lunes, 25 de abril de 2016

LAYDA SANSORES: LA VOZ CRÍTICA DEL SENADO

“Un verdadero espíritu de rebeldía
es aquel que busca la felicidad en esta vida”:
Cardenal de Retz
Por Bernardo Uribe Valdés
México (Aunam). Desde su pequeña trinchera, el Senado de la República, Layda Sansores dirige una lucha revolucionaria sin ningún resentimiento.

Los debates inundan el inconsciente de los espectadores y los micrófonos están abiertos. Es la época de las reformas estructurales y todos tienen cosas que decir. Layda está decidida a denunciar las injusticias. Es su turno de tomar la palabra.

Sube a la tribuna con un chal rojo que combina con su pelo y un vestido negro que va con aquello que pretende defender: el petróleo. Sabe que no será bienvenida, pero ignora que su energía pasará a la historia. Para bien o para mal, sus palabras trascienden.


“En esta fiebre privatizadora, nada va a quedar sin entregar. Y eso me recuerda a Saramago: ustedes que quieren privatizar y están con este ánimo de los tiempos nuevos, pues vayan y privaticen los sueños, privaticen la ley, privaticen la justicia, pero si quieren realmente una privatización a fondo, vayan y privaticen a la puta madre que los parió, porque al menos ésa es suya. Esta patria no les pertenece. No se la merecen”.

Su euforia y pasión enchinan la piel de cualquier soñador que imagina un mundo de justicia, donde discursos como el de ella sean únicos dentro de la política. Incluso sus detractores tendrán que reconocer el poder y la precisión de sus palabras. Es una mujer contemporánea: fuerte y aguerrida.

Layda Elena Sansores San Román nació en la ciudad de Campeche el 7 de agosto de 1945. Hija de Elsa María San Román Cambranis y Carlos Sansores Pérez, creció en el seno de una familia influyente; su madre, una mujer de sociedad, y su padre, un político priísta de alta alcurnia. Desde pequeña se codeó con la elite más alta del país, pero eso no detuvo a la bondad ni a la razón de crecer en ella.

Layda siempre está al servicio de su comunidad, y la primera escena de nuestro encuentro la ilustra perfectamente. Cuando llegué a su oficina en el tercer piso, ella se encontraba almorzando con su equipo de trabajo, pero al mismo tiempo estaba atendiendo a un anciano trabajador de mantenimiento. Su conversación era acusatoria y su voz frágil.

Él sólo se quería quejar por una de las tantas injusticias que se cometen contra los más indefensos. Ella le ofreció su empatía, un sándwich y una Coca. Los trabajadores se sienten seguros en su presencia, se sienten escuchados, ¿A dónde puede acudir uno con deseos de esa naturaleza en un lugar como ése? Con Layda Sansores.

El edificio del Senado de la República abarca toda una calle, una pequeña isla dentro del inmenso mar de la ciudad. Está ubicado en el corazón del Paseo de la Reforma, un edificio gris forrado de cristales, protegido por un grupo de oficinistas uniformados con trajes negros.

Todas las oficinas son iguales, amplias y con paredes de cristal, como una especie de casas de interés social para políticos; sin embargo, la suya tiene un atractivo especial. Lo primero que se observa al entrar son los carteles de protesta y fotos de los 43 normalistas de Ayotzinapa desaparecidos. Las paredes están empapeladas con fotografías de su familia y los adornos que decoran las mesas son extravagantes y coloridos.

Me dirigí a un sillón que estaba al fondo, lo ocupé, esperé unos cuantos minutos y, en cuanto llegó, se sentó junto a mí. Es intimidante, probablemente por todas las historias que la involucran, pero al mismo tiempo es muy cálida y sencilla. La miré a los ojos y comencé la entrevista.

Enseñanzas de familia

--¿Cómo fue su infancia en Campeche?

--Muy feliz. Era una ciudad muy pequeña, donde desde los cinco años te podías ir caminando a la escuela sola y te sentías libre.

“En cuanto a mi padre, de él tengo lecciones que marcaron mi vida, como la de tener siempre la casa abierta, nunca se cerraba. Recuerdo que mi padre citaba a los campesinos a las siete de la mañana pero llegaban desde las cuatro y como yo era muy madrugadora, me iba a platicar con ellos. Sentí desde entonces esa calidez del hombre del campo. Me sentía muy querida. Era un disfrute para mí levantarme temprano y hacerles plática. Es una infancia de recuerdos siempre amorosos”.

--¿A qué se dedicaba su madre?

--A la casa, como se acostumbrada, éramos cinco hermanos, y como mi padre estaba en la política, ella se encargaba de nosotros. Mi madre era maestra, siempre muy humana, ella nos dejó esta parte de nuestra personalidad, cálida, amorosa, el recuerdo de mamá está ligado a los momentos de mayor dulzura de mi vida.

Conforme Layda describe a su madre puedo distinguir cierto brillo en sus ojos. Se nota que ella es la responsable de su humanidad; es verdad que fue su padre quien la orilló a la política, pero es su madre, el ejemplo que ella persigue.

--¿Cómo fue crecer con la influencia de El Negro (Sansores) como padre?

--A él lo veíamos poco, pero mamá era la traductora de todo su cariño. Mi papá viajaba mucho. Era delegado del PRI en ese entonces, el delegado estrella, con una intuición política muy desarrollada, pero siempre que llegaba de viaje nos traía un recuerdito que lo ponía como si fuera Santa Claus, entonces era un aviso muy gratificante que había llegado papá a casa. Él no se metía en la educación. Mi madre se encargaba de todo eso, pero era muy cariñoso. A mí me llamaba “Muñeca” y me sentía mimada.

“Lo acompañábamos en sus recorridos por los pueblos. Eso me sensibilizó, él era muy amoroso con la gente humilde. Me dejó frases para toda la vida, como ´nunca te canses de ayudar, porque dar es un privilegio en la vida´. Son frases que me quedan muy grabadas, incluso en los momentos de más presión, es ahí cuando uso sus enseñanzas para darme ánimos”.

Su padre fue Carlos El Negro Sansores, gobernador de Campeche y presidente nacional del Partido Revolucionario Institucional (PRI). Como buen amigo del presidente Luis Echeverría, la familia Sansores vivió de cerca las comodidades del sistema. El PRI era como una religión.

Escuela para guerrilleros

--¿Cómo era el ambiente de su niñez, siendo su familia cercana al presidente?

--En la niñez, mi padre siempre había sido o diputado o senador. Él fue siete veces diputado, uno de los legisladores rompe-récord. Para mí era normal, era parte de nuestra vida.

“Pero así crecimos. Nunca lo vi como una diferencia. En la casa no se hablaba de clases sociales: entraban los campesinos y comían con nosotros. Esa fue una enseñanza muy bonita, el respeto a la equidad, escuchar con atención. Otras de sus frases eran ´no es político el que no escucha el corazón de su pueblo´, ´Layda, no hables, primero escucha´. Aprendí de él todo, este lenguaje que se lee entre líneas en la política y los códigos que no son fáciles de descifrar, papá nos los enseñó desde niños”.

Cuando Layda cumplió 11 años de edad y entró a la secundaria, su padre les dio la oportunidad de escoger escuelas, sus hermanos se fueron con las monjas pero ella decidió entrar a la escuela para guerrilleros, como ella denomina a la normal rural de maestros, donde la formación que obtuvo cambió su visión del país.

“En la escuela convivía con muchachos muy modestos, incluso con familiares de guerrilleros que ahora reconozco, recuerdo cómo iban a buscarme (yo) con chofer y me veían con envidia, pero lo que no sabían era que yo sentía una gran frustración. Todo es relativo, mis compañeros me veían como la hija de un diputado y yo decía: ´pobre de mi papá que es diputado´”.

El papá de Layda no quería ser diputado, sino gobernador. Cada seis años que no le daban la gubernatura, que merecía por la cantidad de trabajo y gente que tenia atrás, le daban la diputación, para ella y su familia era un premio de consolación muy triste.

--¿Él fue quien la orilló a la política?

--El ejemplo jala, es avasallador, pero en el momento en que se convierte en gobernador de Campeche mi madre tiene que involucrarse en su trabajo, deja la cocina y se va a hacer labor social. Ella crea el primer Centro de Rehabilitación y Educación Especial e Integral en América Latina. Yo siempre estaba a su lado, a mí me gustaba la labor social, no la política, pero admiraba mucho a mi padre.

Su padre fungió como un pilar muy importante a través de su vida; no sólo fue la figura paterna autoritaria y amorosa, sino también un gran amigo y sobre todo un excelente asesor y confidente. Al mencionarlo, Layda se toma su tiempo para contestar, como si estuviera recordado todos los momentos que pasó con él. Ella es el reflejo de todas sus enseñanzas.

“Una vez en una revista leí que mi padre comentaba que la política en la casa era yo, entonces dije que si mi padre lo dice, es por algo, porque él era un hombre muy imponente, pocas veces te daba un elogio, sólo recuerdo otro aparte de eso y fue después de mis discursos subversivos como priísta, eso me cambió, y dije: ´ésta es mi vocación´”.

Mi propia identidad

Layda es una mujer fuerte, alrededor de 1.60 metros de altura, pelo extremadamente rojizo, ojos pequeños y labios grandes, es el tipo de mujeres que no se andan con tonterías, su mejor defensa son las palabras y su mejor arma es la verdad. Su rostro ha visto los años pasar, pero no en vano, cada silueta en ella representa su pasado.

El color negro es absoluto en su vestir, un vestido, zapatos de tacones, un saco y una bufanda son las prendas que conforman su elegante figura. Varios anillos y collares la complementan.

Su entrada a la política fue resultado de la búsqueda de su independencia. Empezó por seguir sus deseos de trabajar, ya que su esposo de ese entonces, no la dejaba. Éste le daba todas las comodidades, no le faltaba nada, pero no toleraba que laborara. Entonces tomó la decisión de divorciarse, renunció a una felicidad y un mundo de tranquilidad por estar con el pueblo y ayudar a la comunidad.

“Mi mamá me decía ´¿por qué te divorcias; si eres su muñeca?´. Precisamente por eso, porque quiero tener mi propia identidad y todos esos años crecí bajo su sombra. Empecé en un trabajo muy humilde, después de un año escalé y me superé. Creo que porque ya lo traía en la sangre.”

Cuando por fin llega el momento de entrar en el negocio de la retórica manipulante, la elección de partido fue bastante clara: “Ni lo pensaba, era una religión, sólo practicaba lo que había heredado. Ya se oía hablar del PAN, pero no había de otra, el PRI era el único partido en el país que valía la pena.”

Inicio de la rebelión

El 10 de diciembre de 1996 renunció al PRI, después de 30 años de militancia, a raíz de que éste postulara a José Antonio González Curi, y no a ella, a las elecciones de gobernador de 1997.

“La salida del PRI fue una decisión muy difícil, pero yo no dejé al PRI. Ellos nos habían dejado a nosotros, habían cambiado sus principios. Cuando yo decido votar en contra del IVA (impuesto al valor agregado), motivada por mis hijos, sabía que era el fin de mi carrera.”

Fue la primera vez que un priísta se atrevía a contradecir al Presidente de la República públicamente. Nunca nadie lo había hecho, incluso ahora. Después de tomar la decisión y dirigirse a la sesión, ya sabía que era su muerte política, ese día amaneció envuelta en sudor. Iba a morir.

“No sabía qué acababa de hacer. No sólo era renunciar a mi historia sino también a la de mi padre. Entonces apareció Andrés Manuel López Obrador, me dijeron: ´¿por qué no eres candidata para Campeche por el PRD?´. Esa lucha la ganamos. No me queda ni la menor duda.”

Entonces se unió al Partido de la Revolución Democrática (PRD) que la postuló a la gubernatura como candidata externa para los comicios de 1997. Layda Sansores quedó en segundo lugar superada por el candidato del PRI en 6.8 por ciento de votos

Después de una dura campaña política, basada en el simple apoyo popular, se les fue arrebatado el triunfo por un claro fraude electoral. Fue el primero de su tipo en la historia del país, y el mejor documentado, la existencia del museo del fraude lo comprobó. En él se encontraban documentos, grabaciones, videos y fotografías que prueban las irregularidades del proceso electoral.

Acompañada por varios seguidores emprendió acciones de resistencia civil pacífica a lo largo de todo el estado y durante ocho meses montó un campamento en la Plaza de República de la capital campechana. A pesar del esfuerzo, el triunfo fue declarado oficial para el PRI.

“El fraude fue muy evidente, pero moví los cimientos de la ciudadanía, hubo un gran despertar. Sin convocatoria ni volantes, las personas salían a las calles a la protesta; no ha habido antecedentes de esas luchas masivas en la historia de Campeche, esa fue una gran satisfacción, ver despertar a mi pueblo”.

La senadora describe los días de lucha con una gran sonrisa en la boca; sin embargo, un destello de tristeza se escapa de sus negros ojos. Los recuerdos de esos días, aunque llenos de pasión, culminaron en la pérdida de la soberanía. La tristeza y el dolor se reflejan en su rostro.

“Creo que nunca me quedo con el dolor” --en cuanto pronuncia la frase una risa suave sale de su boca-- “tengo una vocación de ser feliz, siempre me quedo con lo bueno y yo diría que ese fraude fue lo mejor que me ha pasado en la vida, me hizo crecer.

“Organizamos una resistencia civil de ocho meses a la intemperie, pasamos por muchas aventuras que nunca me imaginé vivir. La experiencia de la resistencia civil es sumamente intensa, se formó una ciudad hermanada”.

El día más triste fue cuando concluyó el plantón, cuenta ella, su cara se estremece y las amistades perdidas se hacen presentes. Fueron días de júbilo que terminaron en indignación.

“Las represiones fueron muy duras, pero nadie ni nada nos detuvo. A mi hijo lo golpearon brutalmente, desaparecieron simpatizantes y murieron varios compañeros, pero un momento de triunfo me permitió levantar el ánimo, el descubrimiento del centro de espionaje”.

En uno de los tantos días de lucha llegó a manos de Layda un papel que decía: “hay un centro de espionaje a un par de cuadras”, ella fue escéptica, se convenció a sí misma que era una táctica del enemigo. Sin embargo, su equipo empezó a investigar. A partir de ese momento se sintió observada. Vivía con miedo y sospechando de todo.

Su equipo de trabajo siguió la investigación hasta que lo descubrió. Una casa ubicada en el centro de la ciudad mostraba anomalías en cuanto a sus horarios de servicio y el personal que la frecuentaba. El 3 de marzo de 1998, Layda, sin ningún miedo, irrumpió en dicha vivienda. Su gente la acompañaba y juntos sacaron todas las evidencias.

La operación de espionaje estaba dirigida por el entonces director del Centro de Investigación y Seguridad Nacional (Cisen), Valente Quintana.

“Fue uno de los mayores descubrimientos de ese tipo en el mundo; encontramos las máquinas funcionando, los espías, los cheques pagados, las maletas llenas de dinero. Ese día ni siquiera comimos, estábamos ocupados viendo quién nos recibía a los espías, nadie nos hacía caso, la Procuraduría cerró con candado sus oficinas”.

La evidencia incluía grabaciones de conversaciones entre Layda y sus simpatizantes, fotografías de su rutina diaria y una bitácora exacta de sus estrategias. La vida del movimiento se plasmó en las cintas y la privacidad e intimidad del pueblo campechano se arrebató.

“Es indígnate sentir que no hay privacidad, de repente encuentras videos de hace años, no podía dormir, eran miles y miles de hojas con conversaciones. Muchas familias terminaron divididas por la cantidad de secretos que se descubrieron. Las intimidades de las personas, sus vidas amorosas, todo se supo”.

Lucha poética que triunfó

Después de la derrota electoral, Layda continuó su vida política. Posteriormente se separó del PRD, principalmente por las diferencias de ideales, en 2003 volvió a pelear la gubernatura postulada por el partido Movimiento Ciudadano (ahora Convergencia), pero quedó en tercer lugar, y en 2015 contendió de nuevo por el cargo con el partido Morena, fundado por López Obrador.

“Intentamos una vez más, y posiblemente si hubieran respetado el voto habría ganado, pero Campeche es más difícil. Si en la ciudad no hay democracia allá es un hoyo, es muy fácil robar sin tener señalamientos, no hay quien haga contrapeso, el gobierno se basa en la burocracia, sin embargo, hoy podemos ver a jóvenes que se inscriben en las luchas sociales, son el alba, el mañana”.

“Layda, tú no vas a ser gobernadora, pero pasarás a la historia”, le dijo una vez su padre. Esta profecía determinista se ha visto realizada, al menos hasta ahora. Quizás nunca consiga ese anhelo de poseer el cargo que alguna vez tuvo su padre, pero definitivamente su nombre jamás pasará por alto.

Layda asegura haber disfrutado al máximo todas las etapas de su vida, pero cuando sus ideales son cuestionados, ella no duda en seguir adelante.

“Mis años en el PRI fueron bien vividos, pero en el PRD sentí más libertades, y fue una experiencia muy enriquecedora, ahora creo que vivir en Morena es muy esperanzador, porque es un proyecto muy idealista, donde el líder, López Obrador, no le importa el dinero. Es un hombre extraordinario, cuyos principios inquebrantables y convicción te seducen. En la vieja escuela se acostumbraba comprar votos, tanto en el PRI como el PAN, eso me queda muy claro, pero nuestra filosofía es la de no comprar ni medio voto porque nos regimos por principios”.

Conforme la plática avanza puedo ver la alegría dentro de Layda, sus ojos nunca se apagan, aunque constantemente está acomodándose el cabello, su atención no se desvía, sus ojos negros siguen a los míos y su voz delgada fluye.

Ella estuvo presente en el PRD en los años cuando ese partido representaba una verdadera alternativa, le dio la mano a Cuauhtémoc Cárdenas y su voto a Andrés Manuel. Sin embargo Morena se ha convertido en su nuevo hogar.

“Yo creo que Morena llegará a la Presidencia porque está formado por gente con mucha convicción. No es casualidad que en estas elecciones (de junio de 2015) se haya conseguido un ocho por ciento (nacional), no saben lo que es eso, con Movimiento Ciudadano estábamos sufriendo por alcanzar el mínimo (de 3 por ciento) para (mantener) el registro, peleando por décimas, y aquí tranquilamente conseguimos el ocho por ciento en la primera votación. Andrés Manuel nos decía: ´Les voy a dar unos tenis y un sueño, váyanse a la lucha´, y así nos fuimos. La campaña fue de abrir corazones y despertar conciencias. Fue una lucha poética que triunfó”.

--¿Cuál cree que será el mayor daño que traerán las reformas estructurales del presidente Peña Nieto al país?

--Es brutal, es destruir este país y construir otro donde puedan vivir bien los extranjeros, es quitarle el país a los mexicanos. No tenemos nada que hacer con este sistema neoliberal, ya lo probamos y no funcionó. El endeudamiento que tenemos con Peña Nieto es histórico.

La verdad siempre es subversiva

Horas antes del día de la entrevista con Layda, Presidencia había anunciado que el ganador de la medalla al mérito civil Belisario Domínguez era el empresario Alberto Bailléres. Esto indignó a muchos miembros del Senado, entre ellos a Sansores. Inmediatamente redactó una carta y se la entregó directamente al Presidente (de la República) junto con el libro sobre la investigación de la Casa Blanca: “Con esa casa usted dejó un legado de corrupción y de impunidad, y ojalá que le sirva de reflexión”, le dijo en su cara.

“Nosotros manifestamos desacuerdo porque creo que es un Senado devaluado, y ahora es una medalla devaluada. No es nada en contra del señor Bailléres, él tiene sus méritos como empresario, pero esta medalla fue hecha con otros objetivos, para los hombres de mayores virtudes que han servido a México y a la humanidad a cambio de nada. Con esto nos deja ver Peña Nieto que su visión del país es un México neoliberal donde importan más los que tienen dinero”.

Layda Sansores es un nombre que tiene eco en las paredes de aquel edificio gris, sus intervenciones son siempre causa de polémica. Es fuertemente criticada por su vocabulario, que desvía la atención de sus discursos. Pero ella sabe que dentro del Senado todo es sutil.

Los otros senadores tienen muy claro que los beneficios, los aumentos, los viajes y las oportunidades de ser gobernador están en la meritocracia basada en la sumisión, en la docilidad, en vivir de rodillas. Ella se rebela ante esto.

“En el senado existe una mansedumbre atávica, ha sido siempre así, lo traemos en los genes, los grandes luchadores sociales se convierten en sapos cuando entran en este Congreso, hay como un hechizo. En las sesiones puedes ver cómo se están sobornando a los senadores incluso momentos antes de votar”.

La figura de esta peculiar senadora es muy conocida por los ciudadanos, basta con teclear su nombre en un buscador de Internet para saber la cantidad de seguidores y contrarios que posee. Ella misma dice nunca haber imaginado las diferentes reacciones que tiene la gente al verla. “Las buenas vibras del pueblo se han convertido en un velo protector”, dice.

Cuando se sube a la tribuna todos están atentos a escuchar un nuevo discurso combativo, siempre trata de estar informada pero hay veces que por el tiempo tiene que improvisar, a pesar de eso siempre está muy decidida a decir la verdad de la manera más clara y directa, sin importar las facturas que haya que pagar. Eso le da una gran autoridad moral, si bien no todos la quieren, sí la respetan.

--¿Alguna vez la han callado?

--Si, alguna que otra vez, pero yo siempre exijo mis derechos. Siempre que me critican les digo que vengan a la tribuna, que den la cara, porque yo siempre que vengo aquí, me pongo en riesgo, ellos se esconden en el anonimato. Eso ya no pasa tanto como antes, ahora simplemente me ignoran. Aunque sí molesta mucho a los compañeros priístas porque la verdad siempre es subversiva.

Layda aspira a ser una buena senadora, le enorgullece poder hacer algo por la gente, pero quizás su gran sueño es ver llegar a López Obrador a la Presidencia. Ella confía en que él podrá combatir las reformas estructurales.

Cuando habla de él su pecho se infla, sus hombros se alzan, su mirada brilla y su voz se enaltece.

La insurrecta, como la llama la prensa política, afirma estar viviendo la mejor época de su vida, su mayor orgullo es ser libre y su mayor felicidad son sus hijos y nietos. Todo le apasiona, vive la vida intensamente.

“Vivo cada momento, cada instante. Lo único que lamentaría es que la vida es muy corta, ¡quiero más! Tengo la mejor familia, padres amorosos, hijos que no hay a cuál irle, tengo al amor de mi vida, que después de 30 años no hemos perdido la pasión, todo lo vivo muy fuerte. Me toca vivir momentos del país que son inéditos y disfrutar de los reflectores que permite el Senado”.

--¿Qué la hace reír?

--Yo no tengo un gran sentido del humor pero siempre me estoy riendo, mi padre decía que tengo la sonrisa a “flor de labios”, amanezco feliz y me duermo igual. Siempre tengo un motivo para reír y para tener una sonrisa en la boca. Yo aspiro a la sabiduría, dicen que el vértice de la sabiduría es la bondad, eso es lo que quiero en la vida, y si pudiera pedir algo más, sería trascender, como decía mi padre.

Su mensaje a los jóvenes es simple: “Son el motor del cambio que requiere el país, cuando digo que son el alba es porque son el mañana, el futuro. Como decía Neruda: ´han arrancado todas las flores pero no se podrán llevar la primavera´, los jóvenes son la primavera, son heraldos del amanecer, que con ese espíritu lleno de energía traerán la primavera a la nación”.

Una vez más su voz se alza, la pasión de sus movimientos intimidan. Su pronunciación delicada da énfasis a sus palabras. Su elegante persona se levanta del sillón, me acompaña a la salida, me abraza, me besa, me desea suerte en mi camino y se despide.

Layda Sansores en un personaje polémico dentro de la política nacional, su historia refleja la inestabilidad del sistema, y su convicción la esperanza.








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