martes, 29 de marzo de 2011

DOMINIC MILLER, CON LA MÚSICA EN EL ALMA

Por Paulina Landeros Alvarado
México (Aunam). Escalera circular enmarcada por una hilera de focos amarillos; sillas grises formadas en hileras; un escenario al fondo iluminado con una tonalidad azul turquesa. Una guitarra eléctrica color hueso descansa junto al atril; la acompañan un piano negro, una guitarra acústica color negro, una serie de platillos y tambores y un bajo color noche. De entre las sombras causadas por las cortinas ubicadas detrás del escenario, salen cuatro músicos.

La estrella de la noche, el músico argentino Dominic Miller, se encuentra en el centro; una abundante melena rubia a la altura de los hombros enmarca su rostro; los prominentes labios esbozan una sonrisa. Lo escoltan tres caballeros más: un hombre alto y delgado de cabello oscuro que se encuentra a su derecha se apropia del piano; un serio sujeto de cabello rubio y corte militar posa sus manos sobre el bajo; el último músico, delgado y alegre, que luce una cabellera larga y rizada, saluda al público con sus baquetas mientras se sienta al frente de las percusiones.

Una deliciosa música de jazz inunda la noche. El público aplaude tenuemente al final de cada canción… al menos hasta que llega la cuarta melodía. La guitarra retumba en el lugar; está sola. Suenan unas notas conocidas que regresan al público a la época de los sesentas. El bajo comienza a secundar a la guitarra acústica. A Day in the Life de The Beatles es el único sonido que se percibe.

La canción casi termina; el público enloquece. Los ensordecedores aplausos opacan a los instrumentos que finalizaban la melodía. La gente grita. Dominic Miller, el guitarrista de Sting que aún conserva su espíritu de niño, agradece a su audiencia. “Es un honor estar en México. Gracias por la bienvenida. Esta canción fue A Day in the Life; antes que esa –hace una larga pausa y mira al techo–…; la verdad no me acuerdo cuáles tocamos antes”, finaliza en un español bastante claro acompañado de unas risas.

Llega la sexta canción; una luz verde ilumina a los músicos y a sus inseparables instrumentos. “Esta canción se la escribí a mi hijo cuando él tenía tres años…; ahora tiene veintitrés –sonríe con unos ojos paternales–. No crean que hago esto nada más porque sí, ¿eh? –menciona con un tono sarcástico y eleva el tono de voz– Tengo dos esposas y varios hijos que mantener… ¡Necesito trabajar de algo!”

El show continúa y las percusiones toman protagonismo. El baterista agita su larga cabellera café de un lado al otro mientras sonríe. Golpea el banco en el que está sentado con la mano izquierda causando un sonido seco que retumba al ritmo de la música mientras domina los tambores con la baqueta en su mano derecha. Una melodía rebosante y similar a los ritmos latinos hace eco en el lugar. Miller voltea a ver fijamente al dueño de las percusiones con unos ojos que reflejan seriedad. Un solo de batería opaca por completo a los demás instrumentos que siguen tímidamente su ritmo. El público grita.

Termina el minuto y medio de fama de las percusiones y Miller sonríe. Señala al baterista con la mano izquierda; el público aplaude. “Es un honor venir a México. Es la primera vez que toco en este lugar –sonríe y se coloca la mano derecha enfrente de las cejas para desviar la luz de sus ojos, frunce el ceño y observa a su público; abre los ojos más de lo normal en señal de sorpresa–. ¡Es un honor tocar ante todos ustedes!”.

Una luz amarilla ilumina a MIller; tonalidades rojas, a los demás artistas. Retumba Rush Hour en la sala. Tiene lugar una guerra de instrumentos. Las percusiones dominan el lugar; el baterista le contagia su inquieta sonrisa a todos los presentes; suena un ritmo latino. Los dedos del músico corren inquietamente a lo largo del tambor; la baqueta que sostiene su mano derecha roza ligeramente los platillos. Los pies de todos los presentes zapatean siguiendo el ritmo. Ahora es el turno de la guitarra. Responde con una escalera de tonos. Los dedos de Miller vuelan sobre las cuerdas; son casi imperceptibles a la vista. Las abrumadoras luces del escenario y la desbordante emoción hacen que gotas de sudor se deslicen sobre la frente del guitarrista.

De nuevo es el turno de las percusiones para responderle la guerra de ritmos a la guitarra. Se van alternando los solos se estos dos hasta que, poco a poco, se comienzan a combinar los sonidos. El delgado pianista comienza a tararear; los demás músicos le siguen. Miller voltea a ver a la audiencia y ubica su micrófono frente a ella; el público también se suma a la tarareante melodía.

“Gracias –dice un Miller sonriente –. Muchas gracias por sus aplausos.” Los cuatro músicos se ponen de pie y se abrazan frente al público. Hacen una reverencia y abandonan el escenario. “¡Otra, otra –gritan los espectadores al ritmo de los aplausos –, otra, otra!” A los pocos minutos sale Miller. La frase una más se forma en sus labios. Su dedo índice se alza imponiéndose frente a la audiencia. “Esta se llama The Last Song”.

Quince minutos más de jazz alimentan al ansioso público. La gente le aplaude a las melodías moviendo cadenciosamente sus cabezas. Cientos de pies bailan tímidamente en sus lugares. Finalmente el concierto llega a su fin. Los músicos agradecen en español y se retiran.

La música sigue sonando en los corazones de los asistentes a las instalaciones de la Fundación Sebastian, organizadora de este primer Festival Jazz Primavera. El ritmo ha sido contagiado. No cabe duda de que estos músicos disfrutan su trabajo; lo disfrutan tanto que le logran trasmitir esa alegría a los espectadores que ahora llevan, también, la música en sus almas.








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