miércoles, 27 de septiembre de 2017

LOS SIETE AÑOS QUE NECESITARÁ ALPANOCAN

Texto y fotografías por Emilia López Pérez

San Antonio Alpanocan, Puebla (Aunam). Desde la Escuela Nacional de Antropología e Historia (ENAH), en la Ciudad de México, el profesor y antropólogo Víctor Valdovinos condujo una camioneta rumbo a San Antonio Alpanocan, en el municipio de Tochimilco del estado de Puebla, con la finalidad de recoger a jóvenes brigadistas que se encontraban en la zona.


También viajábamos Ana Luisa Méndez y yo, porque pensábamos que allí podría estar Franco Juárez. Él es primo de Ana Luisa y durante el miércoles 20 y el jueves 21 de septiembre había estado en distintos puntos de la Ciudad de México. El viernes 22 había avisado a su madre que estaría en Tetela del Volcán. Sin embargo, la brigada con la que partió regresó a la capital del país desde el sábado sin él porque, según informó un miembro de la brigada, Franco decidió quedarse a ayudar en Alpanocan.

En dicho poblado ocurrieron un par de accidentes en donde fallecieron dos jóvenes brigadistas. Los primeros reportes a través de redes sociales no eran claros sobre hechos y nombres. La ENAH, que lleva un registro de cada camioneta que sale (con datos, fechas y nombres de los tripulantes), no tenía señales de Franco. Oficialmente no estuvo enlistado ahí. Después supimos que los fallecidos fueron Mario Flores y Gustavo Adolfo Oviedo Rosas, dos brigadistas voluntarios que acudieron a ayudar a los damnificados.


Alpanocan se encuentra después de Tetela del Volcán, en los límites de Morelos y Puebla. En las pocas noticias publicadas sobre el lugar decían que el 90 por ciento del pueblo estaba destruido. Dentro de lo positivo fue que no hubo bajas humanas debido al sismo de 7.1 del 19 de septiembre.

En el pueblo, la mayoría de las casas son de adobe y las calles no están pavimentadas. Ese lunes, a las cinco de la tarde, la avenida principal estaba llena de gente. Los jóvenes caminaban de un lado a otro y atendían distintas necesidades de los habitantes. “¡Comida, chicos, comida! Un vasito de agua. ¡Vengan a comer!”, gritaba un hombre mientras unas mujeres repartían platos con distintos guisos que bajaban de la parte de atrás de una camioneta.

Alejandro, un chico de la ENAH que me guió hacia la biblioteca del pueblo donde se estaban registrando los brigadistas que llegaban, me dijo que en los días que llevaba ahí nunca le faltó de comer. Los pobladores son muy atentos con los voluntarios.

Interior de la biblioteca del pueblo

Para subir hacia la biblioteca, cerca de la primaria Ignacio Zaragoza (la única de la zona), había que tomar una calle que tenía de lado a lado una cinta amarilla con la palabra “precaución” que todos ignoraban, aunque en la esquina tres policías estaban vigilando.

Lo primero que los ojos alcanzan a ver desde el hogar de libros, un poco porque es alta, pero sobre todo por las condiciones en las que se encuentra, es la capilla de San Antonio. Parece no tener remedio.

Del otro lado de la calle está la primaria y uno de los dos centros de acopio que se han instalado en el lugar. Tras preguntar a algunos brigadistas, un joven llamado Eduardo reconoce haber visto a Franco: estaba con un grupo en la colonia El Progreso, reparando una grieta.

Mientras tanto, fuera de la capilla herida, algunos fieles improvisaron una carpa para poder realizar sus rezos. Todos son muy devotos de San Antonio.

La capilla de San Antonio antes y después del sismo del 19 de septiembre
Óscar Valdez, uno de los pobladores, dice que su santo sí hace milagros. Los más viejos del pueblo están muy tristes por las fracturas y el posible colapso de su capilla, por lo que algunos vecinos realizan ya una colecta para salvarla.

Tulio Gallardo, otro habitante de la localidad, contó al profesor Víctor Valdovinos que la escuela primaria Ignacio Zaragoza existe desde los años ochenta, y que el domingo 17 de septiembre pusieron un timbre para que funcionara como alarma sísmica: “Lo pusimos, creo que era como... como que presentíamos que venía esto. Ese timbre le permitió a los niños salir a tiempo”.

Debido a las condiciones en las que se encuentra el plantel, el regreso a clases no es posible. A pesar de ser beneficiaria del programa “Escuelas al Cien”, la escuela sólo recibió un trabajo de impermeabilización. “El presupuesto se usó para el revocado, lo que impermeabilizaron, y para pintar. También para la cancha, pero pusieron demasiado ‘pobre’ el cemento y cuando lo entregaron, como ocho días después, empezó a botarse”, comentó Gallardo.

Daños en la primaria Ignacio Zaragoza
La biblioteca pública Emiliano Zapata funciona como registro para los brigadistas y almacén para las herramientas. A decir de Tulio Gallardo y Oscar Valdez, y según lo que han hablado con algunos brigadistas, la reconstrucción del pueblo tardará entre cinco y siete años. También consideran que actualmente han llegado muchos víveres, ropa y medicamentos que, por el momento, son suficientes.

Ya hay luz en el poblado, pero el agua para uso diario está muy contaminada. Los pobladores temen que el color amarillento de este líquido sea azufre. “Seria bueno tener baño en estas zonas donde andan los voluntarios, que andan aquí trabajando mucho”, señaló Valdez.

Basta caminar un poco para darse cuenta de la gratitud de los lugareños. Fuera de las viviendas hay pancartas que agradecen el apoyo, el esfuerzo; señoras que preparan el almuerzo y la cena; caras que sonríen aliviadas a las jóvenes que ayudan en el centro de acopio o que cargan con sus palas los escombros, a los muchachos que apuntalan sus hogares, a los que llegan a dejar más víveres.

En Alpanocan nadie está solo, pero hacen falta manos dispuestas para el futuro inmediato. Aún hay trabajo por hacer.


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