sábado, 14 de julio de 2018

POR Y PARA LA EDUCACIÓN: LA LUCHA POR ESTUDIAR Y ENSEÑAR DE HELIA PASTRANA

Por Norma Sibaja Pérez
Ciudad de México (Aunam). Helia Pastrana tenía once años cuando decidió que quería ser “alguien en la vida”. Era pequeña, vestía a veces con calcetines y en otras ocasiones no, jugaba con un tronco de madera en vez de hacerlo con muñecas, era curiosa con lo que había a su alrededor, pero sobre todo moría por conocer qué más había en el mundo.


Desde muy chica le gustaba salir de su casa, para averiguar qué otras cosas podría encontrar en la calle, motivo por el cual sus hermanos la llamaron “Juana la parrandera”, lo que hacía alusión al nombre de su prima Juanita quien era castigada para que no saliera de casa.

Su personalidad era la de una altruista, razón por la cual resolvió que quería ser doctora. Sin embargo, en Yecapixtla, pueblo del estado de Morelos, las niñas al terminar la primaria preferían dejar de estudiar, “juntarse” con otro muchacho, tener un hijo, y adaptarse a las labores de un ama de casa: preparar tortillas, cuidar a los niños, lavar ropa en la barranca y atender al chico con el que se casaban.

Determinó que para alcanzar su sueño tenía que estudiar y, en ese entonces, pensaba que el pueblo en donde vivía era el único que la frenaría para cumplirlo. Por lo tanto, intentó convencer a su padre, Roberto Pastrana, maestro rural que formaba grupos de jóvenes y adultos para darles clases en la escuela, de que quería irse a vivir a la Ciudad de México para poder continuar con sus estudios.

Al principio se mostró renuente e intentó persuadirla de que se quedara ahí, al prometerle que le pondría una tienda para que ella la despachara. No obstante, los intentos fueron en vano y su papá cedió ante la tenacidad del deseo de su hija: le conseguiría una beca, a través de una carta escrita hacia un amigo con gran influencia, para estudiar en un internado en la capital.

Helia Pastrana, una niña de pueblo en una ciudad muy grande, mostró su constancia al presentarse todos los días en las oficinas de la Secretaría de Educación Pública durante cuatro meses para que un funcionario le tramitara su beca pese a que, al ser pequeña, no era tomada en cuenta por el recepcionista.

Además, mostró valentía y determinación al enfrentarse con el funcionario, ya que consiguió que le concediera la beca a pesar de que las fechas de recepción de solicitudes ya habían pasado:

“Siendo yo una escuincla y de pueblo, conseguí que me metiera a uno de los internados más caros para estudiar la secundaria: al Laura Tempor y a la escuela de a lado Hija de Juárez. Él me dijo que me podría meter a cualquier lugar que yo quisiese, ¿y por qué no podía ingresar a una privada?”.

Ahora, ya no es una niña, tiene 87 años, pero recuerda todo con lucidez. Aún conserva el cabello rizado de antes, sólo que en vez de ser castaño oscuro es plateado. Mientras contó este pasaje de su vida, se reía y su rostro reflejaba, las miles de otras veces en las que había sonreído a lo largo de su vida.

Al contar sus aventuras y vivencias, sus hijas se acurrucaron a lado de ella en la cama y le ayudaban a complementar algunos datos como el nombre de las calles o de personas.

La vida en los internados:

Helia Pastrana fue denominada “La precursora”, pues fue la primera de las niñas de Yecapixtla que se fue del pueblo para continuar sus estudios, para ser maestra, contrario a lo que otras jóvenes hacían: irse con un muchacho y quedarse embarazadas. Precisó que piensa que casi todo el pueblo estaba a la expectativa de que cuando ella regresara lo haría con un niño.

La mayoría de las personas que se dedicaban a la docencia lo hacían con los conocimientos que obtenían en el pueblo. Eran maestros rurales. De este modo, con la decisión que ella tomó, dio pie a que otras jóvenes llegaran a la capital a estudiar al internado en donde ella estudió, entre ellas sus hermanas Alicia y Aurora.

“Pasado el tiempo yo creo que ya era demasiado para mí, porque después de haber entrado me quería regresar” admitió, “le escribí una carta a mi papá y como el colegio era dirigido por inglesas, le mentí al decirle que ya no quería estar ahí, porque todos hablaban inglés”.

Mencionó que eran muy estrictos y que, en un principio, le fue difícil adaptarse a las reglas. Por ejemplo, cada piso estaba destinado para niñas de determinados grados, las jóvenes no podían estar en un área a la que no pertenecieran; había horarios en el que ya no podía estar despiertas, ni tener alguna luz prendida, tampoco podían dormir con ropa interior, porque consideraban que era antihigiénico.

Sin embargo, admitió que a largo plazo hubo reglas morales, que considera que le resultaron importantes en su vida, por ejemplo, el saber cómo comportarse con los hombres; cuestión que aprendió, debido a que en frente de su internado había un colegio de niños, y que una de las reglas era no coquetearles ni hablarles, de lo contrario, la niña que fuera sorprendida haciéndolo sería expulsada.

Señaló que ese no fue al único obstáculo al que se tuvo que enfrentar, pues el primer año reprobó matemáticas. Reconoció que el no haber alcanzado el promedio suficiente no era el problema, sino que eso implicaba que perdería la beca.

Hasta la fecha admitió desconocer la razón por la cual el profesor la aprobó, sin embargo, señaló que el siguiente año empezó a memorizarse las fórmulas y ejercicios matemáticos por lo que su promedio aumentó: “Y así pasé la secundaria. No sé algebra, no sé trigonometría, pero yo saqué buenas calificaciones”.

La maestra Helia Pastrana recordó que en tercero de secundaria la directora, “Miss Thomas”, reunió a las estudiantes de último año para preguntarles qué era lo que querían estudiar. Sin dudarlo, pues fue la motivación para salir de Yecapixtla y llegar a la capital, manifestó que ella seguía queriendo estudiar medicina. No obstante, la maestra la desalentó.

“‘Tú nunca podrás ser doctora’, me dijo ‘Porque tú no tienes bases económicas para poder aspirar a estudiar eso. Puedes ser maestra, ejercer esa profesión y quizás estudiar otra carrera. Pero de doctora no’”. Al ser una adolescente e intentar razonar el comentario de su profesora, no le encontró sentido.

Sin embargo, tiempo después se dio cuenta de que si era maestra podría estudiar otra carrera y ganar dinero al mismo tiempo, algo que le resultaría imposible si estudiaba medicina.

Se detuvo un momento para continuar la historia. Era de noche y ya estaba bajando la temperatura, por lo que agarró su cobija rosa para taparse un poco. Sus hijas bajaron a la cocina para preparar un chocolate caliente, nos quedamos solas. Me miró hacia los ojos y me dijo: “Cómo me caía requetemal esa maestra”.

Al iniciar la prepa consiguió otra beca para estudiar en un internado en Puebla. Debido a que en la Ciudad de México no la gestionó y tampoco sabía cómo hacerlo, no la tramitó de manera correcta en aquel estado por lo que debió una gran cantidad de dinero al colegio privado.

La madre de familia, Helia Pastrana, señaló que estaba muy apenada por deber dinero y que a los dieciocho años pensó que era mejor opción dedicarse a ser maestra para poder pagar la deuda.

Por lo que en una ocasión en la que se enfermó de amibiasis, aprovechó para pedirle permiso a las directoras del internado para ir a la capital, para que pudiera seguir su tratamiento con su tío que era doctor, y cuando llegó ahí puso otro pretexto de que tenía que gestionar la beca para el colegio.


Lo que en realidad hizo fue continuar con sus estudios en la Normal, revalidar algunas materias y reponer un año de los estudios para ser maestra. Aseveró que debido a la religión que tenía el internado —metodista — los profesores en la Ciudad de México no quisieron validarle una materia, por lo que se prolongó el periodo de estudios y comenzó a trabajar de maestra a los veinte años.

Una nueva forma para alcanzar sus sueños

Ya había pasado una hora desde que empezó la entrevista y Helia Pastrana no parecía haberse cansado de estar tanto tiempo sentada en la cama. Ella tuvo una operación de cadera hace un año y medio, por lo que estar en la misma posición podía resultarle incómodo, pero siguió con su relato de manera tranquila y con mucho entusiasmo.

Tenía veintidós años cuando puso una casa de huéspedes, con el fin de juntar dinero para estudiar medicina. La idea surgió porque, ella vivió en la colonia San Rafael y vio cómo la dueña cambió su estilo de vida, en cuanto a cómo se vestía y qué comía, al iniciar su negocio.

Mencionó que era un proceso más fácil que ahora, puesto que sólo tuvo que pedir un préstamo sobre su casa, ubicar mediante el periódico alguna que pudiera rentar, conseguir un fiador, pagar la renta, y luego contratar a una cocinera y a una recamarera.

Así, puso una casa en la calle Sullivan, cerca del Monumento a la madre: era una vivienda con ocho habitaciones, con muebles muy finos, un comedor y un garaje muy grande. La otra la puso en Santa María La Ribera. El Instituto Politécnico Nacional (IPN) hizo un convenio con ella para hospedar a sus estudiantes.

Sin embargo, el plan que ella tuvo en un inicio no funcionó puesto que ni sus padres ni su hermano pudieron hacerse cargo de la casa para que ella siguiera estudiando; además de que tenía que atender a sus hermanas, quienes vivían en esa casa y buscaban desprestigiarla delante de los demás huéspedes al mencionar que Helia Pastrana no era dueña del lugar.

Esas razones fueron suficientes para que ella abandonara el negocio: “Iba a envejecer intentando sacar adelante a mi familia sin recibir una compensación de ningún tipo de su parte”.

La relevación de la nueva vocación: De doctora a maestra

La maestra ya ejercía su profesión en el ámbito de la docencia. Sin embargo, continuó estudiando en la Escuela Nacional Preparatoria número cuatro de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), pues conservaba el sueño de ser doctora, ilusión que después desaparecería.

Recordó, mirando absortamente la pared de su cuarto, como si se transportara hacia aquella época, que cuando era chica y su papá le preguntaba qué quería ser de grande ella respondía múltiples oficios y carreras: torera, aviadora o doctora.

Sin embargo, la razón por la cual ella siempre había querido estudiar medicina es porque siempre se le hizo interesante poder salvar de la muerte a las personas y conocer el cuerpo humano.

“Vi que no iba a poder hacerlo porque para cuando me metí a la preparatoria, yo ya estaba pagando la casa en la que iba a vivir. Tenía que trabajar en la mañana y en la tarde con interinato, entonces ¿a qué hora iba a la escuela? Y si no trabajaba yo ahí ¿con qué vivía si me quitaban todo el dinero de la casa? Entonces estaba atrapada, no podía estudiar medicina. Ahí me di cuenta que lo que dijo la profesora del internado era correcto”, expresó.

Después de eso, estudió psicología en la UNAM, porque pensaba que era lo más parecido a esa carrera. No obstante, conoció al que sería su futuro esposo, Arsenio Sibaja, y aunque le faltaba un año y medio, no terminó la carrera.

Una de las experiencias en las que Helia Pastrana se dio cuenta de por qué le gustaba ser maestra fue en la colonia Escuadrón 201. Mientras contaba la historia hablaba con elocuencia, y alzó la voz para que la escucháramos con atención. Mencionó que esa zona era de paracaidistas y sus techos eran de cartón y aluminio, por lo que no era raro que la mayoría de los padres fueran adictos al alcohol o a las drogas.

“Me pude haber ido a dar clases a la San Rafael o a la Santa María, pero no. Esos niños necesitaban ayuda. La mayoría de los maestros eran déspotas. Yo iba hasta las casas de los niños, para ver por qué tenían dificultades en aprender. Así me nació la vocación: quería levantar a esa niñez”.

Reflexionó que ella no hubiera cambiado el haberse dedicado a la enseñanza por haber estudiado medicina, y de eso se dio cuenta tiempo después. Mencionó que los maestros tienen la oportunidad de ayudar mucho a los niños, por lo que los años en los que estudio psicología fueron útiles para apoyarlos cuando veía que tenían dificultades en la escuela, pues siempre estaban relacionadas con problemas con sus compañeros o en casa.

La profesora compartía la idea de que debía de haber disciplina entre los niños, no obstante, pensaba que los directores no podían ser tan estrictos, puesto que había circunstancias ajenas a los ellos que provocaban que llegaran tarde o que luego no hicieran tareas.

Ella nunca dejaba a sus alumnos fuera del salón si llegaban tarde, afirmó esa costumbre pues pensaba que no permitir a los estudiantes entrar a clase cuando llegaran tarde, era un acto de incomprensión ante ellos. También recordó un caso en el que un señor de una colonia aledaña se robó a una niña de la escuela y la violó.

“Yo no arriesgaría a los niños por una cosa como esas ¿Dónde está la norma para que sean corregidos y sean una persona puntual? Esas clases se las doy diario y eso no quiere decir que por alguna circunstancia el niño llegue tarde y le pase eso”, precisó. Después de terminar de contar esa historia sacudió la cabeza y suspiró, no estaba contenta con las medidas drásticas de disciplina que tomaban las escuelas.

La docente no les enseñaba a sus estudiantes a cantar el himno nacional, pues sabía que ese estaba incluido en los libros de texto, no les pedía en el día de la madre, que hicieran manualidades; sin embargo, ellos se comportaban con mucho respeto todos los lunes en las asambleas, y les daba clases artísticas—les enseñaba a cantar, bailar, coser o declamar poemas.

Lo anterior dio pie a una actividad que propuso ella denominada “viernes social” que consistía, en que ese día los niños de todos los grupos tocaran el piano, guitarra o diversos instrumentos, declamaran poemas, entre otros. Tan aclamado fue el programa por el jefe de sector que ascendieron a la directora a inspectora.

Al finalizar la entrevista, sonrió, me agradeció por hacerla recordar momentos que marcaron su vida y agregó: “No erré al ser maestra porque cuando enseñas trabajas con el material más precioso: los niños”.





Bookmark and Share

0 comentarios: