lunes, 28 de enero de 2019

AMOR A LA COLONIA

Por: Citlali Joeli Lozano Cano
Ciudad de México (Aunam). El lugar donde alguien nace y crece tiene un lugar único en el corazón. Se conoce cada uno de los rincones de esa colonia y su gente. Muchas personas por circunstancias de la vida emigran de su lugar de nacimiento, pocas son las que deciden permanecer en la misma localidad. Ese es el caso de Rosa Rosales Hernández que ha permanecido sus 65 años de vida en su amada colonia.



La señora nació en el número 158 de la Colonia Aviación Civil de la Delegación Venustiano Carranza, en el año de 1954. Fue la quinta de once hijos que procreó el matrimonio Rosales Hernández. “Yo aquí me muero”, menciona.

“Aquí nací, aquí crecí. No existe otro lugar que me guste más y que conozca mejor”. Y es que literalmente la “Señora Rosa”, como todos la conocen, nació en la colonia, pues su madre, Ángela Hernández, no se trasladó a ningún hospital de alguna otra colonia, con la ayuda de una partera, nació en su casa.

La infancia de la Señora Rosa tuvo muchas carencias económicas, “mi madre y padre también eran de aquí, éramos bastante pobres, nuestra casa era de laminas y hasta hacíamos relevo de zapatos con mis hermanos para poder ir a la escuela, no importaba si eras niña o niño o si te quedaban grandes. Pero no importaba, porque yo era feliz jugando en las calles de aquí”.

A partir del crecimiento de Rosa Rosales se puede retratar el desarrollo que tuvo la colonia Aviación Civil que no es tan distante a la forma en la que muchas colonias del Valle de México, se desarrollaron. Esta colonia alberga la popular estación del metro Pantitlán, la única parada en la que cuatro líneas del metro convergen.

La colonia Aviación Civil es una localidad que se encuentra en la periferia de la Ciudad de México, ubicación que perjudicaba el acceso a servicios públicos para la población, al menos durante toda la niñez y juventud de la señora Rosa. “Todas las casas eran como la mía, no había pavimento, ni agua, venía una pipa a dejarnos cada semana a pesar de ser colonia del entonces Distrito”.

“Había poca luz pues se jalaba desde la Zaragoza y pues las casas de hasta el fondo, como la mía, no tenían luz. Ni si quiera pude estudiar aquí la primaria, porque a penas la andaban construyendo. Era una colonia ‘de y para pobres’, pero la gente tenía algo -menciona la entrevistada con una sonrisa sencilla en la boca- era compartida y buena. Pues sabía que todos andábamos igual”.

Durante la entrevista, la señora Rosa recordó que debía de ir a recoger un mandado. Decidí acompañarla, así una parte de la charla podía llevarse a cabo caminando por las calles de su Colonia. “Ya está muy cambiado aquí, pero sigue teniendo su esencia, ¿me entiendes?”.

Seguimos caminando, cuando de pronto se paró en una esquina, “ahí era mi casa ahora es casa de mis sobrinos”, mencionó mientras señalaba al número 158, hizo una pausa tratando de contener el llanto, pero dos lágrimas traicioneras escaparon por sus mejillas: “perdón, es que hace poco era la casa de mi hermano Ruperto y ahora de sus hijos, ahí crecimos todos, viví un tiempo con mis hijos también, (…) en una palabra esa casa significa mi familia”.

Durante el transcurso, la señora Rosa recordaba varias de las aventuras que tuvo cuando era niña: “me caí ahí”, “jugábamos allá”, “Mi hermana pasaba por ahí”; señalaba algunos locales, “esa tienda esta desde que yo estaba joven mi mamá compraba ahí veladoras para que pudiéramos hacer tarea”. Dentro de sus cortas historias la que más resalta es la de como conoció a su esposo.

“Mario me pretendió muchos años, pero por una u otra razón le terminaba diciendo que me dejara en paz. Siempre que me enojaba con él se sentaba afuera de esa tienda junto con su amigo y esperaba hasta que yo pasara para decir cosas en voz alta como: ‘hay una chica mano que esta hermosa con su cabello negro largo y su (…)’ y describía lo que traía puesto. Así me encontentaba y después nos casamos”.

Llegamos al mercado y la descripción de la colonia continuó: “mucho tiempo aquí sólo había puestos de lonas que eran fijos, pero de lona, la gente venía a comprar aquí y como éramos muchos vecinos nos llegaban a fiar. Después, con el presidente que inauguró muchos mercados se empezó a construir el de aquí, pero eso fue mucho tiempo después”.

La Señora Rosa considera que la obra más importante que se ha hecho en la Colonia es la de del metro de la Ciudad de México. Esta construcción se hizo en dos partes; la primera fue la estación Zaragoza y la segunda fue la construcción de la estación Pantitlán, además de su famoso paradero. “La construcción del metro ayudo a las familias de aquí, muchos se fueron a trabajar al metro otros pusieron puestos afuera de las estaciones y así”.

La entrevistada, además, señala que la construcción del Aeropuerto de la Ciudad de México también fue un incentivo a la economía de la Colonia: “muchos también trabajaron allá, por ejemplo, de taxistas además la colonia ya estaba muy conectada, el valor de las casas crece con eso. La Civil estaba floreciendo la verdad, pero eso no significaba que no hubiera pobres aún”.

La Señora Rosa conoce varias partes de la colonia porque debido a los escasos recursos económicos que tenía ella y su esposo se mudaban constantemente de casa buscando la que fuera más accesible. “Así me hice de varios conocidos y amigos por todos lados de la colonia. Pero siempre mi mejor amiga fue Tere, desde niñas estamos juntas, éramos y somo vecinas”.

La Señora Rosa vivió un tiempo por el metro Guelatao, pues su esposo logró conseguir un departamento propio: “pero no me gustó, estuve muy poco no me sentía a gusto ahí no conocía a nadie y era muy peligroso. Aquí está tranquilo ya sé dónde venden las mejores cosas, ya sé el horario de todo”, dijo entre risas.

La mayoría de la familia de la Señora Rosa se mudó a San Luis Potosí en el año de 1982, pero ella decidió quedarse en su colonia. “Si los extrañaba bastante a todos y desde que se fueron era más difícil vernos. Los visitaba cuando podía. Pero también amó aquí además mi esposo tenía ya una plaza en el INBA entonces las condiciones, gracias a Dios, hicieron que me quedara aquí”.

Este año la Señora Rosa perdió varios familiares, entre ellos su esposo. Así que caminar por las calles de su amada colonia ya no sólo la remite a que es su lugar favorito para vivir, también a recuerdos de su infancia, de su juventud, de su esposo. “Yo quiero morir aquí, esta colonia me vio crecer a mí, a mis hermanos, a mi esposo y hasta mis hijos”.

“Siempre le digo de broma, o no, a mis hijos que cuando me muera me quemen y una mitad de mis cenizas las esparcen en la colonia -lo menciona mientras se ríe- y la otra las guarden. Así cuando se sientan tristes salgan a caminar a mi colonia y hablen así será como si yo los estuviera escuchando”. La Señora Rosa, por la nostalgia de tantos recuerdos en su colonia, limpia algunas lágrimas de su rostro.







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