lunes, 25 de noviembre de 2013

SER DEALER: MÁS POR GUSTO QUE POR NECESIDAD

  • “Ikarus”, de 24 años, vende LSD y éxtasis
  • Se dedica más a vender ropa, la venta de drogas es una inversión extra
Por Abril L. Mejías Sánchez
México (Aunam). Le dicen “Ikarus”, como el DJ adicto de una película que algunos recuerdan como representativa de la música electrónica, Berlin Calling, la cual es una de sus favoritas. Pero él no es famoso, en realidad es lo que menos busca, pues su profesión implica más bien mantenerse en el anonimato: este joven de 24 años es dealer, es decir, vendedor de drogas ilícitas.

Su padre tiene una concesionaria de autos, pero no le habla “por erizo”. “Ikarus” nació en la Ciudad de México, y actualmente reside allí con su madre, que es prefecta en la Secretaría de Educación Pública (SEP), una hermana y un hermano menores. Su infancia fue feliz. “Siempre fui un niño consentido: nunca me faltó amor, educación ni juguetes”, comenta. Desde entonces, sus padres le inculcaron la idea de obtener las cosas por su propio esfuerzo. En la primaria, “para obtener dinero, compraba cajas de calcomanías de Dragon Ball Z y vendía las estampas sueltas más caras. Así, los niños podían armar sólo la que les faltaba y no todo el sobre”, recuerda.

Desde la secundaria, comenzó a patinar en patineta. Pasó parte de su adolescencia en la Prepa 5 de la UNAM, fue en esta época cuando sus padres comenzaron a pelear. “Ikarus” estuvo siempre más del lado de su madre, pero su padre era el que tenía más dinero, así que le dejó de pagar sus posteriores estudios en una Universidad Tecnológica (Unitec). “Ikarus” entonces optó por el sistema abierto. Se metió a trabajar en una empresa de ingenieros civiles, con su abuelo y su tío; de hecho, alguna vez consideró estudiar ingeniería civil. Sin embargo, este empleo le restaba mucho tiempo para hacer lo que verdaderamente ama: patinar.

Entonces probó el LSD. Esa noche supo que quería pasar de consumidor a agente de ventas, además de que se enteró de que al hacerlo tendría acceso a eventos muy disfrutables bajo su efecto y hasta podría amistar con las personas que están en la escena de la música electrónica, muy de su gusto. Por si fuera poco, tendría tiempo suficiente para patinar. Se dedicó a asistir a más fiestas, a “estudiar” el comportamiento de otros dealers para luego hacerlo él también, aprovechando su “habilidad nata para hacer bussiness”.

En su experiencia, se ha dado cuenta de que no hay precisamente una regla en ese negocio, cada quien elige el tiempo y dinero que le invierte. Lo más difícil de ser dealer es “cuidarte de cómo haces las cosas, planear y actuar con inteligencia”, para evitar que te atrapen las autoridades. También hay que “tener buen verbo, para saber moverte, eso lo sabe cualquier persona que se dedique a cualquier actividad comercial”. A la fecha, nunca lo han detenido, agrega: “Dios me siga cuidando como hasta hoy”.

Actualmente se dedica a vender ropa de skate, unos amigos suyos compran prendas “gabachas” (de EU) y las traen para acá; él les ayuda a comercializarlas. La venta de “cuadros” (LSD) y “tachas” (éxtasis o MDMA) la considera una inversión extra; es dealer más por gusto que por necesidad. Se siente satisfecho de poder aportar algo de dinero en su casa. En sus ratos libres le gusta leer y escribir, “tratando de expresar cosas que nacen todos los días”, y por supuesto patinar.


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