lunes, 8 de junio de 2009

HORA DE COMER EN EL HERPETARIO DE LA FACULTAD DE CIENCIAS

Por Laura Rojas

México (Aunam). Como todos los lunes, la bióloga Mónica Saleron Estrada y alumnos de la carrera de biología, alimentan a los reptiles y anfibios que habitan en el herpetario de la Facultad de Ciencias.

Son las dos de la tarde, el ambiente húmedo que se mantiene en el herpetario se contrapone a lo nublado que está el día. Adentro se tiene una temperatura de 29 grados centígrados aproximadamente, ideal para que los animales estén a gusto.

Los animales, con un reloj biológico exacto, están ansiosos, listos para comer. Afuera están “platos” multicolores preparados con trozos de verdura, fruta, hortalizas, vísceras crudas de res, y en algunas ocasiones crías de ratones; las porciones son distribuidas según la especie y tamaño del animal.

Los primeros en recibir su alimento son tortugas, ranas y sapos, salamandras, renacuajos e iguanas. Cuando se abren las “puertas” de sus vitrinas, asoman sus cabezas, rápidamente salen de sus casas o escondites y, sin esperar, buscan sus alimentos y empiezan a comer.

Lo siguiente es ir por los ratones, ratas y conejillos de indias (que llevan del bioterio de la misma facultad) para dar de comer a los reptiles “peligrosos”: las víboras y el cocodrilo.

Para muchas personas esto puede ser muy agresivo o todo lo contrario, ser todo un espectáculo, por eso, además de las limitantes de espacio, ya no se reciben visitas los días en que alimentan a los animales.

En el herpetario se consumen 400 ratones, ratas y conejillos de indias a la semana. Sus depredadores, los animales más grandes de este lugar, son boas de diferentes tamaños; un cocodrilo “pequeño”, que llega a comerse 15 ó 20 ratones medianos; un pitón que mide más dos metros de largo; víboras de cascabel, único animal venenoso del herpetario, entre otras especies de víboras.

Alimentar a estos animales requiere de gran valor y habilidad, tiene que realizarse entre dos personas. Una abre y cierra la vitrina rápidamente, en lo que el otro estudiante, con unas pinzas para evitar mordeduras y otros accidentes, sostiene e introduce las carnadas.

Las víboras asechan a sus presas, las vigilan sigilosamente y con un movimiento fugaz se enredan en ellas o las atrapan entre sus mandíbulas hasta asfixiarlas para poder engullirlas de un bocado.

Las únicas que tienen una estrategia diferente son las víboras de cascabel, en peligro de extinción, ellas observan cautelosas a su “victima” y de una sola mordida llenan de veneno el pequeño cuerpo del ratón, que en unos cuantos segundos queda inmóvil y es devorado sin poner resistencia.

Cuando todos los animales están satisfechos, se cierran las vitrinas, los alumnos dan un último vistazo para confirmar con satisfacción que todo está en orden, y se van esperando que transcurra una semana más para alimentar, de nuevo, a los animales que tanto cuidan y aprecian.

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