jueves, 5 de julio de 2018

SILENCIO INQUIETANTE

Por: Montserrat Soriano García
Ciudad de México (Aunam). Frente a la funeraria De Jesús se encuentra el Hospital Pediátrico Moctezuma resguardado por un “improvisado” campamento que ha existido por años. Casas de campaña cubiertas con lonas empolvadas, hules adheridos con pinzas para ropa o con cinta canela, cobijas e incluso chamarras sirven de resguardo a los familiares que deben esperar para saber del estado de salud de los niños con alguna urgencia médica.


La gente espera en bancas, aunque estén sentados unos muy cerca de otros: nadie platica, nadie comenta nada. Todos los que están ahí saben, pueden dimensionar por lo que los demás están pasando. Se trata de una especie de contrato donde se establece que no es un lugar para platicar, sino de guardar silencio como muestra de respeto hacia aquellos que sufren ante la incertidumbre.

El Hospital Pediátrico de Moctezuma en el año 2017 otorgó 12 mil 902 consultas de pediatría y se atendieron 18 mil 233 urgencias, de acuerdo a cifras expresados por el doctor Francisco Ayala Ayala, director general del Pediátrico de Moctezuma.

Como el único hospital que atiende a niños con cáncer y acreditado ante el Seguro Popular, esta instancia se convierte en uno de los hospitales que tienen la sobrevida más importante de niños con cáncer a nivel nacional. Los pacientes con cáncer que se atienden ahí son referidos de todos los Centros de Salud de la Ciudad de México, sin embargo la mayoría de los pacientes son de otros estados de la República, principalmente del Estado de México.

Aunque enfrente del hospital pasen coches que generan el ruido habitual de la ciudad, estar en este pasillo del campamento implica un inquietante e incómodo silencio. Las personas de este sitio tienen el semblante caído, la mirada perdida, ojos llorosos, brazos cruzados, tienen las piernas inquietas en señal de ansiedad. Unos atienden su celular, otros hacen sopas de letras para amenizar el momento, una señora teje lo que parece ser un pequeño suéter mientras espera en las bancas.

Cuando es la hora de la comida, la gente come sopa maruchan, chicharrones con salsa, o algún guisado en platos desechables de unicel. Incluso, calientan tortillas al comal en lo que parece ser una pequeña cocina comunitaria adaptada en plena calle, hay algunos garrafones con despachador, hay cubetas, cazuelas, mantas apiladas, colchonetas recargadas tanto en un árbol como en una caseta telefónica descuidada, sillas de madera incompletas del respaldo, bancos de plástico y bolsas negras llenas de basura.

Todo esto de las tiendas de campaña, las bancas, la cocina comunitaria o cuando menos no-comercial se conjuntan en un pasillo que es en realidad la banqueta, por esto mismo sólo queda un pequeño tramo de aproximadamente un metro para el paso de los peatones. Si esto se ve desde el otro lado de la calle, pareciera un muro improvisado hecho de hules y lonas que inician desde la banqueta.

También hay un par de altares con imágenes religiosas del catolicismo: el niño Dios, la figura de Cristo, la Virgen de Guadalupe acompañados por un par de globos, cochecitos de juguete, veladoras encendidas y flores marchitándose que generan un ambiente de tristeza.

Repentinamente, una enfermera sale de la puerta que se encuentra debajo del letrero que dice URGENCIAS a la vez que menciona el nombre de un niño, por lo cual todos dejan de hacer lo que estaban haciendo, se acerca un joven de camisa negra que lleva rato caminando de un lugar a otro con los brazos cruzados y entra finalmente al hospital sin saber a qué se enfrentará.





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