miércoles, 27 de abril de 2016

TOQUE Y ROLA EN EL CHOPO

Por José Alberto Colín Sandoval
Fotos: Rogelio Casarreal
México (Aunam). En el Tianguis Cultural del Chopo conviven todos y se encuentra de todo. Jóvenes con patinetas; seguidores del rock & roll con los estampados de las bandas en sus playeras; simpatizantes del reggae peinados con dreadlocks. Hay conciertos al aire libre. Los vendedores hacen peinados, tatuajes y perforaciones; venden ropa, discos, comida. Los asistentes pueden consumir música, bebidas alcohólicas y droga.

Miguel de Cervantes Saavedra, escritor español, mencionaba que “la música compone los ánimos descompuestos y alivia los trabajos del espíritu”. Por esta razón, se creó en 1980 el Primer Tianguis de la Música dentro del Museo Universitario del Chopo, por iniciativa de Ángeles Mastretta, ex directora de dicha institución. De esta manera, inicia la historia del espacio que ha reunido por 35 años a los amantes de los sonidos y a los pertenecientes a las tribus urbanas.


En sus primeros siete años mudó de lugar: del interior al exterior del Museo Universitario del Chopo, estacionamientos en el Casco de Santo Tomás, la Facultad de Arquitectura en Ciudad Universitaria y en la colonia Santa María la Ribera. Así, desde 1988 cambia la dinámica sabatina en la calle Aldama, entre las calles Sol y Luna, en la colonia Buenavista. De 10 de la mañana a 6 de la tarde no circulan automóviles, sino peatones.

Los visitantes al Chopo arriban desde la estación del Metrobús y del Metro Buenavista o de las paradas de camión en la avenida Moqueta. Ellos superan tres cuadras y encuentran a pocos metros un espacio que contrasta con la formalidad de las plazas comerciales aledañas y de la Biblioteca Vasconcelos.

Entre Sol y Luna.

Un hombre en medio de la calle da la bienvenida a los visitantes con un anuncio sutil al oído, “¿Quieres mota?”, para quien quiera un “toque”. Lo proclama debajo de una lona blanca con letras rojas que informa la prohibición del consumo y venta de droga en el tianguis. El muchacho utiliza una gorra para cubrirse de los rayos del sol y de una posible identificación; también tenis deportivos por si se necesita huir, aunque a su alrededor no hay ninguna autoridad que lo sancione.

Adelante del sujeto, un paraguas grande de color rojo es el protector de las hieleras que contienen los envases de las bebidas representativas del Chopo, los jugos sin conservadores. El vendedor, un señor con vasos de plásticos en mano ofrece su producto, no sólo para ofertarlo, sino que también para darlos a conocer a la gente; por ello, el comerciante intercepta a los que se acercan a su sombrilla.

Aquello es un buffet líquido. El despachador actúa como un barman profesional, vierte el jugo en los recipientes; espera que su público lo beba; cambia de botella y repite el proceso. En escasos segundos “rola” todos los sabores: arándano, mora azul, coco y de té de mariguana. Este último, de droga sólo tiene el nombre, ya que es de manzana, pero hace dudar a quien lo ingiere.

Del lado izquierdo, frente al vendedor de jugos, una mujer posa encima de una plataforma negra. Ella está desnuda, su pelo teñido de rojo contrasta con su tez morena. Se encuentra apoyada sobre sus rodillas, las piernas se mantiene dobladas y sus nalgas caen en sus pies. Tiene los brazos extendidos. Sus pezones marrones son el centro de atención. Cinco señores le toman una fotografía con sus celulares. Cambian el zoom de los aparatos por sus ojos para apreciar a la joven que antecede a la zona comercial.

Los puestos están ordenados en un inicio sobre las banquetas; en el centro pasean los caminantes para hacer su recorrido. De los primeros locales en la izquierda aparece una mini estética, un punto en el tianguis donde se realizan dreadlocks. Tiene una bandera con 3 franjas verticales, roja, amarilla y verde como fondo. Una mujer adulta es la encargada de tejer el cabello de los clientes para formar el peinado distintivo de los rastafaris, como el que ella porta.

En la derecha, frente a la mini estética hay un local de tatuajes y perforaciones. En el frente se exhibe el catálogo de opciones para trazar en el cuerpo o piezas metálicas que atraviesan la piel. Atrás está el lugar donde las personas se sientan en una silla negra para que los artistas plasmen la tinta en ellas y quede impregnado por siempre. Además, las agujas están preparadas para atravesar la piel de quien deseé decorar su cuerpo.

A la mitad del tianguis se ubica un puesto de periódicos de La Jornada. Ahí, cuatro jóvenes rodean el negocio. Ellos reparten volantes para publicitar los próximos conciertos. Se quedan estáticos en su posición. Una mano almacena los anuncios y la otra los reparte a las personas que aceptan la información. De esta manera, se conoce a qué lugar se puede ir a dar “el rol” para ver en vivo a grupos musicales experimentados o nuevos.

A partir de ese sitio, los locales ocupan la calle. Sobre el camino no circulan automóviles, sin embargo, se estructuran dos carriles para agilizar la circulación peatonal; se avanza por la derecha. En esa trayectoria abundan la venta de chamarras de cuero y la música de AC/DC, Guns N’ Roses y Metallica. El punto culminante es la calle Luna, donde se instala el escenario para los conciertos.

El espectáculo final


Gallo Rojo toca sus canciones. El grupo de ska reúne a decenas de personas que se acercaron a disfrutar de la música producida por un par de guitarras, un bajo, una batería y un micrófono. Los que bailan están de pie, de frente a los músicos y forman una rueda para armar el slam. Mujeres y hombres se mueven frenéticamente en la delimitación entre sus cuerpos. Brincan, chocan, sueltan codazos, puñetazos, patadas.

Los que prefieren darse un “toque” se desplazan al costado derecho del círculo danzante. Aparecen los papeles enrollados que guardan el cannabis. Los prenden con un encendedor y cada uno lo pone en su boca para fumarlo. Lo “rolan” al que esté más próximo. Ahora, en ese espacio predomina el olor a pastizal quemado y se propaga con el aire por la pista. diez adolescentes esperan su nuevo turno para volver a sentir el aroma de la mariguana en sus pulmones.

También hay espectadores recargados en la reja del conjunto habitacional a la izquierda del escenario. Se ocultan del sol bajo las ramas de un árbol. 5 de ellos observan el concierto sentados en la banqueta. De una mochila, uno saca un envase de vidrio y lo sirve en un vaso para cada acompañante. No es agua simple ni jugo; el olor a cebada delata el origen de la bebida.

Enfrente de ellos quedan inservibles las dos lonas de “Queda prohibida la venta y consumo de bebidas alcohólicas y droga dentro del tianguis”; es delito hacerlo en vía pública. A lo lejos, media docena de elementos de la Secretaría de Seguridad Pública de la Ciudad de México los vigilan, pero no validan el mensaje de las pancartas. Se ven superados en número. Dan media vuelta y recorren los pasillos principales del Chopo que, sin importar sus sedes históricas, han permitido por 35 años dar el “toque y rola”.



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