miércoles, 12 de abril de 2017

AL OTRO LADO DEL MURO: PORQUE AQUÍ LOS MIGRANTES TAMBIÉN SUFREN

Por Diego Caso
Ciudad de México (Aunam). La frontera sur de México es tierra de nadie. A diario las personas cruzan el río Suchiate en balsas improvisadas. Algunos lo hacen para vender sus productos –frutas, ropa– de este lado de la frontera, pero otros se internan en territorio mexicano para huir de la violencia que los aqueja en sus países de origen o para, simplemente, buscar vivir mejor.


Es mayo de 2014. La cámara sigue a dos niños, que van correteando a un pollito por el patio de su casa. “¿Estás triste por qué se murió tu mamá?” le pregunta de forma inocente Yamilet al polluelo. En otro cuarto su hermana Rocío discute con Alejandro, el mayor de la familia. “Mientras tú supuestamente vas a buscar trabajo, al menos sales Alejandro y te distraes. Yo me la tengo que pasármela encerrada aquí”, reclama con el seño fruncido. “Sólo salga mami ojalá te vayas, para que así me dejes de estar mandando”.

Pero la realidad es que ambos desconocen cuándo será eso. Su madre Rocío, que cruzó a México desde Honduras para darles una mejor calidad de vida, se encuentra recluida injustamente en el Cereso No. 5 de San Cristóbal de las Casas sin saber cuándo será liberada o, en el peor de los casos, sentenciada.

Este es el inicio de Al otro lado del muro, del director catalán Pau Ortiz y que forma parte de la 12ª del festival de documentales Ambulante. Con su cámara, Ortiz acompañó a esta familia en el duro proceso de aprender a seguir adelante sin la presencia de la jefa de familia.

Convertirse en mamá y papá de la noche a la mañana

Rocío mamá recibe una sentencia de 10 años en prisión. De un día para otro sus hijos mayores, que aún transitan por la ya complicada adolescencia, se convierten en jefes de familia que deberán empezar a ver por el bienestar de los suyos.

En entrevista para AUNAM, protagonistas y director compartieron las experiencias y las enseñanzas que vivieron durante el rodaje de este documental.

Sobre el asumir a tan corta edad el rol de madre para sus hermanitos, Rocío comentó lo arduo que fue vivir ese proceso de forma tan repentina.

“La verdad fue muy duro y muy difícil en el momento. (Hubo) un tiempo en el que yo me sentía, ya no como una hermana, sino como una esclava hacia mis hermanos de que pues si les pasaba algo iba sobre mí”.

Preparar la comida, lavar los platos, limpiar los cuartos, jugar con sus hermanitos pasaron a ser el pan de cada día para Rocío durante el tiempo que su mamá no estuvo con ellos, situación que en algunos momentos llegaba a presionarla demasiado.

“En mi caso me destrozaba no tener mi niñez, pubertad y adolescencia en ese momento porque cuando mi mamá cae presa estoy casi todavía puberta. Mi mamá cae presa justo una semana antes de que yo cumpliera 12 años, entonces el mundo se me bloqueó completamente”.

El panorama para Alejandro tampoco fue muy alentador. El mayor de la familia dejó sus estudios de informática y empezó a buscar trabajo, tarea que se le complicó mucho pues no tenía sus papeles migratorios en orden. Empero, no estuvieron solos.

“Siempre hubieran personas que gestionaron, que siempre (nos) apoyaban y que no le tenían miedo a lo que no conocían de mí y nos dieron esa oportunidad. A pesar de las dificultades que tuvimos en el proceso, siempre trataba de mantener algo positivo, de pensar que iba a haber un momento en el que íbamos a salir adelante y que a pesar de la situación económica que vivíamos, (debíamos) agradecer día con día que teníamos tan siquiera el alimento de la mesa”.

Defender a los que no pueden hacerlo


Algunas de las personas que ayudaron a la familia de Rocío y Alejandro pertenecen a la Colectiva Cereza de Chiapas. En su página de Facebook, está organización menciona que su objetivo es brindar el acompañamiento legal y psicosocial a mujeres en situación de cárcel y de su salida, en especial a las mujeres indígenas.

La historia de Al otro lado del muro no hubiera encontrado su camino hacia el celuloide de no ser por el trabajo de este grupo, ya que fue Colectiva Cereza la que puso a Pau Ortiz en contacto con la historia de Rocío y Alejandro.

“Yo andaba buscando […] un proyecto con personas que pudieran lidiar con una situación difícil y encontré a la Colectiva Cereza, que me puso en contacto con varias mujeres que estaban dentro y fuera de la cárcel. Empezamos a grabar una película más grande, pero luego vimos que esta familia tenía un carisma y una fuerza especial y decidimos centrarnos solamente en una película de ellos”.

El dejar entrar una cámara a casa y pretender que no está filmando ahí son ideas que en el papel suenan complicadas. Lograr que las personas actúen con total naturalidad puede llevarse un tiempo. En el caso de Al otro lado del muro, Ortiz inició este proceso de familiarización con las entrevistas que fue haciéndole a los hermanos protagonistas.

“Entre las entrevistas y el empezar a grabar el documental pasó un tiempo. Nos conocimos un poco más, y también hicimos unas pruebas en mi casa, para ver cómo reaccionaban delante de la cámara y desde el principio ya funcionaba; de lo que tenemos, muchas de las cosas grabadas del inicio del documental son del segundo día de grabación”.

La cámara de Pau Ortiz, que termina por convertirse en una persona más para Rocío y su familia, representó para Alejandro la posibilidad de luchar por una justicia que parecía cada vez más esquiva a la situación de su madre.

“Como hermano mayor, al saber que mi mamá está en la cárcel y que tengo la oportunidad de expresar lo que estamos viviendo, no para nuestro beneficio, sino para el de mi madre dije ‘pues esto es lo que necesitamos, dar a conocer la noticia, cómo es nuestra parte de la historia, no como la pintan’. En lugar de ver una cámara y un director, yo veía la oportunidad de expresar nuestra historia”.

“La justicia, a veces, no va para todos”


Han pasado ya 4 años desde el inicio de Al otro lado del muro. En ese tiempo, la cámara de Pau Ortiz ha tenido la chance de enmarcar importantes momentos de la vida de esta familia: la llamada de Rocío madre a su hija para decirle que la acaban de sentenciar, el nacimiento del hijo de Alejandro, la fiesta del pueblo a la que Rocío hija va sin avisar a su hermano, los consejos de Rocío madre para disuadir a su hijo de irse a Estados Unidos y el día en que la matriarca de la familia por fin abandona la prisión.

Rocío fue liberada en septiembre de 2015, por falta de pruebas que sustentaran la injusta acusación hecha en su contra. Pasó 2 años y 4 meses alejada de los suyos, tiempo durante el cual también perdió su casa y su negocio –un comedor económico–. A pesar de todo esto, no dejó que las circunstancias la vencieran.

“Siempre me autoalimenté, siempre me decía que debía de tener mi autoestima siempre arriba, y […] ese era mi pensar día y noche. Cada vez que se cerraban esas celdas decía ‘yo soy fuerte, yo puedo” y eso mismo era lo que les inyectaba a ellos dos”.

Rocío y sus hijos vieron por primera vez el corte final del documental en la presentación que se hizo en el Senado de la República. Ver reflejados en la pantalla los problemas, las discusiones y los momentos tensos que sus hijos vivieron durante su ausencia conmovió a Rocío.

“Sí me hizo llorar, porque a pesar de que yo viví en carne propia todo, no lo estaba viendo en vivo. Yo sabía que (mis hijos) estaban sufriendo, pero no lo veía”.

A Rocío le sugirieron en múltiples ocasiones demandar al gobierno por el tiempo que estuvo encarcelada de manera injusta. “No lo quise hacer por el miedo a la discriminación”, comenta. Su miedo era perder otra batalla con la justicia mexicana.

Durante su tiempo en prisión, Rocío conoció casos como el suyo, de mujeres encarceladas sin un debido proceso de desahogo de pruebas, y también el de muchas indígenas que terminaron sus días en el Cereso No. 5 por no saber hablar el español, por no saber que los papeles que firmaban eran confesiones de crímenes ajenos a ellas.

“Que el gobierno no respetara (a las mujeres indígenas) me indignaba. Culpables o no, el gobierno no respetaba a esas personas”.

“Mi ilusión es que alguien se ponga la mano en la conciencia y que no vea el documental como ‘ay sí pobrecitos, cómo la pasaron’. No se trata de eso, yo no quiero su lástima”.

La siguiente etapa en la vida de esta familia ya ha empezado a tomar forma. Para sostener a su familia, Rocío ha empezado con un puesto de venta de antojitos mientras que sus hijos planean continuar con sus estudios.

En un futuro, Rocío espera tener el dinero necesario para poner un taller donde Alejandro pueda arreglar computadoras, “porque ese siempre ha sido su sueño”. Lo que traiga el futuro, ellos lo enfrentarán nuevamente como una familia unida, “pero tengo fe de que voy a volver a salir adelante, porque estoy segura de lo que somos como familia”.

El documental Al otro lado del muro continuará su recorrido como parte de Ambulante. El festival visitará, en abril y mayo, Oaxaca, Chihuahua, Baja California, Jalisco, Michoacán, Puebla, Coahuila, Querétaro y Veracruz.





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