viernes, 27 de mayo de 2016

EMPAPARSE DE LA MEDICINA PARA AYUDAR

Por Mónica Natalia Jiménez López
México (Aunam). El doctor Raúl habla de neurotransmisores. Magdalena levanta las cejas y voltea ver a los demás para ver si es la única que no comprende. Se menciona la dopamina. Bruno frunce el ceño y se acerca las copias de la guía a su rostro para lograr mayor concentración. Alma ve hacia el techo y suspira. Al observar la cara de los asistentes comprendo que no soy la única que siente que le están hablando en otro idioma. No estoy en una clase de medicina, ni las personas son estudiantes. Sin embargo, a pesar de la dificultad, todos se esfuerzan por entender los tecnicismos médicos. Este empeño nace del deseo de querer ayudar a un ser querido.


Me encuentro en el Instituto Nacional de Psiquiatría Ramón de la Fuente Muñiz donde se imparte el curso “Familia a familia”, que está dirigido a parientes de personas que padecen un trastorno mental. La hora de inicio es a las 4 de la tarde y yo he llegado media hora antes. No obstante, es el tiempo suficiente para registrarme, obtener mi gafete de visitante y ubicar el edificio de Enseñanza. Después de cruzar un jardín, encuentro el lugar. Al entrar observo carteles pegados en las paredes que anuncian los diferentes cursos que se imparten sobre temas psiquiátricos.

Me asomo al aula 2 y me recibe Salma, la facilitadora del curso, una mujer de alrededor de 60 años, voz grave, tez blanca y ojos verdes. Después de presentarnos me pide que le ayude a colocar una lona sobre la pared en la que hay escritas diferentes ideas que son centrales para el curso. La sesión del día está planeada para hablar sobre los medicamentos que se ocupan en los tratamientos de los pacientes.

El salón es amplio, no tiene ventanas pero sí unas lámparas que alumbran la totalidad del lugar. Hay un pizarrón blanco y alrededor 20 mesas que tienen capacidad para dos personas. Me asigna un asiento al lado de la mesa de los ponentes que está al frente del salón. Las bancas se han acomodado en forma de un cuadrado, de manera que todos se puedan ver y el centro esté vacío.

Volteo a ver a la puerta y hay dos adultos con una señorita. Ella me sonríe y se dirige al aula 3 donde se imparte el curso “Tierra a la vista” para las personas que padecen un trastorno mental.
— Debe ser una paciente —, pienso mientras la veo alejarse. Los adultos ingresan a mi salón y me saludan. No deben ser mayores a los 50 años, ambos son altos y de ojos verdes. Salma me los presenta, se trata de los doctores Tamara y Raúl, quienes son esposos y además son los ponentes de la sesión.

Les explico cuál es mi objetivo de asistir al curso y ellos me platican que su hija, la chica que minutos atrás me sonrió, padece trastorno bipolar. Nuestra charla se ve interrumpida porque la sesión ya va a comenzar. Pasados treinta minutos, después del bombardeo de tecnicismos médicos, Adela, una mujer que viste un traje de enfermera y está peinada de chongo, levanta la mano y dice: — Disculpe, doctor, en términos coloquiales, de azotea a azotea, ¿Qué es lo que hacen los medicamentos? — Alan, otro asistente, pide la palabra para responder la pregunta y se dirige al pizarrón.
El joven alto, delgado y de tez blanca, dibuja una neurona y comienza a explicar cómo actúan los medicamentos para los trastornos mentales. — En una enfermedad mental hay exceso o escasez de neurotransmisores. Los medicamentos se encargan de impedir o activar la comunicación neuronal. En términos más fáciles, pueden o no bloquear ‘las cerraduras’ de las neuronas. ¿Queda claro? —pregunta al terminar. Todos sus compañeros asienten.

La doctora Tamara interviene y dice: — De esto se trata el curso, de que ustedes también contribuyan. Si bien nosotros los ponentes somos doctores, venimos aquí como familiares al igual que todos. ¡El propósito es aprender más para poder ayudar a nuestros seres queridos! Por algo el curso se llama “Familia a familia”, entre parientes de personas que padecen algún trastorno mental nos damos consejos y aprendemos juntos.

— ¡Yo no entendía eso! — declara Magdalena mientras los demás le aplauden a Alan por la explicación que ha dado. Salma había advertido con anterioridad que la clase sería densa debido a la complejidad del tema. No obstante, después de la participación de Alan, el ánimo del grupo se transforma y las caras muestran una que otra sonrisa y muchos asienten con la cabeza.

Karla se anima a contar que a su familiar le recetaron floxetina y no le funcionó muy bien pues se intentó suicidar. Asimismo, Minerva comenta que el medicamento es la clave en el tratamiento porque, en el caso del trastorno bipolar, entre menos se controle el padecimiento hay más probabilidad de que ocurran las crisis.

La doctora Tamara indica que hablar de los tratamientos no quiere decir que los familiares puedan diagnosticar a sus parientes. La finalidad es que conozcan las diferentes opciones a fin de saber por qué se administra un determinado medicamento a su familiar y abogar para que se le dé el más adecuado.

Después de dos horas, hay un descanso de 10 minutos. Al regresar al salón, los doctores hablan en específico de los medicamentos que se usan para el trastorno bipolar. La doctora Tamara menciona que existen tratamientos en los que se usa el litio, la carbamazepina, el symbyax, entre otros. Por lo regular, se toman de tres a cuatro medicamentos, aunque en el caso de la hija de la doctora sólo toma dos. Enfatiza en la importancia de entender que cada medicamento debe ser probado un mínimo de dos meses para evaluar si es el indicado para el paciente y si los efectos secundarios son tolerables.

Aunque no se ha terminado de explicar el tema, Salma decide que es todo por la sesión del día y se retomaría lo que faltaba la siguiente clase. Todos nos brindamos un aplauso. Algunos asistentes se acercan con los doctores para realizarles preguntas y otros se ponen a platicar entre ellos sobre sus familiares.

Mientras guardo mis pertenencias, me doy cuenta de que el salón, cuya capacidad es para 35 personas aproximadamente, se ocupó por completo. Antes de iniciar la sesión le pregunté a Violeta, otra de las facilitadoras del curso, si el salón se llenaba, ella me respondió: — ¡Claro que sí! La verdad en este curso hay más asistentes que en “Tierra a la vista”. Esto sucede porque en la mayoría de los casos los familiares están más preocupados que los propios pacientes quienes en ocasiones son renuentes a la ayuda o niegan que padecen un trastorno. — Al final de la sesión me percato de que Violeta tenía razón en lo que me había dicho unas horas atrás.

El curso “Familia a familia” es un espacio donde se aprende sobre aspectos desconocidos de los trastornos mentales. Además, se pueden relatar experiencias, preocupaciones y se reciben consejos de especialistas y personas que viven una situación similar. Los familiares se empeñan por comprender de la mejor manera los padecimientos con el propósito de poder ayudar a sus seres queridos. Éste es el motivante para que no se rindan ante la complejidad de las enfermedades y, en el caso de esta sesión, ante los términos médicos.






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