viernes, 27 de mayo de 2016

UNA OPORTUNIDAD EN LA ENFERMEDAD

Por: Mónica Natalia Jiménez López
México (Aunam). — ¡Andas de bipolar! — es una de las frases que escuchamos o decimos a menudo cuando una persona cambia de estado de ánimo de un momento a otro. ¿Eso es realmente la bipolaridad? ¿Qué tanto sabemos del tema? La mayoría de las personas no saben sobre esta enfermedad mental y eso es motivo para que se generen prejuicios y rechazo a las personas que la padecen.


— La bipolaridad me ha dado la oportunidad de conocerme mejor, ya no le tengo miedo — declara Blanca con una ligera sonrisa. Ella padece este trastorno desde los 22 años y aunque su vida en ocasiones se torna difícil y debe tener cuidados especiales, su diagnóstico no ha sido un impedimento para su adecuado desarrollo. Al contrario, gracias a esto logró un mayor acercamiento con su más grande pasión: el arte. Obtener beneficios de un trastorno del cual no existe cura es el producto de un intenso y constante trabajo personal.

El primer encuentro

Después de lo dicho por Blanca es inevitable indagar el principio de esta lucha. — ¿Cómo fue que te diagnosticaron? — le pregunto. La sala del Instituto Nacional de Psiquiatría Ramón de la Fuente Muñiz donde nos encontramos está muy iluminada y resalta el color verde de sus ojos.

Ella ve hacia el techo y empieza a murmurar mientras cuenta usando sus dedos. — Hace seis años tuve mi primera crisis, fue una manía. Empecé con verborrea, es decir, a hablar demasiado rápido, sin coherencia ni sentido. Además, escribía de manera obsesiva, primero en las paredes de mi cuarto e incluso en mi cuerpo, según yo eran tratados importantes lo que escribía. Aunado a eso tenía vigorexia, hacía ejercicio en exceso. En aquellos momentos cruzaba por una etapa difícil ya que tenía una relación de noviazgo nefasta y estaba muy estresada por la universidad.

Se toma un momento para pensar, comienza a jugar con sus manos y continúa: — Fuimos primero con un neurólogo quien me diagnosticó hipotiroidismo. Él dijo que probablemente los síntomas que presenté eran consecuencias de esta enfermedad. También consultamos un psiquiatra, éste nos dijo que tal vez yo tenía bipolaridad. Mi papá y yo no quisimos creer ese diagnóstico por lo que yo sólo aceptaba tener hipotiroidismo y gracias a los medicamentos que me dieron en esa ocasión, estuve estable por cuatro años.
La aceptación

Su tono de voz se torna más serio, se muestra pensativa mientras reorganiza en su mente los eventos ocurridos años atrás. Una vez que tiene los recuerdos en orden, me observa en espera de la próxima pregunta, no es necesario que observe mi guía y le digo: — ¿En qué momento aceptaste el diagnóstico?

No piensa su respuesta y de inmediato me dice: — Fue después de la segunda crisis, ésta me dio cuatro años después de la primera. Igualmente se trató de una manía, nunca me ha dado una crisis de depresión. Mi abuela había muerto semanas antes y me afectó mucho. Ahora que conozco más sobre mi enfermedad, sé que en esos momentos lo que presenté fueron actitudes obsesivas compulsivas. Coloqué un retrato de mi abuela junto a uno mío. La forma de acomodarlo tenía un significado especial para mí y nadie los podía mover de ese lugar, si alguien lo hacía, me enfurecía mucho. Asimismo, comencé a tratar a mi perro como si fuera mi abuelita, lo consentía demasiado.

Un tiempo fuera del mundo

— A raíz de esta situación estuve internada aquí por 42 días — Blanca levanta las cejas y señala el piso para enfatizar que años atrás ella fue paciente del Instituto Nacional de Psiquiatría Ramón de la Fuente Muñiz, lugar donde estamos conversando. No puedo evitar mi sorpresa ante la respuesta.

No sé si preguntarle más sobre el tema. Sin embargo, su expresión tranquila me demuestra que no es un tema que la incomode. — ¿Cómo fue estar internada? — Blanca reflexiona algunos segundos, entrecierra los ojos y se muerde un labio. Coloca los brazos sobre su pantalón negro y me dice: —Normal. O sea, no recuerdo muy bien porque estaba dopada todo el tiempo — suelta una carcajada y su cara de tez blanca se vuelve color rojizo — la rutina era normal: desayuno, comida y cena. En el día nos ponían a hacer ejercicios de estiramientos en el jardín, obviamente el que nuestro cuerpo resistía pues el medicamento nos dejaba, ¿cómo decirlo?, casi en estado vegetativo.

— Mi mamá hacía guardias en la noche y mis familiares y amigos me visitaron. Yo no podía hablar mucho con ellos porque como me daban el medicamento poco antes de verlos, yo estaba muy dopada cuando llegaban.

La familia: el principal soporte

En cuanto termina de hablar, su mamá, quien se encuentra en el aula dos impartiendo el curso “Familia a familia” se acerca para preguntarle qué platillo llevarán para la fiesta de clausura de las sesiones de apoyo. En cuanto se retira, le pregunto: — ¿Cuál fue la reacción de tu familia al saber el diagnóstico?

—Fue difícil ya que a pesar de que mi papá es doctor y mi mamá terapeuta, no detectaron que mis síntomas eran de bipolaridad. Yo recuerdo que mi papá lloraba de impotencia cuando me veía dopada por los medicamentos. Él, mi mamá y hermano son un gran apoyo que me controlan cuando me pongo eufórica. Ellos han sido mi fortaleza para seguir adelante.

La mejor arma para la lucha

Después de hablar sobre sus parientes, recuerdo que conocí a Blanca cuando asistí a una de las sesiones de apoyo del curso “Familia a familia” que imparten sus papás junto a otros especialistas. Dado que ella asiste a “Tierra a la vista” donde se atienden a personas con algún trastorno mental le digo: — Al comenzar la entrevista me comentaste que ahora sabías más sobre tu enfermedad, ¿cómo es que lograste obtener ese conocimiento?

— Después de mi segunda crisis y al salir del hospital comencé a buscar información en internet. Primero encontré la Organización Nacional de Trastorno Bipolar, fui una vez pero me quedaba muy lejos de mi casa. Después encontré la página de Voz Pro Salud Mental y vi que en el programa de canal Once “Diálogos en confianza” anunciaban esta asociación. Fue así como llegué aquí, llevo seis meses y mis papás comenzaron a venir al mismo tiempo que yo.

— Aquí en el curso he aprendido mucho sobre mi enfermedad y hasta he obtenido beneficios. La bipolaridad me brinda la oportunidad de conocerme mejor, ya no le tengo miedo. Ahora sé que cada que oigo voces, me siento muy eufórica o nerviosa es porque se trata de un síntoma de mi padecimiento. Sé diferenciar entre los eventos que son consecuencia de la enfermedad y los que son reflejo de mi personalidad. Cada tres meses tengo revisión con mi psiquiatra y se ajustan las dosis que debo tomar de acuerdo con los efectos que los medicamentos tengan en mi organismo. Actualmente llevo seis meses de tomar epival, que es un modulador de emociones; abilify, que es un antipsicótico y los medicamentos para el hipotiroidismo. Así controlo las dos enfermedades que padezco.

No todo es malo

Blanca frunce el ceño y dice: — La verdad resulta frustrante que a pesar de que cumplo con mis dosis de medicamentos, voy a mis terapias, no tomo ni fumo, existe un riesgo de que venga otra crisis, es algo que no puedo controlar— declara con un tono de desaliento. No obstante, recupera la energía que ha imperado a lo largo de toda la conversación, se endereza y me comenta lo siguiente:

—Gracias a la bipolaridad he tenido la oportunidad de acercarme más al arte que es mi gran pasión. Es como un proceso de catarsis en el que llego a un nivel más profundo de conocimiento. Ahora cuando tengo alucinaciones hasta las disfruto porque ya sé de qué se tratan y hasta me siento relajada. — Blanca ríe al confesar lo anterior.

Ella estaba en la mitad de la carrera cuando tuvo su primera crisis. A pesar de que tuvo que descansar algún tiempo, terminó la licenciatura en Artes Visuales. Actualmente trabaja y pronto se titulará. Blanca logró vincular el arte y su diagnóstico y lo plasma en su tesis. Ella muestra una serie de videos en los que a través de la imagen y el sonido plasma sus emociones. Sus ojos se iluminan al hablar sobre su profesión.

Blanca se proyecta a futuro como una mujer que explote su carrera al máximo y le gustaría formar una familia. — En algún momento dudé sobre si debía tener hijos o no por mi enfermedad, lo consulté con mi terapeuta y me dijo que yo no tenía ninguna limitante y que sí podía ser mamá. — Además, ella espera no tener una tercera crisis ya que: — éstas son una gran descompensación para el cuerpo, es como si nos dieran una descarga eléctrica y cuesta mucho trabajo recuperarse.

Los prejuicios

Finalmente, le pregunto a Blanca: — ¿Consideras que existen prejuicios sobre esta enfermedad? — Desde que formulo la pregunta ella asiente con la cabeza. — ¡Sí, claro! — Responde. Honestamente yo no les digo a las personas que padezco bipolaridad. De hecho sólo cuatro de mis amigos saben, algunos de ellos también padecen algún trastorno.

Su tono cambia, se torna triste y dice: —Algunas amigas, a las que consideraban mis hermanas, en cuanto les conté se alejaron de mí, tal vez porque no sabían cómo tratarme. La gente no entiende que no estamos locos, que esto no depende de nosotros, es una cuestión química de nuestro organismo. Por eso prefiero que no uses mi nombre en esta entrevista.

—Antes cuando escuchaba que alguien decía “¡Ay, eres bipolar!” me molestaba mucho. No obstante, con el paso del tiempo me di cuenta de que el uso de esta frase es general y que incluso forma parte de los dichos comunes de los mexicanos — concluye la joven.

La lucha por el cambio

—Terminar con ese tipo de errores es lo que quiero lograr con mi trabajo— le comento a Blanca. —La gente debe saber qué es el trastorno y deben desaparecer los prejuicios respecto a esta enfermedad. — Ella sonríe y me escribe su correo electrónico para que sigamos en contacto. Le pido que me diga cómo quiere que me refiera a ella en mi reportaje. Le sorprende mi petición. Se toma unos segundos para reflexionar y me dice: — Pensé en el color blanco — sonrío y contesto: — ¡Blanca será tu nombre! A ella le agrada la idea.

Blanco es un color que combina con la personalidad de la joven de 28 años. Ella conoce su enfermedad y gracias a su fortaleza, al apoyo de su familia y al tratamiento adecuado en forma de medicamentos y terapias, ha encontrado la paz. Esto le ha permitido entenderse a sí misma y desarrollarse íntegramente. Aunque no ha sido fácil y experimenta etapas duras, ella sabe cómo enfrentarlas. La bipolaridad no ha sido un impedimento para ella, al contrario, ha sido un trampolín que le ha permitido superarse en todos los ámbitos de su vida.





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