martes, 18 de febrero de 2014

MÁSCARAS COMESTIBLES CON HISTORIA


Por María Teresa Balcazar Galindo
México (Aunam). Pasar por la calle Luis Moya significa detenerse en el tiempo; las construcciones majestuosas que aparentan acariciar el cielo continúan en el mismo lugar. Sin embargo su cansancio es notorio. En aquellas paredes perfectamente lisas se asoman tímidamente unas curvas. Conforme uno camina, cautelosas, hacen una invitación a verlas de cerca presumiendo haber resistido a la más dura prueba, el tiempo. Salvo algunas edificaciones abandonadas cuya fachada tiene un código que sólo los grafiteros pueden descifrar.

Es fácil encontrar el lugar, basta con ubicar el metro Juárez. Sabes que has llegado por el incomparable aroma de los tacos de suadero con un toque de cilantro. El olor emana e un humilde puesto que abarca un cuadro de la calle. A su alrededor se ve gente que sin importar como va vestida, ya sea de ropa casual o formal, se les mira degustar este delicioso manjar. Conforme se avanza el hedor invade las fosas nasales, que exhalan lentamente su fragancia, logrando un estímulo en el cerebro, el cual envía un mensaje al estómago manifestándole que la esencia es de su agrado y por lo tanto es hora de comer.

Sin embargo, la sensación de vacío y ganas de devorar como carnívoro desaparecen al caminar, pues los pies se rehúsan a detenerse. Pronto conducen a la calle Artículo 123, donde las grandes personalidades de Radio Centro se dan cita para realizar aquellos programas que endulzan el oído a una parte de la población. La calle, transitada por coches de diferentes tamaños y colores, da la impresión de convertirse en un pasillo sin fin. Cada local aparenta ser el mismo. Afuera, se pueden apreciar desde lavadoras antiguas, hasta sofisticados microondas y si se es atento, se observan los pequeños componente que las hace funcionar.

Al pasar la calle Revillagigedo se puede advertir, a lo lejos el tan esperado nombre, Luis Moya. Al doblar la esquina inmediatamente la vista es acaparada por una edificación que presume ser joven. No cuenta con arrugas, ni ralladura, su espléndido color rojo incita a contemplarla de cerca. Se trata del Nacional Monte de Piedad; su estructura da la impresión de ser de la época colonial, donde los balcones dan la sensación de que en cualquier momento una princesa, de esos cuentos de hadas, saldrá a saludar a sus súbditos.

Estar tanto tiempo caminado comienza a tener sus desventajas, pues los pies se rehúsan a continuar si no descansan un rato y ni se diga del estómago, que reclama un bocado para recuperar energías. Si uno conoce el cuadrante, recordará que hay cafeterías en la plaza San Juan o si se prefiere unos deliciosos pulques en las Duelista. En mi caso, decido serle fiel a la calle y averiguar que ofrece. Pasando Ayuntamiento en el local número 73, un peculiar negocioso, de donde proviene un placentero aroma a carne en su punto de cocción, hacen que mis pies caminen hacia el lugar.

Este aroma no es como el suadero, es único, es inconfundible, el cual anuncia un majar de dioses que es indispensable en la gastronomía del Distrito Federal, las tortas. Esta torería no es cómo las demás. No es un puesto color amarillo que anuncia tener Trevis o Niurkas, su fachada deja ver fotos de luchadores desde los comunes, hasta los desconocidos que llaman la atención por el diseño de sus máscaras, que representa con fidelidad la concepción del bien (técnicos) y el mal (rudos). En medio una lona roja se lee la leyenda “El Cuadrilátero”.

El local pequeño, pero acogedor, a su joven edad de 21 años guarda un sinfín de historia a cargo de su dueño, el legendario luchador Súper Astro, alumno del Murciélago Dorado. Su clientela, a pesar de llevar varios años de lealtad, no deja de admirar las fotografías que inmortalizan y evocan a la memoria del dueño de aquellos buenos tiempos de lucha libre. Y ni se diga de su pequeño altar, conformado con máscaras que alaban la gloria de la disciplina y se burlan de los estragos del tiempo al permanecer intactas, dando la sensación de ser recién fabricadas.

Pronto el olor picante de las rajas abre el apetito y el sonido de las tripas no se hace esperar, al ver la carta los precios pueden ser escandalosos, pero el tamaño de las tortas, lo vale. Milanesa, chorizo con huevo, salchicha, jamón y las especialidades de la casa Cuadrilátero y Gladiador, conforman el menú. Antes de que el camarero tome la orden, lanza un reto, si en 15 minutos te comes una Gladiador es cortesía de la casa. A pesar de sonar tentadora la oferta, no me creo capaz de digerirla y mi decisión es la adecuada, ya que dicho manjar es para alimentar a toda una familia, con un peso aproximado de un kilo y medio y sus cuarenta centímetros es la madre de las tortas. Jamón, milanesa, pollo, salchichas, queso, huevo con chorizo, tocino, lechuga, cebolla y jitomate, es su contenido. Las 99 personas que lograron consumirla se convirtieron en héroes, pero a su vez mártires, víctimas de su rebelde sistema digestivo.

Sentarse en sus acogedoras sillas y degustar este platillo es un placer, ya que no se deja de admirar aquellas enigmáticas máscaras. Es un deleite visual, los colores resaltan y la textura nos invita a palpitarlas con la lleva de los dedos y por qué no, ponérselas. Este local sin duda es el amor a la forma, que según Octavio Paz, se halla en la necesidad de esconder la intimidad y reprimir el exceso, a su vez, oculta inseguridades y el caos de la imaginación. Sin embargo, es un gusto y un culto que revela toda una tradición.



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