miércoles, 6 de marzo de 2013

LIBROS VIVOS, LIBROS MUERTOS


Por Carlos Sigfredo Vargas Sepúlveda
México (Aunam). Estás amarillo, parece que tienes una enfermedad incurable, hay manchas negras en tu cuerpo y comienzas a oler a humedad. Agonizas, y la gente, que se encuentra a tu alrededor, no hace nada por ayudarte; al contrario, te toca y te daña más. La muerte parece estar cerca; pero no, está más lejos que nunca.

Del 20 de febrero al 4 de marzo de 2013 en la calle de Tacuba número 5, en el Centro Histórico de la Ciudad de México, autores como Carlos Fuentes, Kafka, Hegel, Marx, Octavio Paz, Jaime Sabines, y Oscar Wilde, se reúnen, comparten en los estantes. Parece que se ríen de la gente que está caminando.

La XXXIV Feria Internacional del Libro del Palacio de Minería llega a su fin. La gente se dio cita para comprar libros, asistir a conferencias, revisar el mundo editorial y hasta para realizar crónicas escritas.

‘‘¿Me da un boleto?, por favor’’; en taquilla el precio para ingresar a la Feria Internacional del Libro se reduce a la mitad con la credencial de estudiante. De treinta pesos, el precio queda en quince. La gente camina, se ríe, grita, sube escaleras, escribe, compra libros, busca autores de moda e ignora a otros que, aunque no estén en el ‘‘Top Ten’’ en la actualidad, se encuentran en la cima del ranking en la historia de la escritura y la edición editorial.

Las personas reciben regalos de las editoriales, se toman fotos con jóvenes promesas en la escritura, se meten en la atmósfera del lugar, toman libros, leen las reseñas y comentarios en los reversos.

Los libros ‘‘visten sus mejores trajes’’; son, en su mayoría, cubiertos por plástico que los protege de la inclemencias, pero algo les falta: no tienen vida.

Mientras tanto, a unos cuantos edificios, en el número quince de Tacuba, hay otro evento, es la Feria de Libro de Ocasión, la cual se presenta en su edición XXV; más joven que la de Tacuba número 5, pero los libros tienen más años, con la páginas rotas, amarillentas, algunas zafadas de la pasta, otros ya no cuentan ni con eso.

Los vendedores están sentados; esperan. Las ofertas son de ‘‘dos libros por cincuenta pesos’’, o toda la colección por la módica cantidad de doscientos pesos. Libros más económicos que las de su vecino. Más económicos, pero con vida. ¿Cómo que con vida?, están usados, han sido palpados por las manos y tienen una esencia especial impregnada de sus páginas.

La Feria del Libro de Ocasión se presenta dos veces al año: una mientras ‘‘su hermana mayor’’ (La Feria Internacional del Libro) se encuentra en el Palacio de Minería y otra en noviembre. La entrada es gratuita.

En uno de los estantes se encuentra Aura de Carlos Fuentes, está viejo, amarillo, roto, pero vale treinta pesos, casi la mitad del precio en la Feria de Minería; trasmite vida: alguien más lo ha leído.


Estás amarillo, hay manchas negras en tu cuerpo. El olor a humedad es el perfume que decidiste tener desde hace tiempo. Agonizas y la gente no hace nada por ayudarte; al contrario, te toca y te daña más. La muerte parece estar cerca; pero no, está más lejos que nunca. Eres un libro de la Feria del Libro de Ocasión, y, a diferencia de ‘‘tus hermanos’’ de Minería, tienes vida.

Basta con observar los años en que fuiste impreso: 1856, 1894, 1901. ¿Cuántas manos habrás tocado?, ¿cuántas veces te han leído?, ¿qué notas tienes escritas en tus hojas?, ¿te robaron?, ¿te compraron?, ¿te pidieron prestado y jamás volviste a la manos de tu dueño original?; muchas preguntas no serán contestadas, pero lo que es seguro es que viviste y ‘‘sigues respirando’’.

En la Feria de Minería, los libros brillan, están relucientes, deslumbran, son bonitos, preciosos, hermosos, fantásticos, pero todavía no nacen. ‘‘Se encuentran asfixiados’’ en el impecable plástico que los cubre. Es un ciclo, algún día tendrán que vivir. Hoy están muertos.

No te confundas. Ningún ‘‘libro muerto’’ es malo, solamente deben pasar los años para que ‘‘tome vida’’. Libros vivos o libros muertos, al fin libros. Separados por paredes, pero unidos por la historia; por autores.

A las cuatro de la tarde, en la Feria Internacional del Libro, un joven, con la mirada enamorada, toma un libro y lo compra. Paga 160 pesos por ‘‘su nuevo amigo’’ y lo guarda en la mochila. Pronto vivirá, y en dos siglos, será uno de esos libros que parecen estar al borde de la muerte, pero tienen más vida que nosotros.

Siendo las seis de la tarde, un joven, con la mirada profunda, compra un libro en la Feria del Libro de Ocasión. Paga 15 pesos por ‘‘su nuevo compañero’’ y lo carga hasta salir del inmueble. Pronto, ese libro, ‘‘contará’’ al muchacho las historias en su memoria.

Tal vez, algún día, la humedad y las inclemencias que enfrenta un libro físicamente, lo destruyan, lo maten, y lo conviertan en escombros con olor a quemado, pero como el doctor Luis Alberto Fonseca Lazcano un día dijo ‘‘un mal olor es señal de que hubo vida’’.






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