martes, 23 de abril de 2013

VIAJE EN MICROBÚS: CRÓNICA DE UN SOBREVIVIENTE

Por Alejandro Camacho Ventura
México (Aunam) No cabe duda, si Dios existe es mexicano ¿Cómo es posible que un artefacto así pueda funcionar? Llantas a medio inflar, asientos rotos, tubos oxidados, una improvisación de aire acondicionado para evitar que el motor se caliente, un agujero que permite ver el neumático, una puerta que no abre, una ventana tapizada con cinta canela; es un verdadero milagro que este autobús avance y una obra del espíritu santo que con toda esta gente a bordo, no se desarme.

—Súbale va al metro, súbale, súbaleeee, súbaleeeeeeeee.


La voz del checador da la señal para que comience el maratón, el primero en subir y sentarse gana. El tumulto es demasiado, esto es una verdadera guerra; comienzan los empujones y una anciana que hace un momento no podía caminar ahora es una potente gladiadora. Tranquilos es para todos, el que subió, subió y el que no pues que se chingue, me toca chingarme.

La espera se alarga. ¿Dónde están esos microbuseros cuando se les necesita? Gracias a ellos el arte de la tardanza se practica todos los días. Parece que justo el día en que necesitas llegar temprano a tu destino surge una conspiración de chóferes para evitar el cumplimiento de tu cometido; ni modo, otra vez no habrá clase de Teorías.

Para esperar un microbús se necesita llevar rosario en mano para rogarle a Dios que no venga muy lleno y que el chofer quiera pararse, hay que correr de un lado a otro intentado encontrar el micro indicado, librar una batalla para subir y ya a bordo pelear por un lugar. Hay que recordar esta premisa: cada pasajero es un enemigo, mientras menos haya, mejor.

Microbuses llenos pasan y pasan mientras el tiempo también pasa, por fin después de 15 minutos, las plegarias son escuchadas, un camión vacío. La emoción dura poco, rápidamente se “atasca”. El chofer es un regordete con mostacho que lleva la clásica cumbia en el estéreo, tiene un DVD portátil, pretende modernizarse.

—Nada más recórranse bien ahí atrás por favor.

— ¿A dónde? Nada más que nos subas arriba.

Dice Carlos Monsiváis que la Ciudad de México es sobre todo la multitud, la demasiada gente; practicamos la cultura del apretujón, del amontonamiento, en todos lados sobra gente, hay multitudes en el metro, en el estadio, en la fila, en el salón de clase. El microbús no puede ser la excepción, cada persona se atrinchera en el mínimo espacio que se le concede.

—Agárrese bien por favor, nada mas no se vaya a caer

Después de acomodar al último pasajero que se aferra con las uñas a la puerta, el viaje inicia. Pronto comienza el hedor que acompaña a las multitudes, ese olor a sudor, ese calorcito incómodo. Por fortuna el camión cuenta con ventilaciones que incluyen un agujero que permite ver la llanta y una puerta que no cierra, ¡qué suerte!

Los arrimones y empujones comienzan, el chofer pide que nos recorramos de nuevo pero las mochilas en el suelo lo hacen imposible. Algunas personas piden bajar, pero que desmadre para que unos cuantos puedan descender. Un hombre idéntico a Tin-Tan se abre paso a codazos hasta llegar a los lugares traseros, una vez allí y sin esperar más, se sienta encima de dos pasajeros.

Una chica gordita y algo fea mira a un tipo que finge no verla con esa mirada que lleva implícito el mensaje “déjame sentar”. El sujeto le devuelve la señal con otra que dice “jodete”. Si la fémina fuera bella, otra cosa sería.

El microbús es para muchos, una segunda casa. Se puede comer, dormir y con suerte hasta echar un faje. Algunos pasan más de cinco horas al día en un camión. Es el espacio perfecto para la meditación, para el desmadre, para el desahogo y para la lucha.

Un par de sujetos abordan la que por ahora es nuestra casa, tienen cara de salidos del reclusorio de Santa Martha. Lo peor que puede pasar es que nos roben; uno de ellos se dirige a la parte trasera, el otro paga y llega ese momento de las películas mexicanas donde comienza el asalto, ese momento en que dices “ya valió madres”. No ocurre así.

Sonidos raros interrumpen los pensamientos, son esos sonidos de desgracia, ese ruido que anuncia que el viaje se acabó, que el microbús se descompuso. Un pasajero sabe que lo peor que puede pasar es que el micro se descomponga y el chofer aplique el clásico “se pasan al camión de enfrente”. Parece que el camión falla, no por nada tiene un enorme ventilador creado a base de quitarle la tapa a la entrada que da al motor. Seguramente se calienta.

El chofer fue práctico y aplico la máxima del mexicano, esa filosofía que nos caracteriza y nos hace únicos: el sistema falló y no quedó, improvisa. La sociedad mexicana puede resumirse a esta sencilla formula. La improvisación es un arte que dominamos a la perfección.

Sólo fue un susto, el microbús sigue a pie de lucha. Ya no esta tan lleno, un fuerte freno sacude a todos.

—No traes a tu familia, eh güey.

Hay que recordar que el conductor del microbús es como el capitán de un barco. Tiene el control y hay que aceptar sus determinaciones, aunque nos lleve tres cuadras más lejos, nos deje a media calle, entre coches, o nos obligue a bajarnos en un charco.

El microbús toca tierra, por fin, ¡suelo firme! Qué alegría. Para muchos el viaje no significó nada, venían dormidos y no se percataron de las travesías. Para otros es normal, inmersos en la cotidianidad no se percatan de la gran aventura que viven a diario. Porque viajar en microbús en la Ciudad de México y sobrevivir es una hazaña, es un milagro.


Foto: Archivo Aunam-Jazmín Zavala Hernández


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