viernes, 18 de noviembre de 2016

EL BORBOTEO DE LA GABRIEL RAMOS MILLÁN

Por Gabriela Jiménez Arellano
Ciudad de México. (Aunam). Avanzo por las calles que se estrujen y se expanden, semejantes a canales irregulares. Hoy sólo quedan la forma y los recuerdos de los lagos que se entubaron desde 1940 en la Colonia Gabriel Ramos Millán de la Delegación Iztacalco. Todo está quieto dentro de lo cotidiano.

Tres hombres con abdomen desbordado arreglan un bocho amarillo, pareciera más por diversión que por trabajo, escuchan a Margarita, “La diosa de la cumbia”, entre pisotones y aullidos se pasan las herramientas. El resto de la calle tiene un murmullo casi silencioso, niños que van a la tienda, mujeres camino al mercado, taxis inspeccionando los laberintos de la colonia. Todos intentan desviar la mirada del intruso, pero los delata la insistencia en sus ojos.


La calle Sur 117 se siente infinita, desde la avenida Plutarco Elías Calles busco la intersección con Oriente 110, pero no hay señales que adviertan la construcción de los pozos de agua, tampoco trabajadores, cintas de precaución, polvareda… nada. En la esquina de la calle Oriente 102 está pegado un letrero en el que se invita a los vecinos a hacer acto de presencia: “Vecino, el 29 de agosto preséntate en la Avenida del Recreo y Sur 177, para denunciar en el programa A quién corresponda la falta de agua. Es importante que nos vean unidos.”

Veo personas dispersadas. La calle acaba de despertar. Una manguera gorda, ancha, arrugada, idéntica a un tlaconete, salvo por el cuerpo baboso, escupe borbotones de agua que no veo, sólo se escucha cómo caen dentro de tambos que almacenan unos 20 litros de agua. Todo ocurre en secreto, dentro de una casa blanca. Probablemente la vendan como lo hacía Luis Enrique Marín Cosme, hombre ingenioso, no por vender el tambo en veinte pesos, sino por conseguir el uniforme de los trabajadores del Sistema de Aguas de la Ciudad de México (SACMEX). En definitiva, la necesidad saca las cualidades de la gente, mal encausadas, pero cualidades al final.

El secreto se mantiene a voces, porque así les conviene a algunas mujeres como Teresa, quien se lleva sus dos tambos repletos de agua. Mientras camina va contando uno, dos, tres, cinco…siete pesos. Junta las cejas al centro de la frente y ve de reojo al muchacho con el diablo, no le alcanza para la propina, la tiene que pagar, se lamenta una y mil veces: “¿por qué Diego es tan huevon?”. Llega y encuentra al chico de 16 años tirado en el sillón con una mano en el ombligo y la otra con el triunfo de la Copa FIFA 2010 del XBOX 360.

A lado vive Sonia. A ella no le va eso de andar comprando agua clandestina, le gusta mantenerse recta porque el precio le exige esa rectitud. Termina de lavar los trastes con el agua gris que le sobró de la ducha de ayer. Al principio le parecía una porquería, pero con la escasez se le ha ido quitando lo modosa. Termina y se sienta frente al reloj. Sus ojos se clavan en el minutero o quizás sólo espera a que de la una de la tarde o a que un día de estos caiga agua del grifo de su cocina y no de una pipa del programa “Abastecimiento de Agua Potable para Todos”. Así se lee la etiqueta de la pipa que va entrando por la retorcida Sur 177.

El borlote ya se armó. Hay un desfile de cubetas, tambos, tinas y hasta herramientas de patente: una caja de verduras con cuatro pequeñas llantas, artefacto ideal para llevar y traer las cubetas; pero el hijo de Sonia no ve así el invento, para él es un carro de carreras, y le importa poco que otras 10 personas le ganen a Sonia el último suspiro acuoso de la pipa.

Me inquieto, la policía está a lado, pensé que era para organizar a los vecinos o se encargaría de verificar el reparto justo; sin embargo, mantienen sus cinco sentidos en una tarea incuestionable, dormir en el interior de la patrulla y de su conciencia.

Una hora tardó en vaciarse la pipa. Las suelas arrastran mi decepción. Camino sin rumbo, busco un pozo entre los sures, los orientes y la cuchilla Ramos Millán. Nada. Los pubertos de secundaria juegan una cascarita en el módulo, para ellos no hay antes ni después, jamás existió un río Churubusco de aguas negras en 1940. Ignoran que sus piernas flacas se embarran sobre un suelo disecado, asesinado.

Cuando lleguen a su casa, los tambos estarán casi vacíos o medio llenos de agua gris. Se lavarán el sudor con la misma agua con que se lavaron los trastes. Tendrán que elegir entre el baño o el lavado de ropa. Sus madres les reclamarán su ausencia, les hicieron falta manos, botes o algo, lo que sea, para capear chorros de a poquito. A ellos no les importará y saldrán a mezclar el sudor otra vez con el de sus compañeros. Ya no se olerán, porque el hedor ya no importa, dejó de ser importante desde hace un año, dos, tres… nunca ha importado. El aire siempre ha olido igual, siempre recibió a personas que tuvieron que salir de Tepito y La Guerrero, pero no importa, porque siempre recordarán que los chavos de la Ramos Millán y la Juventino Rosas eran buenos para el fut. Aun cuando los módulos deportivos eran lodazales demarcados por el Canal de Churubusco, el de Plutarco Elías Calles y las chinampas los conectaban con Santa Anita.

Sí, siempre les quedará un consuelo y el grito de las señoras que ya no encuentran cómo hacer entrar en razón a los descarriados, por los que ruegan no aparezc an el día de mañana en La Prensa.







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