Nacional, justo en frente de ésta, unas 50 personas ocupan la banqueta en espera de noticias sobre las batallas entre la vida y la muerte que libran sus familiares dentro del Hospital General Xoco.

Las paredes color hueso albergan a los pacientes que aguardan largas horas para ser atendidos en una sala, que a pesar del calor del exterior, se siente fría. Al centro 27 asientos grises son ocupados por rostros intranquilos, serios, tristes y lastimados. Sólo pueden escucharse murmullos y algunos quejidos.

La aparente calma es interrumpida cuando entra, apoyado en su hermana, un hombre de 48 años que apenas puede moverse, los hilos de sangre escurren desde su frente hasta su camisa desaliñada y un parche en el ojo cubre una de sus tantas heridas.

Como si ya supieran el procedimiento, llegan directo a un cristal protegido con barrotes, donde la mujer de los expedientes se encarga de hacer la pregunta de rutina “¿Qué le pasó’”, una voz temblorosa responde “hace tiempo que no tenía un ataque...se convulsionó y se cayó… venimos de Tepito”.

En uno de los extremos del lugar, sentado en el piso, porque no hay otra opción, un joven de aspecto rudo, con tatuajes en su brazo derecho, platica con una señora el motivo de su espera, su mano está cubierta por una venda blanca que se va tiñendo de rojo mientras cuenta que fue atropellado cuando paseaba en bicicleta.

Su herida llega hasta el hueso, es profunda pero no más que la de su acompañante, quien está destrozada porque su esposo está muy grave y lo único que sabe de él es que está inconsciente. Coinciden en que la espera es larga, pero que un hospital privado es imposible de pagar.

Al fondo de la sala el sonido que produce una puerta blanca al abrirse, es la esperanza de los presentes. En intervalos de 20 a 40 minutos, enfermeras gritan, el que todos esperan, sea su nombre.

Una mujer mayor, pálida y sosteniendo con su mano el vientre como si eso calmara su dolor, se acerca desesperada a preguntar por su turno, reclama que lleva más de dos horas ahí y no la han llamado. Nunca se sabe cuánto van a tardar, lo único seguro es que el tiempo se hace eterno.

Como un intento de mejorar el ambiente, albañiles que trabajan en la remodelación del área desde hace tres meses, encienden la única pantalla que hay para sintonizar un partido de futbol. Un aficionado que había estado mirándolo desde su celular con una llamativa antena, deja ver una sonrisa. Quizá, la única de la tarde.

Mientras pasan los lentos minutos y el partido es ignorado por la mayoría, la mujer de los expedientes repite su pregunta de rutina, una y otra vez. Miradas curiosas se posan sobre una adolescente con el brazo totalmente dislocado, después, sobre una madre que entra corriendo con su hija pequeña descalabrada en brazos.

Pero las miradas curiosas no existen en doctores y enfermeras, ninguno de los heridos causa ni la más mínima sorpresa, el hombre que viene de Tepito empeora con cada gota de sangre que derrama y a pesar de ya haber perdido la consciencia, el tiempo no avanza más rápido, ni para él ni para el resto de la sala. La espera y el sufrimiento, son comunes.

En Xoco se respira angustia. Así transcurre otra tarde de sábado, donde los tres consultorios para atender urgencias y las 20 camillas disponibles no se dan abasto con quienes, aferrados a la vida, llegan pidiendo ayuda.


Foto: CDC



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