martes, 23 de abril de 2013

“DEJÉ MI VERGÜENZA EN LA ENTRADA DEL LUGAR”


Por Karina López Cortes
México (Aunam). Es viernes y el reloj marca la una de la tarde; es el día y la hora más esperado de todas las semanas por cada joven estudiante del CCH Oriente. Cada grupo en el turno de la mañana se abarrota en la puerta del salón para salir lo más pronto posible de clase.

Semejante a un simulacro todos los pasillos están repletos de un mar de gente, cada “grupito” o tribu urbana se aglomera en su punto de reunión. No hay un temblor ni mucho menos una alerta de un atentado o una noticia, es algo menos complejo pero muy significativo; es el inicio de fin de semana o como suelen decir los chicos el "party non stop".

A la salida del plantel se observa una infinidad de puestos ambulantes que van desde la venta de ropa, pasando por libros viejos y discos pirata, hasta las famosas tortas y banderillas Charly. A un costado se encuentra la avenida principal y el puente peatonal al atravesarlo se encuentra justamente una pequeña calle, caminando sobre ella se logra apreciar una miscelánea que aparentemente se muestra humilde y con pocos productos que ofrecer, pero que tras de esa fachada inocente se esconde la clandestinidad.

Para los preparatorianos, que en su mayoría son menores de edad, esta pequeña tiendita es un diamante en bruto en la que logran colarse mediante una clave; “hay lugar” mientras un señor con cara de pocos amigos y edad avanzada responde a cada joven que llega: “¿cuántos son?”, al mismo tiempo que corre una rendija tras el mostrador de dulces y los deja pasar.

Adentro la fachada es rústica y se observa claramente un corredor que da a una sala y a una cocineta, sin embargo, el espacio que está permitido usarse en la casa se limita al patio central.

Ahí mismo se encuentra todo tipo de jóvenes. Unos denotan cierto miedo e ingenuidad al lugar al que seguramente asisten por primera vez. Mientras la otra gran mayoría toma como reto personal conocer sus límites de bebedor social antes de llegar a una ingesta alcohólica.

Cada rincón se encuentra ocupado por un cuerpo, cuerpos que visten, hablan y piensan diferente pero que se reúnen aquella tarde con un objetivo en común “estar en la fiesta, convivir con los demás aunque sea a costa de vaciar sus bolsillos, de perder la timidez y la vergüenza para sentirse parte de algo.”

Conforme transcurre el tiempo al lugar parece un vaivén de personas que con algunos grados de alcohol corriendo por la venas se vuelven bohemios, músicos poetas y locos tararean canciones a todo pulmón, expresan sus risas locas como forma de catarsis y cuentan viejas historias en las que abundan las traiciones y los corazones rotos. La gran mayoría pensando que en aquellos instantes se encuentra el sentido de sus cortas vidas.

Linda tarde de copas, fumar cigarrillos hasta que duela la garganta, hasta que se forme una capa de humo que irrite los ojos y que dificulte respirar. Una tarde más se termina y con ella el dinero así que se hipotecan celulares, chamarras, mochilas, anillos, cualquier cosa que tenga valor de ser cambiada por otra ronda de tragos.

Pero todo a fin de cuentas culmina con un gran número de “ccheros” borrachos que van tambaleándose por las calles, generalmente tras una llamada de sus padres que intentan contestar mientras toma aliento para recrear una voz sobria, articulan las palabras como pueden y entre tanto murmullo se escuchan frases como “pasé a la biblioteca”, “fui al museo”, “estoy haciendo un trabajo en equipo”.

De camino se cuidan entre sus acompañantes, talonean a los conocidos para darse el “bajón” o completar el pasaje, se ponen gotas en los ojos, intentan vaciarse toda una fragancia encima para quitar el hedor a teporocho, mascan chicles o pastillas refrescantes para restar el aliento alcohólico.

Van pensando en la resaca, las excusas que darán en casa, y aunque no lo saben ese escape que realizan como un ritual cada fin de semana también es parte de su rutina, estarán ahí un próximo viernes pidiendo el trago.











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