viernes, 3 de junio de 2016

VIAJE A LA IMAGINACIÓN

Por Zuleyma Molina Nieto
Ciudad de México (Aunam). El olor del papel y la tinta, la inspiración, el incremento de la imaginación, una medida contra la soledad y la angustia, procreador de paz, todo eso significan los libros para Manuel Ojeda y el agradecimiento que la gente le da por hacer que les llame la atención leer es motivo de que participe en las lecturas en voz alta del programa “Leo…luego existo”.


Las luces pierden su intensidad, sólo queda iluminado el escenario en la parte alta del salón, donde el primer actor Manuel Ojeda sostiene en sus manos el libro: El viaje del autor Sergio Pitol que pretende leer para despertar en su auditorio la curiosidad y el deseo. Se dispone a enunciar en voz alta algunas líneas del libro

No hay cabida para las distracciones; las paredes son totalmente blancas, no hay pinturas, ni imágenes, menos cuadros; los muros no poseen ornamento alguno. El encargado de leer está al frente de todos, como un profesor en un salón de clases. Tras sentarse, se coloca los anteojos para buscar las páginas que les leerá a los presentes.

Esta vez fue en la sala Adamo Boari del Palacio de Bellas Artes donde se tomó la iniciativa para tratar de revertir o superar los 2.8 libros que lee en promedio un mexicano en un año, aunado a que a gran parte de la población confiesa que no le agrada leer.

Desde el 2003, El Instituto Nacional de Bellas Artes, INBA a través de Extensión Cultural, creó el programa, “Leo…luego existo”, con sede en 18 estados de la república, donde su principal bandera es fomentar la lectura en todas las edades con la colaboración de actores mexicanos. En esta ocasión tocó el turno al primer actor Manuel Ojeda incentivar la lectura a través de textos del mexicano Sergio Pitol.

“Y un día, de repente, me hice la pregunta: ¿Por qué has omitido a Praga en tus escritos?” son las primeras palabras que presenta el actor para introducir a la lectura. Su misión de ese momento y en adelante será tratar de hacer que la imaginación vuele con cada escenario que transmitirla.


Los que se dieron cita en el Palacio de Bellas Artes, en su mayoría, eran de la tercera edad, aunque también se encontraban varios adultos jóvenes, eran contadísimos los menores de edad. Más de dos decenas eran los asistentes, algunos de los asientos rojos del lugar quedaron sin ocupar hasta el final del evento.

Con la mano derecha sostenía el libro doblado por la mitad y la izquierda parecía querer expresar cada párrafo que leía; El relato continuaba: “Antenoche, al llegar al hotel un joven me esperaba para entregarme de propia mano una invitación muy formal del presidente de la Asociación de Escritores de la URSS”.

Manuel Ojeda atinó al momento de seleccionar un capítulo del libro; pues mientras el pronunciaba “Algunos compañeros colocaban allí fotos de Lucha Reyes, de Toña la Negra”, ocasionó una leve carcajada en una de los asistentes.

Antes de terminar con el último fragmento de lectura, la botella de agua que se encontraba sobre una mesa no iba a salir ilesa, pues el lector habría de dar un sorbo. Manuel Ojeda dio una checada al reloj y en seguida sentenció que habría de pronunciar los últimos párrafos de aquella tarde, declamaría el último relato del libro: Iván, el niño ruso.

El lector dirigió su mirada hacia su auditorio, esa era la señal de que la lectura habría terminado y de que los protocolarios aplausos aparecerían. También era la indicación para quien controla las luces se encargara de iluminar al parejo todo el salón. El viaje imaginativo habría de terminar.








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