martes, 6 de marzo de 2012

PIEL NOCTURNA

Por Patricia Ixchell Quintana Juárez
México (Aunam). La música electrónica recorre con fervor su cuerpo, envuelta en un juego de luces estroboscópicas se entrega con delicia a la cadencia del baile. No le pone peros al ritmo de una buena rola que le haga mostrar “su arma de seducción”, procedente del brusco movimiento pendular de su ancha cadera.

Son casi las tres de la mañana de un domingo de febrero de 2012, La pista un diminuto pasillo entre las mesas que va de esquina a esquina, está repleta. Es el antro Asha ubicado en la colonia San Ángel. Un lugar en donde las y los chicos ricos pueden fumar a partir de las once y beber hasta perder el conocimiento.

Si se tiene el suficiente dinero se podrá recordar la noche con un toque distinto, sólo basta subir los 20 escalones que alejan la planta baja del segundo piso para encontrar prostitutas y stripers mimetizadas con el ambiente y que si no es por el hecho de que salen a buscar clientela, no es fácil darse cuenta de su presencia a simple vista.

A pesar de que su apariencia se esconde tras las sombras y la noche, son precavidas y esperan a salir hasta que el alcohol en las venas de los clientes, actúe como elixir de la emoción y la sensualidad, y así dar inicio al exquisito ritual de seducción.

Samantha lleva esperando este ritual casi dos horas, por eso cuando el ambiente está en pleno apogeo, no lo piensa más y va hacia la pista en busca de una piel nocturna que pague la renta.

Menea la cadera como una boa, mientras el vestido de lentejuelas negras se desliza, mostrando el principio de su pantaleta. “Mi amor” son las palabras provenientes del joven corpulento, caucásico y sonrisa seductora que interrumpen el movimiento de su cadera. Dando por terminada la espera del ritual.

La toma del brazo con fuerza como si estuviera apartando una propiedad, mientras sus ojos castaños danzan minuciosamente por todo su cuerpo haciendo largas paradas en su cadera ancha y diminutos pechos.

Sam —como le dice su mamá— invita al joven con un guiño, la señal para dar inicio al negocio. Las miradas profundas los incitan al deleite. Una vez establecido el precio comienza la ilusión protegida tras el juego de sombras y el brillo labial.

Ya solos, en pareja, comienzan a mover velozmente la cintura, al ritmo de una aparente samba, durante la pieza se mueven con movimientos pegajosos él se arrima a su acompañante, ella sonríe coqueta y en un momento le agarra las nalgas, con la mirada pactan saltarse los pasos básicos para pasar a los avanzados. Porque en ese negocio el tiempo es dinero.

El intercambio de las miradas y toqueteos aumenta con tal rapidez que ambos quedan aparte. Exhalan sus propios deseos; ella se frota en la bragueta de él, mientras él le sube el diminuto vestido de lentejuelas negras para acariciarle la entrepierna. “Se pueden retirar”, el acto es bruscamente interrumpido por Miguel, un hombre con cara de pocos amigos que es el jefe de seguridad.

“Pero si no estamos haciendo nada malo”, alega el joven al que le cortaron súbitamente la inspiración. Ella lo toma del brazo con desesperación como si su lívido no pudiera esperar más.

Después de veinte minutos regresa sin su compañero, con la mirada perdida, se peina con los dedos su larga cabellera rubia artificial, se baja el vestido para que llegue a la mitad de sus muslos, recorre la pista hasta llegar a la mitad.

La música recorre con fervor su cuerpo, envuelta en un juego de luces se entrega con delicia al baile, espera que sus sensuales movimientos atraigan a otra piel nocturna que pague la renta.






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