martes, 21 de marzo de 2017

CUANDO LA MUERTE ACECHA, EL MIEDO APARECE

Por Bacilio Antonio Hernández
Ciudad de México (Aunam). Me estremecí y de nuevo sentí que el miedo recorría también mis pensamientos. Esto había pasado en un primer piso de un edifico muy transitado por personas que entran y salen a trabajar, van a pasear a los perros o simplemente compran algo en la tienda de la esquina.


Eran poco más de las cinco de la tarde cuando esta carga de emociones y sorpresas invadía mi entorno. Aquel día la jornada laboral, entre tantas distracciones, se tornó más pesada de lo normal; me sentía decaído. Lo cierto es que jamás en la vida me había tocado estar en una situación parecida y, a decir verdad, desde hace mucho tiempo ya le tenía miedo a la muerte. En aquella ocasión, el temor estuvo presente y me hizo estar con el alma en un hilo.

Los días de aquella semana que iniciaba eran calurosos. El ajetreo del metro, el apretujo de la gente, el bochorno de los vagones, el calor sofocante dentro de los túneles y la distancia por caminar hacia el trabajo hacían que el día se tornara muy lánguido.

Tlatelolco, entre tanto, presentaba como de costumbre un ambiente tétrico: los andadores y los edificios desgastados desprendían una sensación extraña, a veces incluso lúgubre, las sombras que los árboles generaban hacían que el espacio se sintiera frío, con poca luz y olor a humedad.

Desde que leí La Noche de Tlatelolco de Elena Poniatowska, cada vez que paso por la Plaza de las Tres Culturas no dejo de imaginarme la matanza de los estudiantes y los sucesos históricos que ocurrieron ahí. Caminando por fuera del metro, con rumbo a Paseo de la Reforma, se puede ver del lado derecho la Iglesia de Santiago Tlatelolco. Justo enfrente se encuentra erigido el edificio Chihuahua, con sus ventanales oxidados, viejos y rotos, las paredes envejecidas, rayadas y despintadas. Así pues, bajo la luz del sol transcurría aquella tarde.


Llegué al edificio Coahuila, lugar donde trabajo, y comencé a buscar entre mis cosas las llaves de la entrada principal que da acceso a la recepción, donde don Mario siempre está ya sea sentado o limpiando el piso. Sin embargo, ese día me percaté de algo inusual pues un policía resguardaba la recepción y, a diferencia de otras veces, todo el ambiente se había tornado silencioso.

Hice caso omiso a aquella situación y me dispuse a tomar el ascensor. Bajé en el piso uno y, de pronto, justo frente a mis ojos visualicé una escena perturbadora que me dejó absorto y boquiabierto. Lo primero que miré al poner un pie fuera del elevador fue la puerta del departamento tres, el cual se había juntado ya con el cuatro. La entrada había sido forcejeada.


Sobre ella habían pegado dos señalizaciones con la leyenda “suspendido” y colocado unas cintas amarillas que decían “prohibido el paso, policía de investigación”. La puerta que daba a las escaleras, que siempre estaba cerrada, estaba abierta por completo. Dentro del cubículo se encerraba un olor desagradable, un hedor a muerto maquillado, sin éxito alguno, con limpiador de pisos.

Ante esta situación, un escalofrío recorrió mi cuerpo de pies a cabeza, mi sensación de miedo fue creciendo y ni siquiera quise volver a mirar. Tan pronto como pude hacerlo tomé la llave y abrí la puerta del departamento dos, que queda justo enfrente, entré rápidamente y cerré la puerta de un solo golpe. Quizás el asombro me hizo reaccionar de esa manera o quizás sólo me comporté como lo hubiera hecho cualquier otra persona.

Una vez dentro de mi lugar de trabajo me puse a reflexionar. Tenía que quedarme en el edificio, no podía salir corriendo por más miedo que tuviera. Y es que apenas el viernes de la semana pasada ya había percibido un olor extraño. Sin embargo, atribuí a que había alguna rata muerta en los ductos de la basura o incluso en las ranuras del elevador.

Traté de tranquilizarme mientras tomaba un vaso con agua. Una vez sosegado, me dispuse a hacer mi trabajo y también decidí mandarle un mensaje a mi jefa Rosa María, que no se encontraba ese día, para preguntarle qué había ocurrido. Su respuesta no tardó en llegar: “la vecina murió, vivía sola. El sábado pasado los bomberos tiraron la puerta para hacer el levantamiento de cadáver. Olía muy feo. Llamamos al Ministerio Público a eso de las once de la mañana”.


Más tarde, a la hora de salida, no encontré a don Mario. El policía tampoco estaba y ningún vecino se cruzó en mi paso. Me quedé con la expectativa de hacer preguntas y saber más acerca de lo ocurrido. Aquella tarde caminé más rápido de como usualmente lo hago. Me dirigí al metro con la mente desguanzada. Aquella experiencia del día no tenía parangón.

Por la noche, llegué a casa un tanto traumado. Quise evadir mis pensamientos, aunque por ciertos momentos no lo logré. En la casa donde me hospedo se encontraba la señora Teresa junto con su esposo y su hijo. Me invitaron a tomar té y acepté sin pensarlo. Les platiqué de lo ocurrido y se quedaron asombrados. Pasadas las horas de la noche, subí a mi habitación y comencé a leer 1984 de George Orwell, hasta que el sueño se hizo presente. Cuando eran poco más de la una de la mañana, lo único que deseaba en aquel momento era perderme en sueños y no pensar nada más, despertar al día siguiente, que mamá estuviera conmigo y contarle, pero no, ni siquiera podía hablarle por teléfono a esa hora. Desde que me mudé a la Ciudad de México no había experimentado el miedo de una manera tan inusual.

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