jueves, 31 de marzo de 2011

¿Y CUANDO NADIE TE AYUDA?

Por Paulina Landeros Alvarado
México (Aunam). Día soleado; mucho viento. Una joven que estudia Odontología en Ciudad Universitaria enciende su computadora para investigar del tema y poder comenzar a hacer su tarea de Operatoria Dental. Lo primero que hace, como toda estudiante moderna, es iniciar sesión en Facebook; tiene un nuevo mensaje: “Ya te estuvimos viendo y no nos gusta tu comportamiento. Recuerda que sabemos dónde vives y dónde estudias. Un día te vamos a pasar a dejar una sorpresita.”.

Es el tercer mensaje de esta categoría que la chica recibe en las últimas dos semanas. El destinatario solía ser su exnovio en la preparatoria. Hace un par de años y mientras el romance seguía vivo, juraba amarla por siempre y hasta presumía fantasear casarse con ella; hasta que un día se olvidó de todo esto y se “enamoró” de la mejor amiga de esta chica. A la fecha siguen andando y son ellos los agresores virtuales de esta joven estudiante.

La chica decide contestar el mensaje: “¿Qué es lo que quieres de mí? Lo nuestro se acabó hace más de dos años. ¡Ya supérame!”. Cierra sesión y comienza a hacer su tarea; a la hora, recibe respuesta del susodicho: “No te hagas. Tú nunca me quisiste; solamente me usaste cuando anduvimos. Andrea (la ex mejor amiga de la chica) me lo hizo ver. Juro que te voy a hacer la vida lo más miserable que pueda. Por cierto, sabemos que te gusta llamar la atención. Prometo encargarme de que todos te noten cuando te pase a dejar un ’regalito’ en tu Facultad.”.

La chica siente miedo. No puede demostrarlo. Dicen que lo peor que puedes hacer es mostrarles a tus enemigos que estás asustado. Comienza a pensar en posibles respuestas que puede dar a estas amenazas, pero ¿qué tanto sentido tiene dialogar con estas personas? Es claro que lo único que quieren es perjudicarla. En eso, le viene a la mente una interesante idea: ¡una de sus profesoras adjuntas es feminista! Es posible que ella sepa algo. Decide escribirle un correo para contarle lo sucedido. Le pide su consejo y le pregunta si conoce a alguien que pueda ayudarla.

Termina su tarea y apaga la computadora. Tiene que dormir porque se levanta muy temprano al día siguiente, pero no logra concebir el sueño. Le marca a su mejor amigo y le pide que la escolte el día siguiente mientras se encuentre en la escuela. Él accede a pasar por ella y a cuidarla de “gente indeseable” como les dice. “No tengas miedo. Es solo un cobarde de primera. Mira que amenazar así a una mujer… Además, cuando en verdad quieres dañar a alguien, no le adviertes; solo lo haces.”

Su amigo tiene razón: si en verdad quisiera hacerle algo, ya lo habría hecho. No tiene mucho sentido amenazarla porque le da la oportunidad de defenderse o, aunque sea, de prepararse de un ataque. Esta idea la reconforta y le permite dormir unas cuantas horas hasta que la alarma del celular interrumpe su descanso. Se levanta y se encamina a su Facultad.

Al llegar, les platica a todas las personas que puede, aunque siempre se hace la valiente. Lo hace ver como si no le diera mucha importancia a las amenazas. Sin embargo, algunos de sus compañeros se preocupan por ella y prometen protegerla. “Si los ves, me marcas y vengo corriendo por ti, ¿eh?”, le dice uno de ellos. La chica aprecia el apoyo, pero ni con eso se puede quitar esas extrañas mariposas del estómago que la hacen voltear a todas direcciones cada vez que tiene que cambiarse de salón. La sensación de nervios la invade por el resto del día. Finalmente, su amigo pasa por ella y la lleva a su casa; está sana y salva.

“Ya está la comida. Sube a cambiarte y baja de inmediato, por favor.”, le pide su madre. La chica sube, pero no puede resistir la tentación: enciende la computadora para ver si su profesora adjunta ya le respondió el correo. Su bandeja de entrada está vacía; lo cual no es del todo malo porque significa que tampoco hay nuevos mensajes de amenaza.

Los días pasan… A la semana y media del incidente, le responde la profesora adjunta: “Conozco una amiga que es abogada y feminista. Ella de seguro te puede ayudar. Dime cuándo y hacemos una cita las tres para ir a platicar tu caso.”. La chica responde y se terminan citando ese mismo fin de semana.

El sábado después de una hora y cuarto y dos cafés acompañados de pan dulce en El Jarocho de Coyoacán, la abogada termina diciéndole a la chica que no hay una ley en nuestro país que defienda a las personas que sufren acoso cibernético debido a que es prácticamente imposible demostrar que su exnovio fue el que mandó esas amenazas ya que cualquiera puede crear una cuenta falsa en internet y hacerse pasar por él.

“Lo único que te queda es hablar con un notario y levantar un acta para que haya un antecedente. Lo malo de esto es que los notarios cobran caro.” La chica, algo decepcionada, decide darse por vencida. Ya que es estudiante no tiene el dinero para pagar ese servicio. Tampoco puede decirle a su familia porque su extremadamente conservador padre nunca supo de la existencia de este novio. Si llegara a confesarle que anduvo con un chico hace dos años y que ocultó la relación, quién sabe qué podría suceder…

Afortunadamente la chica sigue bien. A veces le mandan mensajes para insultarla o para amenazarla, pero ella ya no les presta tanta atención. Ya ha intentado hacer de todo, pero nadie puede ayudarla. Planea seguir su vida y rodearse lo más que pueda de gente de confianza… por si llegan a aparecerse estos individuos.





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