sábado, 31 de diciembre de 2016

CIRCO, MAROMA Y CLOWN

Por Adriana Lizbeth Martínez Contreras
Fotos: Guadalupe Martínez
Ciudad de México (Aunam). El circo: una carpa de líneas rojas con blancas se levanta anclada por unas cuñas en medio de un terreno prácticamente baldío. Desde lejos se escucha el murmullo de los músicos y al entrar se vislumbran los colores acomodados salvajemente, sin orden ni precisión en la escenografía.

Erick Murias (izq.) y Fernando Hondall (der.) frente a la escultura “Las artes escénicas” de Luis Ortiz Monasterio en el Centro Cultural del Bosque.

Dos clowns entran al escenario compuesto por arena y aserrín; llevan puestos grandes trajes de estampados estrafalarios, pelucas y una nariz roja. No hablan durante su acto, uno de ellos arroja agua a su compañero provocando que este último piense que está lloviendo, así que saca un pequeñísimo paraguas de su bolsillo.

La gente ríe mientras los actores caminan con torpeza hacia la orilla del espacio; y es así como comienza Vagabondo Circo show de Los Estrouberry Clowns, compañía liderada por Erick Murias y Fernando Hondall. Al acabar el espectáculo se puede ver que ellos están detrás del maquillaje blanco, las películas, los sombreros, la nariz roja y los zapatos y trajes enormes: dos clowns con casi 20 años de trabajo en conjunto.

Fuera de escena, Murias es un hombre de apenas entrado en los 40, que viste camisa de rayas, jeans oscuros y tenis grises. Sale con su familia al teatro y la incluye siempre en su vida artística, sobre todo a su pequeño hijo Mateo, quien participa en algunas funciones de su compañía.

Por el otro lado, a su compañero Hondall la jovialidad le sale por los poros, es también un adulto a punto de abandonar los 30, aunque por su aspecto desordenado se podrían pensar menos años. Los jeans oscuros, chamarra de piel, lentes tornasol y converse negros, aunado al estilo mohicano de su cabellera hacen que se vea como un hombre desenfrenado lo que se contrapone con su actitud bastante afectuosa y cálida.

¿Un clan? ¿un clon? ¿un qué?

Sentado en una banca de piedra sin respaldo, afuera del Teatro Julio Castillo, parece que Erick Murias comenzará a actuar. Se endereza y con sus manos y brazos dibuja un árbol en el aire que divide en dos grandes ramas, a la derecha ubica al payaso “animador”, a la izquierda el clown.

El payaso en México se ha desempeñado en dos vertientes, “uno es el ‘animador’ infantil, que busca sólo la risa simple, sencilla, llana. Es una rama más comercial”. Por el otro lado, está elclown, el payaso que se va “hacia los escenarios, hacia los espacios con una expresión más artística” el payaso que no busca sólo la emisión de la risa sino que “va más allá”.

Hondall, para complementar la definición, prefiere utilizar más palabras que dibujos, en todas sus respuestas parece luchar por atrapar el mayor número de frases que pueda, para él “el clown es un actor que está en busca de hacerte sentir cosas, es un provocador de una cascada de sentimientos, se enfoca un poquito más a lo cómico pero obviamente es rico profundizar como un payaso en emociones como la soledad, la tristeza, la desolación eso es el reto, es decir, el clown debe tener un potencial emocional muy fuerte para poderte llevar – corean ambos – de la risa al llanto”.

De casualidades y destinos

Murias sugiere que el mundo del teatro lo golpeó de pronto desestabilizando sus planes, sin embargo fue un hecho afortunado que trazó su destino. “La verdad yo quería ser diseñador e iba enfocado a la publicidad”, confiesa mientras abre más sus ojos y esboza una sonrisa de incredulidad, mueve su cabeza de izquierda a derecha como forma de rechazar que el diseño pudo ser su profesión.

“Inicié hace aproximadamente 20 años y en ese momento no tenía idea de que había una inquietud artística en mí. La verdad me nació de forma muy casual: vi a un grupo de teatro en una función al aire libre, me enamoré y dije ‘¡wow!, yo quiero hacer eso, quiero ver qué es ese mundo.

Después de ver a ese grupo, le pregunté al director qué tenía que hace para integrarme a ellos y me dijo que pertenecían a un taller de teatro, así que me inscribí a él y poco a poco me surgió esa cosquillita por el teatro y la actuación.

Primero conocí el arte de la pantomima, ésta era una disciplina que cursaba en la escuela de teatro, esa disciplina me condujo al payaso, con él descubrí el circo y ése me llevó al clown. Fue un proceso muy largo, cerca de 10 años en los que comencé a profesionalizarme y a descubrir cuál era la línea de actuación que quería seguir”.

Aunque intentó otras líneas teatrales, como la farsa, el drama o la sátira, poco a poco se dio cuenta de que la comedia era la que quería seguir “cuando yo hacía reír me sentía muy bien, era por ahí mi camino y no lo sabía en esos momentos.

Hasta que un día me dije – antes de seguir yergue su cuerpo, sus facciones se hacen un poco más serias y dice viendo hacia el frente como si estuviera ante un espejo – ‘de acuerdo, lo que yo hago se llama comedia y tengo que averiguar de qué forma hacerlo más profesional’ así descubrí que el clown era la mejor herramienta para hacerlo”.

Por el contrario, Fernando Hondall sí tenía previsto dedicarse al mundo de las artes escénicas. “Yo soy actor, primero estudié pantomima con Rafael Pimentel en la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), y con Juan Gabriel Moreno que es otro de los grandes de por allá”.

Antes, dice con una sonrisa que logra asomar sus dientes, “estudié en el Colegio de Ciencias y Humanidades (CCH) Oriente, vengo de la generación de Agustín Meza y de un montón de locos de la UNAM. Ya por el 97-98 llegué con Sandra Félix al Sistema de Creadores donde, con Luis de Tavira, entré al mundo del teatro oficialmente”.

Sin embargo, a diferencia del primero, dedicarse al clown no era lo que estaba en sus planes. “No, no, no, la verdad yo no pensaba ser clown – confiesa mientras mueve la cabeza de derecha a izquierda, al mismo tiempo Murias ríe por esa declaración – caí en eso porque me encantaban Erick y los demás, eran mis amigos y los quería mucho además, como era el actor, pues sólo me decían ‘Ah pues eres actor, entonces toma, esta es nuestra rutina (hazla)’.

Ahora amo ser un clown y concebirme como tal también, pero me costó bastante porque le tengo mucho respeto a la profesión. Antes me era casi imposible considerarme uno pero ahora oficialmente lo hago y, por supuesto, amo mi profesión” termina Hondall entre las risas que desata en su compañero pensar en el tiempo que le costó aceptarse en esa profesión.

Hace ya veinte años

Como en un rompecabezas, ambos fueron piezas que, sin buscarlo encajaron a la perfección. Ahora, después de tantos años compartiendo experiencias les es difícil concebirse separados. Como complemento uno del otro, se sientan con los brazos unidos y a cada nueva pregunta responden una parte cada quien; casi ensayado, uno sabe en qué momento detenerse para que el otro comience a hablar.

Hugo Fragoso es el nombre clave de su historia juntos, lo menciona Hondall con una sonrisa en el rostro y la mirada perdida en el piso, sus facciones se aligeran, su cuerpo se encorva y entre tanto, su compañero comienza a relatar su historia.

“Yo estudié con Horacio Arango que es el otro de los fundadores de este proyecto – ‘es el que falta aquí’ dicen en coro mientras señalan en medio de sí mismos – en la escuela, con un director de teatro que se llama Hugo Fragoso, de ahí nos mandaron a ver un taller de títeres y a presenciar los ensayos de Sandra Félix”.

“Justo éramos los locos que estábamos con Sandra Félix los que hicimos el taller de títeres – agrega Hondall –, ahí fue donde partió el origen de Comparsa la Bulla: empezar a trabajar circo y música en vivo aunque en ese momento nada más con títeres. En un montaje previo a La Bulla nos conocimos y entonces de ahí para acá.

Y en todos estos años hemos logrado muchas cosas, por ejemplo, participamos en el 1° Festival Internacional de Teatro de Calle en Zacatecas en el 2002 y ya fuimos seis veces a él; asimismo, aquí en el Centro Cultural del Bosque colaboramos en el festival que hacen el Día Internacional del Teatro, asistimos casi cada función y desde el 2000 hasta este año recorrimos casi toda la república, es algo maravilloso”.

Claroscuro


El trabajo artístico está lleno de incertidumbres, se trata de un terreno donde se escala poco a poco y con mucho esfuerzo. “Es un acto de fe” como lo define Murias, él mismo ha sufrido los estragos del desasosiego que relata con la cabeza gacha y la voz entrecortada que sale de unos labios a los que se les ha borrado la sonrisa.

“Yo interpretaba el personaje de un payaso loco y literalmente terminé igual. Fue al terminar una de las temporadas que hicimos de teatro escolar con la Secretaría de Educación Pública (SEP). El ritmo de trabajo al que nos sometíamos era muy intenso, nos teníamos que parar a las 5:00 a.m. para estar a las 7:00 a.m. en las escuelas, dábamos dos funciones diarias y haz de cuenta que una era en Iztapalapa la otra en Azcapotzalco”.

“Empecé a sufrir de los nervios me empezaron a dar ataques de pánico, estrés, ansiedad, en algún momento ya no quería hacer ese personaje, tenía miedo incluso de actuar. Me pregunté si estaba haciendo lo correcto, si servía de algo querer que la gente riera ¿realmente es importante lo que hago? ¿Vale la pena? después me respondí que sí”, finaliza con un tono más liviano, despreocupado porque ahora sabe que es lo que realmente quiere continuar haciendo”.

Pero esa temporada no se quedó sólo en un mal recuerdo, Hondall difumina la atmósfera melancólica señalando que, a pesar de todo, sacaron provecho de ella: “de hecho se volvió la anécdota de OTTO, un espectáculo que presentamos en el Teatro Julio Castillo, en el Teatro de la Ciudad y en el Festival Iberoamericano de Teatro para jóvenes, hasta se fue a Costa Rica”.

La calle como escenario y la comedia como medio de reflexión

“En la calle lo haces sin ningún apoyo, lo haces por ti mismo, tú eres tu propia herramienta y tú eres el que decide hasta dónde quieres hacerlo, hasta dónde quieres llegar”, opina Erick sobre el Teatro de Calle que fue en el que iniciaron con Comparsa la Bulla. Sin embargo, no sólo es la libertad de creación también se trata, como después recalca Fernando, de un lugar de trasgresión.

Hondall alza la voz, frunce el ceño y aprieta los puños, reclama la situación del país, confía en el teatro de calle como un espacio trasgresor, un espacio que se rebela contra la creciente violencia y la corrupción social. “Tiene que ser trasgresor para el punto de vista de la gente, aunque me contrate Quimera, aunque me contrate CENART o el gobierno, no entendemos porqué está así el país, en qué momento se desató la violencia incontrolable y para eso estamos nosotros, para ser actores de crítica.

Porque ya estamos hartos de que aunque vivimos en un México precioso, éste ha sido atrapado por cosas inverosímiles. Si nos hubieran dicho hace diez años que en los semáforos, en las gasolineras o en cualquier lugar nos iban a asaltar; o que a las mujeres las iban a violar en los autobuses, lo habríamos negado, pero ahora vemos que es justo lo que está pasando.

Erick al cerrar las funciones, aunque la gente esté riendo, trata de dar un mensaje y una crítica hacia nuestro país. En ese momento donde la gente está en familia y en paz hacemos la ilustración de que sí se puede, que nos merecemos algo diferente. Ésa es una de las funciones del Teatro de calle”.

Y la crítica no es sólo hacia la decadencia colectiva, también hacia la comedia contemporánea que está atrapada en tonos escatológicos “que se ha prostituido, ha caído en tonos sexistas, machistas, burdos” enlistan los clowns. “El clown está obligado a ser inteligente en su comedia es justo cómo preparo un número sin lenguaje, utilizando la herramienta de mi cuerpo y que sea universal además, que no tenga cuestiones escatológicas, sexuales o vulgares” exclama Hondall un tanto indignado por la pérdida de la comedia blanca.

Ambos alinean sus cuerpos, cierran los puños, sus líneas de expresión se hacen prominentes y su voz se engruesa, coinciden con enojo en que la comedia burda se muestra con desenfreno a la gente, desde niños hasta adultos “lo vemos en la televisión ¿no? – ¡Claro! Y es muy grave, es trágico que un pequeño prenda la televisión y vea eso” comentan entre ellos. No es de extrañar que a ambos les preocupe el ambiente en que crecen los infantes pues son padres y no conciben que los chicos tengan que desarrollarse en un ambiente violento, sexista y banal.

Y, aunque es difícil, todos estos años de trabajo juntos se han enfocado en buscar la comedia simple, universal, sin caer en lo burdo y lo logran, dicen con orgullo, mediante un proceso donde los espectadores se hacen parte del espectáculo.

“La gente espera que actuemos como el payaso animador pero en realidad los vamos llevando por otros caminos y ellos no se dan cuenta en qué momento quedan atrapados por el show – dice Murias arqueando las cejas y guiñando un ojo, le sale una sutil sonrisa burlesca y orgullosa – es una estrategia que tiene que ver mucho con la técnica del chiste visual: los atrapamos, les damos la vuelta y cuando se dan cuenta ya disfrutaron del espectáculo.

Y voy a confesar porqué – remarca alzando su mano frente a él – porque no buscamos el chiste por el chiste, lo que hacemos en realidad es contacto con la gente; de entrada no queremos que las personas se rían porque sí, intentamos hacer contacto con ellos y una vez que lo logramos la risa viene sola, espontánea”.

Clown que no es visto no es admirado

El ocaso se ponía detrás de los clowns, el aire se intensificaba y aumentaba su frialdad que traspasaba sus ropas. Murias castañeaba los dientes y se abrazaba a sí mismo para combatir la sensación de enfriamiento hasta que su hijo, que se encontraba jugando a unos metros de él, corrió a salvarlo del congelamiento llevándole una chamarra.

Erick Murias prefiere continuar hablando parado, ambos con un semblante más serio y viendo al frente comienzan a hablar cobre las compañías teatrales. Juntos han trabajado en tres: Comparsa la Bulla, La Bomba Teatro y Los Estrouberry Clowns. Con la segunda estuvieron en alrededor de 12 festivales, algunos de ellos en más de una emisión y con su tercera y actual compañía, de la que son dueños y productores, han permanecido en gira desde que comenzaron el año pasado y participaron en el 4to Encuentro Internacional de Clown, tal vez no tengan la fórmula del éxito pero sí tienen muy claro cómo han logrado sobresalir.

“El trabajo, la constante búsqueda, la gente no te conoce así que ‘clown que no es visto, no es admirado’, a nosotros nos funcionó ir tocando de puerta en puerta y decir ‘Oigan nosotros somos éstos, ¡véannos!’. Además Fernando conoce otro de los puntos de quiebre concreto”.

“Sí, claro – como en pleno acto, se turnan sus voces para pulir la información - es la administración, el sistema empresarial, es como cuando abres un negocio y tienes que invertir en cosas, en las compañías igual, si no tienes esa visión empresarial pues ya tienes un punto menos, es más no uno sino varios puntos menos”.

Otro factor que resalta para ellos es la satisfacción, la pasión y las ganas de hacer circo y clown, “cuando la gente no está contenta con lo que está haciendo entonces para qué está ahí cuando las compañías se forman con esas personas en donde los caminos de cada quien son diferentes y no hay un lenguaje en común pues se van a desintegrar inevitablemente”.

“Visión, objetivos, organización y bueno, rodearte de las personas correctas” son las conclusiones que enumera Murias con sus dedos cuando termina su compañero de hablar y para demostrar que ellos cuentan con esas aptitudes, Hondall con seguridad y firmeza afirma “yo sí te puedo decir Los Estrouberry Clowns van a llegar a ser una compañía que represente a México en los festivales, esa es mi visión desde ahorita y entonces lo que hacemos son espectáculos que tengan esa visión”.

De sueños que cumplir y batallas que ganar

El viento, cada vez más fuerte, anuncia el final de la conversación. En el rostro de ambos se asoma el cansancio de un ritmo de trabajo exigente pero también los destellos de su recompensa: hacer lo que desean, viajar, ser ellos mismos frente y fuera del escenario son cosas que no cambiarían por nada.

“El circo duele” pronuncia Fernando Hondall mientras agacha un poco la cabeza y esboza una sonrisa, es lo primero que responde cuando les pido un consejo para todos los que quieran dedicarse a eso. “Es doloroso porque te tienes que enfrentar a ti, a tu ridículo, a tus capacidades físicas de por ejemplo montar un monociclo o un trapecio o una escalera fija, es una carrera impresionantemente bella pero tiene el doble de trabajo que cualquier otra carrera.

El clown duele muchísimo más: es caerte, es sufrirle porque el clown está dentro de ti, cualquiera lo puede sacar pero es muy doloroso porque a pesar de que el fin sea reír es difícil sacarlo es difícil decir éste es mi ridículo, ríete y desprenderte de todo, del que dirán decir me vale yo lo disfruto”.

“Siempre habrá detractores – advierte Erick Murias parado a un costado de su amigo mientras ve la puesta del sol –. Siempre habrá alguien que les diga ‘tú no sirves para eso’, ‘dedícate a otra cosa’, ‘consíguete un trabajo de verdad’, ‘te vas a morir de hambre’. No les hagan caso, háganle caso a su corazón, sigan su sueños y si la respuesta es siempre sí. que lo hagan”.

El golpe es contundente por parte de ambos, es cuestión de esfuerzo, de pasión, de querer hacer y luchar por lograrlo. La lección es clara: se vive para lo que se ama por más que esto duela pues “al final es mágico, hacer reír y sorprender con los actos es lo más fascinante”, finalizan con los ojos brillantes y una amplia sonrisa.




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