miércoles, 14 de diciembre de 2016

EL TORO QUE JUEGA ENTRE MULETAS

Por Diego Mancera Delgado
Fotografía: Christian Palma
Ciudad de México (Aunam) Daniel García baila con un balón entre los autos. Toma el esférico, lo domina con la pierna derecha y lo pasa entre los bastones que le ayudan a sostenerse. En menos de 60 segundos debe ser un malabarista, cargar el balón debajo de su camiseta y pedir una moneda en indistintos semáforos de la Ciudad de México. Ese es su trabajo. Es uno de los futbolistas amputados del equipo Guerreros Aztecas y tiene 26 años.


Él perdió la extremidad zurda por culpa de una bestia. En 2010 saltó al ruedo en una feria en Santa María Sola de Vega, un municipio de Oaxaca. Con un par de mezcales encima buscó encararse con un toro, pero lo único que encontró fue la furia de este que le pasó por encima. Le destrozó la pierna izquierda y se la amputaron. “Antes mi pasión eran las corridas de toros, los caballos, el futbol no tanto”, dice el hombre que sostiene todo su peso en la pierna derecha, esa que le sirve para anotar golazos.

“Enfrenté problemas en mi pueblo. Era la única persona sin un pie, me sentí muy solo, me deprimí. Mi mamá me apoyaba, pero ella ya no podía trabajar, yo era el hombre de la casa. Era más complicado. Muchas personas me decían que me fuera para México, a la ciudad de Oaxaca, aunque sea a pedir una moneda”, comenta Daniel mientras toma un respiro en el entrenamiento de Guerreros Aztecas, uno de los 11 equipos de la liga mexicana de futbol para amputados.

A Daniel le conocen en su pueblo como el Tarrito, por su complexión: un hombre que no supera el metro 65 centímetros de estatura y que tiene una prominente barriga. Tiene la tez tostada y una sonrisa que se traza cada vez que recuerda algo de su pasado. Antes de sufrir la amputación era campesino, cultivaba maíz y frijoles; también tenía novia, pero después del accidente perdió la capacidad para trabajar normalmente y a su pareja. Eso lo llevó a un prolongado viaje hacia el alcoholismo.

Hasta que compró un celular usado. Ahí conoció a su actual pareja, Carmen. “Fue algo chistoso. Yo tenía un teléfono de mi sobrina y resultó que había vendido el celular. Así nos conocimos: por medio del What’s. Era la curiosidad de por qué me contestaba un hombre”, relata Carmen, oriunda de la capital oaxaqueña, quien ve a lo lejos a su novio que practica tiros libres.

Tienen un año de vivir juntos. Se conocieron el 13 de septiembre de 2015. Acordaron encontrarse a kilómetros de distancia, en la Ciudad de México. Ella había encontrado trabajo como personal de limpieza en casas ajenas y lo invitó a la capital. Su primer punto de reunión fue en la estación Pantitlán del Metro. “Eran unos nervios terribles porque pensaba que yo le iba a poner una trampa. Como que los dos estábamos con miedo. Soy mayor que él, tengo 38 años. Al principio no quiso decirme porque tenía miedo de que lo rechazara”, cuenta Carmen, quien viste unas mallas deportivas y una bufanda color rosa. Graba y toma fotografías a Daniel.

“¡Órale, pinche Toro! Clávala en el ángulo si muy chingón!”, le grita Jorge Morales, uno de sus compañeros de Guerreros Aztecas. Daniel le pega y manda el balón a un lado. El equipo de futbolistas amputados entrena en una cancha de pasto sintético a un costado de la Cámara de Diputados. Los entrenamientos del club son cada martes y jueves. Daniel es puntual y no falta a ninguno.

Después de conocer a Carmen, Daniel empezó a vender paletas en los cruces peatonales hasta que, un día en el aeropuerto, se encontró con Víctor Bonilla, uno de los primeros integrantes del equipo de amputados y ahí le convenció para jugar futbol. “Conocí al entrenador [Ernesto Lino], me dio la oportunidad de quedarme. Me dijeron ‘bienvenido, eres parte del equipo’. Ahorita soy el medio, ya empecé a ganar la titularidad”, recuerda Daniel.

Pero el oaxaqueño no encontraba un trabajo estable. Víctor Bonilla lo invitó a ir a ciertos cruces peatonales para trabajar como acróbatas del balón. Los semáforos donde trabajan varían, algunas veces están por la estación Puebla del Metro y otras veces por Tlatelolco. A Daniel le gustó la idea. “Si nos ponemos una hora sacamos 200 pesos. Hay ocasiones en que he juntado 800 en unas cuatro horas”, detalla.

Los principales problemas que enfrenta Daniel García son la apatía de los conductores y su agresividad. “No respetan los semáforos”, comenta. También debe procurar no perder el equilibrio o terminará sobre el asfalto. Caerse no es un problema, tampoco levantarse, lo que sí lo es el balón que puede terminar pinchado o que los bastones terminen doblados. Cuando está con sus compañeros Jorge y Víctor hacen una serie de piruetas en cada parada. En ocasiones, Carmen acompaña a Tarrito a trabajar: él se pone a jugar con el balón y ella baila con un aro de hula-hula.

El dinero recolectado les sirve para comer dos veces en el día: desayuno y comida. También les permite rentar un departamento por Santo Domingo, en la delegación Coyoacán. Pagan mil 500 pesos al mes por un departamento con dos recámaras, ellos son felices. Para ir a trabajar utiliza el Sistema de Transporte Colectivo Metro y también los peseros. “Hay peseros que no le hacen la parada a uno. Piensan que por la capacidad que tengo voy a tardar mucho en subir o no trae dinero. Hay camiones en los que se baja el chofer para ayudarte”, comenta mientras se toca una cicatriz a un costado de su cabeza, también fue ocasionada por el toro.

“Mi meta es armar un equipo de amputados en Oaxaca”, cuenta. Pero sabe que para ello requiere de una gran inversión que, en estos momentos, carece. Daniel se siente agradecido con las personas que ha conocido a través del futbol. Aprecia las veces que los vendedores de zapatos le regalan un tenis derecho. El que trae, en una tarde de noviembre de 2016, es de un verde chillante.

Daniel se ha acostumbrado a caminar sin usar una prótesis. Todo lo hace gracias a sus muletas. Cada paso es un salto, en el que la rodilla derecha concentra todo el peso del hombre. Cuando quiere correr debe pegar algunos saltos. Y si quiere pegarle debe colocar bien firmes los bastones, balancearse y chutar. Dentro de la cancha, no hay nadie más feliz que Daniel, el toro que ha hecho del futbol su modo de vida.








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