martes, 30 de junio de 2015

MÉXICO AÚN TIENE ESPERANZA


Por Diana Estefanía Andrade Reyes y Katia Michelle Lugo de la Peña
México (Aunam). La falta de servicios médicos especializados en los estados de la República Mexicana provoca que familiares de algún enfermo busquen esa atención en el Distrito Federal, abandonan su hogar, su trabajo y parte de su parentela. Al llegar a la ciudad muchos descubren que deben permanecer en el hospital con el objetivo de disminuir los gastos que generan el traslado de ida y vuelta a su lugar de origen, la medicina y comida. Albergue: La Esperanza.

De la tormenta nace la esperanza


Entre la lluvia, dos personas buscan refugio debajo de un árbol, las hojas no cubren sus siluetas completamente, aun así la pareja se mantiene en el lugar, la zona de hospitales de Tlalpan. Si se les mira bien se advierte que son familiares de algún enfermo; probablemente la sala de emergencia del nosocomio ya no tiene cabida para dos personas más.

Desde lejos unas mujeres observan la escena, algo surge en ellas; solidaridad puede ser, bondad quizá, lo cierto es que se acercan hacia las personas que buscan refugiarse.

--Hola ¿les podemos ayudar en algo? Pueden quedarse en nuestra casa si es necesario, vivimos cerca de aquí --la respuesta es un profundo agradecimiento.

Así fue el momento en que surgió el proyecto que con el tiempo ha ayudado a miles de personas de bajos recursos con familiares enfermos que provienen de la provincia mexicana.



Las Hermanas Vicentinas eligieron prestar su apoyo. Día con día se encargaban de recoger a personas que necesitaban un lugar dónde dormir. Entonces surgió la idea de tener un lugar que satisficiera las necesidades básicas para subsistir a familias de bajos recursos y así nació el albergue La Esperanza en la zona de hospitales de la delegación Tlalpan.

Se trata de una institución de asistencia privada encargada de ofrecer asilo temporal a las familias que más lo necesitan. Su objetivo es acompañar a los familiares y al paciente en su proceso de recuperación.

La mayor parte de los albergados requieren de atención médica especializada en diversos tipos de cáncer como cérvico uterino, de mama, de pulmón, de colon y de testículo entre otros. Por otra parte, hay pacientes con leucemia, afecciones cardíacas, renales y algunos más con deformaciones que necesitan ser operadas.

Por 15 pesos diarios, los refugiados tienen acceso a tres comidas diarias, servicios básicos de luz, agua caliente las 24 horas del día y estancia que, aunado al apoyo económico para el tratamiento y traslado del hospital al albergue, resulta una ayuda elemental.

Algo que hace de este lugar una gran familia es la unidad y solidaridad que comparten los albergados, pues son los acompañantes del enfermo quienes deben mantener limpio el lugar. Se reparten las tareas, mientras unos se encargan de limpiar, otros preparan la comida y unos más salen a las calles a pedir apoyo monetario.

Manos a la obra



El albergue La Esperanza está administrado por diez personas, además de quienes se encargan de la difusión, planeación y búsqueda de contribuciones que coadyuven al crecimiento y continuidad de este gran engranaje de esperanza.

También hay grupos de voluntarias encargadas de llevar comida a los familiares que aguardan a su paciente en las salas de espera de los hospitales aledaños, otras se encargan de buscar apoyo monetario en tanto hay quienes organizan ventas de garaje que ayuden a solventar los gastos del albergue.

Detrás de una puerta, miles de historias



La puerta café se abre y aparece una pequeña estancia. Al frente hay una gran ventana, se observan dos cubículos perfectamente equipados, uno es del área de proyectos. Del lado izquierdo hay un muro con un organigrama e informes para los pacientes y sus familiares, carteles que ilustran “El uso de antibacterial es obligatorio”. Al fondo hay otra pieza de cristal: la administración.

Unos minutos de espera y una señora de estatura baja y cabello rizado atraviesa el pasillo, va empujando una silla de ruedas, sobre ella se encuentra un niño de aproximadamente 13 años, parece ser un joven bastante sano, pero después de unos segundos, mientras la silla avanza, se alcanza a notar que sus extremidades inferiores tienen malformaciones.

La imagen desoladora se disuelve poco a poco al ver la sonrisa que el muchacho esboza. Su madre, con tono entusiasta, pronuncia: “buenas tardes”, y continúa hacia la puerta. Ambos portan las credenciales que los acredita como albergados del lugar.

Junto al pasillo hay un amplio comedor con grandes vitrales multicolor, del lado derecho, un patio bañado por los rayos del sol. Al centro hay mesas de metal con amplias sombrillas y flores que dan vivacidad al lugar, al fondo están las oficinas de asignación de citas.

Alrededor se encuentran los dormitorios. Entre murmullos se escucha decir a alguien que las habitaciones de la planta baja están asignadas a los hombres mientras que las superiores son para mujeres. Cada uno de los cuartos cuenta con camas, mudas de ropa, algunas comparten baños.

Hay un área para niños dotada de una pequeña estancia con televisión y juegos. También cuatro habitaciones para los infantes y sus acompañantes, tres están vacías porque los pequeños que las ocupan se encuentran en el hospital.

Al abrir una de las habitaciones se observa una cama individual, una cuna y una ventana que abarca toda la pared. También hay un mueble con medicamentos y objetos personales. Hay una terraza donde un grupo de gente conversa, una señora de unos 50 años lleva un paliacate en la cabeza, la palidez opaca su rostro, pero aun así mantiene fuerzas suficientes como para bromear con otros albergados.

Las habitaciones tienen seis camas y algunos biombos. Erika, la joven mujer encargada de proyectos, explica que se estos se usan cuando la capacidad del albergue es superada y es necesario utilizar los cuartos sin distinguir sexos. Dice que hay cupo para 130 personas con su respectivo acompañante, quien se encarga de cuidar al paciente, pues el albergue no cuenta con servicio médico.

Salvando vidas, cambias tú


“Trabajar en un lugar como este… te cambia la vida”, son las primeras palabras de Wendy del Carmen Rugerio Páez, la mujer que ha dirigido esta institución. “Llegué aquí hace cuatro años porque una amiga me dijo que había posibilidad de trabajar, así que decidí tomar el puesto” --comenta la directora.

“Nos encargamos de brindar apoyo a las personas que vienen de otros estados de la República Mexicana, gente que necesita ayuda para su tratamiento […] Hay albergados de todas las edades, desde bebés hasta personas de la tercera edad.”

La directora afirma que por políticas del albergue no pueden aceptar a personas con discapacidad mental, ni portadores de enfermedades contagiosas. “El lugar no cuenta con el equipo necesario para recibirlos”, explica.

La población de este recinto varía diariamente. “Pueden quedarse el tiempo que sea necesario mientras justifiquen que están yendo con sus familiares a consultas: Pueden quedarse (desde) un día o hasta un año”.

“Hace 27 años que este albergue está abierto al público. Las mujeres vicentinas iniciaron con 10 camas. Salían a repartir comida a la gente que venía desde los estados y provincias a los hospitales y esperaban afuera, pues no tenían dónde quedarse”, expresó Rugerio Páez mientras buscaba un calendario en un escritorio con documentos, expedientes y hojas estratégicamente acomodados para compartir acerca de las actividades en este lugar:

En este lugar se celebra todo el calendario social del país. “Aquí se les festeja el 6 de enero, el 14 de febrero, día del niño, día de la mamá, día del papá, del abuelo, 15 de septiembre, posadas, Navidad, además les damos regalos en cada festividad, hacemos noche mexicana, y entre las mismas religiosas y los albergados hacen bailes, hacemos las pastorelas”, continúa la directora al tiempo que los ademanes de sus manos expresan la emoción de recordar los eventos.

A pesar de ser una institución que alberga a personas con familiares enfermos u hospitalizados, las fechas célebres son motivo de inclusión para todos los albergados, nadie queda fuera, incluso en el Día de Muertos hacemos “la ofrenda y ponemos la foto de las personas que han fallecido”. No se olvida a quien se amó.

Ocasionalmente el lugar interrumpe su dinámica para despedir a pacientes cuyas vidas terminaron en las camas de esas habitaciones.


Con una mirada baja que refleja la tristeza que la muerte deja a su paso, la directora comenta: “Pacientes han fallecido aquí, ya con cáncer muy avanzado, en lo que llevo aquí han habido cuatro muertes”, y en otro acto de solidaridad el albergue corre con todos los gastos de la funeraria.

“Tuvimos el caso de un chico que tenía un tipo muy avanzado de leucemia que nos pidió que le diéramos una oportunidad, […] su médico le dijo que la solución era comprar un tratamiento de 90 mil pesos que requería 10 sesiones, eso costaba su vida… (Se hace un breve silencio), nosotros contactamos a medio mundo; pero era imposible juntar en menos de un mes casi medio millón de pesos…”

“El albergue se hace cargo de todos los gastos médicos, en caso de que uno de los beneficiados requiriera hospitalización”. El cuerpo de voluntarias se encarga de buscar las donaciones en instituciones y empresas “el valor de estar buscando donadores es increíble”. Todas mujeres, en dos turnos, visitan a los albergados.

“Ellas designan a los aspirantes al voluntariado del albergue”, comenta mientras se levanta para iniciar un recorrido por las instalaciones, “las señoras son las que analizan el perfil de quienes quieren entrar, les dan a conocer el proyecto, y las acomodan en el área que pueden ayudar mejor”.

Asimismo, han abierto sus puertas a estudiantes que quieren realizar su servicio social, actualmente hay dos pasantes de medicina de la Universidad La Salle, “estos chicos saben cómo moverlos, cómo bañar a los que no se pueden mover […] Ellos aclaran dudas a los albergados (pero) no pueden medicar ni inyectar”. Son parámetros que el albergue ha tomado para evitar emergencias.

Al pasar por el patio trasero de la antigua casa de Tlalpan, dos hombres bajaban un sillón de una camioneta: “Aquí recibimos de todo, los donadores llaman al albergue y nosotros vamos por lo que quieren donar, si son de tamaño grande o pesados. Pero el año pasado nos robaron una camioneta, era la nueva y nos dejaron ésta.”

El recorrido está por terminar, en el retorno a la entrada, la directora recuerda una serie de agradecimientos recibidos por las personas que alguna vez fueron partícipes y beneficiarios de los servicios que en el lugar encontraron.


“Precisamente ayer vino una chica que, lamentablemente, su mamá falleció, pero como agradecimiento, vino a vernos y nos trajo dos cajas de despensa. Para el 15 de septiembre han traído costales de elotes, o para diciembre nos traen cacahuates, de acuerdo con las posibilidades de ellos”.

Sin titubeo alguno, con la firmeza con que responde sólo una persona que está segura y orgullosa del lugar donde está y de la labor que realiza, Rugerio Páez asegura que la institución es totalmente transparente, que los 21 reconocimientos y certificados que emblema todo un muro del lugar, han sido ganados a precio de la honestidad con la que cada uno hace por el lugar.

La parte más satisfactoria de su trabajo

“La gratitud de la gente es algo invaluable. Si te das cuenta, en la misma pared en la que están colgados los reconocimientos y certificados que nos dan las empresas o las secretarías del gobierno, junto a esos cuadros, están los agradecimientos que varias personas nos han escrito… Es inevitable no encariñarse con las personas. Hoy los ves y mañana se van, pero todo sea por serles de ayuda y apoyo”. Sonrió.

Voces de esperanza


Pasan de las dos de la tarde, la hora de la comida está por terminar y los albergados de La Esperanza se disponen a tomar un momento de descanso y reposo en el patio central. En una de las mesas con sombrilla se encuentra sentada una familia no muy poco singular.

Se trata de la familia Marcelo, ellos han recorrido, desde Yucatán, miles de kilómetros en busca de ayuda médica para su hijo Omar, de 20 años de edad, quien padece cáncer de garganta. Recientemente fue operado y han encontrado en el albergue un lugar de reposo ante las circunstancias.

“Este lugar es una bendición de Dios, estamos muy agradecidos”, comenta el señor Marcelo, quien vino desde Veracruz para asistir a su hijo en esta enfermedad. “Este lugar ha sido un descanso para nosotros, hacen que la situación sea más llevadera”, aseguró el señor, mientras que con su mirada hacía un panorama del recinto. Omar asentía con su cabeza, privado de poder hablar por la reciente cirugía, de un modo positivo a cada afirmación que daba su papá.

El capítulo del cáncer en la vida de esta familia ha sido una suerte de anestesia dado que dos días después ellos regresaron a su lugar de origen pero volverán dentro de un mes isión. En unos meses más Omar podrá continuar sus estudios universitarios y llevar más un recuerdo de solidaridad, apoyo y tranquilidad que cualquier otra memoria de angustia.

Mientras, del otro lado del patio se encuentran sentadas alrededor de una mesa también, un par de mujeres que platican mientras terminan de comer. Diversos collares cuelgan de sus cuellos emanando una fe activa. “Nosotras venimos desde Chiapas, llevamos diez días aquí. El viaje que hicimos fue muy largo y supimos de este lugar porque una amiga de mi hermana nos contactó con otro albergue y de ahí nos mandaron para acá”.

La razón de haber dejado ambas a sus hijos en casa fue porque la mayor de ellas tiene cáncer de mama: “Tardamos en darnos cuenta, por eso ya no pudieron darme tratamiento allá, no tienen los aparatos necesarios”, afirmó sin poder evitar la mirada baja que produce el dolor.

Un dolor que no es del todo cáncer, pues ambas son madres solteras y han dejado a sus hijos a cargo del mayor. “Se extraña mucho, pero qué podemos hacer [...] Aquí nos tratan bien, nos dan de comer, hay agua caliente, nos están apoyando con los medicamentos, pero ya queremos regresar”.

Ellas esperan la cita para los estudios que diagnosticarán su estado actual y definirá el tiempo de su estancia. Para ellas, este capítulo está por iniciar y lo que anhelan es poder terminarlo con la ayuda del albergue “Los tratamientos son muy caros, no podemos pagarlo”, expresa la acompañante de la paciente con unos ojos cargados de lágrimas por el deseo de tener una esperanza en medio de la crisis.

Tú también puedes brindar una gota de esperanza


A través de donaciones, el albergue La Esperanza solventa los gastos de los tratamientos, éstos pueden ser materiales: se acepta ropa, electrodomésticos, juegos de mesa o mobiliario. Todo aquello que esté en buen estado es bien recibido.

Las donaciones también pueden ser monetarias. En la cuenta Una gota de esperanza se puede contribuir con dinero. El dinero reunido en las ventas del bazar y las kermeses que organizan periódicamente las Hermanas Vicentinas es utilizado para comprar medicamentos.

Las voluntarias vicentinas y los administrativos trabajan de manera conjunta para conseguir más donaciones por medio de concursos y programas que les brinden apoyo para continuar ayudando a las personas que así lo requieran. Empresas como Monte Pío, Monte de Piedad, Banamex, Fundación María, entre otros, colaboran a esta causa.

Sólo en 2014 se apoyaron a más de 2 mil 360 personas, entre ellas 934 pacientes. Más de mil familias de campesinos, obreros, jornaleros, empleados domésticos y artesanos, todos ellos, hombres y mujeres de edades y credos diversos, fueron auxiliados por las voluntarias vicentinas que a pesar de profesar la religión católica, no niegan su apoyo a personas con creencias distintas. A pesar del esfuerzo los ingresos económicos son insuficientes pues el auxiliar a pacientes con distintos tipos de cáncer, en su mayoría, los insumos resultan escasos.

El albergue La Esperanza IAP, está ubicado en Xontepec 105, esquina con Renato Leduc Col. Toriello Guerra CP 14050, Tlalpan, México DF.







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1 comentarios:

Albergue la Esperanza dijo...

Albergue la Esperanza agradece profundamente el interés por difundir la noble causa que esta Institución desempeña.