viernes, 28 de septiembre de 2012

EL AMOR EN TIEMPOS DE VIOLENCIA

Por Karen Melina Martínez Ramírez

México (Aunam). “¿Con quién estabas?”, “¿vas a salir vestida así?”, “te celo porque te quiero” y “no sirves para nada” son sólo algunas de las expresiones comúnmente utilizadas en relaciones violentas. En la ciudad de México, tres de cada cinco mujeres y hombres jóvenes han reportado algún tipo de violencia en su noviazgo.

Durante las últimas décadas del siglo XX, las y los jóvenes manifestaron una crítica a los sistemas simbólicos e institucionales que los habían colocado en un plano menor del resto de la ciudadanía. Sin embargo, fue a raíz del surgimiento de la importancia de reconocer y revalorar las aportaciones que las mujeres habían hecho al mundo, es decir, de la lucha del movimiento feminista, que los jóvenes comenzaron a tener mayor participación tanto social como política.

Tras analizar el tema de violencia contra la mujer, se llegó a la conclusión de que ésta comenzaba desde el noviazgo. Actualmente, gracias a la Encuesta Nacional sobre Violencia en el Noviazgo (Envin) realizada en 2007, —la cual forma parte del Subsistema Nacional de Información Demográfica y Social integrado por el Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI)— es posible saber que en México el 76 por ciento de jóvenes, entre 15 y 24 años de edad, sufrió violencia en el noviazgo, 15 por ciento fue víctima de violencia física y 16 por ciento vivió una experiencia de ataque sexual.

Historias cotidianas, violencia permitida

La puerta se abrió y su voz interrumpió la clase: “Buenos días, ¿me permite a Sara?”, mencionó cortés al maestro, quien asintió. “Tomé mi mochila y salí del salón. Apenas se cerró la puerta, su mano me agarró por la nuca. Con prisa, me jaló a la orilla del pasillo: ¡Te dije que hoy no vinieras a la escuela, que fueras a mi casa y ahí te veía!, me dijo con voz enfurecida…

Mientras me apretaba contra la pared, un muchacho salió de su salón, caminó por el pasillo y nos dirigió una mirada. Manuel se dio cuenta y enseguida me ordenó: ¡vámonos!, su mano tiró de mi brazo y, con ello, de todo mi cuerpo”, recuerda Sara, joven universitaria de la Facultad de Psicología de la UNAM; fue la primera vez que su novio la agredió físicamente.

De acuerdo con Roberto Castro, doctor e investigador de la violencia contra las mujeres, las agresiones en el noviazgo constituyen un serio problema social, de salud pública, de desigualdad de género y de acceso a la justicia.

Actualmente, el tipo de relaciones que los jóvenes mantienen no están apegadas a las de matrimonio, ni a las de unión libre, ni mucho menos a las que anteriormente eran consideradas como noviazgo. Hoy en día es común escuchar hablar de relaciones llamadas free, en donde las reglas y el compromiso entre la pareja no existen.

El noviazgo, por tanto, se concibe como la relación afectiva e íntima entre dos personas, por lo general, jóvenes que sienten atracción física y emocional mutua y que, sin cohabitar, buscan compartir sus experiencias de vida.

Por otro lado, la definición de violencia, que antes solía ser vinculada únicamente a las agresiones físicas (golpes, empujones, pellizcos, patadas, etc.), se ha diversificado para dar paso a la existencia de diferentes tipos de violencia: física, emocional, sexual, económica, psicológica, verbal, hasta llegar al feminicidio.

A pesar de las distintas variedades y facetas de la violencia, la de noviazgo puede definirse, de acuerdo con Roberto Castro, como “todo acto, omisión, actitud o expresión que genere, o tenga el potencial de generar daño emocional, físico o sexual a la pareja con la que se comparte una relación íntima sin convivencia ni vínculo marital”.

Es importante mencionar que, pese a que la violencia es ejercida mayoritariamente por los hombres hacia las mujeres, éste es sólo uno de los tabús que ha generado el pensamiento feminista, pues las agresiones en el noviazgo las sufren tanto hombres como mujeres.

Ante estos señalamientos, estadísticas afirman que en México el 42 por ciento de los hombres son violentados por su pareja, pero sólo el dos por ciento se atreve a denunciarlo.

Ejemplo de ello es Iván, estudiante de la licenciatura en Derecho, en la Facultad de Estudios Superiores Aragón, quien a sus 17 años fue víctima de violencia psicológica en su noviazgo.

—¿Cómo era tu relación con ella?
—Yo le ofrecí todo de mi parte. Hablo en todos los aspectos: sentimental, material, tiempo, etcétera, no escatimar era lo que creía mejor. Sin embargo, se aprovechó y se acostumbró a que siempre, en la relación, se hacía lo que ella decía. En el momento en que me di cuenta que esto no funcionaba, le empecé a decir que no, y así comenzaron los conflictos.

Cuenta que los problemas iban en aumento cada vez que él se negaba a cumplir lo que ella le pedía u ordenaba. “Casi siempre me echaba en cara que ya no la quería y que era un mal novio; eso me hacía sentir mal. En ocasiones buscaba darme celos (y lo conseguía) yo le reclamaba y al final de la discusión tenía que pedir perdón por celos que, según ella, me inventaba”, asegura Iván.

—¿Por qué no terminaste pronto con esa relación?
—Para ser sincero, porque me comencé a creer eso de que era una mala pareja, y en el intento de hacerla cambiar de opinión, seguía empeñado en estar a su lado.

Con el paso del tiempo, los conflictos y la idea de no poder aspirar a algo mejor que ella, provocó en Iván serios problemas con su autoestima. Pero, tras su separación y con la ayuda de su madre y amigos, consiguió salir adelante.

“¿Por qué me tratas así?”


Dentro de las principales causas por las que surge la violencia en el noviazgo, se encuentran: el medio cultural en el que se desarrollan las personas, la fragmentación familiar, es decir, la violencia en los hogares y, sobre todo, la "naturalización" de ciertas actitudes tales como pellizcos, mordidas, jalones, empujones, gritos, etcétera.

La violencia debe ser entendida como una conducta que se aprende y no algo de carácter hereditario. Ésta se reproduce en forma de “cascada”, se parte desde un nivel general (la cultura, el sistema de creencias, la ideología, el género…) hasta llegar a un nivel particular (la familia, las relaciones interpersonales…).

Las personas no nacen violentas, la cultura las hace; el ambiente en el que viven, la educación, la religión y todo el medio que les rodea pueden provocar violencia. Por ejemplo, la educación con las reglas de género, la forma en que son educados hombres y mujeres ha hecho de México un país donde predomina la cultura patriarcal.

De acuerdo con la Doctora Irene Casique, investigadora de la violencia familiar, durante mucho tiempo las reglas de género han impuesto a los niños juegos con pistolas, espadas, soldaditos y un sinfín de armas para que ejerzan determinados tipos de violencia; mientras que a las niñas se les otorgan juguetes como muñecas y trastes de cocina para que desarrollen labores domésticas.

De esta manera, con la distinción entre hombres y mujeres a partir de la niñez, se configura tanto la violencia de género, como los modos de relación, de distribución del poder y de toma de decisiones en las parejas. De ahí que las actitudes violentas se consideren como rasgos eminentemente masculinos, a diferencia de las actitudes femeninas inclinadas a la sumisión y la abnegación.

Bajo esta estructura se construyen todo el tiempo las relaciones afectivas de las personas. Es por eso que en la familia, a través del aprendizaje de los roles de género, se transmite el ejercicio del poder por medio de la relación dominio-sumisión, con lo cual se da paso a otra modalidad: la violencia doméstica.

La violencia intrafamiliar o doméstica es aquella que surge en el seno del grupo familiar y es provocada por cualquiera de los miembros de ésta –ya sea por afinidad, sangre o afiliación– expresada de forma verbal, sexual, física y/o emocional.

Generalmente, las agresiones en el noviazgo surgen a raíz de la violencia doméstica, ya que muchos de los jóvenes son agresivos porque crecieron en familias violentas y, por tanto, han sido víctimas directas o simplemente presenciaron algún acto violento entre sus padres.

Cuando se tiene como antecedente la violencia en el hogar, es muy probable desarrollar relaciones violentas. En el noviazgo puede comenzar luego de algunos meses o años y, seguramente, continuará en caso de llegar al matrimonio, cerrando así el ciclo de violencia.

Los primeros indicios de violencia en el noviazgo surgen mediante expresiones, como comentarios incómodos, y pueden llegar a pellizcos, mordidas, jalones, empujones o gritos, los cuales pueden parecer parte de un juego “inocente” entre la pareja. Pero, después de permitir esta situación, la violencia física se incrementa con golpes más fuertes hasta llegar al abuso sexual, la hospitalización o la muerte.

La mayoría de los y las jóvenes no denuncian dichas acciones, desde un principio, y mantienen el silencio porque consideran que son conductas normales. Esto permite la “naturalización” de las actitudes violentas, presentes en el núcleo familiar, escolar o de trabajo. Todo esto fomenta que la violencia vaya en aumento.

Cómo detectar los tipos de violencia

Con la “naturalización” de ciertas actitudes agresivas se da paso a la diversificación de los tipos de violencia dentro de las relaciones afectivas. En el noviazgo las formas de agresión más comunes son: la física, psicológica, verbal, sexual, económica y feminicida.

De acuerdo con la Envin realizada en 2007, la violencia psicológica, verbal, física y sexual son las más comunes en las relaciones de noviazgo de los jóvenes mexicanos entre 15 y 24 años de edad.

“Recuerdo que cuando íbamos a su casa y no estaban sus padres, no paraba de hablar. Me decía: “la vamos a pasar bien”, “esto es normal en las parejas” y “todo lo que hago es para ti”. Yo no le contestaba, sabía perfectamente qué trataría de hacer, pues no era la primera vez que lo intentaba; sin embargo, la última ocasión que le dije que no quería, me gritó, me empujó y se enojó conmigo durante varios días”, relata Sara tras recordar cómo fue su relación, de nueve meses, con Manuel.

La violencia psicológica se expresa mediante actos u omisiones constantes, encaminados a dañar la estabilidad emocional de la víctima. Alude a prohibiciones, coacciones, condicionamientos, amenazas, intimidaciones, actitudes devaluatorias y de abandono para generar en la otra persona vergüenza, baja autoestima, humillación, desprecio o miedo.

Este tipo de violencia es la más común de ejercer contra las personas, ya que no hay un maltrato físico o sexual y por lo tanto no es muy perceptible, aún así sirve como una señal de alerta porque muchas veces la violencia comienza de esta manera.

“Sin nadie a nuestro alrededor, comenzó a discutir conmigo, me dijo que no tenía por qué estar bailando con uno de sus primos. Agarró mi cabeza, jalándome el cabello y me dijo: “¡escúchame bien, si me haces ver como un estúpido… jamás te vuelvo a traer!”.

No entendía qué sucedía, así que le contesté: “¡cálmate Carlos!, ¿por qué te pones así? No discutamos por una tontería”. Él me contestó con una cachetada y agregó: “¡Qué idiota eres! Más tonta tú porque no me valoras como lo que soy””, cuenta Adriana, estudiante de la Facultad de Estudios Superiores Acatlán, una de las experiencias violentas que vivió con su ex novio.

Generalmente, la violencia psicológica está acompañada de la verbal. Ésta abarca desde insultos, gritos, palabras hirientes u ofensivas, descalificaciones, humillaciones, amenazas y groserías. Es muy parecida a la psicológica porque ninguna deja heridas visibles.

A diferencia de la psicológica y la verbal, la violencia física y sexual son dos tipos de agresiones más fuertes. Se identifican a través de empujones, bofetadas, puñetazos, puntapiés y violaciones sexuales para dominar a la pareja. Estas agresiones pueden dejar cicatrices físicas y psicológicas, así como enfermedades, lesiones leves o severas, e incluso pueden causar la muerte.

Lo siguiente lo cuenta asustada, como si cada palabra que mencionara reviviera el momento justo en el que, por primera vez, su novio intentó abusar sexualmente de ella. “Me tomó del brazo y me aventó al piso. Mi cadera rozó un buró que estaba junto a la cama y la lámpara encima de ésta cayó al suelo. Al verme tirada, me levantó jalándome de los cabellos y de un empujón me echó a la cama. La mirada y los gritos de terror no fueron suficientes para que parara”, Sara termina de contar su experiencia, pero su cara aún refleja el miedo y la tristeza generados de su experiencia.

Los diversos tipos de violencia en una relación de noviazgo, aunque pueden presentarse en diferentes formas y tiempos, en todos los contextos siempre tendrá una misma finalidad: someter, controlar y conservar el poder sobre las personas.

¡Alza la voz! Amor-es sin violencia


—¿Qué te motivó para dejar a Manuel?
—Fueron varias razones. En primera, yo observaba su comportamiento y me ponía a pensar en cuántas veces me había prometido cambiar y no sucedía. Después, las marcas de sus “explosiones” comenzaban a ser más evidentes y profundas; mi familia, amigos y hasta maestros, comenzaron a presionarme para que pusiera un alto a lo que él me hacía. Pero, me aterraban sus palabras: “si me dejas, me voy a matar”. Por eso no me iba tan fácil porque no quería que me culparan de un delito del cual yo no era culpable.

Sara tardó nueve meses en dejar a Manuel. “Mi madre me apoyó y levanté una demanda contra él. Para superarlo, me han estado ayudando los testimonios de otras mujeres que, al igual que yo, sufrieron maltrato por parte de sus novios”, explica.

Las principales acciones para prevenir la violencia en el noviazgo consisten en la creación de políticas de prevención y erradicación por parte de instituciones públicas y privadas, cuyo principal objetivo sea enseñarle al individuo a identificar los riesgos, a predecir sucesos indeseables y a manipular factores que eviten, pospongan o aminoren los efectos de dichos factores.

En México, el Gobierno del Distrito Federal inició la investigación de esta problemática. Con base en los datos obtenidos en la Encuesta Nacional sobre Violencia en el Noviazgo (Envin) y a través de diversas instituciones como el Instituto de la Juventud de la Ciudad de México (Injuve) y el Instituto Nacional de las Mujeres (Inmujeres), se puso en marcha la creación de diversos programas para dar a conocer y prevenir la violencia en el noviazgo.

De esta manera, el principal programa de prevención y atención a la violencia en las relaciones de noviazgo entre las y los jóvenes de la ciudad de México fue una campaña llamada Amor-es sin violencia, con la cual se trató de identificar y evitar la violencia; para ello se ofreció a la población juvenil la orientación necesaria para detener cualquier agresión en sus relaciones de pareja, y para prevenir la violencia doméstica y de género.

Amor-es sin violencia promueve diversas actividades como ferias informativas, jornadas culturales, pláticas en donde se comparten testimonios e inquietudes de las y los jóvenes, talleres e información vía telefónica, a través de todas las delegaciones del Distrito Federal.

Actualmente, este programa recibe mayor atención cada 14 de febrero, día del amor y la amistad, festividad en la que se realizan y promueven servicios de prevención y atención a la violencia por parte de organizaciones civiles, instituciones de gobierno e instancias académicas a través de actividades artístico-culturales, lúdicas y científicas.

Otra de las acciones que el Gobierno del Distrito Federal ha impulsado para reducir los índices de este problema es la impartición de asesorías de prevención y atención de la violencia en el noviazgo, las cuales consisten en brindar orientación psicológica o jurídica a mujeres que viven algún problema de violencia en pareja.

De esta manera, desde el 2007 al cierre del 2011, se han realizado alrededor de 37 mil acciones encaminadas a la prevención de la violencia en el noviazgo, beneficiando a un total de 331 mil 606 mujeres y hombres jóvenes de entre 13 y 20 años de edad.

Sin embargo, pese a la creación de programas e intentos por prevenir esta problemática, una de las mayores dificultades que confrontan estos servicios es lograr que los jóvenes se acerquen a las instancias, para que las personas apropiadas puedan orientarlos; esto se puede atribuir a la etapa de vida en la que se encuentran: la adolescencia, momento en el cual no suelen solicitar ayuda a los adultos y, en general, a ninguna figura de autoridad para resolver sus problemas.

De acuerdo con el doctor Roberto Castro, el hecho de que durante la adolescencia y la juventud el abuso en la pareja está menos determinado por razones de género que en la adultez, contribuye a la intervención temprana de esta problemática, a fin de corregir y transformar las conductas agresivas en expresiones no dañinas, así como prevenir la continuidad de éstas en las relaciones adultas.

De esta manera, si algo es cierto es que prevenir y erradicar la violencia en el noviazgo, la cual tiene una amplia gama de efectos negativos, puede ayudar, de manera inmediata, al bienestar de los jóvenes y, a largo plazo, en el de los adultos en los que se convertirán, de sus relaciones y de sus futuras familias.



Imágenes: Archivo Aunam


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