lunes, 25 de junio de 2018

"SOY UN INDÍGENA EN TU CIUDAD... LUCHANDO POR SER ALGUIEN": JUAN SANT

Por Luis Eduardo Morales Roldán
Ciudad de México (Aunam). “Cuando me invitaron a participar en el Primer Circuito de Slam de Poesía Nacional, yo acepté, aunque no sabía qué era. Sin embargo, yo dije: ‘voy y hago lo que sé hacer’. No me imaginé llegar a la final y quedar en segundo lugar”.

Juan Sant es un rapero totonaca, quien cuenta con una gran fuerza verbal en el escenario. Es capaz de conmover y persuadir al público con sus rimas, sus movimientos corporales, la transparencia de sus letras y su entonación.

Fotografía: Milton Martínez / Secretaría de Cultura CDMX.

“Al comenzar la primera ronda del Slam de Poesía Nacional no tuve esperanzas de ganar, pensé que tal vez podía quedarme en la primera ronda, pero decidí que tenía que dar lo mejor de mí desde el principio y soltar las mejores letras que tengo. Esto me sirvió para conseguir pasar a la segunda ronda, en donde los concursantes eran cada vez más impresionantes”.

Ya en la segunda etapa, decidió utilizar la misma estrategia: ofrecer su mejor versión en el escenario. Compitió contra grandes artistas y poetas muy impresionantes, “esto no me intimidó en lo absoluto; Yo salí, me presenté ante la audiencia, tomé el micrófono y comencé a hacer lo que mejor se me da”. Gracias a esto, pasó a la tercera y última ronda del slam de poesía.

Sin embargo, consideraba que al llegar a la última etapa ya no tendría ningún haz bajo la manga o alguna estrategia que pudiera utilizar para sorprender al público y ganar. No obstante, ya estaba satisfecho y feliz porque había llegado a donde jamás pensó: la final de un slam de poesía, en donde él era solo un principiante.

El mejor premio

Muchas veces, el segundo lugar no es tomado en cuenta, ya que siempre se acuerdan del ganador. En este caso no fue así, Juan Sant no ganó el primer lugar, aunque el premio fue aún mejor.

Durante la ronda final del Primer Circuito del Slam de Poesía Nacional estuvo presente la poeta brasileña Roberta Estrella D' Alva, quien es una de las poetas más famosas en Brasil. Roberta vino a escuchar el talento mexicano y se encontró con Juan Sant, un rapero no muy alto, joven, de aproximadamente 30 años de edad, delgado y piel de bronce.

Sant con su fuerza, seguridad y carisma arriba del escenario ganó la admiración de Roberta Estrella D' Alva, quien supo reconocer el talento del joven totonaca de ojos pequeños, negros y profundos, los cuales parecen estar siempre llenos de alegría.

Al terminar el slam, la poeta brasileña se puso en contacto con Juan Sant, le hizo una cordial invitación para participar en A Festa Literária Das Periferias (FLUP), que es un evento de poesía internacional, el cual se lleva a cabo todos los años en la ciudad de Río de Janeiro, en Brasil, una de las actividades más importantes de poesía en América Latina. El joven rapero totonaca fue a representar a México, ese fue el mejor premio.

El Terrero


Juan Sant es originario de una pequeña comunidad totonaca en el estado de Puebla, que lleva por nombre "El Terrero", este es el lugar donde Juan Santiago Téllez vivió los primeros y complicados años de su vida.

En el Terrero, los hombres y las mujeres trabajan en el campo, sembrando maíz y frijol; Las mujeres, además, se dedican a preparar la comida así como hacer labores domésticas. Sin embargo, en la familia de Juan Sant, el papá participaba también en la elaboración de alimentos, preparando en diversas ocasiones la comida o la cena de la familia. Por otra parte, en el Terrero los niños van a la escuela descalzos y sin uniforme.

La escuela de la comunidad era bilingüe, ya que se enseñaban dos idiomas; el totonaco a escribirlo y el español a hablarlo. Por ese motivo, la escuela se enfocaba más en el español, era importante aprender ese idioma para emigrar a las ciudades.

Así creció Juan, en medio de dos idiomas, de carencias, limitaciones y de necesidades. Eso es "El Terrero".

¿Qué recuerdas de tu infancia en El Terrero?

“Terminé la secundaria allá, mis papás se fueron del pueblo cuando yo tenía siete años, y me dejaron sólo. Yo tuve que llevarme a la escuela por mi propia voluntad. Según ellos, me dejaron para que yo siguiera estudiando. Traté de hacerlo tal cual ellos me dijeron, terminé la secundaria y no había más dinero para que yo continuara con mis estudios”.

Acepta que en ese momento sentía mucho rencor hacia sus padres, “el hecho de que me abandonaran y me dejaran sólo me dolió mucho. Pero me sirvió que mi mamá me hubiera enseñado desde que yo era niño a trabajar en la cocina; Eso me ayudó para alimentarme cuando ella no estaba, ya ahora lo veo desde otra perspectiva, al recordar esa etapa puedo decir: ¡que chido!, me hicieron ser un hombre y valerme por mí mismo desde niño”.

En el Terrero es común que cuando alguien cumple 15 años, ya puede valerse por sí mismo, y entonces emigra a la ciudad para apoyar a sus padres económicamente, “y qué te digo, éramos y aún somos muy pobres”.

Cuando Juan acabó de contestar la pregunta, se notó en sus pequeños ojos negros y brillantes un sentimiento de superación, su mirada había regresado por un instante a Terrero, en donde jugaba debajo del ciruelo y el zapote; el joven totonaco había regresado al cerro donde volaba papalotes y al río donde de pequeño pescaba. Pero también había vuelto, a través de sus ojos, a aquella comunidad repleta de carencias, en donde tuvo que salir adelante sólo desde pequeño.

Fue en la adolescencia cuando Sant tuvo que emigrar a la Ciudad de México para continuar con sus estudios y adquirir mayor estatus social, sin embargo al salir de El Terrero, una de sus mayores complicaciones fue la falta de recursos económicos y la posesión de un español muy limitado. Este par de circunstancias causó que fuera víctima constante de discriminación.

La tercera ruptura

Fotografía: Tania Victoria / Secretaría de Cultura CDMX.

“Existe algo que yo llamo 'ruptura’; Cuando sales del vientre de tu madre es la primera; para mí, la segunda, fue el hecho de que me hallan dejado sólo en el pueblo, y la tercera fue dejar el pueblo y venir hasta acá, cuando llegué sentí el dolor de encontrar mucha discriminación, prácticamente yo llegué hablando a medias el totonaco y el español”.

Juan se quitó la enorme chamarra azul que llevaba puesta durante aquella fría noche, al parecer el café y la calefacción del restaurante habían conseguido quitar la sensación de frío en el cuerpo del hombre proveniente del Terrero, ya más cómodo, continuó con su relato:

“Me costó muchísimo trabajo adaptarme a la ciudad y al acento de las personas que viven aquí, porque si tú escuchas a un indígena, te vas a dar cuenta de que tienen un acento 'musical' al momento de hablar, eso es lo que hace que te cataloguen como un indígena”.

“Por ejemplo, tú estás escuchándome hablar y ya no tengo ese tono, pero antes yo lo tenía y me dolía que me discriminaran de esa manera, me dolía mucho que me dijeran indio. Incluso yo trabajé en una tortillería y el encargado me ofendía constantemente”. No recuerda las palabras exactas que le decía, pero si le dolía que se refiriera a él como indígena.

El descendiente de los totonacas continuó tras hacer una pequeña pausa y, de una manera un poco más seria mencionó que tuvo que cambiar muchas cosas de su persona, para evitar que la gente de ciudad le siguiera haciendo menos; Cambió su acento y su vestimenta, ignorando sus costumbres y tradiciones para tratar de encajar en una sociedad clasista, ignorante y discriminatoria.

El dolor, la fuerza y el coraje que se necesitan para salir adelante de la segunda y la tercera ruptura difícilmente pueden ser entendidos por cualquier persona, sólo tal vez, por aquellos que han pasado por algo similar.

Los cholos de Tlalnepantla

“Yo llegué a un barrio por Tlalnepantla y había muchos cholos, te estoy hablando del año 2000. Me empecé a juntar con ellos, ahí encontré una especie de ‘refugio’. No había discriminación, ellos se referían a mí como persona, no como indígena. Yo recuerdo que la gente los veía con miedo, yo no quería que las personas me miraran feo o con asco, quería que me vieran aunque sea con miedo y empecé a vestirme y a hablar como ellos, incluso a adopté muchas de sus costumbres”.

Con los cholos, agarró gusto por la música que ellos escuchaban: el Hip Hop. Este género musical le permitió ser tal es, y la música fue de igual manera, un refugio. Empezó a escuchar canciones de rap en inglés y no les entendía, pero sentía que estaban expresando sentimientos, emociones y verdades.

Poco a poco fue investigando sobre este género y sus letras “hasta que empecé a escribir mis propias canciones, me grabé en un casete y no me gustó mi voz, por ese motivo, dejé la música un tiempo. Posteriormente volví a empezar a escribir bastante, y por el año 2005 ya tenía una canción hecha”.

Retirada temporal.

Juan Sant dejó un tiempo la música por la falta de recursos, “yo sentía que estaba haciendo las cosas bien, pero no estaba dando el siguiente paso, incluso grabé un disco en el 2014, el cual se llamó El ego de un Indio, el cual por cierto está en YouTube, sin embargo, yo noté que el disco no se movió para nada, nadie me preguntó, ni indagó. Pensé que era momento de dejar la música, ya que no iba a llegar a hacer algo más”.

Estaba muy triste y frustrado. Entonces decidió grabar una canción que habla sobre la discriminación, en español y en totonaco. Subió un vídeo a YouTube y ahí lo dejó, como para despedirse… “según ahí cerraba mi carrera, pero dos meses después un grupo cultural me contactó, ellos me comentaron que querían que yo tocara en el zócalo, esto me sorprendió mucho, jamás me imaginé que eso pasaría, tuve que empezar a escribir nuevamente para tener un repertorio de una hora. Dejé la música un par de meses, mi última canción me salvó, resultó ser básicamente la primera y empecé de nuevo”.

¿Poeta?

Por sus participaciones, se puede pensar que Juan Sant ha desarrollado una especie de metamorfosis, pues ha "descuidado" un poco el rap, y ha participado más en slams de poesía. Pareciera que desde que Juan Sant retomó la música, y comenzó a escribir, su carrera ha tomado un camino distinto al que originalmente él se planteó.

¿Qué se necesita para ser rapero?

“Realmente no lo sé, esencialmente sólo tienes que hablar de lo que has vivido, hacer rimas, tener entonación pero, sobre todo tienes que ser real”.

¿Y qué necesitas para ser poeta?

“No sé, sinceramente no sabría decirte... yo empecé a escribir y jamás me imaginé que me pudieran catalogar como un poeta, pero me han dicho que algunas de mis letras tienen características que las hacen ser consideradas como ‘poemas’, eso es gracias a las influencias que he tenido y a todo lo que he vivido, pero en sí, yo no me siento poeta, me siento rapero”.

Oportunidades y logros

En su carrera ha recibido solamente espacios en donde puede hacer lo que le gusta, en ambientes diferentes, como son el rap y los slams de poesía. “He tenido la oportunidad de estar en el zócalo, en conciertos y eventos culturales. Hay muy poco apoyo y difusión. Sin embargo, lo que hemos logrado, mi equipo y yo, es un buen material, el trabajo habla por sí mismo, creo que nos gusta hacer las cosas a nuestro modo, hemos sabido aprovechar las pocas oportunidades que nos han llegado para seguir creciendo”.

Dentro de las oportunidades, considera que su mayor logro es haber ido a a Brasil.

¿Por qué?

“Porque vengo de un pueblo... porque... “.

En ese instante, Juan Sant comenzó a tartamudear, no de nerviosismo, sino de nostalgia, su voz se cortó tajantemente mientras sus ojos pequeños, negros y brillosos se notaron llorosos, el joven totonaco, comenzó a recordar todos los obstáculos por los que pasó en el camino, un camino lleno de pobreza y discriminación. El recuerdo podía notarse en sus ojos. Juan se quitó la gorra estilo hip hop de color negra que tenía en la cabeza para despejar la tensión acumulada, jugueteó con ella y se la volvió a acomodar.

Después de unos segundos, Sant retomó la fuerza necesaria para terminar la oración:

“Porque crecí descalzo... y aunque no estuvieron mamá ni papá para mí, llegué hasta aquí, yo sólo”.

El mensaje soy yo

Juan Sant fue a concursar a Brasil. Regresó a la Ciudad de México lleno de experiencias, amigos y una serie de recuerdos que jamás olvidará.

“A los indígenas del país yo les digo que tenemos que levantar la voz porque siempre nos hemos sentido minimizados, a veces pensamos que somos menos que el rico o el niño de ciudad. Muchas veces ellos también nos hacen sentir como si fuéramos menos que ellos, nos agachamos y callamos; creo que lo que yo trato de hacer es eso, darles voz, y aparte animarlos a que luchen para que sean los mejores, no precisamente en el rap o en la poesía, sino a que sean los mejores en lo que ellos quieran hacer. Si alguien quiere ser presidente, pues sea el mejor presidente; aunque sea indígena”.

Sin embargo, piensa que no hay mucho mensaje en sus letras: “muchas veces creo que el mensaje soy yo. Me gustaría que si ellos me ven, se preguntaran lo siguiente: si él ya pudo estar en Brasil, ¿Por qué yo no?”.

Si pudieras describirte, ¿Cómo lo harías?

- Soy un indígena en tu ciudad, luchando por ser alguien.



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