miércoles, 19 de marzo de 2014

APARECEN USURPADORES DE CUERPOS EN LA UNAM

Por Yari Jazmín Torrijos Orozco

México (Aunam). El agotamiento es evidente. Sin energía para moverse, las piernas ya no le responden. Los brazos se muestran inertes. Lucha por mantener los ojos abiertos; es imposible. Está a punto de perder la batalla contra el cansancio y ella lo sabe. Dentro de la cueva, el hombre de traje desarreglado se acerca a su débil amada y, con desesperación, arranca un beso de sus labios. La joven postrada sobre aquella superficie rocosa cierra los ojos y comienza a transformarse en un ser carente de alma. En un ser que se observa dentro de La invasión de los usurpadores de cuerpos, cinta del director estadounidense Don Siegel.

Basada en la novela de ciencia ficción escrita por Jack Finney, Siegel elabora la primera versión cinematográfica titulada La invasión de los usurpadores de cuerpos. Una película de 1956 que, como parte de su estructura narrativa, emplea un recurso visual muy específico: el flashback del protagonista Miles Bennell (Kevin McCarthy). Un hombre de cabello desalineado y aspecto nervioso que, al principio de la cinta, empieza a contar los extraños sucesos ocurridos dentro del pequeño pueblo de Santa Mira.

Ambientado en un lugar donde prevalecen los invernaderos y caminos empedrados, el film número 10 de Siegel aborda el inusual comportamiento de los habitantes que residen en Santa Mira. Acontecimiento que no pasa desapercibido para ciertos individuos dentro del pueblo, tales como ese niño que huye de su casa porque se da cuenta de que aquella que afirma ser su madre no lo es o esa sobrina, cuya preocupación se extiende en la medida en que desconoce al tío con el cual siempre se llevó bien.

A lo largo de los 80 minutos que dura la película, el número de personas con este tipo de experiencias aumenta. Día tras día, numerosos vecinos coinciden en la idea de que sus seres queridos han sido reemplazados por individuos que, pese a conservar los mismos recuerdos y las mismas características físicas que las de sus familiares “originales”, se muestran fríos en cuanto al trato con sus allegados. Sin alma, espíritu, sentimientos o emociones. Esos rasgos inherentes a la condición humana.

Con la premisa de que su prima Vilma padece algún tipo de enfermedad, Becky Driscoll (Dana Wynter) acude con el doctor Miles Bennell (Kevin McCarthy), quien ha regresado de un congreso médico, para platicarle los síntomas de su querida prima. Aunque en la consulta, Miles se extraña de que Vilma crea que su tío no es su verdadero tío, sino un impostor; el problema no pasa a mayores, pues semanas después ésta le avisa al doctor que no hay nada de qué alarmarse, ya que ha reconocido a su tío y todo ha regresado a la normalidad.

No obstante, la situación se torna caótica en el momento en el que uno de los amigos de Miles le habla por teléfono para comunicarle que debe ir a su casa inmediatamente. Sin otro tipo de información o detalle, Miles se traslada en medio de la noche, junto con su amada Becky, hasta la casa de su amigo Jack, para descubrir un cadáver que nadie sabe de dónde salió. Sobre la mesa se observa una estructura humana apenas formada, no tiene los rasgos de las manos definidos, ni cuenta con huellas dactilares. Aunque lo más terrorífico de todo es el parecido que dicha estructura tiene con Jack.

La desesperación se incrementa aún más cuando Miles, Becky, Jack y la esposa de este último, Teodora, entran a un invernadero y escuchan el crujido de una enorme vaina que, a diferencia de cualquier tipo de cubierta de chícharo, expulsa cuerpos de seres humanos. “Copias de personas” que carecen de sentimientos. Individuos sin alma. Seres que no conocen el significado de la palabra “amor”, ni de cualquier otra emoción. Réplicas malvadas que pretenden sustituir al individuo real, mientras éste duerme.

En este sentido, La invasión de los usurpadores de cuerpos presenta un discurso que se relaciona, no con la típica propuesta narrativa de la lucha espacial –llena de efectos especiales– contra monstruos alienígenas u otras formas de vida extraterrestre, sino con la idea de una conquista sin violencia, una invasión donde no se necesitan armas para ganar la batalla, una intrusión en la que se vuelve imposible discernir entre el agresor y la víctima, una lucha en la que sólo basta apoderarse del otro mientras éste duerme y así poder crear un ser al que no le importen los sentimientos. Un individuo igual que todos los demás. Un hombre sin identidad.

Finalmente, cabe mencionar, toda película de ciencia ficción responde a la época en la que fue hecha y la versión cinematográfica de La invasión de los usurpadores de cuerpos de 1956 no es la excepción, pues el contexto de producción en el cual se llevó a cabo, tiempo de la Guerra Fría, influyó mucho para que se dieran dos interpretaciones.

Mientras la primera se relacionaba con un discurso anticomunista en el cual se sustentaba el temor de que todas las personas fueran iguales, sin rasgos (en el caso de la película, los sentimientos) que las distinguieran de otras. La segunda interpretación estaba estrictamente relacionada con una denuncia política hacia el gobierno estadounidense, quien en aquellos años reprimía a todo ser o individuo que pensara distinto.

La invasión de los usurpadores de cuerpos, este film de Don Siegel, fue proyectado la semana pasada, como parte del ciclo de cine “De Guerras Nucleares y Zombis. Los miedos de la guerra fría a través del cine”, en el Centro Cultural Universitario Tlatelolco (CCUT).

La invasión de los usurpadores de cuerpos
Director: Don Siegel.
Reparto: Kevin McCarthy, Dana Wynter, Larry Gates, Carolyn Jones, King Donovan, Virginia Christine, Tom Fadden, Guy Way, Sam Peckinpah.
Año: 1956
Duración: 80 min.
País: Estados Unidos







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